No quería, pero lo hice
Fumar nunca había sido el fuerte de Valentina, aunque se había autoconvencido de que aquello le servía para calmar los nervios. Ahí estaba, en el patio de su casa, observando la calle del pueblo, con pensamientos más oscuros que una noche sin luna. Últimamente la vida se le había complicado tanto que aquello parecía una telenovela.
Vivía sola en la casa de la abuela difunta; los padres suyos, en una aldea a siete kilómetros. Quería independencia, vivir a su aire Bueno, con veintitrés años ya iba tocando. Trabajaba en Correos.
No fue capaz ni de terminarse el pitillo: lo apagó y lo tiró con asco.
No es para mí esto refunfuñó. No lo entiendo, Inés fuma como una locomotora y ella fue la que me dijo que calmaba los nervios Pues me da que tampoco.
En ese instante, pasó por delante de su casa el recién trasladado guardia civil, Alberto, venido desde el pueblo vecino. De esto Valentina se enteró por sus compañeros en la oficina de Correos. Observó el coche hasta que desapareció, y entró en casa mientras se hacía de noche. Hoy tenía entre manos algo importante y, sobre todo, arriesgado
El día anterior, aunque no había mucha gente en Correos, de vez en cuando aparecían vecinos.
Mañana esto va a parecer la Puerta del Sol en Nochevieja soltó Doña Carmen, la veterana, hoy es el silencio antes de la tormenta de las pensiones.
Doña Carmen llevaba en la oficina desde que Franco era cabo, y nadie en el pueblo recuerda cuándo empezó; ella siempre lo cuenta:
Más de treinta años aquí, hija. ¡Yo ni me imagino trabajar en otra cosa!
Qué razón tiene soltó Inés, la joven. Mi madre dice que sin ti esto no es Correos. Aquí todo te lo debemos.
Bueno, tampoco exageremos, que cuando yo me jubile, vendrá otro. Nadie es imprescindible Doña Carmen ponía tono resignado.
Se abrió la puerta y entró Marina, mujer robusta, cuarenta y dos años y una flamante camiseta de flores.
¡Ay, qué calor! Yo venía porque mi vecina, la abuela Sofía, quiere que le hagáis la suscripción a la revista Lecturas. Le gusta mucho leer y estamos de viaje desde primera hora: nos vamos a la mismísima Turquía, ni más ni menos La pobre está preocupada porque le caduca la suscripción y se va a quedar sin revistas; la entretienen, dice que así se le pasa más rápido el tiempo.
Madre mía, Marina, ¿no te da miedo ir tan lejos y encima en avión? preguntó Doña Carmen con tono de experta viajera. Turquía, eso es el paraíso, buen sol seguro.
Miedo ninguno. En cuanto llegue, cuelgo fotos en Instagram. Me he comprado un bañador nuevo, así que todos atentos prometió Marina y se fue con sus papeles.
¡Qué pastizal debe costar irse toda la familia a Turquía! ojiplática Inés.
Hombre, dinero tienen. Lucas, su marido, es agricultor de los que salen en el telediario afirmó Doña Carmen con la seguridad de quien sabe los cotilleos de todo el pueblo.
Valentina permanecía callada, sentada junto al muro y con los ojos en la pantalla del ordenador, escuchando todo con atención.
Al poco, entró el guardia civil Alberto y saludó con un entusiasmo sorprendente:
Buenas tardes, vengo porque debería llegarme un aviso le dijo a Inés, quien, al mirar hacia Valentina, vio que Alberto había clavado la vista en ella.
No sabía yo que aquí trabajaban chicas tan guapas Aunque muy triste se la ve.
Doña Carmen siguió el hilo de la mirada.
Ay, Valentina Hace poco enterró a su prometido.
Vaya musitó Alberto, y Inés le confirmó que aún no había nada a su nombre.
Tres semanas atrás, el prometido de Valentina, Manuel, fue hallado asesinado en las afueras de la capital comarcal. Dicen que jugaba y frecuentaba un club clandestino de apuestas. Valentina no sabía nada. La policía no sacó nada en claro, pero de pronto, cierta noche, dos chicos de ciudad aparecieron en su puerta. Recordaba haber visto a Manuel con ellos alguna vez.
Tu novio nos debe una cifra considerable.
Pero ha muerto respondió Valentina, aterrada.
Pero los muertos no pagan, así que te toca a ti: debes saldar su deuda rio cruelmente el tal Sergio, y soltó la cifra: tres mil quinientos euros.
¿Y yo de dónde saco ese dinero?
Ese es tu problema. Sabemos que tienes controlada a la gente del pueblo. Busca a quien tenga pasta.
