Mi amigo, Fernando, de 42 años, por fin ha encontrado esposa. Dice que es una limpiadora excepcional y una cocinera maravillosa. Y, la verdad, el resto no le importa mucho.
Conozco a Fernando desde que éramos críos. Vivíamos en la misma comunidad y, como era de esperar, éramos inseparables. Cuando nos hicimos adolescentes, solíamos juntarnos todos los del barrio y nos marchábamos al centro de Madrid. Allí paseábamos o simplemente nos sentábamos en un banco a hablar de la vida. Las chicas nos llamaban la atención, claro, pero no éramos de tomarnos las relaciones muy en serio. Más bien, nos importaba cómo nos veían los colegas; ninguno quería quedarse en evidencia delante del grupo.
Después me tocó hacer la mili y, sinceramente, Fernando se las ingenió para librarse. Cuando regresé, conseguí curro estable y al poco tiempo me casé. Estuve con mi esposa diez años y tuvimos dos hijos. Pero después de tanto tiempo, nos dimos cuenta de que entre nosotros ya no quedaba nada. Éramos dos extraños bajo el mismo techo. Tan solo discutíamos y, tras meditarlo mucho, vimos que lo mejor era separarnos. El divorcio llegó rápido.
Dos años después, estando ya soltero, me encontré de casualidad con Fernando. Hacía doce años que no coincidíamos y el cambio en él era notable: había ganado bastante peso y ya no era el mismo chico nervioso de antes.
Nos sentamos en una cafetería de la Gran Vía y nos pusimos al día. Resulta que él también estaba divorciado y andaba buscando alguien con quien compartir la vida. Pasó un año y conocí a una mujer estupenda con la que me casé.
Un día me crucé de nuevo con Fernando y supe que él también había encontrado pareja. Pero, la verdad, su mujer no me convencía mucho: era una mujer bastante entrada en carnes, lo que me sorprendió.
¿Qué te gustó de ella? le pregunté.
Y Fernando me soltó, sin pensárselo:
Es una auténtica fiera limpiando y cocinando. Además, me deja tranquilo. Puedo tomarme una caña y ver el fútbol sin broncas, salir de vez en cuando con los chavales al bar… Es la mujer perfecta. Nunca me pone pegas.
Me quedé boquiabierto. Para mí, una pareja significa mucho más que orden y buena comida, aunque por supuesto eso también suma. Pero, lo principal, es quererse de verdad.
Claro, que hay gente que antepone la limpieza y un buen cocido a cualquier otra cosa. Yo, en cambio, necesito sentir complicidad, esa sintonía que te hace uno con la persona que quieres. Hay que respetarse y comprenderse. Es un lujo cuando los dos comparten aficiones. A mi esposa y a mí nos encanta cocinar juntos, limpiar el piso escuchando Sabina… cosas simples que se hacen grandes de a dos.
Al final, una pareja es como ir en tándem: si los dos pedalean en el mismo sentido, el camino resulta mucho más llevadero.
¿No lo crees tú también? Yo, por mi parte, me he dado cuenta de que prefiero el compañerismo y el amor a cualquier menú de estrella Michelin.







