Las mujeres felices siempre lucen radiantes Lola sufrió intensamente la traición de su marido. A los cuarenta años se quedó sola; su hija estudiaba en la universidad en otra ciudad. Hace dos meses, Igor llegó de trabajar y le soltó: —Me voy de casa, me he enamorado. —¿Cómo? ¿De quién? —se desconcertó ella. —De otra, como suelen hacer los hombres. Estoy bien con ella, a tu lado ya no soy capaz de acordarme de ti. Así que ni insistas, lo tengo decidido —respondió Igor, con tal naturalidad que parecía que no había pasado nada. Rápido, recogió sus cosas y se marchó. Lola llegó a entender más tarde, analizando la situación, que no había sido una decisión de un solo día: llevaba tiempo preparándolo, guardando sus cosas poco a poco, aunque aquel día las lanzó a la maleta y cerró la puerta tras de sí. Lola lloró mucho. Pensaba que lo bueno ya no volvería a sucederle. Sentía que la vida se había terminado, o al menos pausado. No quería ver ni hablar con nadie. Ni con el teléfono constantemente sonando. La llamaba su hija y su amiga, respondía a regañadientes y colgaba rápido. En el trabajo tampoco tenía ganas de socializar. Unos la miraban con pena; otros, con malicia. Lola incluso albergaba una esperanza secreta: —Por ahí quizá Igor se canse de la que le ha robado el corazón, regrese y yo le perdone, porque le amo. Un domingo se despertó temprano, como siempre, y permaneció en la cama sin ganas de levantarse. Pero al final lo hizo. Cerca de las once de la mañana sonó el teléfono. —¿Quién llama tan temprano? No quiero hablar con nadie —pensó y no contestó, aunque miró la pantalla; era un número desconocido. —¿Y si es Igor? ¿Y si ha perdido el móvil o se lo robaron y ha cambiado de número? —le cruzó la idea. —¿Y si quiere volver? Debería haber contestado. Mientras especulaba, el teléfono volvió a sonar. —¿Sí? ¿Hola? —dijo fuerte. —¡Hola! —escuchó un alegre y animado timbre de voz femenino. —¿Quién es? —preguntó Lola, ya irritada. —¡Lola, eres tú! ¿Pero qué te pasa en la voz? ¡No me reconoces! Soy yo: ¡Carmen! Lola se sintió decepcionada. Esperaba el timbre de Igor. —¿Y qué…? —¿Pero qué te ocurre? ¿Estás bien? —No, no estoy bien —contestó y colgó, las lágrimas fluyendo. Se sentó en el sofá a serenarse. Al cabo de un rato llamaron al timbre. Lola se sobresaltó, albergando la absurda esperanza de que Igor hubiera recapacitado. Abrió la puerta y se encontró con una mujer guapa y alegre; apenas reconoció a su antigua amiga y compañera del instituto, Carmen. Ella estaba impecable, con pintalabios intenso, ropa estilosa y un perfume sofisticado que sacó a Lola de su ensimismamiento. Carmen se había ido a Madrid a estudiar y desde entonces solo se habían visto una vez, quince años atrás. En el instituto, siempre fueron inseparables: iban juntas de fiesta, conocían chicos, compartían secretos. —¡Lola, menuda guapa estás! —se le escapó a Lola. —Hola, amiga. Siempre he sido así; eres tú la que… —la observó de arriba a abajo—, bueno, ¿me dejas pasar o qué? —Pasa —cedió Lola, a regañadientes. Carmen no venía con las manos vacías. Entró directa a la cocina y sacó del bolso una botella de vino español, una tarta y unas naranjas. —Venga, trae las copas, que hay que celebrar este reencuentro. ¡Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que hablamos! Hace siglos… —Carmen charlaba sin parar, mientras Lola ponía los vasos y cortaba la tarta. Carmen abrió el vino, repartió y propuso: —Por el reencuentro —y bebió. Lola, imitándola, también apuró la copa. La segunda copa fue por ellas. De pronto, a Lola le salió confesar sus penas. Carmen escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, encogió los hombros. —¡Madre mía, Lola! Pensé que te había pasado algo grave. —¿No lo ves grave tú? Eso es porque nunca te ha dejado tu marido —dijo Lola, triste. —¡Qué va! Mi marido no me dejó; fui yo la que lo mandó a paseo cuando descubrí que salía con