Mermelada de Diente de León Se acabó el invierno nevado. Este año no hubo grandes heladas; fue una temporada suave, pero la nieve también cansa y ya apetece ver hojas verdes, colores vivos… ¡Y cambiarse por fin la ropa de abrigo! A la pequeña localidad ha llegado la primavera. Taísa adora esta estación y espera con ilusión el despertar de la naturaleza. Por fin lo ha conseguido. Observando el paisaje desde la ventana de su piso en la tercera planta, pensaba: —Con los días templados, el pueblo parece despertar de su largo letargo invernal. Hasta los coches suenan diferente y el mercado bulle de vida. La gente camina con chaquetas de colores, trencas alegres, cada uno a lo suyo. Por las mañanas, los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué gusto da la primavera… pero el verano es aún mejor. Taísa lleva años viviendo en este bloque de cinco plantas. Ahora reside solo con su nieta, Varya, que estudia en cuarto de primaria. Hace un año los padres de Varya se marcharon a trabajar por contrato a África —ambos son médicos— y dejaron a la hija “al cuidado de la abuela”. —Mamá, te confiamos nuestra Varyusha. No vamos a llevárnosla lejos, sabemos que tú cuidarás de tu nieta favorita —dijo la hija de Taísa. —Por supuesto, aquí me quedo con ella. Ahora que estoy jubilada, ¿qué mejor compañía que mi nieta? Vosotros tranquilos… —le respondió la madre. —¡Hurra, abuela! Ahora sí que vamos a vivir juntas, por fin iré al parque con frecuencia. Mamá y papá nunca tienen tiempo para mí —se alegró Varya. Tras desayunar y despedir a su nieta camino del colegio, Taísa se puso con sus cosas y el tiempo voló. —Iré a hacer la compra antes de que Varya vuelva de la escuela; le prometí algo dulce por sus buenas notas —pensó al salir de casa. Al bajar al portal, encontró ya acomodadas en el banco del patio a dos vecinas, cada una con su cojín calentito sobre la madera fría: la simpática Doña Asunción —soltera de edad indefinida, ¿setenta?, ¿más?— que nunca revela su fecha de nacimiento, vive sola en el bajo; y Doña Valentina, también mayor y sola, setenta y cinco años de historias y carcajadas, alegre y de espíritu vivaz, la antítesis de Asunción, siempre quejosa. En cuanto el sol aprieta tras la nieve derretida, ese banco del patio nunca está vacío: siempre hay alguien, y las veteranas son Asunción y Valentina. Pasarían ahí la vida entera, solo interrumpida por la comida. Lo saben todo y de todos. Taísa también se sienta a veces con ellas: debaten sobre lo leído en una revista, lo visto en la tele, o Asunción comparte su última novedad con la tensión arterial. —¡Buenos días, señoras! —saludó con simpatía Taísa—. Veo que ya estáis de guardia. —Buenos días, Taísa. Claro que sí, que si no nos ponen falta —respondió con retranca Asunción, mirando la bolsa—. ¿Vas al supermercado? —Sí, voy corriendo mientras Varya vuelve del cole. Le he prometido algo dulce por las notas… —contestó, apurada, y se marchó directamente. El día siguió su ritmo habitual. Taísa recogió a la niña, comieron, Varya se puso con los deberes, y la abuela aprovechó para sus labores y ver un poco la televisión. —Abu, me voy a danza —se anunció Varya. La niña ya estaba lista, mochila y móvil en mano. Lleva seis años bailando y ha actuado en mil y una funciones. Taísa está orgullosa de su nieta artista. —¡Muy bien, Varyusha, corre! —se despidió cariñosa la abuela. Taísa se sentó un rato en el banco a esperar a su nieta. —¿Aburrida? —se le acercó Don Gregorio, el vecino del segundo. —¿Aburrirme yo con este día? ¡Si es una maravilla! Primavera, buen tiempo… —respondió Taísa. —Cuando el sol calienta y los pájaros cantan, todo se llena de vida. Por aquí florece la primavera: la madre selva se tiñe de amarillo, parecen pequeños soles esos capullos —sonrió el vecino, y Taísa asintió. De repente, apareció Varya desde atrás y saltó sobre el cuello de su abuela, gritando: —¡Guau, guau! —¡Ay niña, qué susto me has dado! Podrías matarme del susto —rió Taísa. —¡Todavía es pronto para esos sustos! —replicó Don Gregorio, dándole una palmadita en el hombro. —Ven, revoltosa, te he preparado zanahoria rallada con azúcar, por si vienes cansada de la danza. Y tus croquetas favoritas para cenar —le dijo la abuela. Don Gregorio se levantó también detrás de ellas. —¿Y tú por qué te escapas de la calle? —preguntó Taísa. —Pues tras oírte hablar de croquetas, me ha entrado hambre. Voy a picar algo en casa y luego quizá salimos un rato a pasear —respondió el vecino. —No prometo nada, tengo muchas tareas, pero ya veremos. Al anochecer, Taísa salió un ratito al banco. Se despidió del vecino “por si acaso” y entró con Varya en el portal. —Abuela, Gregorio te está echando los tejos —bromeó Varya al entrar en el recibidor. —¡Anda, qué cosas dices! —soltó la abuela. —Yo veo cómo te mira, y no es la primera vez. Si Marquitos de mi clase me mirara así, todas las chicas estarían muertas de envidia —siguió Varya, entre risas y ojos soñadores. —Venga, siéntate a la mesa, que eres más observadora de lo que crees. Marquitos ya te mirará… —sonrió Taísa. Esa tarde sí salió al banco, Gregorio estaba esperando. Curiosamente, ni Asunción ni Valentina quedaban allí. —Se acaban de ir a cenar —comentó contento Gregorio. Desde ese día se encontraron a menudo: en el parque que hay al otro lado, leyendo revistas, comentando recetas o historias, intercambiando anécdotas y alegrías. La vida no había tratado con ternura a Don Gregorio. Fue marido, padre y abuelo, pero enviudó joven y crió él solo a su hija Vero, trabajando en dos sitios para que nunca le faltara nada. Apenas la veía despierta: salía de casa aún dormía y al volver ya se había acostado. Vero se casó, se mudó a otra ciudad y tuvo un hijo. Volvió algunas veces, pero el contacto se perdió; nunca hubo entusiasmo familiar en esas visitas. Tras quince años, se divorció y crió sola a su hijo. —Taísa, mi hija viene a verme en dos días. Me ha llamado esta mañana. Pero no entiendo… tantos años sin hablar y de repente… —suspiró Gregorio. Ya se trataban de tú y compartían todo. —A lo mejor añora estar cerca de la familia, a cierta edad uno necesita a los suyos —sugirió Taísa. —No lo sé, no estoy seguro… Vero llegó. Igual de fría, con gesto serio y reservada. Gregorio esperaba una conversación importante, y no tardó en tenerla: —Papá, te vengo por una cosa. ¿Por qué no vendes el piso y te vienes con nosotros a mi ciudad? Estarás con el nieto, tendrás compañía; será más animado para todos —dijo, dando a entender que ya lo había decidido. A Gregorio le incomodó la propuesta. No le seducía abandonar su casa y ciudad para vivir “vigilado” en el hogar de una hija poco afectuosa. Se negó, argumentando que prefiere vivir solo. Vero no se rindió. Supo de la amistad de su padre con Taísa y fue a visitarla. Saludó cortésmente, se sentó en la cocina; Taísa sirvió té, dulces y confitura. —Te escucho, Verito —respondió con dulzura la anfitriona. —He visto que eres muy amiga de mi padre. ¿Podrías convencerlo para que venda su piso? ¿No ves que no le hace falta tanto espacio? Deberías pensar en los demás —concluyó bruscamente. A Taísa le sorprendió el cinismo y cálculo de Vero; le respondió negativamente. Vero se descompuso, roja como un tomate, chilló y la acusó: —Claro, tú quieres quedarte tú con el piso. Has encontrado a un viejo solo y quieres que sea la dote para tu nieta. Os hacéis ojitos en el banco, paseáis, y os dan por hablar de los dientes de león… ¡Dos viejos “dientes de león”, y encima buscando boda! Te advierto: no conseguirás nada. Y si piensas casarte con él, “bruja vieja”, te lo prohíbo —y, dando un portazo, se fue. A Taísa le molestó el escándalo y temía que los vecinos lo hubiesen oído. Pero pronto Vero se marchó. Taísa empezó a evitar a Gregorio: si lo veía, se metía rápido en casa. Pero por mucho que quieras esquivar la vida, ella te pone en su sitio. Un día, saliendo del supermercado, encontró a Gregorio en el portal con un ramo de dientes de león, trenzando casi una corona. —Taísa, no te vayas —le pidió—, siéntate un momento. Perdona por mi hija… Sé lo que ha dicho, yo también he hablado con ella, seguiré ayudando a mi nieto. Pero ella… no actúa bien. Se marchó diciendo que ya no tiene padre. Y yo… —se calló, extendió la corona incompleta de dientes de león—. Toma, porque he hecho mermelada de dientes de león, es muy sana y deliciosa. Tienes que probarla. Y también se pueden echar en la ensalada —dijo sonriendo. Después de hablar sobre las bondades de los dientes de león, acabaron haciendo ensalada juntos. Taísa tomó el té con la mermelada de dientes de león y le encantó. Por la tarde volvieron al parque: —Tengo el último número de nuestra revista favorita —anunció Gregorio—, lo leeremos bajo la linden en el banco —guiñó. Taísa se sentó y se rió. Comenzaron a charlar, y se olvidaron del mundo. Juntos estaban bien. Gracias por leer, suscribirte y apoyarme. ¡Mucha suerte en la vida!

