Irina estaba junto a la ventana, observando cómo la densa nieve de Madrid caía sobre la ciudad. La llamada telefónica con su marido tocaba a su fin: una conversación cotidiana y rutinaria, como tantas otras en sus quince años de matrimonio.

María estaba junto a la ventana, contemplando cómo la espesa nieve de Madrid caía sobre la ciudad. La llamada telefónica con su marido llegaba a su finuna conversación cotidiana, como tantas otras en sus quince años de matrimonio. Javier, como siempre, le informaba de su “viaje de negocios” a Barcelona: todo iba bien, las reuniones seguían su curso, volvería en tres días.

“Vale, cariño, hablamos luego,” dijo María, apartando el móvil de la oreja para pulsar el botón rojo y colgar. Pero algo la detuvo. Al otro lado, escuchó con claridad una voz femenina, dulce y joven:

“Javi, ¿vienes? Ya he preparado el baño…”

La mano de María se quedó suspendida en el aire. Su corazón se detuvo por un instante y luego comenzó a latir con tal fuerza que parecía querer salírsele del pecho. Apretó el teléfono contra su oreja de nuevo, pero solo escuchó el tono de llamada interrumpidaJavier ya había colgado.

María se dejó caer en el sillón, sintiendo cómo las piernas le fallaban. Su mente daba vueltas: “Javi… baño… ¿Qué baño en un viaje de trabajo?” Su memoria le trajo recuerdos extraños de los últimos meses: los viajes frecuentes, las llamadas tardías que Javier atendía siempre en el balcón, la nueva colonia que apareció en su coche.

Con manos temblorosas, abrió el portátil. Entrar en su correo no fue difícilla contraseña la conocía desde los tiempos en que entre ellos había confianza y honestidad. Billetes, reservas de hotel… “Suite nupcial” en un establecimiento de cinco estrellas en el centro de Barcelona. Para dos.

Entre los correos, encontró también una conversación. Cristina. Veintiséis años, entrenadora personal. “Cariño, no puedo seguir así. Me prometiste que te divorciarías hace tres meses. ¿Cuánto más tengo que esperar?”

A María le dio un vuelco el estómago. Ante sus ojos pasó el recuerdo de su primera cita con Javierél era entonces un simple comercial, ella una contable principiante. Ahorraban juntos para la boda, alquilando un pequeño piso. Celebraban sus primeros éxitos, se apoyaban en los fracasos. Ahora él era un exitoso director comercial, ella la jefa de contabilidad de la misma empresa, y entre ellos se abría un abismo de quince años de matrimonio y los veintiséis años de una tal Cristina.

En la habitación del hotel, Javier caminaba nervioso de un lado a otro.

“¿Por qué hiciste eso?”su voz temblaba de rabia.

Cristina estaba tumbada en la cama, envuelta en una bata de seda, su largo pelo rubio desparramado sobre la almohada.

“¿Y qué tiene de malo?”se estiró como un gato satisfecho. “Tú mismo dijiste que ibas a dejarla.”

“¡Yo decidiré cuándo y cómo hacerlo! ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¡María no es tonta, lo habrá entendido todo!”

“¡Mejor!Cristina se incorporó de golpe. Estoy harta de ser la amante que escondes en hoteles. Quiero salir contigo a restaurantes, conocer a tus amigos, ¡ser tu mujer, al fin y al cabo!”

“Estás actuando como una niña,” masculló Javier entre dientes.

“¡Y tú como un cobarde!se acercó a él. Mírame. Soy joven, guapa, puedo darte hijos. ¿Y qué puede ofrecerte ella? ¿Llevar tus cuentas?”

Javier la agarró por los hombros: “¡No hables así de María! No sabes nada de ella, ni de nosotros.”

“Sé suficienteCristina se liberó. Sé que no eres feliz con ella. Que se ha hundido en el trabajo y la rutina. ¿Cuándo fue la última vez que hicieron el amor? ¿O que viajaron juntos?”

