Indispensable en la vida cotidiana

La primera vez que Lucía vio a Andrés fue en la oficina del ayuntamiento de Madrid. Él había llegado para solicitar plaza en el Departamento de Suministros, y ella, al mismo tiempo, entró de golpe en Recursos Humanos para firmar un documento.

Se detuvo un instante al cruzar la mirada con el recién llegado, pensando en un susurro interior: «Qué guapo, y además tan independiente. Ya no hay hombres así» Escuchó la conversación a su alrededor: « al Departamento de Suministros pronto nos veremos».

Al día siguiente el desconocido apareció en contabilidad, saludó con cortesía y, como si le interesara el mundo entero, fijó su mirada en Lucía. Un escalofrío recorrió su cuerpo y, avergonzada, pensó: «Mira cómo nos mira ¿habremos visto a alguien así?».

Ya sea que la hubieran visto o no, la historia no lo dice; lo que sí quedó claro fue que Andrés no era como los demás pretendientes que había tenido Lucía. Él siempre le miraba a los ojos, con ternura, sin prisa, resolviendo cualquier problema sin que se lo pidieran, pero sin imponerse. Aparecía en el momento exacto en que se le necesitaba, casi invisible.

Ese aura dejó una huella indeleble en Lucía; se enamoró de manera irrevocable. ¡Qué sueño, aquel hombre del que sólo se habla en los cuentos!

En cuestión de meses vivían bajo el mismo techo; medio año después se casaron. Cuando nació su hijo, una copia exacta de Andrés, Lucía comprendió al fin el significado de la felicidad.

Esa noche se aferró a él y susurró:

No vas a irte, ¿verdad? Ya te he atado fuerte.

Yo nunca tuve intención de irme respondió él, besándole la sien.

***

Lucía sabía desde el principio que Andrés tenía una hija de un matrimonio anterior. Preguntó por ella, pero él no se apresuró a contar detalles, hasta que un día soltó:

Hace años que no tengo contacto. Cuando mi hija tenía tres años, mi ex, Celia, no quería que habláramos. Ahora María tiene ya la edad de adolescente así que, mejor no revivamos el pasado.

Lucía encogió los hombros:

Como quieras. Pero si alguna vez quieres buscarla, dime; yo te apoyo.

Él asintió. No volvió a preguntar más. Cada uno tiene su historia.

***

Una tarde Andrés volvió a casa distinto, como fuera de sí. Se quitó el abrigo con languidez, sin mirarla, y se dirigió a la cocina, donde se sirvió un vaso de agua y se quedó allí, inmóvil, con el vaso en la mano.

¿Qué te pasa, Andreu? exclamó Lucía, preocupada.

Él, con culpa en la mirada, de pronto confesó como si se hubiera armado de valor:

He encontrado a Celia en las redes. Le escribí para saber cómo estaban, cómo está María. Resulta que María quiere hablar conmigo; hablamos un poco por teléfono

Lucía se quedó paralizada. Recordaba haberle recordado la existencia de la hija mil veces, y ahora, al oír la noticia, sintió que algo dentro se rompía.

¡Qué qué bien! exclamó, tratando de ocultar la vergüenza. Me alegro por ustedes.

Andrés sonrió, necesitaba oírlo. Lucía sintió como si una pesada losa se hubiera posado sobre su pecho.

***

Al principio fueron llamadas breves. Se encerraba en su despacho y cerraba la puerta diciendo: «María se siente tímida». Lucía se quedaba sola en la cocina, escuchando su vozsuave, cariñosa, el mismo timbre aterciopelado que hacía apenas unas horas había sido sólo suyo.

Luego aparecieron los mensajes de la ex. Al principio fueron frases cortas, después se hicieron más extensos. Los dedos de Lucía, sin querer, buscaban el móvil de Andrés cuando él lo dejaba sin vigilancia. Leía los mensajes, veía fotos de una niña desconocida. Entre líneas percibía un néctar dulce y venenoso: «Estamos aquí, te esperamos». Cada vez que Andrés llevaba el móvil a otro cuarto, ella se repetía: «Está hablando con su hija, no me imagino nada».

Una noche, al pasar cerca, escuchó su nombre. Celia

Desde ese instante su infierno tomó forma concreta. Se odiaba por lo que hacía, pero no podía detenerse. Observaba cómo sonreía mirando la pantalla, cómo contenía la respiración antes de responder. Cada gesto suyo se convertía en traición, y estaba convencida de que vivía dos vidas.

La envidia se prendía en su interior como fuego perpetuo. Todo le irritaba.

¡¿Me tomas por nada?! exclamó una noche, mientras Andrés deslizaba el dedo por la lista de contactos.

¿Qué sucede, Lucía? le preguntó, con una mirada sincera.

¡No te hagas el loco! chilló. ¡Veo todo! ¡Sigues hablando con ella!

¿Con quién? parecía no entender.

Esa incomprensión la enfurecía aún más. Cada timbre de su móvil era un choque eléctrico; cada retraso en el trabajo, una prueba de infidelidad. Se volvió una espía dentro de su propio hogar, porque amaba a Andrés hasta el borde de la destrucción. Él, en cambio, permanecía callado, como si no percibiera su tormento. Era algo que él no era.