Mermelada de flores de diente de león

Mira, te quiero contar cómo ha acabado el invierno aquí, que fue tan suave y blanco, nada de esos fríos duros que agrietan la cara, ¡menos mal! Pero ya estábamos todos un poco cansados, y las ganas de ver hojas verdes, de colores alegrando las calles, y de quitarse de encima los abrigos gordos, era algo general.

Ya ha llegado la primavera al pueblo bueno, más bien una pequeña ciudad de provincia. Clara adora la primavera, la espera siempre como agua de mayo; le gusta seguir el despertar de la naturaleza y por fin la estaba disfrutando. Ella se asomaba a la ventana desde su tercer piso, pensando:

Con estos días cálidos de primavera parece que la ciudad se despereza de la siesta invernal. Hasta los coches grandes suenan diferentes y en el mercado hay más vida. Ahora la gente va de aquí para allá con chaquetas de colores, y los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué bien la primavera, aunque el verano, aún mejor

Clara lleva años viviendo en este edificio de cinco plantas, ahora está sola con su nieta Lucía, que está en cuarto de primaria. Los padres de Lucía se fueron hace un año a trabajar de médicos a Marruecos por contrato, así que su hija se quedó con la abuela.

Mamá, te confiamos nuestra Lucía. No la vamos a llevar tan lejos; sabemos que tú cuidas como nadie a tu nieta querida le decía su hija al despedirse.

¡Por supuesto que la cuidaré! Encima va a ser divertido tenerla conmigo. Si total, con la jubilación, ¿qué otra cosa mejor puedo hacer? Venga, id tranquilos, que nosotras aquí nos apañamos respondía Clara.

¡Bien, abuela! ¡Ahora sí que vamos a vivir tú y yo! Iremos mucho al parque, que los papás nunca tienen tiempo conmigo celebraba la nieta.

Clara le preparó el desayuno a Lucía y la mandó al cole; luego se puso con sus cosas y se le fue la mañana volando.

Iré al súper antes de que Lucía llegue del cole, que le prometí un dulce por sus buenas notas pensaba Clara mientras cogía la bolsa.

Al salir del portal ya estaban las dos vecinas en el banco de siempre, sentadas sobre cojines porque aún está frío. Carmen que es una señora muy reservada, ni te dice la edad: setenta, setenta y cinco, a saber vive en el primero. Luego está Rosario, otra mujer mayor, sesenta y ocho años, la mar de culta y alegre, todo lo contrario a Carmen, que es bastante pesimista.

Desde que se fue la nieve y el sol calienta, el banco nunca está vacío; alguna vecina siempre lo ocupa. Carmen y Rosario lo han hecho suyo, se tiran ahí de la mañana a la tarde, van a casa solo al mediodía, y vuelven rapidito. Lo controlan todo, ni una mosca pasa sin que se enteren.

