El niño nació exactamente a medianoche, justo en el instante en que el reloj digital de la sala de partos, parpadeando en verde, cambió de las 23:59 a las 00:00.

El niño nació justo a medianoche. Fue en ese preciso instante, cuando el reloj digital en la sala de partos, con una luz verde, cambió de 23:59 a 00:00.
El médico y la comadrona se miraron de reojo mientras el neonatólogo de guardia cogía apresuradamente aquel pequeño cuerpo inmóvil y amoratado, lo ponía en la mesa de exploración y tomaba la sonda para aspirar. El bebé no respiraba.
La parturienta, apenas girando la cabeza, observaba todo con indiferencia, aún aturdida por el dolor que la había consumido momentos antes.
¿Estará muerto? No llora rondaba la idea por su mente entumecida. Finalmente, el recién nacido emitió un débil chillido, casi imperceptible, que fue tomando fuerza y terminó convertido en un llanto sonoro que resonó por los silenciosos pasillos de la maternidad en aquella hora profunda de la noche.
El médico, la comadrona y el neonatólogo quedaron alrededor del niño, mirándolo fijamente y con absoluta atención.
Aquel bebé no era como los demás Su columna, al llegar a la altura de los omóplatos, se curvaba de manera tan extraña que formaba dos jorobas alargadas y casi simétricas que descendían hasta el centro del pecho.
¿Cómo es posible? repetía asombrado el neonatólogo Nunca he visto algo así, esto no puede ser… simplemente es imposible
Cuando por la mañana el médico fue a hablar con Carmen y le explicó la particularidad de su recién nacido, ella frunció sus bonitos labios con desprecio:
¿Encima de todo, es un monstruo? ¡Vaya suerte la mía!
No lo quiero. Llévenselo donde quieran, pero yo no pienso hacerme cargo de un monstruo Ni al sano pensaba aceptarlo, y ahora esto Traedme los papeles, que quiero firmar la renuncia
Cumplido el plazo, Carmen salió del hospital ligera, indiferente, sin ninguna carga. Su hijo se quedó allí, sin saber que la persona que más debía quererle lo había dejado atrás.
En el Hogar de Niños le pusieron de nombre Alonso. Así, simplemente, Alonso. Las cuidadoras le ponían camisas anchas y demasiado grandes, para que su problema físico pasara desapercibido.
Pero aun si su figura hubiera sido perfecta, él habría destacado igualmente entre los otros pequeños siempre chillones, peleones y ocupados disputándose cualquier cosa.
En sus ojos azules, arropados bajo largas pestañas negras, había una seriedad impropia de un niño.
A menudo, mirando por la ventana, Alonso se escuchaba a sí mismo con la atención y la angustia de quien intenta captar y entender algo que, por ahora, no logra descifrar.
Todo cambió un día, cuando la fila de niños de dos años, que caminaban torpemente de la mano, iba camino a una actividad.
Alonso entonces LO oyó. A través de la puerta entreabierta del despacho de la directora, llegaba música.
No era nada parecida a las canciones infantiles de sus clases de música, esas a cuya marcha de soldado intentaban seguir, agitando los bracitos y arrastrando los pies.
Aquella melodía era como el viento. Un viento tibio y amable que te eleva y te mece suavemente, que te arrulla y te envuelve
No tenía palabras, pero poseía un alma viva que abrazaba a Alonso y le contaba secretos que nadie más debía ni podía conocer.
Allí se detuvo, causando cierto alboroto en la ordenada fila, y se balanceó al ritmo de aquella música, sin hacer caso a los niños que tropezaban con él ni a las cuidadoras que intentaban apartarlo.
Ese instante le cambió todo. Lo que antes buscaba, entre los gritos de otros niños, el silbido del viento y el murmullo de las cañerías, por fin tenía nombre: era su Música
Marta y Javier habían visitado todos los orfanatos de Madrid y alrededores. Una enfermedad congénita impedía a Marta ser madre biológica.
Decidieron acoger a un niño de uno de esos centros. Ya habían completado los cursos, tenían los papeles listos, pero faltaba lo más difícil: ELEGIR. ¿Quién era su hijo?
A los hijos no se les escoge, se les quiere tal como son, pero entre tantos niños privados de cariño no conseguían sentir ese vínculo tan raro y especial.
Apretándose de la mano, se acercaban a la verja del Hogar de Niños. En el patio de arena, las niñas paseaban muñecas en carritos, risas y juegos por todas partes.
Solo un niño, con una chaqueta grande y larga, permanecía inmóvil, escuchando con atención a un gorrión que cantaba en la rama.
En ese momento sonó el móvil de Marta
Mozart Siempre le había gustado la música clásica. Y el niño… se estremeció, sus ojos se iluminaron, como si dentro de él se encendiera una chispa.
Comenzó a balancearse rítmicamente, siguiendo el compás, y Marta y Javier se quedaron quietos, olvidando por completo el teléfono.
Reconocieron a SU hijo. Aquel alma familiar brillaba clara en sus pupilas.
Claro que entiendo que es un niño enfermo, un discapacitado Pero quiero asumir esa responsabilidad. ¿Rehabilitación? Por supuesto
Marta pasó una eternidad contestando las insistentes preguntas de la directora, que no dejaba de sugerirle que eligiera a otro niño, más sano.
A los hijos no se les escoge le explicaba Marta con cansancio, pero convencida. Y lo voy a acoger, cueste lo que cueste
Mamá Alonso se apartó del piano y apoyó la cabeza en la mano de Marta, ¿por qué soy así? ¿Por qué no me parezco a los demás?
Marta acarició con ternura su espalda deformada:
Mira, hijo, todos somos distintos, por dentro y por fuera Tú, yo, y papá también
Lo de tu espalda ya te lo dije, lo que tienes ahí son alas, como los ángeles; aún no se han abierto, pero un día volarán, seguro que volarán
Lo abraza y lo besa en la coronilla cálida, luego se sienta a su lado en el piano. Juntos tocan, y Alonso interpreta la música como pocos adultos alcanzarían jamás.
Detrás de él, de verdad, se despliegan las alas, aunque sólo Marta, Javier y el ángel de la guarda de Alonso pueden verlas.
Y la música fluye, fluyendo como un río ancho y poderoso, meciendo con dulzura en sus olas a un feliz AlonsoA veces, dicen en el barrio que, cuando la tarde se pone dorada, de la ventana de la casa de ese niño adoptado escapa una melodía que hace olvidar el ruido del tráfico y las prisas de la ciudad. Vecinos se detienen sin saber por qué, reconociendo en aquellas notas una promesa de luz, de consuelo, algo que deja calma en el pecho. Marta y Javier, tomados de la mano tras la puerta, sonríen y se quedan escuchando al hijo que no eligieron, pero que los eligió a ellos.

Mientras las manos de Alonso vuelan sobre las teclas, algo cálido y ligero brota de su espalda y lo envuelve cada día un poco más. Ahora, cuando el viento suave entra por la ventana, parece que la música y el aire se entienden en un idioma secreto. Cada vez que termina una canción, Alonso se gira hacia sus padres, busca sus ojos y sabe, sin preguntar, que ser distinto es, en realidad, su propio milagro.

Y así, aunque todavía nadie más ha visto sus alas, toda la ciudad sabe que en ese hogar, a medianoche, nació alguien capaz de hacer volar hasta los corazones más cansados.

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MagistrUm
El niño nació exactamente a medianoche, justo en el instante en que el reloj digital de la sala de partos, parpadeando en verde, cambió de las 23:59 a las 00:00.