Las mujeres felices siempre se ven radiantes
Celia está atravesando un mal momento tras la traición de su esposo. A sus cuarenta años, se ha quedado sola; su hija estudia Derecho en la Universidad de Salamanca. Y Sergio, hace dos meses, llegó a casa tras el trabajo y soltó sin rodeos:
Me voy, me he enamorado.
¿Cómo? ¿De quién? balbuceó ella, desconcertada.
Pues como cuando los hombres dejan a sus mujeres Me he enamorado de otra, estoy bien con ella, contigo ya ni me acuerdo. Así que no me pidas que me quede, lo tengo claro contestó Sergio con una frialdad de quien cambia de canal en la tele.
Recogió cuatro cosas y se marchó de inmediato. Solo después, tras revisar lo sucedido, Celia notó que su marido no tomó la decisión ese día, lo había preparado: de a poco iba sacando ropa y aquel día simplemente llenó la maleta y cerró tras de sí la puerta.
Celia pasó semanas llorando, sintiendo que su vida se detenía. Nada bueno podía pasarle ya; era como un final, o una pausa eterna. No quería ver ni oír a nadie, ni hablar. El móvil no dejaba de sonar; su hija llamaba, su amiga también, y ella respondía con monosílabos antes de colgar rápido. Ni en el trabajo tenía ganas de ver a sus compañeros. Algunos la miraban con compasión, otros con cierta malicia.
Celia incluso tenía la esperanza infantil:
Tal vez Sergio se canse de la que se lo ha llevado, vuelva y yo lo perdone. Todavía le quiero
Un sábado, Celia se despierta temprano, como siempre, pero se queda tumbada. ¿Para qué levantarse? Al fin lo hace. Cerca de las once, suena el teléfono.
¿Y ahora quién llama? No quiero hablar decide no contestar, aunque mira la pantalla por inercia, es un número desconocido. ¿Y si es Sergio? Quizás perdió el móvil, cambió de número ¿Y si quiere volver? Debería haber contestado.
Mientras duda, el móvil suena otra vez.
¡Diga! responde bruscamente.
¡Hola! escucha la voz alegre de una mujer.
¿Quién eres? pregunta, molesta.
¡Celi, eres tú! ¿Y esa voz? Qué mal que no reconozcas a una amiga de toda la vida. Soy yo, Jimena.
Celia se decepciona; esperaba escuchar la voz de Sergio.
Bueno
¿De verdad eres tú, Celia? ¿Estás bien?
No. y cuelga mientras las lágrimas fluyen solas.
Se sienta en el sofá intentando calmarse. No pasa mucho hasta que llaman al timbre. Celia se levanta, se le activa la absurda esperanza.
¿Y si Sergio recapacitó? abre la puerta.
¡Hola! saluda con entusiasmo una mujer guapa, que Celia reconoce como Jimena, su antigua amiga y compañera de colegio.
Va impecable: pelo arreglado, labios rojos, ropa de última moda y un perfume que devuelve a Celia a la vida. Desde que Jimena se fue a estudiar a Madrid no habían vuelto a verse, salvo una vez hace más de quince años. En el instituto hacían todo juntas; discoteca, chicos, confesiones.
Jimena, ¡qué guapa estás! le sale a Celia sin pensar.
Hola, mujer. Siempre lo he sido, tú la escanea con crítica ¿Me dejas pasar, o?
Pasa cede Celia, sin ganas.
Jimena trae bolsa, entra directo en la cocina y saca una botella de vino de Rioja, un bizcocho y mandarinas.
Saca dos copas, celebremos el reencuentro, que ni recuerdo ya cuándo fue la última vez. ¡Hace siglos! parlotea sin parar mientras Celia pone copas, parte el bizcocho.
Sin preguntar, Jimena abre el vino y sirve.
Por nosotras brinda y apura la copa; Celia imita el gesto.
La segunda copa la toman por ellas mismas. Al rato, Celia siente ganas de desahogarse. Jimena escucha en silencio, y al acabar, se encoge de hombros.
Mira, Celia, pensé que era una tragedia de verdad.
¿No lo es? Tú no puedes entenderlo, nunca te ha dejado nadie
¡Qué va! Yo dejé a mi marido, fui yo quien se adelantó. En cuanto descubrí que tenía un lío con una muchachita, le pedí el divorcio de inmediato. Se quedó flipando, seguro pensaba que yo nunca me enteraría
Quizá no le amabas tanto
Sí que le amaba, mucho dice Jimena, pero no tolero el desprecio. Cuando te traicionan, ya no es amor.