una jovencita. Le pedí el divorcio de inmediato, se quedó de piedra; pensaba que me podía engañar sin que me enterara… —No sé, quizás no le querías tanto. —Lo quería, Lola, ¡y mucho! Pero jamás toleraría que me humillen. Cuando te engañan, no hay amor que valga. —Madre mía, Carmen, qué fácil lo ves todo. —Sí, tú siempre le das vueltas. ¿Y tu hija, dónde está? —En la universidad, en otra ciudad. Vive con la tía. —Entiendo. Ese tipejo os dejó a las dos, y aún sigues sufriendo. —Es que le quiero… —Basta, Lola, te voy a sacar de esta depresión. —¿Y eso cómo? Las pastillas no me sirven. —¿Pastillas? ¡Anda ya! Lo tuyo se cura con métodos tradicionales: cambio de imagen, compras y un nuevo amor. —Uff, Carmen… Venga, arréglate, nos vamos al centro comercial. Y luego a la peluquería, ¡sin excusas!—¿Tienes algo de dinero guardado? —¿Dinero? Bueno, sí; ahorrábamos para el coche nuevo de Igor. —¡Que se aguante Igor con el coche viejo! Tienes que pedir el divorcio y olvidarte de él. Ni se te ocurra perdonarlo. Y, si quieres, luchamos por la mitad del valor del coche. —¡No, que se atragante! —respondió Lola, sorprendida. —Carmen, ¿has vuelto de Madrid para siempre? No has dicho nada. —Sí, para siempre. No quiero vivir allí… Venga, sal de la bata y vamos de tiendas. Ah, me llamó Rita, ¿te acuerdas? Me ha avisado que en una semana hay reunión de exalumnos; vamos las dos. Muchos vendrán, y algunos de nuestros chicos se han divorciado. Hay que echar un vistazo, ¿te acuerdas de Víctor, que te rondaba desde el cole? —¡Ay, Carmen, a quién le voy a gustar yo a estas alturas! —¡No digas tonterías, Lola! Hay que quererse y mimarse. Enseguida te convertimos en una yegua joven —reía su amiga saliendo del piso. —¿Te acuerdas de mi tía Catalina, la que vive cerca de tu madre? Ya va por el quinto intento de boda y duda entre dos pretendientes. En poco rato, Lola no se reconocía frente al espejo. —¡Vaya cambio! —se asombraba, —color de pelo distinto, corte cortísimo, nunca me hubiese atrevido. Parezco joven y guapa. ¡Carmen sí que sabe, menos mal que apareció! La noche de la reunión fue en una cafetería. Faltaron algunos por la distancia, pero la mayoría acudió. Muchos ni reconocieron a Lola. Víctor, seguro, elegante, no le quitaba ojo. —Lola, ¡no te reconocí! Eres aún más guapa que en el colegio. Siempre me gustaste, pero preferiste a Igor del paralelo. ¿Dónde está él? —No está, me dejó —sonrió Lola tranquilamente. —¿Te dejó? No bromees, ¡a mujeres así no se las deja! —se sorprendió Víctor. —Sí, pero ha sido lo mejor. —No me cabe duda, Lola. Yo también me divorcié hace dos años. Aunque con mi ex la cosa iba bien, tenemos un hijo adulto. Pero mi mujer me dejó en uno de mis peores momentos de negocio, fue con otro más joven, supongo que más exitoso. Pero en un año lo recuperé todo y me va mejor que nunca. Encuentro fortuito con el ex Dos meses después, Lola paseaba por la Gran Vía cogida del brazo de Víctor; salían del teatro y decidieron caminar por la ciudad iluminada. De pronto… vio venir a Igor. Estaba más flaco, paseaba solo y parecía no reconocerla. Lola pensó: —Se ve que la otra no lo alimenta muy bien… Al cruzarse, se miraron y él dudó: ¿Era ella? Pasaron de largo; pero escuchó: —¿Lola? Ella giró despacio, sonrió y dijo: —Ah, sí, eres tú… Mira, te presento a Víctor, mi futuro marido —le dijo a Víctor. —Hola, no te reconocí —dijo Víctor—. Yo soy el futuro marido de Lola. Igor se quedó de piedra; Lola también sorprendida, pues Víctor aún no le había propuesto nada. —¿Qué tal? —le preguntó Lola, alegre. —Bien… normal… Has cambiado mucho. ¡Estás estupenda! Lola volvió a sonreír, tomó la mano de Víctor y aseguró: —Es que las mujeres felices siempre lucen radiantes. —¿Estás bien entonces, Lola? —balbuceó Igor. —Por supuesto. Y aún mejor estaré —y, dándole la espalda, siguió caminando de la mano de Víctor, sintiendo la mirada ardiente de su ex marido.

