Mermelada de flores de diente de león
Mira, te quiero contar cómo ha acabado el invierno aquí, que fue tan suave y blanco, nada de esos fríos duros que agrietan la cara, ¡menos mal! Pero ya estábamos todos un poco cansados, y las ganas de ver hojas verdes, de colores alegrando las calles, y de quitarse de encima los abrigos gordos, era algo general.
Ya ha llegado la primavera al pueblo bueno, más bien una pequeña ciudad de provincia. Clara adora la primavera, la espera siempre como agua de mayo; le gusta seguir el despertar de la naturaleza y por fin la estaba disfrutando. Ella se asomaba a la ventana desde su tercer piso, pensando:
Con estos días cálidos de primavera parece que la ciudad se despereza de la siesta invernal. Hasta los coches grandes suenan diferentes y en el mercado hay más vida. Ahora la gente va de aquí para allá con chaquetas de colores, y los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué bien la primavera, aunque el verano, aún mejor
Clara lleva años viviendo en este edificio de cinco plantas, ahora está sola con su nieta Lucía, que está en cuarto de primaria. Los padres de Lucía se fueron hace un año a trabajar de médicos a Marruecos por contrato, así que su hija se quedó con la abuela.
Mamá, te confiamos nuestra Lucía. No la vamos a llevar tan lejos; sabemos que tú cuidas como nadie a tu nieta querida le decía su hija al despedirse.
¡Por supuesto que la cuidaré! Encima va a ser divertido tenerla conmigo. Si total, con la jubilación, ¿qué otra cosa mejor puedo hacer? Venga, id tranquilos, que nosotras aquí nos apañamos respondía Clara.
¡Bien, abuela! ¡Ahora sí que vamos a vivir tú y yo! Iremos mucho al parque, que los papás nunca tienen tiempo conmigo celebraba la nieta.
Clara le preparó el desayuno a Lucía y la mandó al cole; luego se puso con sus cosas y se le fue la mañana volando.
Iré al súper antes de que Lucía llegue del cole, que le prometí un dulce por sus buenas notas pensaba Clara mientras cogía la bolsa.
Al salir del portal ya estaban las dos vecinas en el banco de siempre, sentadas sobre cojines porque aún está frío. Carmen que es una señora muy reservada, ni te dice la edad: setenta, setenta y cinco, a saber vive en el primero. Luego está Rosario, otra mujer mayor, sesenta y ocho años, la mar de culta y alegre, todo lo contrario a Carmen, que es bastante pesimista.
Desde que se fue la nieve y el sol calienta, el banco nunca está vacío; alguna vecina siempre lo ocupa. Carmen y Rosario lo han hecho suyo, se tiran ahí de la mañana a la tarde, van a casa solo al mediodía, y vuelven rapidito. Lo controlan todo, ni una mosca pasa sin que se enteren.
Clara a veces se sienta con ellas para comentar noticias, alguna receta de revista, o lo que hayan visto en la tele; a Carmen le encanta hablar de su tensión.
¡Hola, chicas! saludó Clara sonriendo. Ya estáis al pie del cañón.
¡Hola, Clara! Aquí estamos, como si fuera nuestro trabajo, porque si no nos ponen falta Tú vas al mercado, ¿no es eso? le soltó Carmen, mirando su bolsa.
Tal cual, voy a por algo rico para Lucía, que hoy sacó sobresalientes. No me entretengo más, chicas se despidió.
El resto del día siguió su curso; Clara recogió a Lucía del cole, comieron juntas y la niña se puso con los deberes, mientras la abuela veía la tele.
Abuela, me voy a baile escuchó de repente.
Sí, Lucía ya estaba lista con la mochila y el móvil en la mano. Lleva seis años con baile y le encanta, actúa mucho y Clara está súper orgullosa de su nieta tan guapa.
Muy bien, Lucía, pásatelo bien le respondió la abuela, acompañándola hasta la puerta.
Más tarde, Clara salió sola al banco del portal a esperar a Lucía.
De pronto, se sentó a su lado Andrés, el vecino del segundo.
¿Se aburre por aquí, Clara?
¡Anda ya, con este día es imposible aburrirse! Mira qué sol, cómo cantan los pájaros y todo el parque verde, está precioso, todo lleno de esas flores amarillas, dientes de león. Parecen pequeños soles le sonreía Clara, y Andrés asentía.
En ese momento, Lucía, como un torbellino, apareció por detrás, saltó al cuello de la abuela y gritó:
¡Guau, guau!
¡Menuda trasto! Casi me matas del susto rió Clara.
Hombre, no tan pronto añadió Andrés, dándole una palmadita en el hombro.
Venga, Lucía, vamos, que hice tus zanahorias ralladas con azúcar, y tu plato favorito, ya me imagino cómo vienes después de bailar la llamó la abuela cariñosamente.
Andrés se levantó y se fue tras ellas.
¿Y tú, por qué te vas de la calle, Andrés? le preguntó Clara.