Clara a veces se sienta con ellas para comentar noticias, alguna receta de revista, o lo que hayan visto en la tele; a Carmen le encanta hablar de su tensión.

¡Hola, chicas! saludó Clara sonriendo. Ya estáis al pie del cañón.

¡Hola, Clara! Aquí estamos, como si fuera nuestro trabajo, porque si no nos ponen falta Tú vas al mercado, ¿no es eso? le soltó Carmen, mirando su bolsa.

Tal cual, voy a por algo rico para Lucía, que hoy sacó sobresalientes. No me entretengo más, chicas se despidió.

El resto del día siguió su curso; Clara recogió a Lucía del cole, comieron juntas y la niña se puso con los deberes, mientras la abuela veía la tele.

Abuela, me voy a baile escuchó de repente.

Sí, Lucía ya estaba lista con la mochila y el móvil en la mano. Lleva seis años con baile y le encanta, actúa mucho y Clara está súper orgullosa de su nieta tan guapa.

Muy bien, Lucía, pásatelo bien le respondió la abuela, acompañándola hasta la puerta.

Más tarde, Clara salió sola al banco del portal a esperar a Lucía.

De pronto, se sentó a su lado Andrés, el vecino del segundo.

¿Se aburre por aquí, Clara?

¡Anda ya, con este día es imposible aburrirse! Mira qué sol, cómo cantan los pájaros y todo el parque verde, está precioso, todo lleno de esas flores amarillas, dientes de león. Parecen pequeños soles le sonreía Clara, y Andrés asentía.

En ese momento, Lucía, como un torbellino, apareció por detrás, saltó al cuello de la abuela y gritó:

¡Guau, guau!

¡Menuda trasto! Casi me matas del susto rió Clara.

Hombre, no tan pronto añadió Andrés, dándole una palmadita en el hombro.

Venga, Lucía, vamos, que hice tus zanahorias ralladas con azúcar, y tu plato favorito, ya me imagino cómo vienes después de bailar la llamó la abuela cariñosamente.

Andrés se levantó y se fue tras ellas.

¿Y tú, por qué te vas de la calle, Andrés? le preguntó Clara.

Te juro que como has hablado de tus filetes, me ha entrado hambre. Voy a cenar algo. Sal luego al banco, si te apetece pasear comentó él.

No prometo nada, que hay mucho que hacer ya veremos.

Al final, Clara salió un rato por la tarde, y Andrés la estaba esperando, pero las veteranas ya no estaban.

Carmen y Rosario se han ido a cenar hace poco le dijo Andrés.

Desde entonces, Clara y Andrés salían juntos a menudo, hasta se iban al parque de enfrente. Leían el periódico, comentaban recetas, historias y hasta cotilleaban un poco.

La vida de Andrés no fue fácil. Tuvo mujer, hija y nieto, pero se quedó viudo muy joven. Crió él solo a su hija Vera, trabajando en dos sitios para que no le faltara de nada, aunque tiempo para estar juntos, poco. Salía de casa y la niña seguía dormida; volvía y ya estaba acostada.

Vera creció, se casó, se fue a Madrid y tuvo un hijo. Durante un tiempo iba de visita, pero luego se acabaron los encuentros. Además, cuando venía, tampoco se veía ese cariño familiar. Vera se separó tras quince años y crió a su hijo sola.

Clara, mi hija dice que viene a verme en dos días. Me llamó esta mañana. ¿Tú crees? Tanto tiempo sin hablarnos le dijo Andrés; ya estaban a ese punto de confianza de tutearse y contarse todo.

A saber igual extraña a su familia. Con los años, uno quiere volver a sus raíces le dijo Clara.

No sé, no me fío.

Vera vino, igual de seca que siempre, con sus prontos, y Andrés esperaba ese “gran tema” de conversación.

Mira, papá, yo vengo a hablar contigo de algo serio. ¿Por qué no vendes tu piso y te vienes a vivir con nosotros, con tu nieto? Así estarás acompañado y todo será más fácil le soltó, tajante, y se notaba que ya lo tenía todo planeado.

Pero Andrés no quería dejar su casa ni marcharse a vivir bajo supervisión en una ciudad ajena con una hija que no tiene mucha calidez. Se excusó, diciendo que estaba acostumbrado a vivir solo.