Las mujeres felices siempre se ven radiantes

Celia está atravesando un mal momento tras la traición de su esposo. A sus cuarenta años, se ha quedado sola; su hija estudia Derecho en la Universidad de Salamanca. Y Sergio, hace dos meses, llegó a casa tras el trabajo y soltó sin rodeos:

Me voy, me he enamorado.

¿Cómo? ¿De quién? balbuceó ella, desconcertada.

Pues como cuando los hombres dejan a sus mujeres Me he enamorado de otra, estoy bien con ella, contigo ya ni me acuerdo. Así que no me pidas que me quede, lo tengo claro contestó Sergio con una frialdad de quien cambia de canal en la tele.

Recogió cuatro cosas y se marchó de inmediato. Solo después, tras revisar lo sucedido, Celia notó que su marido no tomó la decisión ese día, lo había preparado: de a poco iba sacando ropa y aquel día simplemente llenó la maleta y cerró tras de sí la puerta.

Celia pasó semanas llorando, sintiendo que su vida se detenía. Nada bueno podía pasarle ya; era como un final, o una pausa eterna. No quería ver ni oír a nadie, ni hablar. El móvil no dejaba de sonar; su hija llamaba, su amiga también, y ella respondía con monosílabos antes de colgar rápido. Ni en el trabajo tenía ganas de ver a sus compañeros. Algunos la miraban con compasión, otros con cierta malicia.

Celia incluso tenía la esperanza infantil:

Tal vez Sergio se canse de la que se lo ha llevado, vuelva y yo lo perdone. Todavía le quiero

Un sábado, Celia se despierta temprano, como siempre, pero se queda tumbada. ¿Para qué levantarse? Al fin lo hace. Cerca de las once, suena el teléfono.

¿Y ahora quién llama? No quiero hablar decide no contestar, aunque mira la pantalla por inercia, es un número desconocido. ¿Y si es Sergio? Quizás perdió el móvil, cambió de número ¿Y si quiere volver? Debería haber contestado.

Mientras duda, el móvil suena otra vez.

¡Diga! responde bruscamente.

¡Hola! escucha la voz alegre de una mujer.

¿Quién eres? pregunta, molesta.

¡Celi, eres tú! ¿Y esa voz? Qué mal que no reconozcas a una amiga de toda la vida. Soy yo, Jimena.

Celia se decepciona; esperaba escuchar la voz de Sergio.

Bueno

¿De verdad eres tú, Celia? ¿Estás bien?

No. y cuelga mientras las lágrimas fluyen solas.

Se sienta en el sofá intentando calmarse. No pasa mucho hasta que llaman al timbre. Celia se levanta, se le activa la absurda esperanza.

¿Y si Sergio recapacitó? abre la puerta.

¡Hola! saluda con entusiasmo una mujer guapa, que Celia reconoce como Jimena, su antigua amiga y compañera de colegio.

Va impecable: pelo arreglado, labios rojos, ropa de última moda y un perfume que devuelve a Celia a la vida. Desde que Jimena se fue a estudiar a Madrid no habían vuelto a verse, salvo una vez hace más de quince años. En el instituto hacían todo juntas; discoteca, chicos, confesiones.

Jimena, ¡qué guapa estás! le sale a Celia sin pensar.

Hola, mujer. Siempre lo he sido, tú la escanea con crítica ¿Me dejas pasar, o?

Pasa cede Celia, sin ganas.

Jimena trae bolsa, entra directo en la cocina y saca una botella de vino de Rioja, un bizcocho y mandarinas.

Saca dos copas, celebremos el reencuentro, que ni recuerdo ya cuándo fue la última vez. ¡Hace siglos! parlotea sin parar mientras Celia pone copas, parte el bizcocho.

Sin preguntar, Jimena abre el vino y sirve.

Por nosotras brinda y apura la copa; Celia imita el gesto.

La segunda copa la toman por ellas mismas. Al rato, Celia siente ganas de desahogarse. Jimena escucha en silencio, y al acabar, se encoge de hombros.

Mira, Celia, pensé que era una tragedia de verdad.

¿No lo es? Tú no puedes entenderlo, nunca te ha dejado nadie

¡Qué va! Yo dejé a mi marido, fui yo quien se adelantó. En cuanto descubrí que tenía un lío con una muchachita, le pedí el divorcio de inmediato. Se quedó flipando, seguro pensaba que yo nunca me enteraría

Quizá no le amabas tanto

Sí que le amaba, mucho dice Jimena, pero no tolero el desprecio. Cuando te traicionan, ya no es amor.