Te juro que como has hablado de tus filetes, me ha entrado hambre. Voy a cenar algo. Sal luego al banco, si te apetece pasear comentó él.
No prometo nada, que hay mucho que hacer ya veremos.
Al final, Clara salió un rato por la tarde, y Andrés la estaba esperando, pero las veteranas ya no estaban.
Carmen y Rosario se han ido a cenar hace poco le dijo Andrés.
Desde entonces, Clara y Andrés salían juntos a menudo, hasta se iban al parque de enfrente. Leían el periódico, comentaban recetas, historias y hasta cotilleaban un poco.
La vida de Andrés no fue fácil. Tuvo mujer, hija y nieto, pero se quedó viudo muy joven. Crió él solo a su hija Vera, trabajando en dos sitios para que no le faltara de nada, aunque tiempo para estar juntos, poco. Salía de casa y la niña seguía dormida; volvía y ya estaba acostada.
Vera creció, se casó, se fue a Madrid y tuvo un hijo. Durante un tiempo iba de visita, pero luego se acabaron los encuentros. Además, cuando venía, tampoco se veía ese cariño familiar. Vera se separó tras quince años y crió a su hijo sola.
Clara, mi hija dice que viene a verme en dos días. Me llamó esta mañana. ¿Tú crees? Tanto tiempo sin hablarnos le dijo Andrés; ya estaban a ese punto de confianza de tutearse y contarse todo.
A saber igual extraña a su familia. Con los años, uno quiere volver a sus raíces le dijo Clara.
No sé, no me fío.
Vera vino, igual de seca que siempre, con sus prontos, y Andrés esperaba ese “gran tema” de conversación.
Mira, papá, yo vengo a hablar contigo de algo serio. ¿Por qué no vendes tu piso y te vienes a vivir con nosotros, con tu nieto? Así estarás acompañado y todo será más fácil le soltó, tajante, y se notaba que ya lo tenía todo planeado.
Pero Andrés no quería dejar su casa ni marcharse a vivir bajo supervisión en una ciudad ajena con una hija que no tiene mucha calidez. Se excusó, diciendo que estaba acostumbrado a vivir solo.
Vera no cedía. Al rato, se enteró de la amistad de su padre con Clara y se presentó en casa de la vecina, saludando con amabilidad y sentándose en la cocina con un té y unos dulces que Clara preparó.
Te escucho, Vera le dijo Clara con dulzura.
Sé que eres muy amiga de mi padre. ¿No podrías convencerle discretamente de algo importante?
¿Y qué es?
Que venda el piso, vamos. ¿Para qué lo necesita? Toda esa casa para él solo Podría pensar en los demás, ¿no? terminó con tono frío.
Clara se quedó a cuadros ante la calculadora actitud de Vera y se negó rotunda. Vera se transformó: roja como un tomate, empezó a gritarle a Clara.
Ah, claro igual quieres quedarte tú con el piso, ¿eh? Has encontrado a un viejo solo y quieres asegurar el futuro de tu nieta Os ponéis ahí en el banco, vais de paseos, habláis sobre los beneficios de los dientes de león. Sí, sí, los dos, viejos como los dientes de león, pero maduros para otras cosas. ¿No has pensado en casarte? No lo vas a conseguir, te aviso, ¡que no me la das tú a mí! Nada vas a sacar, vieja bruja dijo, y salió dando un portazo.
Clara estaba molesta, solo pensaba que por suerte no hubiese oído los vecinos los gritos. Al poco tiempo, Vera se marchó de nuevo. Clara evitaba cruzarse con Andrés, por vergüenza, estaba incómoda.
Aunque, mira, por mucho que uno se esquive, la vida acaba colocando todo en su sitio. Un día, volviendo del supermercado, Clara vio a Andrés en el banco, esperándola con un ramo de dientes de león, ya casi tenía un pequeño corona hecha con las flores amarillas.
Clara, no te vayas, siéntate un momento conmigo. Perdóname por mi hija, sé lo que le dijo Ya hemos hablado sobre esto. Mi nieto tendrá mi ayuda, pero ella así no se puede ser. Al final, se ha ido y dice que ya no tiene padre. Y yo Andrés se quedó callado y luego extendió la corona. Toma, quería regalarte esto, y también hice mermelada de dientes de león; tienes que probarla, está buenísima y además sana. Hasta en la ensalada van bien le dijo sonriendo.
Después de esa charla sobre los dientes de león, prepararon juntas una ensalada, y Clara tomó su té con la mermelada. Le encantó. Por la tarde volvieron al parque:
Tengo el último número de nuestra revista favorita, ¿le echamos un vistazo bajo la sombra de la linde? propuso Andrés señalando el banco.
Clara se sentó junto a él y los dos se echaron a reír, dejaron que la conversación fluyera. Qué bien se está en buena compañía.
Bueno, amiga, gracias por aguantar mis historias. Ojalá tengas mucha suerte en la vida.