Vera no cedía. Al rato, se enteró de la amistad de su padre con Clara y se presentó en casa de la vecina, saludando con amabilidad y sentándose en la cocina con un té y unos dulces que Clara preparó.

Te escucho, Vera le dijo Clara con dulzura.

Sé que eres muy amiga de mi padre. ¿No podrías convencerle discretamente de algo importante?

¿Y qué es?

Que venda el piso, vamos. ¿Para qué lo necesita? Toda esa casa para él solo Podría pensar en los demás, ¿no? terminó con tono frío.

Clara se quedó a cuadros ante la calculadora actitud de Vera y se negó rotunda. Vera se transformó: roja como un tomate, empezó a gritarle a Clara.

Ah, claro igual quieres quedarte tú con el piso, ¿eh? Has encontrado a un viejo solo y quieres asegurar el futuro de tu nieta Os ponéis ahí en el banco, vais de paseos, habláis sobre los beneficios de los dientes de león. Sí, sí, los dos, viejos como los dientes de león, pero maduros para otras cosas. ¿No has pensado en casarte? No lo vas a conseguir, te aviso, ¡que no me la das tú a mí! Nada vas a sacar, vieja bruja dijo, y salió dando un portazo.

Clara estaba molesta, solo pensaba que por suerte no hubiese oído los vecinos los gritos. Al poco tiempo, Vera se marchó de nuevo. Clara evitaba cruzarse con Andrés, por vergüenza, estaba incómoda.

Aunque, mira, por mucho que uno se esquive, la vida acaba colocando todo en su sitio. Un día, volviendo del supermercado, Clara vio a Andrés en el banco, esperándola con un ramo de dientes de león, ya casi tenía un pequeño corona hecha con las flores amarillas.

Clara, no te vayas, siéntate un momento conmigo. Perdóname por mi hija, sé lo que le dijo Ya hemos hablado sobre esto. Mi nieto tendrá mi ayuda, pero ella así no se puede ser. Al final, se ha ido y dice que ya no tiene padre. Y yo Andrés se quedó callado y luego extendió la corona. Toma, quería regalarte esto, y también hice mermelada de dientes de león; tienes que probarla, está buenísima y además sana. Hasta en la ensalada van bien le dijo sonriendo.

Después de esa charla sobre los dientes de león, prepararon juntas una ensalada, y Clara tomó su té con la mermelada. Le encantó. Por la tarde volvieron al parque:

Tengo el último número de nuestra revista favorita, ¿le echamos un vistazo bajo la sombra de la linde? propuso Andrés señalando el banco.

Clara se sentó junto a él y los dos se echaron a reír, dejaron que la conversación fluyera. Qué bien se está en buena compañía.

Bueno, amiga, gracias por aguantar mis historias. Ojalá tengas mucha suerte en la vida.