Jolín, Jimena, lo ves todo tan fácil

Lo haces tú difícil, que siempre has sido igual. ¿Y tu hija?

Está en Salamanca, vive con su tía.

Vaya. Ese sinvergüenza te deja a ti y a su hija, y tú aún sufres.

Pero le amo

Se acabó, Celia, voy a curarte ese bajón.

¿Curarme? ¿Las pastillas no sirven

¡Pastillas no! Hay métodos antiguos y eficaces: cambio de imagen, compras, y nueva ilusión.

Ay, Jimena

Vamos, vístete, nos vamos al centro comercial, peluquería incluida. Sin excusas. Por cierto, ¿tienes algo ahorrado?

Un poco, Sergio y yo estábamos ahorrando para un coche nuevo.

Pues que se aguante, ya tiene el viejo. Solicita el divorcio y no le perdones nada. Incluso podrías reclamar la mitad del coche.

No, que se lo quede responde Celia, zanjando el asunto. Por cierto, ¿has vuelto a Madrid o?

Me quedo en Valladolid, no quiero volver a Madrid. Venga, cámbiate, vamos de shopping. Oye, Rita Gutiérrez me llamó: hay reunión de la promoción en una semana. Vamos juntas. Por cierto, algunos chicos están divorciados. ¿Te acuerdas de Víctor? Te perseguía desde primero

Madre mía, Jimena, ¿a quién le voy a interesar yo, hecha polvo?

No digas eso, Celia, hay que quererse. En nada te transformamos en pura juventud se ríe saliendo de casa. Hablando de bodas, ¿sabes que mi tía Carmen, la que vive cerca de tu madre, se casa por quinta vez? No sabe por cuál de los dos pretendientes decidirse

Al rato, Celia casi no se reconoce en el espejo.

¿Pero esto qué es? se asombra. El pelo cortísimo y con un color que nunca pensé que me sentaría tan bien. Parezco otra: joven, guapa. ¡Jimena sí sabe espabilar! Si no, yo seguiría hundida aquí

La reunión de antiguos alumnos es en un café de Valladolid, casi todos han venido. Muchos no reconocen a Celia, y Víctor, elegante y seguro, la observa fijamente.

Celia, no te había reconocido, ¡estás espectacular! Más guapa que nunca. Siempre me gustaste, pero tú te quedaste con Sergio, ¿dónde está?

Nada, me dejó sonríe ella sin peso.

¿Te dejó? Eso no puede ser, a una mujer así no se la deja se sorprende Víctor.

Sí, pero fue lo mejor.

Seguro que sí, Celia. Yo también estoy divorciado hace dos años. Tenía un buen negocio, hijo ya adulto, pero cuando el trabajo empezó a ir mal, mi ex me dejó por uno más joven y exitoso, o eso creyó. Pero recuperé mi empresa y ahora me va mejor que nunca.

Se encuentran con Sergio, que no la reconoce

Pasan dos meses. Celia pasea por la ribera del Duero cogida del brazo de Víctor, acaban de salir del teatro, deciden dar una vuelta. Y de pronto ve venir de frente a Sergio, más delgado y solo, parece que apenas la identifica.

¿Le irá mal con la otra? piensa.

Al pasar junto a ella, se cruzan las miradas y él duda: ¿será Celia? Pasa de largo, pero de repente:

¿Celia?

Ella se gira despacio, sonríe y dice:

Ah, hola. Mira, te presento a Víctor, mi ex marido, ¿no le reconoces? le dice a Víctor.

Hola, no te había visto antes contesta Víctor, pero yo soy el futuro esposo de Celia.

A Sergio se le queda la boca abierta; Celia también se sorprende, Víctor aún no le ha pedido nada.

¿Cómo estás? le dice ella alegre.

Bien tú has cambiado mucho, ¡te veo estupenda!

Celia sonríe de nuevo, agarra más fuerte la mano de Víctor y responde:

Las mujeres felices siempre se ven radiantes.

Así que estás bien balbucea Sergio.

Por supuesto. Y estaré aún mejor dice ella, y se va del brazo de Víctor, sintiendo que la mirada de su ex se le clava en la espalda.

