Sara desató con cuidado el nudo, sintiendo cómo la pequeña zapatilla temblaba en sus manos. Los cordones eran fuertes, nuevos, nada como aquellos desgastados que le daban en el refugio.

Lola deshizo con delicadeza el nudo, sintiendo cómo el pequeño zapato temblaba entre sus dedos. Las ataduras eran firmes, recién hechas, no como esas rotas que le habían entregado en el albergue. Exhaló, mirando las rodillas deshilachadas del niño.

Ya está, ahora no tropezarás.

El chico le devolvió una sonrisa tan amplia, tan pura, que por un instante el mundo a su alrededor perdió la grisácea costumbre.

Gracias, señorita.

Me llamo Lola corrigió ella, estremeciéndose al oír su propio nombre. Después de tanto tiempo nadie la había llamado así.

Él asintió, sacó del bolsillo un pañuelo arrugado y se lo ofreció.

Toma, para limpiarte las manos.

Lola esbozó una mueca triste y negó con la cabeza.

No, guárdalo para ti. Mira, tu nariz sangra un poco.

El niño se limpió la frente obediente, y en ese mismo momento un coche negro se detuvo bruscamente en la calle. Los frenos silbaron y dos hombres de traje, junto a una mujer de gafas, saltaron del vehículo.

¡Emilio! exclamó la mujer con voz temblorosa. ¡Dios mío, qué has hecho!

El chico se sobresaltó.

Sólo estaba persiguiendo palomas

¡Me vas a dar un infarto! chilló ella, sujetándolo por los hombros. Sus ojos se fijaron en Lola. ¿Quién eres? ¿Qué le has hecho?

Lola dio un paso atrás.

Nada simplemente se cayó. Yo lo ayudé.

La mujer la observó con desdén, midiendo de la cabeza a los pies su chaqueta rota, su rostro cansado, sus manos de piel agrietada.

¿Usted es sin techo?

Lola guardó silencio, sólo inclinó la cabeza.

En ese instante la puerta del coche se abrió y descendió un hombre alto, de cabello encanecido, con una mirada tan dura como el acero, envuelto en un largo abrigo.

¿Qué ocurre aquí? preguntó con calma, aunque su tono hacía que el aire pareciera espesarse.

Esa mujer ha tocado al niño dijo la mujer. Asegura que lo ayudó.

El hombre dirigió su mirada a Lola.

¿Y usted quién es?

Tragó con dificultad.

Nadie. Sólo una persona que no pudo pasar de largo al llanto de un niño.

Se quedó pensativo, luego se arrodilló frente al chico y examinó su frente con cuidado.

¿Te duele, Emilio?

No, papá. Esa mujer me ayudó. Es buena.

Se incorporó. Por un instante su mirada se suavizó, pero al instante volvió a endurecerse.

Mételo en el coche ordenó a la mujer.

Cuando quedaron solos, se volvió hacia Lola.

¿Sabía usted quién era él?

No. Para mí era sólo un niño que necesitaba ayuda.

La observó detenidamente.

¿Sabe cuántas personas se harían pasar por compasivas si descubrieran que es hijo de uno de los hombres más ricos de Madrid?

Lola negó con la cabeza.

No lo sabía. Y no importaría. Su sangre corría. Eso basta.

El hombre sacó su cartera, extrajo un billete de cien euros y se lo tendió.

Tómelo.

Lola retrocedió.

No, gracias.

Es sólo gratitud.

Si lo acepto, sería un trato. Yo no vendo lo que siento.

Le guiñó un ojo.

Muy orgullosa, para alguien sin techo.

Tal vez eso sea lo único que me queda murmuró ella.

Él no respondió, sólo la miró largo tiempo, pues se volvió y subió al coche.

A la mañana siguiente, Lola volvió a sentarse en la misma banca. La ciudad despertaba; el aroma a café y churros se mezclaba con el rumor de los tranvías y los pasos apresurados.

Sacó del bolsillo una piedra pequeña, la que Emilio le había dejado en la palma antes de irse.

Tómala, mi niña Lola le había dicho. Es mi piedra de la suerte. No tendrás miedo en la noche.

Lola sonrió y apretó la piedra contra su mano.

De pronto el mismo coche negro se detuvo frente a ella. Esta vez el hombre estaba solo.

¿Puedo sentarme? preguntó.

Lola asintió.

Se quedaron en silencio un largo rato.

Ayer pensé que eras como los demás dijo el hombre. Pero esta mañana mi hijo preguntó por qué no les habíamos invitado. Dijo que eras buena.

Lola apartó la mirada.

No pertenezco a su mundo.

¿Y mi mundo es correcto? sonrió amargamente. Está lleno de gente con propiedades, pero sin corazón.

Sacó un sobre y lo dejó en su regazo.

Dentro no hay dinero. Sólo una dirección. Un centro de ayuda que financio. Digan que vienen de mí. Les darán habitación y trabajo.

Lola lo miró desconcertada.

¿Por qué lo hace?

Porque ayer mi hijo dijo que alguien era bueno. Y comprendí que yo mismo ya no merecía esa palabra.

Los ojos de Lola se llenaron de lágrimas.

Gracias

No me agradezcas esbozó una ligera sonrisa. Díselo a ti misma. Salvaste no sólo a él sino quizá a mí.

Se levantó, pero antes de marcharse se volvió.

Por cierto, en el centro buscan niñera. Emilio se alegrará de verte.

Lola quedó sola en la banca, temblorosa, pero con una nueva calidez en el pecho.

Abrió el sobre. Dentro había, efectivamente, una dirección y un dibujo infantil: un niño sujetando de la mano a una mujer, y bajo, con letras torcidas:

«Lola, no temas. Todo estará bien.»

Las lágrimas corrían, pero ya no por impotencia, sino por esperanza. Se incorporó. Sus pasos eran vacilantes, pero la llevaban adelante.

Tres semanas después, en el patio del centro infantil del barrio de Lavapiés, se escuchaba una risa.

¡Más fuerte, Lola! ¡Más fuerte! gritaba Emilio, columpiándose en el columpio.

¡Cuidado de no volar! le respondía ella, empujando ligeramente. Al cuello llevaba la piedra colgada de una cuerda, su talismán de la suerte.

A la puerta estaba el hombre, observándolos en silencio, y en sus ojos ya no había frialdad.

Sabía que aquel día, cuando una desconocida había levantado del suelo a su hijo, no sólo la vida del niño había cambiado. También la suya. Y la de Lola. Para siempre.

Rate article
MagistrUm
Sara desató con cuidado el nudo, sintiendo cómo la pequeña zapatilla temblaba en sus manos. Los cordones eran fuertes, nuevos, nada como aquellos desgastados que le daban en el refugio.