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MagistrUm
Mermelada de Diente de León Se acabó el invierno nevado. Este año no hubo grandes heladas; fue una temporada suave, pero la nieve también cansa y ya apetece ver hojas verdes, colores vivos… ¡Y cambiarse por fin la ropa de abrigo! A la pequeña localidad ha llegado la primavera. Taísa adora esta estación y espera con ilusión el despertar de la naturaleza. Por fin lo ha conseguido. Observando el paisaje desde la ventana de su piso en la tercera planta, pensaba: —Con los días templados, el pueblo parece despertar de su largo letargo invernal. Hasta los coches suenan diferente y el mercado bulle de vida. La gente camina con chaquetas de colores, trencas alegres, cada uno a lo suyo. Por las mañanas, los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué gusto da la primavera… pero el verano es aún mejor. Taísa lleva años viviendo en este bloque de cinco plantas. Ahora reside solo con su nieta, Varya, que estudia en cuarto de primaria. Hace un año los padres de Varya se marcharon a trabajar por contrato a África —ambos son médicos— y dejaron a la hija “al cuidado de la abuela”. —Mamá, te confiamos nuestra Varyusha. No vamos a llevárnosla lejos, sabemos que tú cuidarás de tu nieta favorita —dijo la hija de Taísa. —Por supuesto, aquí me quedo con ella. Ahora que estoy jubilada, ¿qué mejor compañía que mi nieta? Vosotros tranquilos… —le respondió la madre. —¡Hurra, abuela! Ahora sí que vamos a vivir juntas, por fin iré al parque con frecuencia. Mamá y papá nunca tienen tiempo para mí —se alegró Varya. Tras desayunar y despedir a su nieta camino del colegio, Taísa se puso con sus cosas y el tiempo voló. —Iré a hacer la compra antes de que Varya vuelva de la escuela; le prometí algo dulce por sus buenas notas —pensó al salir de casa. Al bajar al portal, encontró ya acomodadas en el banco del patio a dos vecinas, cada una con su cojín calentito sobre la madera fría: la simpática Doña Asunción —soltera de edad indefinida, ¿setenta?, ¿más?— que nunca revela su fecha de nacimiento, vive sola en el bajo; y Doña Valentina, también mayor y sola, setenta y cinco años de historias y carcajadas, alegre y de espíritu vivaz, la antítesis de Asunción, siempre quejosa. En cuanto el sol aprieta tras la nieve derretida, ese banco del patio nunca está vacío: siempre hay alguien, y las veteranas son Asunción y Valentina. Pasarían ahí la vida entera, solo interrumpida por la comida. Lo saben todo y de todos. Taísa también se sienta a veces con ellas: debaten sobre lo leído en una revista, lo visto en la tele, o Asunción comparte su última novedad con la tensión arterial. —¡Buenos días, señoras! —saludó con simpatía Taísa—. Veo que ya estáis de guardia. —Buenos días, Taísa. Claro que sí, que si no nos ponen falta —respondió con retranca Asunción, mirando la bolsa—. ¿Vas al supermercado? —Sí, voy corriendo mientras Varya vuelve del cole. Le he prometido algo dulce por las notas… —contestó, apurada, y se marchó directamente. El día siguió su ritmo habitual. Taísa recogió a la niña, comieron, Varya se puso con los deberes, y la abuela aprovechó para sus labores y ver un poco la televisión. —Abu, me voy a danza —se anunció Varya. La niña ya estaba lista, mochila y móvil en mano. Lleva seis años bailando y ha actuado en mil y una funciones. Taísa está orgullosa de su nieta artista. —¡Muy bien, Varyusha, corre! —se despidió cariñosa la abuela. Taísa se sentó un rato en el banco a esperar a su nieta. —¿Aburrida? —se le acercó Don Gregorio, el vecino del segundo. —¿Aburrirme yo con este día? ¡Si es una maravilla! Primavera, buen tiempo… —respondió Taísa. —Cuando el sol calienta y los pájaros cantan, todo se llena de vida. Por aquí florece la primavera: la madre selva se tiñe de amarillo, parecen pequeños soles esos capullos —sonrió el vecino, y Taísa asintió. De repente, apareció Varya desde atrás y saltó sobre el cuello de su abuela, gritando: —¡Guau, guau! —¡Ay niña, qué susto me has dado! Podrías matarme del susto —rió Taísa. —¡Todavía es pronto para esos sustos! —replicó Don Gregorio, dándole una palmadita en el hombro. —Ven, revoltosa, te he preparado zanahoria rallada con azúcar, por si vienes cansada de la danza. Y tus croquetas favoritas para cenar —le dijo la abuela. Don Gregorio se levantó también detrás de ellas. —¿Y tú por qué te escapas de la calle? —preguntó Taísa. —Pues tras oírte hablar de croquetas, me ha entrado hambre. Voy a picar algo en casa y luego quizá