Elena quedó abandonada con su pequeña hija. Pero cuando su suegra vino, quizás a regodearse…
No hallaba consuelo. Lucía dormía en brazos, pero Elena seguía junto a la ventana. Una hora llevaba mirando al patio. Hacía dos, Antoni, su marido, llegó del trabajo. Elena estaba en la cocina, pero él no entraba. Al salir, lo vio haciendo la maleta.
– ¿Adónde vas? – preguntó desconcertada.
– Me voy. Me voy contigo a estar con la mujer que quiero.
– Antoni, ¿bromeas? ¿Algo pasó en el trabajo?
– ¿Que no lo entiendes? Estoy harto. Solo piensas en Lucía, ni me ves, ni te arreglas.
– No grites, despertarás a la pequeña.
– Mira. Otra vez solo piensas en ella. ¡Tu hombre se va, y tú…!
– Un hombre no dejaría a su mujer con una niña – respondió Elena en voz baja, yéndose con Lucía.
Conocía el carácter de Antoni. Si proseguía, se armaría un escándalo. Las lágrimas ya asomaban, pero no se las mostraría. Cogió a Lucía de su cuna y se refugió en la cocina. Allí no iría él.
Desde la ventana lo vio subir al coche y marcharse. Ni siquiera se volvió. Elena permaneció horas junto al cristal. Quizás esperaba que el coche reapareciera y Antoni dijera que era una broma estúpida. Pero no ocurrió.
No durmió en toda la noche. No tenía a quién contarle su desgracia. Su madre apenas la necesitaba desde que se casó, centrada en su hermano menor. Las amigas, madres como ella, descansarían entonces. ¿Y qué podrían hacer?
Se durmió al amanecer. Intentó telefonear a Antoni, pero rechazó la llamada y mandó un mensaje: “Que no te vuelva a molestar”.
Lucía lloriqueó entonces. Elena fue hacia ella. No podía derrumbarse. Se había ido. Bien. Tenía a su niña, por quien velar. Debía pensar cómo seguir.
Al ver el dinero en el monedero y la cuenta se aterrorizó. Aunque la casera esperase una semana a cobrar el alquiler hasta la ayuda social, no le alcanzaría. Además, había que comer. Podría buscar teletrabajo, pero Antoni se llevó su ordenador.
Le quedaban dos semanas de alquiler pagado para idear algo. Debía darse prisa.
Tras telefonear a todos sus conocidos, comprendió que no había salida. Nadie la contrataría con un bebé. Hasta para limpiar suelos necesitaba dejar a Lucía un par de horas. Nadie podía. Y cambiar de piso no ayudaría. Ya vivían en un piso muy económico. La única opción eran sus padres. Pero ella tardó en formar familia; su hermano se casó pronto. Vivían todos en el piso de su madre: cinco personas en tres habitaciones. Si ella y Lucía iban, ¿cómo cabrían?
Avisó a la casera que se mudaría al terminar el plazo. Estaba deshecha. Sí, podía alquilar una habitación en una residencia estudiantil; las buscó. Pero la vecindad era pésima. Le escribió a Antoni implorando ayuda para Lucía, pero no respondía. Ni leía sus mensajes. Probablemente la bloqueó.
Cuando solo quedaban cinco días para dejar el piso, Elena empezó a embalar. No tenía mucho, pero necesitaba ocuparse. Tocaron el timbre.
Al abrir, se quedó perpleja. En su entrada estaba Carmen Montoya, su suegra.
«¿Será que tengo más problemas?», pensó Elena al dejarle paso.
Con Carmen siempre fueron cordiales pero distantes. Sonrisas, pero sin aprecio. Desde el primer día, su futura suegra dejó claro que Elena no le gustaba. Como muchas madres, creía que su hijo podía encontrar mejor partido. Por eso Elena declinó vivir con ella.
Cuando Carmen visitaba, hacía comentarios hirientes: “Elena, ¿has limpiado algo?”. Y la comida de Elena no la comía, diciendo que era para cerdos. Cuando Elena quedó embarazada, Carmen aflojó un poco. Pero al nacer Lucía, declaró que el bebé “no salió al clan”, y que Antoni debía confirmar la paternidad.
Hasta los seis meses de Lucía Carmen reconoció rasgos familiares y la cogía más. Antoni tranquilizaba a Elena: “Mamá me crio sola, es celosa. Que venga poco”. Elena agradecería ayuda ocasional, pero jamás se lo pidió.
Y ahora estaba de pie en su pasillo, tras la marcha de Antoni. Seguro quería restregarle su triunfo. Pero a Elena ya no le importaba.
La voz de Carmen la sacó de sus cavilaciones.
– Venga, recoge tus cosas rápido. Tú y Lucía no debéis estar aquí – dijo la suegra.
– Carmen, perdone, no le entiendo.
– ¿Qué hay que entender? ¡Recoge las cosas! Vais a mi casa.
– ¿A la suya?
– ¿A dónde ibas? ¿A tu madre? Allí no caben ni gatos.
– Sí. ¿Se entera de todo?
– Claro que sí. Lástima enterarme tarde. Hoy el zascandil me contó. Tengo un ático grande. Hay espacio para todas.
Elena no tenía elección. Fue para allá con cierto temor, pero no había otro remedio.
Al llegar al piso de Carmen estuvo asustada. Le enseñó una habitación para ella y Lucía. Tras deshacer algunas maletas y acostar a la niña, Elena fue a la cocina.
– Elena, sé que no hemos sido uña y carne. Pero compréndeme… y perdóname si puedes.
– Carmen, solo quería lo mejor para su hijo.
– ¡Lo mejor, qué va! – la interrumpió Carmen –. Era una egoísta. Hoy él me telefoneará y lo contó todo. Perdóname también por haber criado así a mi hijo. No sé dónde fallé. Su padre nos dejó cuando Antoni tenía tres meses. Él sabe lo duro que es para una madre está sola. Pero el muy ruin repite la “hazaña” de su padre. Quedaos aquí el tiempo que haga falta.
Elena jamás imaginó que Carmen la apoyaría. Ahora no podía hablar. Solo cayeron lágrimas sobre la mesa.
– Y no llores – dijo Carmen con aspereza.
– No lloro. Es de agradecimiento.
– Pues ni eso. Es para reparar mi culpa. Que no te dé miedo; saldremos adelante. Tenemos techo. Cuando empieces a trabajar, cuidaré de Lucía.
Desde entonces fueron inseparables. A veces
Años después, Elena encontró en Carmen la madre que siempre anheló, comprendiendo que las adversidades pueden tejer vínculos más fuertes que la sangre cuando hay bondad y arrepentimiento sincero en el corazón.