Javier se volvió hacia la ventana. Allá afuera, en el Madrid nevado, en el piso que compartían con María, todo se desmoronaba. Quince años de vida juntos se deshacían como un castillo de naipes por una frase caprichosa de una chica.

María estaba sentada en la cocina a oscuras, con una taza de té frío entre las manos. En el móvil, decenas de llamadas perdidas de su marido. No contestaba. ¿Qué podía decir? ¿”Cariño, he oído a tu amante llamarte al baño”?

Los recuerdos le traían imágenes de su vida en común. Javier le entregaba el anillo de compromiso, de rodillas en medio de un restaurante. Juntos se mudaban a su primer pisoun pequeño dos ambientes en un barrio residencial. Él la sostenía cuando perdió a su madre. Celebraban juntos su ascenso…

Y luego vinieron los turnos interminables, las hipotecas, las reformas…

¿Cuándo fue la última vez que hablaron con sinceridad? ¿Que vieron películas abrazados en el sofá? ¿Que hicieron planes de futuro?

El móvil vibró de nuevo. Esta vez era un mensaje: “Mari, hablemos. Te lo explico todo.”

¿Qué había que explicar? ¿Que ella había envejecido? ¿Que se había perdido en la rutina? ¿Que una joven entrenadora entendía mejor sus necesidades?

María se miró al espejo. Cuarenta y dos años. Arrugas en los ojos, canas que teñía cada mes. ¿Cuándo había empezado ese cansancio en la mirada, esa costumbre de vivir por inercia, esa carrera sin fin por la estabilidad?

“Javi, ¿dónde vas?”Cristina lo recibió con una mirada de reproche cuando regresó a la habitación tras otro intento fallido de llamar a su esposa.

“Ahora no,”se dejó caer en el sillón, aflojándose la corbata.

“¡Sí, ahora!se plantó frente a él, con las manos en las caderas. Quiero saber qué pasará. ¿Entiendes que ahora tienes que decidir?”

Javier la miróguapa, segura de sí misma, llena de energía. Así era María quince años atrás. Dios, ¿cómo había podido hacerle esto?

“Cristinase pasó las manos por el rostro, exhausto, tienes razón. Hay que decidir.”

Ella sonrió, abalanzándose sobre él: “¡Cariño! Sabía que tomarías la decisión correcta.”

“Síla apartó con suavidad. Tenemos que terminar esto.”

“¿¡Qué!?”retrocedió como si la hubieran golpeado.

“Fue un errorse levantó. Amo a mi mujer. Sí, tenemos problemas. Sí, nos hemos distanciado. Pero no puedo… no quiero borrar todo lo que hemos vivido.”

“Eres… ¡un cobarde!”las lágrimas rodaron por sus mejillas.

“No, Cristina. Fui cobarde cuando empecé este affaire. Cuando le mentí a la mujer que compartió quince años conmigo: alegrías, penas, victorias, derrotas. Tienes razónno soy feliz. Pero la felicidad se construye, no se busca por ahí.”

El timbre sonó cerca de la medianoche. María sabía que era élhabía cogido el primer vuelo.

“Mari, abre, por favor,”su voz llegó apagada a través de la puerta.

Ella abrió. Javier estaba en el umbralsin afeitar, con el traje arrugado, la mirada culpable.

“¿Puedo pasar?”

Ella se apartó en silencio. Entraron en la cocinael lugar donde alguna vez soñaron con el futuro, donde tomaron decisiones importantes.

“Mari…”

“No hace faltalevantó una mano. Lo sé todo. Cristina, veintiséis años, entrenadora personal. He leído tus correos.”

Él asintió, sin palabras.

“¿Por qué, Javi?”

Permaneció callado largo rato, mirando por

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MagistrUm
Irina estaba junto a la ventana, observando cómo la densa nieve de Madrid caía sobre la ciudad. La llamada telefónica con su marido tocaba a su fin: una conversación cotidiana y rutinaria, como tantas otras en sus quince años de matrimonio.