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MagistrUm
Las mujeres felices siempre lucen radiantes Lola sufrió intensamente la traición de su marido. A los cuarenta años se quedó sola; su hija estudiaba en la universidad en otra ciudad. Hace dos meses, Igor llegó de trabajar y le soltó: —Me voy de casa, me he enamorado. —¿Cómo? ¿De quién? —se desconcertó ella. —De otra, como suelen hacer los hombres. Estoy bien con ella, a tu lado ya no soy capaz de acordarme de ti. Así que ni insistas, lo tengo decidido —respondió Igor, con tal naturalidad que parecía que no había pasado nada. Rápido, recogió sus cosas y se marchó. Lola llegó a entender más tarde, analizando la situación, que no había sido una decisión de un solo día: llevaba tiempo preparándolo, guardando sus cosas poco a poco, aunque aquel día las lanzó a la maleta y cerró la puerta tras de sí. Lola lloró mucho. Pensaba que lo bueno ya no volvería a sucederle. Sentía que la vida se había terminado, o al menos pausado. No quería ver ni hablar con nadie. Ni con el teléfono constantemente sonando. La llamaba su hija y su amiga, respondía a regañadientes y colgaba rápido. En el trabajo tampoco tenía ganas de socializar. Unos la miraban con pena; otros, con malicia. Lola incluso albergaba una esperanza secreta: —Por ahí quizá Igor se canse de la que le ha robado el corazón, regrese y yo le perdone, porque le amo. Un domingo se despertó temprano, como siempre, y permaneció en la cama sin ganas de levantarse. Pero al final lo hizo. Cerca de las once de la mañana sonó el teléfono. —¿Quién llama tan temprano? No quiero hablar con nadie —pensó y no contestó, aunque miró la pantalla; era un número desconocido. —¿Y si es Igor? ¿Y si ha perdido el móvil o se lo robaron y ha cambiado de número? —le cruzó la idea. —¿Y si quiere volver? Debería haber contestado. Mientras especulaba, el teléfono volvió a sonar. —¿Sí? ¿Hola? —dijo fuerte. —¡Hola! —escuchó un alegre y animado timbre de voz femenino. —¿Quién es? —preguntó Lola, ya irritada. —¡Lola, eres tú! ¿Pero qué te pasa en la voz? ¡No me reconoces! Soy yo: ¡Carmen! Lola se sintió decepcionada. Esperaba el timbre de Igor. —¿Y qué…? —¿Pero qué te ocurre? ¿Estás bien? —No, no estoy bien —contestó y colgó, las lágrimas fluyendo. Se sentó en el sofá a serenarse. Al cabo de un rato llamaron al timbre. Lola se sobresaltó, albergando la absurda esperanza de que Igor hubiera recapacitado. Abrió la puerta y se encontró con una mujer guapa y alegre; apenas reconoció a su antigua amiga y compañera del instituto, Carmen. Ella estaba impecable, con pintalabios intenso, ropa estilosa y un perfume sofisticado que sacó a Lola de su ensimismamiento. Carmen se había ido a Madrid a estudiar y desde entonces solo se habían visto una vez, quince años atrás. En el instituto, siempre fueron inseparables: iban juntas de fiesta, conocían chicos, compartían secretos. —¡Lola, menuda guapa estás! —se le escapó a Lola. —Hola, amiga. Siempre he sido así; eres tú la que… —la observó de arriba a abajo—, bueno, ¿me dejas pasar o qué? —Pasa —cedió Lola, a regañadientes. Carmen no venía con las manos vacías. Entró directa a la cocina y sacó del bolso una botella de vino español, una tarta y unas naranjas. —Venga, trae las copas, que hay que celebrar este reencuentro. ¡Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que hablamos! Hace siglos… —Carmen charlaba sin parar, mientras Lola ponía los vasos y cortaba la tarta. Carmen abrió el vino, repartió y propuso: —Por el reencuentro —y bebió. Lola, imitándola, también apuró la copa. La segunda copa fue por ellas. De pronto, a Lola le salió confesar sus penas. Carmen escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, encogió los hombros. —¡Madre mía, Lola! Pensé que te había pasado algo grave. —¿No lo ves grave tú? Eso es porque nunca te ha dejado tu marido —dijo Lola, triste. —¡Qué va! Mi marido no me dejó; fui yo la que lo mandó a