—Víctor, perdóname—dijo ella, con una voz distinta, serena pero renovada—. No podía hacerlo de otra manera.
—¡Es imposible! ¡Te has vuelto loca, Gabriela!—Víctor arrojó un manojo de llaves sobre la mesa, que tintinearon contra un pequeño jarrón de cerámica lleno de galletas—. ¡Lucía nunca habría hecho esto! ¡Ella habría llamado sin falta!
—¿Y qué te crees que te estoy diciendo?—Gabriela Pérez se levantó bruscamente del sofá, el pañuelo resbalando de sus canas—. Anoche salió a la farmacia a buscarte tus pastillas para la presión, y ¡nada más! ¡Desapareció sin más! No dormí en toda la noche, llamé a los hospitales, presenté una denuncia en la comisaría…
Víctor se dejó caer en su sillón favorito, pasándose las manos por el rostro. La cuñada siempre había sido nerviosa, pero ahora parecía destrozada: los ojos rojos por la noche en vela, las manos temblorosas.
—Gabi, cálmate. Quizá se quedó en casa de alguna amiga. ¿Recuerdas el mes pasado, cuando el nieto de Jimena se puso malo? Lucía pasó toda la noche con ella.
—¡Ya llamé a todas!—sollozó Gabriela—. A Jimena, a Nina del tercer piso, a Laura, su compañera del trabajo… Nadie la ha visto. ¡Víctor, ella nunca desaparecía sin avisar!
Era verdad. Lucía Serrano, hermana de Víctor, llevaba una vida metódica y predecible. A las siete, desayuno; luego, su turno en el ambulatorio infantil, donde trabajaba como enfermera desde hacía veinte años. Por la tarde, compras, cena, televisión. Los fines de semana, limpieza, lavandería y, a veces, una visita a Gabriela para tomar café y cotillear.
—¿Y en la farmacia preguntaste?—Víctor se acercó a la ventana. En el patio, unos niños jugaban, y le pareció absurdo. ¿Cómo podían reírse mientras Lucía estaba desaparecida?
—¡Claro que pregunté! La farmacéutica, Marta, dice que la vio hacia las ocho. Lucía compró tus medicamentos y algo para la tos. Después…—Gabriela abrió las manos en un gesto de impotencia—. Después, nadie la volvió a ver.
Víctor guardó silencio, tratando de recordar la noche anterior. Cenó solo porque Lucía dijo que solo iba a la farmacia. Se puso su gabardina azul, la que compró en las rebajas del año pasado, cogió el bolso y las llaves.
—Vuelvo enseguida, Víctor—dijo desde el recibidor—. Vigila el cocido, que no se pegue.
Fueron sus últimas palabras en ese piso.
Víctor esperó hasta las nueve, luego hasta las diez. Apagó el cocido él mismo, cenó solo y vio las noticias. A las diez y media, la inquietud lo venció, pero pensó que quizá su hermana se había entretenido charlando con alguna vecina. Raro, pero no imposible.
Por la mañana, lo despertó una llamada de Gabriela.
—Víctor, ¿pasó Lucía por tu casa anoche?—preguntó, alterada.
—¿Cómo que en mi casa? Vive aquí, en el edificio—respondió él, confundido.
—¡Pues no volvió! La cama sin deshacer, el bolso con sus documentos en su sitio… Pensé que a lo mejor había ido a verte y se quedó a dormir…
Fue entonces cuando supo que algo grave había pasado.
—Oye, Gabi, ¿y si… conoció a alguien?—aventuró, dubitativo—. Lucía solo tiene cuarenta y siete, aún es joven.
Gabriela resopló:
—¡Por favor! Tu hermana, desde que se divorció de Gonzalo, no soporta a los hombres. Cuántas veces le dije: “Ve al baile del centro cultural, conoce a alguien decente”. Y ella siempre con lo mismo: trabajo, cansancio, no tengo tiempo…
—¡Pero la gente no desaparece así!—Víctor sintió un nudo en el pecho—. Algo tuvo que pasar.
—¡Exacto!—Gabriela lo agarró del brazo—. ¿Y si la asaltaron? ¿O si unos gamberros la atacaron? ¿Te acuerdas del mes pasado, cuando a María del octavo le arrancaron el bolso?
—Entonces estaría en el hospital o en comisaría. Dices que llamaste a todos lados.
—¡Llamé, llamé! ¿Y sabes qué me dijeron? ¡Que un adulto puede irse donde quiera! ¡Que la denuncia por desaparición solo se puede poner tras tres días! ¡Tres días, Víctor! ¿Y si…?
No terminó la frase, pero él entendió. Ambos pensaron en lo peor.
Llamaron a la puerta. Gabriela corrió a abrir, con una esperanza fugaz en la mirada.
—¿Lucía?—gritó, forcejeando con el cerrojo.
Era la vecina del primero, doña Carmen, con una bolsa de la compra.
—Gabriela, ¿qué pasa? Anoche os oí llorar… Y ahora las voces…
—Lucía desapareció—respondió secamente Gabriela—. Anoche salió y no volvió.
Doña Carmen se llevó las manos a la boca.
—¡Dios mío! ¡Si yo la vi ayer! Cerca de las siete y media, bajando las escaleras. Nos saludamos, dijo que iba a la farmacia.
—¿Y nada más? ¿No dijo otra cosa?
—No, nada especial. Solo que…—frunció el ceño, recordando—. Estaba rara. Ni triste ni contenta, sino como… como si hubiera tomado una decisión. ¿Sabes? Como cuando alguien resuelve algo importante.
Víctor intercambió una mirada con Gabriela. ¿Qué decisión podía haber tomado Lucía? Nunca fue impulsiva, siempre lo meditaba todo.
—¿Tal vez algo en el trabajo?—sugirió doña Carmen—. Oí que en el ambulatorio iban a hacer recortes.
—No—negó Gabriela—. Lucía lleva veinte años allí, sería la última en irse. Además, hace poco me contó que entró una enfermera nueva, joven, y que ella la estaba formando.
Víctor recordó cuando su hermana habló de esa chica, Sandra, recién salida de la escuela de enfermería.
—”Es lista—decía Lucía—, pero quiere vivir demasiado rápido. Carrera, matrimonio, hijos… todo ya. Y yo le digo: tranquila, la vida es larga, todo llegará”.
Ahora esas palabras sonaban amargas.
Doña Carmen se fue, prometiendo preguntar a otros vecinos. Víctor y Gabriela se quedaron solos.
—Vamos a su casa—propuso él—. Quizá haya alguna nota, algún número…
—¡Si ya lo he revisado todo!—Gabriela hizo un gesto de frustración—. Nada fuera de lo normal. Todo en orden, como siempre.
Pero Víctor insistió. El piso de Lucía estaba en el edificio de al lado. Gabriela abrió con su llave—se tenían copias desde hacía años.
La vivienda estaba en silencio, impecable. En el recibidor, sus zapatos ordenados; en el perchero, el abrigo. En el alféizar, macetas de violetas—Lucía las cuidaba con esmero.
—Mira—Gabriela señaló el escritorio—. Te lo dije. Todo aquí: DNI, libreta del banco, hasta la cartera. Solo tenía veinte euros, pero aun así…
Víctor abrió un cajón y sacó la agenda de su hermana. Números del trabajo, amigas, médicos… lo esperable.
—¿Y esto?—señaló un papel medio oculto bajo la guía telefónica.
Era un folleto de una agencia de viajes: “