Jolín, Jimena, lo ves todo tan fácil
Lo haces tú difícil, que siempre has sido igual. ¿Y tu hija?
Está en Salamanca, vive con su tía.
Vaya. Ese sinvergüenza te deja a ti y a su hija, y tú aún sufres.
Pero le amo
Se acabó, Celia, voy a curarte ese bajón.
¿Curarme? ¿Las pastillas no sirven
¡Pastillas no! Hay métodos antiguos y eficaces: cambio de imagen, compras, y nueva ilusión.
Ay, Jimena
Vamos, vístete, nos vamos al centro comercial, peluquería incluida. Sin excusas. Por cierto, ¿tienes algo ahorrado?
Un poco, Sergio y yo estábamos ahorrando para un coche nuevo.
Pues que se aguante, ya tiene el viejo. Solicita el divorcio y no le perdones nada. Incluso podrías reclamar la mitad del coche.
No, que se lo quede responde Celia, zanjando el asunto. Por cierto, ¿has vuelto a Madrid o?
Me quedo en Valladolid, no quiero volver a Madrid. Venga, cámbiate, vamos de shopping. Oye, Rita Gutiérrez me llamó: hay reunión de la promoción en una semana. Vamos juntas. Por cierto, algunos chicos están divorciados. ¿Te acuerdas de Víctor? Te perseguía desde primero
Madre mía, Jimena, ¿a quién le voy a interesar yo, hecha polvo?
No digas eso, Celia, hay que quererse. En nada te transformamos en pura juventud se ríe saliendo de casa. Hablando de bodas, ¿sabes que mi tía Carmen, la que vive cerca de tu madre, se casa por quinta vez? No sabe por cuál de los dos pretendientes decidirse
Al rato, Celia casi no se reconoce en el espejo.
¿Pero esto qué es? se asombra. El pelo cortísimo y con un color que nunca pensé que me sentaría tan bien. Parezco otra: joven, guapa. ¡Jimena sí sabe espabilar! Si no, yo seguiría hundida aquí
La reunión de antiguos alumnos es en un café de Valladolid, casi todos han venido. Muchos no reconocen a Celia, y Víctor, elegante y seguro, la observa fijamente.
Celia, no te había reconocido, ¡estás espectacular! Más guapa que nunca. Siempre me gustaste, pero tú te quedaste con Sergio, ¿dónde está?
Nada, me dejó sonríe ella sin peso.
¿Te dejó? Eso no puede ser, a una mujer así no se la deja se sorprende Víctor.
Sí, pero fue lo mejor.
Seguro que sí, Celia. Yo también estoy divorciado hace dos años. Tenía un buen negocio, hijo ya adulto, pero cuando el trabajo empezó a ir mal, mi ex me dejó por uno más joven y exitoso, o eso creyó. Pero recuperé mi empresa y ahora me va mejor que nunca.
Se encuentran con Sergio, que no la reconoce
Pasan dos meses. Celia pasea por la ribera del Duero cogida del brazo de Víctor, acaban de salir del teatro, deciden dar una vuelta. Y de pronto ve venir de frente a Sergio, más delgado y solo, parece que apenas la identifica.
¿Le irá mal con la otra? piensa.
Al pasar junto a ella, se cruzan las miradas y él duda: ¿será Celia? Pasa de largo, pero de repente:
¿Celia?
Ella se gira despacio, sonríe y dice:
Ah, hola. Mira, te presento a Víctor, mi ex marido, ¿no le reconoces? le dice a Víctor.
Hola, no te había visto antes contesta Víctor, pero yo soy el futuro esposo de Celia.
A Sergio se le queda la boca abierta; Celia también se sorprende, Víctor aún no le ha pedido nada.
¿Cómo estás? le dice ella alegre.
Bien tú has cambiado mucho, ¡te veo estupenda!
Celia sonríe de nuevo, agarra más fuerte la mano de Víctor y responde:
Las mujeres felices siempre se ven radiantes.
Así que estás bien balbucea Sergio.
Por supuesto. Y estaré aún mejor dice ella, y se va del brazo de Víctor, sintiendo que la mirada de su ex se le clava en la espalda.