paseo cuando descubrí que salía con una jovencita. Le pedí el divorcio de inmediato, se quedó de piedra; pensaba que me podía engañar sin que me enterara… —No sé, quizás no le querías tanto. —Lo quería, Lola, ¡y mucho! Pero jamás toleraría que me humillen. Cuando te engañan, no hay amor que valga. —Madre mía, Carmen, qué fácil lo ves todo. —Sí, tú siempre le das vueltas. ¿Y tu hija, dónde está? —En la universidad, en otra ciudad. Vive con la tía. —Entiendo. Ese tipejo os dejó a las dos, y aún sigues sufriendo. —Es que le quiero… —Basta, Lola, te voy a sacar de esta depresión. —¿Y eso cómo? Las pastillas no me sirven. —¿Pastillas? ¡Anda ya! Lo tuyo se cura con métodos tradicionales: cambio de imagen, compras y un nuevo amor. —Uff, Carmen… Venga, arréglate, nos vamos al centro comercial. Y luego a la peluquería, ¡sin excusas!—¿Tienes algo de dinero guardado? —¿Dinero? Bueno, sí; ahorrábamos para el coche nuevo de Igor. —¡Que se aguante Igor con el coche viejo! Tienes que pedir el divorcio y olvidarte de él. Ni se te ocurra perdonarlo. Y, si quieres, luchamos por la mitad del valor del coche. —¡No, que se atragante! —respondió Lola, sorprendida. —Carmen, ¿has vuelto de Madrid para siempre? No has dicho nada. —Sí, para siempre. No quiero vivir allí… Venga, sal de la bata y vamos de tiendas. Ah, me llamó Rita, ¿te acuerdas? Me ha avisado que en una semana hay reunión de exalumnos; vamos las dos. Muchos vendrán, y algunos de nuestros chicos se han divorciado. Hay que echar un vistazo, ¿te acuerdas de Víctor, que te rondaba desde el cole? —¡Ay, Carmen, a quién le voy a gustar yo a estas alturas! —¡No digas tonterías, Lola! Hay que quererse y mimarse. Enseguida te convertimos en una yegua joven —reía su amiga saliendo del piso. —¿Te acuerdas de mi tía Catalina, la que vive cerca de tu madre? Ya va por el quinto intento de boda y duda entre dos pretendientes. En poco rato, Lola no se reconocía frente al espejo. —¡Vaya cambio! —se asombraba, —color de pelo distinto, corte cortísimo, nunca me hubiese atrevido. Parezco joven y guapa. ¡Carmen sí que sabe, menos mal que apareció! La noche de la reunión fue en una cafetería. Faltaron algunos por la distancia, pero la mayoría acudió. Muchos ni reconocieron a Lola. Víctor, seguro, elegante, no le quitaba ojo. —Lola, ¡no te reconocí! Eres aún más guapa que en el colegio. Siempre me gustaste, pero preferiste a Igor del paralelo. ¿Dónde está él? —No está, me dejó —sonrió Lola tranquilamente. —¿Te dejó? No bromees, ¡a mujeres así no se las deja! —se sorprendió Víctor. —Sí, pero ha sido lo mejor. —No me cabe duda, Lola. Yo también me divorcié hace dos años. Aunque con mi ex la cosa iba bien, tenemos un hijo adulto. Pero mi mujer me dejó en uno de mis peores momentos de negocio, fue con otro más joven, supongo que más exitoso. Pero en un año lo recuperé todo y me va mejor que nunca. Encuentro fortuito con el ex Dos meses después, Lola paseaba por la Gran Vía cogida del brazo de Víctor; salían del teatro y decidieron caminar por la ciudad iluminada. De pronto… vio venir a Igor. Estaba más flaco, paseaba solo y parecía no reconocerla. Lola pensó: —Se ve que la otra no lo alimenta muy bien… Al cruzarse, se miraron y él dudó: ¿Era ella? Pasaron de largo; pero escuchó: —¿Lola? Ella giró despacio, sonrió y dijo: —Ah, sí, eres tú… Mira, te presento a Víctor, mi futuro marido —le dijo a Víctor. —Hola, no te reconocí —dijo Víctor—. Yo soy el futuro marido de Lola. Igor se quedó de piedra; Lola también sorprendida, pues Víctor aún no le había propuesto nada. —¿Qué tal? —le preguntó Lola, alegre. —Bien… normal… Has cambiado mucho. ¡Estás estupenda! Lola volvió a sonreír, tomó la mano de Víctor y aseguró: —Es que las mujeres felices siempre lucen radiantes. —¿Estás bien entonces, Lola? —balbuceó Igor. —Por supuesto. Y aún mejor estaré —y, dándole la espalda, siguió caminando de la mano de Víctor, sintiendo la mirada ardiente de su ex marido.