***

Las discusiones se volvieron frecuentes, a menudo sin razón, por minucias que escalaban hasta convertirse en «problemas globales». Lucía gritaba que Andrés ya no la escuchaba, que su mirada era distinta, que su presencia le pesaba. En su cabeza surgía una idea que la aprisionaba:

Si decide irse allá lo amarán y esperarán.

Antes confiaba en su matrimonio; ahora la casa que tanto amaba ya no era refugio seguro. Por las noches, con los ojos abiertos, pensaba:

¿Y si algún día decide que lo que está allí es lo más importante? ¿Que el pasado pesa más que el presente?

Al amanecer trataba de ahuyentar esos pensamientos, se avergonzaba, se repetía: «Somos familia. No, él no es así». Cuanto más se convencía, más temía su elección.

***

Una tarde, Andrés dejó el móvil sobre la mesa de la cocina y se fue a dar el baño al niño. De pronto la pantalla se iluminó con una notificación: Celia

Lucía no tocó el teléfono; sus dedos temblaron y su corazón se encogió. No abrió el mensaje, temía lo que pudiera leer. El miedo ya era parte de su rutina.

¿Qué te pasa? preguntó Andrés más tarde, después de acostar al pequeño.

Todo bien contestó apresuradamente.

Él la observó largo rato, como si hubiera descifrado algo, pero no dijo nada. Esa noche, mientras él dormía, Lucía escuchó su respiración, regular y cálida, y pensó que quizá otra mujer escucharía ese mismo latido pronto. Esa idea la quemó, la hizo levantarse y marcharse a la cocina, sentarse en una silla y apretar los puños. Por primera vez sintió que era reemplazable.

Andrés entró en la cocina. Con los ojos llenos de lágrimas, ella le confesó:

Tengo miedo de que algún día te vayas

Él se arrodilló, tomó sus manos y, con voz cansada, preguntó:

¿A dónde iría?

A ellos murmuró, apartando la mirada.

Él guardó silencio. En ese vacío se escuchó la pausa más aterradora, más fuerte que cualquier respuesta.

***

Luego llegó la noche que lo cambió todo. Andrés no volvió a casa. No llamó, no dejó mensaje; su móvil estaba fuera de cobertura. Lucía se quedó en la cocina, sumida en la oscuridad, imaginando su vida juntos, repasando mil escenas de una felicidad que ya no existía. Al amanecer, su corazón se volvió hielo.

Se sentó frente al portátil, y sus dedos comenzaron a teclear solos, como si una fuerza externa le dictara palabras a Lena, a Celia, a ella misma. Escribía y lloraba sin percibir las lágrimas, como quien se ahoga y agarra la última pajilla. Vertía en el texto amor, celos, humillación, suplicando una sola cosa: «¡Dime la verdad!». Al pulsar «Enviar», sintió un alivio extraño y, a la vez, un vacío absoluto. Había hecho su jugada; ahora sólo quedaba esperar.

Todo el día buscó un refugio, imaginó el momento en que Andrés regresaría, cómo le diría que todo lo sabía, ensayó la escena una y otra vez, recorriendo la casa, tocando los objetos, alimentando mecánicamente al niño, mientras internamente sólo existía la espera.

Cuando finalmente llegó, casi de madrugada, pálido y abatido, se sentó frente a ella sin decir palabra.

¿Por qué lo hiciste? su voz tembló, cansada.

Lucía tembló al oírla.

¿Qué hice? preguntó él.

Leí tu carta. No entendí nada.

¿En serio? exclamó Lucía, perdiendo los últimos restos de control. Entonces explícame, ¿quieres volver a ella? ¿El amor viejo no se oxida, ¿no? ¿Por qué te escondes? ¡No te escabullas con el móvil! ¿Cómo pudiste leer mi carta? ¿Qué quiso ella? ¡¿Qué te hizo tan débil?!

Ella no responderá, Lucía dijo Andrés en un susurro. Yo te responderé Todo saldrá bien siempre que no lo arruines tú.

Qué conveniente rió amargamente Lucía. Ya no me interesa. Debería haberle escrito a ella

Celia murió esta noche exhaló Andrés. Estaba con ella hasta el final.

Lucía sintió que el mundo se detenía. Un frío la envolvió, el aliento se le apagó. Todo su tormento, su envidia, su sospecha, se transformaron en polvo.

¿Murió? murmuró, temiendo la respuesta.

Andrés asintió.

Llevaba tiempo enferma. Se alegró mucho cuando volví. No quiso recuperarse, solo quería asegurarse de que María no quedara sola.

Suspiró con peso.

¿Y ahora qué? preguntó, temiendo la idea de un orfanato.

Tengo familiares, quizás alguno acepte a María. No puedo decidir sin ti

Lucía se lanzó:

¡Ni lo pienses! gritó con una fuerza que la asustó a ella misma. ¡María vivirá con nosotros!

Andrés se quedó inmóvil, cerró los ojos por un instante. Al abrirlos, una lágrima corría por sus mejillas.

Lo sabía confiaba en que dirías eso susurró.

Lucía se acercó, apoyó su cara contra su pecho. Todos sus temores quedaron atrás. Delante les esperaba una vida nueva, dura pero sin miedo.

Había tomado su decisión.

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