Si te toca, te toca.
Mamá, tú tuviste a Hugo para ti, no para mí, así que ocúpate tú de llevarlo al colegio. Yo necesito dormir antes de clase.
Alejandro, no te pido tanto. Solo que lo acompañes este primer día. Es su inicio de curso, todos irán con sus padres
Exacto, con sus padres cortó Alejandro. ¿Y dónde estaban los míos en mis ceremonias? Siempre con el pequeño. Pues que vaya solo, no se va a morir.
No fue siempre Solo un par de veces. Y no fue a propósito
Pues hoy tampoco es a propósito dijo él, tomando un sorbo de café con toda la tranquilidad del mundo.
Lucía se quedó sin palabras. No esperaba esa negativa. Después de todo, ellos lo mantenían, y él no quería colaborar en nada.
Mira dijo ella, frunciendo el ceño, esto es una familia. Y en familia, todos ayudamos. Tu padre y yo te damos de comer, te compramos ropa, limpiamos hasta tu habitación. Lo mínimo es que correspondas.
Yo no les pedí que limpiaran mi cuarto. Y sin su dinero, me las arreglaría. Tengo dieciocho años, no soy un niño ni una niñera. Mi opinión también cuenta.
Dicho esto, Alejandro agarró su taza y se encerró en su habitación. Lucía se quedó sola, con el corazón apretado y la molesta certeza de que su hijo era un egoísta.
¿Cuándo se había vuelto así?
Su primer matrimonio fue un desastre. El padre de Alejandro nunca maduró: prefería el sofá, el móvil y los videojuegos antes que la familia. A veces trabajaba, pero ganaba tan poco que no daba ni para sí mismo. Al final, Lucía lo dejó y se mudó con su madre.
Cuando se casó con Javier, Alejandro ya tenía cinco años. Una edad en la que aún acepta a un padrastro. Javier conectó rápido con él y pronto se convirtió en su “papá”.
Y cuando Alejandro cumplió diez, nació Hugo. Quizás ahí empezó todo, aunque Lucía no lo viera.
Ese año, Alejandro fue solo a su primer día de cole. Lucía, recién parida, no podía moverse. Javier trabajaba, y los abuelos vivían lejos: unos en otra ciudad, otros en el pueblo.
Cariño, ya eres mayor, ¿verdad? le dijo ella, culpable. No te enfades, yo querría ir, pero ya ves cómo estoy
Lo veo suspiró él. No pasa nada.
Lucía pensó que no era para tanto. Sí, quizás se disgustó, pero fue y no se quejó. O al menos eso creyó.
Tres años después, se repitió. Esta vez, no pudo ir porque Hugo se puso malo de la guardería.
Hugo enfermaba mucho. Una vez hasta trajo varicela, justo antes de que Alejandro se fuera de excursión a Toledo con el instituto. Al final, se quedó en casa.
Mamá, ya sé que es pequeño, pero ¿no podríais aislarlo un poco? preguntó, mientras ella le untaba loción.
Alejandro, somos una familia. No podemos separarnos.
Lucía lo entendía. Cada vez que Hugo se resfriaba, él también. Pero creía que era algo inevitable.
Con el tiempo, Alejandro empezó a negarse a ayudar en casa o con su hermano. Al principio no era directo: posponía las cosas o las hacía tan mal que ella prefería hacerlo sola. Ella se irritaba, pero lo atribuía a la adolescencia. Hasta que estallaron las discusiones.
¿Por qué tengo que limpiar el salón si nunca estoy ahí? Vosotros lo usáis con Hugo, que lo limpien ustedes.
Pero comes en la cocina replicó ella, y ahí limpio yo. Y cocino, por cierto.
Tú limpias hasta la última miga. Si viviera solo, no sería tan exagerado. Como te gusta a ti, hazlo tú.
A veces, Lucía lo obligaba. Otras, dejaba pasar: los nervios no valían la pena. Y así llegaron a esto
Nadie podía llevar a Hugo al colegio. Los abuelos, como siempre, lejos. Javier, de viaje. Y a Lucía no la dejaron salir del trabajo. Alejandro, por primera vez, se negó rotundamente.
¿Qué hacer?
Lo primero: llamar a Javier.
Ya. Pues si quiere independencia, que la pruebe dijo él, serio. Hablaré con él.
No seas drástico rogó Lucía. Ya lo estamos perdiendo. Si lo echamos, se irá para siempre.
Que se vaya. A ver cómo se las arregla sin “papá, llévame” o “mamá, recógeme el paquete”. Nosotros no le decimos que no.
Lucía suspiró. Tenía razón, pero le daba miedo. Javier, aunque quería a Alejandro, podía ser inflexible.
El problema de Hugo se resolvió. Lucía llamó a su amiga Carmen, cuya hija iba al mismo cole. No solo lo acompañó, sino que después los llevó al parque. No era lo mismo, pero algo era algo.
Carmen, mil gracias dijo Lucía al recogerlo. Venid a casa, os invito a algo.
Tranquila, tú también me has ayudado. Entre madres nos apoyamos.
Aprovechó para contarle lo de Alejandro. Carmen, de solo veintiséis años, lo entendía.
La verdad, me pongo en su lugar dijo. Yo también cuidaba de mis hermanas. Sientes que te imponen cosas que no elegiste. Pero también te entiendo a ti: es familia.
Yo solo quiero que colabore.
Para ti es obligación; para él, un capricho tuyo. Yo pensaba igual.
¿Qué hago? Javier habla de echarlo
Dos opciones: o le cortáis toda ayuda, o le alquiláis un piso. Que vea lo que cuesta vivir solo.
¿Y si deja los estudios? ¿O desaparece?
Si quiere irse, lo hará. Yo me escapé casándome joven. Por eso votaría por la segunda.
Lucía lo pensó mucho, pero al final, cuando Javier volvió, alquilaron un piso a Alejandro. Cerca, por dos meses. Lo llenaron de comida, lo limpiaron y le dieron las llaves.
Ah, ya. Me echáis para darme una lección dijo él, pero las aceptó. Sabéis que no puedo pagarlo con mis estudios.
No es echarte aclaró Javier. Eres nuestro hijo, y te queremos. Pero si no quieres vivir como familia, puedes ser nuestro invitado.
¿Quién ha dicho que no quiero?
Vivir juntos implica derechos y obligaciones. Nosotros seguimos ayudándote: te pagamos el piso, la comida. Pero el resto, hijo, es cosa tuya.
Alejandro refunfuñó, pero se mudó. Un mes entero sin apenas hablar. Lucía solo sabía que estaba bien porque veía la luz encendida.
Hasta que, poco a poco, empezó a llamar. “¿Cómo se limpia el horno?”, “¿Qué detergente uso?”. Una vez preguntó cómo hacer sopa. Entonces, Lucía lo invitó a comer, le enseñó y hasta le llenó la nevera.
Te echamos de menos le dijo al despedirse.
Él no respondió. Solo la abrazó fuerte.
Al tercer mes, pidió hablar. El alquiler había terminado, y estaba “apañándose” (aunque no dijo cómo).
Quiero volver dijo. Pero que quede claro: Hugo es cosa vuestra.
Antes, Lucía se habría enfadado. Ahora entendía que, en parte, tenía razón.
Es tu hermano gruñó Javier.
Basta intervino ella. Hugo es nuestro hijo. Si no quiere cuidarlo, no pasa nada. Pero en casa, colabora.
Alejandro frunció el ceño, pero asintió.
Pactemos: tú limpias el baño semanal,