Si es que ni sé quién tiene dinero
¡Venga ya! Trabajas en Correos, tú te enteras de todo tan tajante Sergio que no dejaba dudas. En dos semanas volvemos por la pasta, ni se te ocurra denunciar; si lo haces, lo pagas caro. Toma, aquí tienes unas ganzúas: cualquier cerradura se abre con esto.
En cuanto salieron, cerró la puerta temblando. El silencio de la casa era sepulcral. A la noche siguiente, decidió colarse en la casa de Marina. Sabía que no había perro, solo la puerta cerrada. Pero nada que no arregle una buena escalada de valla.
No sabía cómo entrar más allá, pero lo que dijo Sergio se cumplió: la ganzúa funcionó. El corazón le palpitaba como la campana de la catedral. Acababa de cruzar la raya; ahora era igual de delincuente que los dos matones que la habían amenazado.
Buscó y rebuscó. La luz de la farola invadía la habitación. Pensaba:
Madre mía, ¿qué estoy haciendo? Por salvarme de una, ahora tengo que pagar la cuenta de Manuel, que tú ya no puedes pedir nada Yo cargando con tus errores y encima delinquiendo.
Tenía claro que lo suyo era ir a la Guardia Civil, pero el miedo al brutal Sergio la paralizaba. Solo encontró mil quinientos euros en un cajón y las joyas de Marina: un anillo y una pulsera de oro. Vio el portátil sobre la mesa y lo metió en la bolsa.
Salió silenciosa, con la bolsa al hombro, mirando a ambos lados. Las ventanas oscuras, algún perro ladrando sin convicción Nadie la vio y nadie la oyó. Estaba hecha un flan.
El botín terminó en un viejo baúl de la abuela, en el cuarto de los trastos. No pegó ojo en toda la noche. Al día siguiente fue al trabajo con la cabeza que parecía un bombo. A mediodía salió y fue a la cafetería de al lado.
Buenos días se le plantó delante Alberto, y ella dio un salto. No te asustes, solo venía a comer, igual que tú.
Buenos días balbuceó, pensando: ¿ya sabe que he robado? ¿Me estaba esperando?
Sí, te estaba esperando bromeó el guardia civil.
Valentina vio esos ojos chispeantes y se relajó: era de broma. Desde aquel día, comían juntos y hasta la acompañaba por la noche, y al poco ya acabó quedándose.
Rápido corrió el rumor por el pueblo:
Pues sí que ha sido rápida Valentina, se ha llevado al guardia civil chismorreaba Teresa. Si es que a mi hija le gustaba Alberto, pero ella le ha birlado el puesto
¡Bah! Si está claro que él está coladito por Valentina opinaban otros.
Era cierto, lo suyo era mutuo, y aunque algunos criticaban a Valentina:
Hace nada que ha enterrado a un novio, y ya está con otro.
¿Y qué tiene que estar de luto toda la vida? defendían otros.
Pero ella no podía estar tranquila, el día fatídico se acercaba: iban a venir a por la deuda. Miedo le daba que pillaran a Alberto allí. Quería confesarle todo, pero le costaba. Cuando quedaban dos días, no pudo más:
Alberto, tengo que decirte algo le soltó, mientras él se reía.
Ya sé lo que es, yo también te quiero mucho
No, no es eso
Alberto la escuchó serio: le costaba creer que aquella chica tan frágil hubiera llegado a eso. Al poco la perdonó; al fin y al cabo, la habían amenazado.
Madre mía, Valentina Ahora habrá que arreglarlo. ¿Dónde está lo robado? ¡Cómo has sido tan ingenua! Tenías que haberme contado todo
Sacó la bolsa y se la entregó. Él la animó y prometió que la protegería.
La noche de la cita fatídica, llamaron a la puerta. Con los nervios de punta, abrió y allí estaban Sergio y su compinche.
No he conseguido el dinero, pero algo se me ocurrirá. Dadme más tiempo suplicó con voz temblorosa.
Sergio le agarró el brazo con fuerza, cruel:
¿Tiempo? ¡Ya está bien! O pagas, o ahora mism
Pero, de repente, su amigo cayó al suelo, y Sergio detrás. Estaban en el suelo, y Alberto ya tenía los grilletes puestos; el otro guardia civil sujetaba al compinche.
Se acabó le susurró Alberto. Ya no te molestarán más. Mañana ven a comisaría, lo aclararemos todo.
Valentina lo confesó todo al inspector. Marina volvió de Turquía y recuperó sus cosas, todo como si nada. Alberto pidió que se mantuviera su secreto. Nadie creyó que Valentina, tan pacífica, pudiera haber hecho tal cosa. Todos pensaron que fue Sergio y su amigo; de paso resultó que habían sido ellos quienes mataron a Manuel. Les cayó un buen paquete.
Alberto le pidió matrimonio y hubo boda. Su amor borró todos los pecados y curó las heridas de Valentina. Ahora, criaban juntos a una niña: Leonor.