salimos un rato a pasear —respondió el vecino. —No prometo nada, tengo muchas tareas, pero ya veremos. Al anochecer, Taísa salió un ratito al banco. Se despidió del vecino “por si acaso” y entró con Varya en el portal. —Abuela, Gregorio te está echando los tejos —bromeó Varya al entrar en el recibidor. —¡Anda, qué cosas dices! —soltó la abuela. —Yo veo cómo te mira, y no es la primera vez. Si Marquitos de mi clase me mirara así, todas las chicas estarían muertas de envidia —siguió Varya, entre risas y ojos soñadores. —Venga, siéntate a la mesa, que eres más observadora de lo que crees. Marquitos ya te mirará… —sonrió Taísa. Esa tarde sí salió al banco, Gregorio estaba esperando. Curiosamente, ni Asunción ni Valentina quedaban allí. —Se acaban de ir a cenar —comentó contento Gregorio. Desde ese día se encontraron a menudo: en el parque que hay al otro lado, leyendo revistas, comentando recetas o historias, intercambiando anécdotas y alegrías. La vida no había tratado con ternura a Don Gregorio. Fue marido, padre y abuelo, pero enviudó joven y crió él solo a su hija Vero, trabajando en dos sitios para que nunca le faltara nada. Apenas la veía despierta: salía de casa aún dormía y al volver ya se había acostado. Vero se casó, se mudó a otra ciudad y tuvo un hijo. Volvió algunas veces, pero el contacto se perdió; nunca hubo entusiasmo familiar en esas visitas. Tras quince años, se divorció y crió sola a su hijo. —Taísa, mi hija viene a verme en dos días. Me ha llamado esta mañana. Pero no entiendo… tantos años sin hablar y de repente… —suspiró Gregorio. Ya se trataban de tú y compartían todo. —A lo mejor añora estar cerca de la familia, a cierta edad uno necesita a los suyos —sugirió Taísa. —No lo sé, no estoy seguro… Vero llegó. Igual de fría, con gesto serio y reservada. Gregorio esperaba una conversación importante, y no tardó en tenerla: —Papá, te vengo por una cosa. ¿Por qué no vendes el piso y te vienes con nosotros a mi ciudad? Estarás con el nieto, tendrás compañía; será más animado para todos —dijo, dando a entender que ya lo había decidido. A Gregorio le incomodó la propuesta. No le seducía abandonar su casa y ciudad para vivir “vigilado” en el hogar de una hija poco afectuosa. Se negó, argumentando que prefiere vivir solo. Vero no se rindió. Supo de la amistad de su padre con Taísa y fue a visitarla. Saludó cortésmente, se sentó en la cocina; Taísa sirvió té, dulces y confitura. —Te escucho, Verito —respondió con dulzura la anfitriona. —He visto que eres muy amiga de mi padre. ¿Podrías convencerlo para que venda su piso? ¿No ves que no le hace falta tanto espacio? Deberías pensar en los demás —concluyó bruscamente. A Taísa le sorprendió el cinismo y cálculo de Vero; le respondió negativamente. Vero se descompuso, roja como un tomate, chilló y la acusó: —Claro, tú quieres quedarte tú con el piso. Has encontrado a un viejo solo y quieres que sea la dote para tu nieta. Os hacéis ojitos en el banco, paseáis, y os dan por hablar de los dientes de león… ¡Dos viejos “dientes de león”, y encima buscando boda! Te advierto: no conseguirás nada. Y si piensas casarte con él, “bruja vieja”, te lo prohíbo —y, dando un portazo, se fue. A Taísa le molestó el escándalo y temía que los vecinos lo hubiesen oído. Pero pronto Vero se marchó. Taísa empezó a evitar a Gregorio: si lo veía, se metía rápido en casa. Pero por mucho que quieras esquivar la vida, ella te pone en su sitio. Un día, saliendo del supermercado, encontró a Gregorio en el portal con un ramo de dientes de león, trenzando casi una corona. —Taísa, no te vayas —le pidió—, siéntate un momento. Perdona por mi hija… Sé lo que ha dicho, yo también he hablado con ella, seguiré ayudando a mi nieto. Pero ella… no actúa bien. Se marchó diciendo que ya no tiene padre. Y yo… —se calló, extendió la corona incompleta de dientes de león—. Toma, porque he hecho mermelada de dientes de león, es muy sana y deliciosa. Tienes que probarla. Y también se pueden echar en la ensalada —dijo sonriendo. Después de hablar sobre las bondades de los dientes de león, acabaron haciendo ensalada juntos. Taísa tomó el té con la mermelada de dientes de león y le encantó. Por la tarde volvieron al parque: —Tengo el último número de nuestra revista favorita —anunció Gregorio—, lo leeremos bajo la linden en el banco —guiñó. Taísa se sentó y se rió. Comenzaron a charlar, y se olvidaron del mundo. Juntos estaban bien. Gracias por leer, suscribirte y apoyarme. ¡Mucha suerte en la vida!