La suegra murmuraba a sus espaldas:
¡Pero qué dices, Marina Fernández! La voz de Lucía Martínez sonaba indignada. ¿Cómo puedes decir esas cosas de mi nuera?
¿Y qué he dicho yo? Marina se ajustó las gafas con falsa inocencia. Solo he comentado que tu Alba parece un poco rara últimamente. O está muy cansada, o…
¿O qué? Lucía dio un paso hacia la valla. ¡Termina la frase!
Pues no sé… quizá… Marina bajó la voz a un susurro calculado. ¿Y si está… en estado? Pero lo oculta. Porque, vamos, ya llevan tres años casados y sin niños…
Alba se quedó paralizada tras la cancela, apretando la bolsa del pan. Había salido del supermercado y, sin querer, había escuchado la conversación. Ahora el corazón le latía tan fuerte que parecía que todo el barrio podía oírlo.
¡Marina, no digas tonterías! La suegra hizo un gesto de desprecio. Son jóvenes, están centrados en sus carreras. Alba trabaja en el banco, tiene un puesto importante. Los niños pueden esperar.
Sí, claro, la carrera… Marina alargó las palabras. Pero yo la veo por las mañanas. Pálida, ojeras… Y antes no iba tanto al súper. Ayer la vi frente a la farmacia, mirando algo en el escaparate…
Un escalofrío recorrió a Alba. Era cierto. Había estado frente a la farmacia, contemplando los tests de embarazo, pero no se había atrevido a comprar uno. Llevaba dos semanas con ese nudo en el estómago, ese miedo a lo desconocido, a decírselo a su marido, a que todo cambiara.
¡Basta ya de inventar historias! Lucía se impacientó. Alba es una buena chica, trabajadora. Si pasara algo, me lo diría. Tenemos buena relación.
Buena relación… repitió Marina con ironía. ¿Sabes que llama a su madre todas las noches? Charla un rato largo, pero en cuanto llega Adrián, cuelga.
Alba cerró los ojos. Era verdad. Últimamente hablaba más con su madre, pero no por ocultar nada, sino porque… su madre la entendía mejor. Con ella podía hablar del trabajo, de sus miedos, de esos días en los que solo quería estar sola.
¿Y qué tiene de malo? defendió Lucía. Es normal que quiera hablar con su madre.
Normal, claro Marina asintió, pero su tono era pícaro. Aunque la vecina del cuarto me contó que vio a Alba llorando en la parada del autobús. Con un pañuelo, secándose los ojos…
Alba recordó ese día. Sí, había llorado, pero no por un embarazo ni problemas conyugales. Habían despedido a su compañera de trabajo, una amiga de años. Y el jefe había insinuado que habría más recortes. El miedo a perder su puesto, justo cuando ella y Adrián ahorraban para un piso, la aplastaba cada día más.
Mira, Marina la voz de Lucía se endureció, ¿adónde quieres llegar? Di las cosas claras.
Nada, nada respondió rápida la vecina. Solo me parece que Alba tiene algún problema. ¿Quizá en el trabajo? O… bajó aún más la voz, ¿algo no va bien con Adrián?
¡Con mi hijo todo está perfecto! saltó Lucía. ¡Se quieren, eso se nota!
Se nota, se nota… murmuró Marina. Pero, ¿no te has fijado que Adrián llega más tarde últimamente? Y va más arreglado… camisa nueva, colonia…
Alba apretó los puños. Sí, Adrián trabajaba hasta tarde, pero era por un proyecto importante. La camisa se la había regalado ella por su cumpleaños. Y la colonia también.
Marina Fernández dijo Lucía con calma gélida, te pido que no difundas rumores sobre mi familia. Si tienes pruebas, habla claro. Si son solo chismes, guárdatelos.
¡Vaya modales! Marina se ofendió. Solo me preocupo por la chica. Quizá necesita ayuda.
Si la necesita, la pedirá cortó la suegra. Tus murmuraciones no ayudan a nadie.
Alba oyó el chirrido de la cancela: Lucía entraba en casa. Marina siguió un rato junto a la valla, refunfuñando, hasta que también desapareció.
Alba esperó unos minutos antes de entrar. En el recibidor, su suegra la miró con atención.
Alba, ¿estás bien? Te veo pálida.
Fui al súper… mostró la bolsa. Lucía, ¿podemos hablar?
Se sentaron en la cocina. Alba jugueteaba con su taza de té, sin saber por dónde empezar.
Escuché a Marina… hablando de mí. De que quizá estoy embarazada, o que Adrián y yo…
Lucía dejó la taza con suavidad.
¿Y hay algo de cierto?
Si estuviera embarazada, se lo diría. No soy de ocultar cosas.
¿Y problemas con Adrián?
No los hay. Pero… Alba respiró hondo. En el trabajo hay recortes. Temo que me despidan. Y con el ahorro para el piso…
¿Por qué no me lo dijiste? preguntó Lucía con ternura.
No quise preocuparos. Pensé que lo resolvería sola.
Lucía se acercó y le puso una mano en el hombro.
Cariño, somos familia. Los problemas de uno son de todos.
Esa noche, tras la cena, Adrián abrazó a Alba en la cama.
¿Qué pasa? Últimamente estás muy callada.
Nada… solo el trabajo.
Si te despiden, encontrarás algo mejor dijo él, besándole la frente. Lo importante es que estemos juntos.
Al día siguiente, en el portal, las vecinas callaron al ver pasar a Alba. Pero alcanzó a oír:
¿La has visto caminar? No parece embarazada…
Entonces será cosa del marido…
Alba apretó el paso. Esa tarde, Lucía la llevó a dar un paseo.
Hoy Marina volvió a preguntar por ti.
¿Qué le dijiste?
Que si necesitaras su ayuda, se lo pedirías. Pero se me ocurre una idea: hagamos una fiesta. Mi cumpleaños es pronto. Invitemos a todo el vecindario. Que vean lo felices que somos.
La fiesta fue un éxito. Adrián no se separó de Alba. Las vecinas observaban, pero no encontraron fisuras. Incluso Marina elogió su felicidad.
A la semana, Marina ya tenía nuevo tema: un divorcio en el bloque de al lado.
Alba entendió entonces algo importante: los chismosos siempre hablarán. Pero con una familia unida, los rumores no importan. Y lo mejor de todo: tenía una suegra que siempre la defendería.
