Nuestros nietos son adorables, pero ya no tenemos fuerzas para trabajar por ellos.
Dicen que los hijos traen dicha. Lo mismo se suele decir de los nietos. Sí, claro, estoy de acuerdo. Pero solamente cuando no tienes demasiados y puedes permitirte mantenerlos. Mi marido y yo tenemos una hija. Resulta que, con solo diecinueve años, nos anunció que estaba embarazada. Iba a tener un bebé. Al final, tuvo gemelos. Luego se casó. Yo creí que poco a poco todo encontraría su equilibrio.
Fue como si toda la casa se llenara de agua y nos ahogáramos. Una madre joven con dos bebés diminutos. Su marido era casi un chaval, y apenas traía unos euros a casa. Los que realmente manteníamos a todos éramos nosotros. Mi esposo y yo tuvimos que buscar más trabajo, desde antes del alba hasta la noche.
Una temporada vivieron los cuatro bajo nuestro techo. Mi despertar era el zumbido del despertador, empapada en el sopor de haber pasado la noche corriendo de lado a lado con los gemelos, para que mi hija pudiera dormir algo. Empecé a notar grietas en mi corazón y en mis huesos.
Así fue fluyendo el tiempo, marchito y difuso, durante tres años. Los jóvenes lograron estabilizarse un poco, y los niños se hicieron más altos y más ruidosos. Fue justo entonces cuando mi hija me soltó, como desde el fondo de un pozo, que volvía a estar embarazada. En ese instante, confesé lo que en mis adentros me desgarraba: sería mejor interrumpir el embarazo. Cuidar a dos es ya casi imposible. Pero no, ella se mantuvo firme, empecinada en que quería tener ese hijo. Pues lo tuvo, y todo el ciclo se repitió. De nuevo las cuentas, la ansiedad, una boca nueva que alimentar, y nosotros revoloteando a trabajar hasta que el sol se pudría detrás de los tejados. Y aunque mi yerno ganaba algo más, ¿cómo mantener a cinco personas con tan poco?
Mi marido cayó con un ictus. Yo comencé a notar punzadas en el pecho cada mañana. Me di cuenta de que nuestros cuerpos no podían soportar más este peso de sueño y responsabilidad. Le dije a mi hija: ahora tenéis que apañarlas por vuestra cuenta. Entonces, ella me dejó helada con una frase como de otra dimensión: estaba embarazada del cuarto.
No supe ni qué responder. ¿En qué mundo creían vivir? Da la impresión de que confiaban en que su padre y yo siempre seríamos su colchón. Pero ya no podemos serlo. No sé qué camino tomar. No quiero que me juzguen por no socorrer a mi única hija, pero ya hicimos por ella todo lo que estuvo en nuestra mano, hasta quedarnos sin sueños y sin fuerzas.







