Madre Catalina
¿Qué chapoteas, niña? ¡Deja ya de encharcarlo todo! ¡Con lo húmedo que está fuera y tú aquí sumando más humedad!
Una mujer robusta, enorme, casi tan grande como un caserón manchego, se desplomó junto a Alba en el banco de la estación de trenes de Salamanca.
¡Qué calor hace hoy! Y encima llueve desde la mañana, como si lo hiciera a propósito. Ahora parece que estamos en una sauna. ¡Y eso, que sólo son las doce! Yo ya estoy empapada, hija, para escurrirme como un trapo.
Sacó una botella de agua de su bolso desvencijado y, tras forcejear con el tapón, acercó el agua a Alba.
¿Quieres? Dicen que beber agua calma los nervios. A mí no me sirve, me seque el botijo o una fuente entera, nada. Los nervios siguen aquí, dándome vueltas dentro.
Alba miró aterrorizada a esa vecina de banco surrealista, como si le hubiera tocado un castigo enviado por los mismísimos ángeles caídos, como si no bastara con sus desventuras para que el universo la lanzara, además, a los brazos de semejante mujer.
Nunca había soportado bien a las personas corpulentas. Las sentía como un recordatorio de todo lo que podía ir mal: desdén, abandono, cuerpos sin cuidado. ¿Qué les costaba preocuparse un poco más? ¿Pensar en los demás? ¡Una se pone mala sólo de imaginarlo! Alba se acordó, como quien recuerda un rumor lejano, de aquel día en el balneario con sus amigas, cuando apareció una señora enorme nadando en la piscina.
Yo no me baño, chicas, ya me he relajado lo suficiente sentenció Lucía, la mejor amiga de Alba, estirando su cuerpo dorado de tanto pilates y personal trainer.
¿En serio? Pero quedamos en pasar aquí todo el día.
¿Con esa mujer ahí? Lucía hizo un gesto de disgusto, señalando hacia la piscina. No, ni hablar. Ni puedo mirarla, no digamos compartir el agua.
A Alba le molestó la crudeza de Lucía, pero tampoco era hipócrita; en el fondo, un poco le daba la razón. Era lo que pensaba, aunque luego lo cubriera de pudor o palabras suaves. Hay cosas que se sienten sin querer.
Y ahora, se encontraba sentada junto a una mujer tres veces mayor que aquella de la piscina y, para colmo, no paraba de parlotearle. Pero Alba no tenía fuerza para levantarse de ese banco. Llevaba horas con los ojos hinchados de llorar, mirando la pared desconchada y triste de la estación, sin destino, sin equipaje, sin esperanza.
La mujer, con su nombre tatuado en la voz Catalina, aunque aún Alba no lo sabía, continuó hablando, deslizándose entre las gotas de tiempo y la realidad.
Eres tan guapa, niña Sin maleta y ni siquiera bolsito. ¿No te marchas a ningún lado? ¿Esperas a alguien? ¿O simplemente, no tienes dónde ir?
Alba despegó los ojos azorados de la pared y los llevó, por instinto, hacia aquella mujer de mejillas redondas como rosquillas, siempre sonriente. Pero, al verla Alba llorar, desapareció la sonrisa del rostro de Catalina, y con un movimiento envolvente la abrazó, acunándola. Alba no entendió nunca qué ocurrió exactamente allí, en ese banco, ni por qué terminó llorando a pleno pulmón sobre el blusón floral de la mujer, sintiendo apenas el leve aroma de flores secas que soltaba la tela, un olor tan familiar que escarbó en lo más hondo de la infancia.
Aquel perfume era idéntico al de las manos de su madre, la que casi no recordaba porque la perdió demasiado pronto. Alba tenía cinco años cuando la vida, brusca y fugaz, se llevó a su madre en un accidente de tráfico. Sólo se acordaba de un prado lleno de flores y unas manos colocando una corona sobre su cabeza: esas mismas manos olían ahora en el blusón de la mujer.
¿Y por qué te retraes? ¿Quién te ha hecho daño?
Alba negó con la cabeza al principio, pero luego asintió.
Menudos sinvergüenzas que son, hija Catalina rebuscó en su bolsa y sacó un bocadillo envuelto en servilletas y una manzana gigante, roja como los mantos de feria. ¡Venga, come!
El olor de la comida le revolvió el estómago de hambre. No había probado bocado en todo el día, y ni un euro le quedaba en el bolsillo para permitirse nada.
Toma, es de jamón cocido, hecho en casa. Hay que comer, que estás en los huesos.
Es que no como carne mintió Alba débilmente, pero la mujer le puso el bocadillo en la mano y cortó la manzana con la fuerza de una madre labriega.
Nada, déjate de historias. Come. Y luego me cuentas de qué va esto, de estar sola, sin nada, en una estación como un alma en pena. Sin equipaje, sin dinero, ¿verdad?
Alba cayó y, como quien acepta su destino, empezó a comer. El sabor era tan intenso, tan real Y la voz de Catalina seguía ahí, maternal, insistente.
Come, que falta te hace. Y cuéntame ahora.
A Alba no le quedaba otra. Sus labios, primero reacios, se abrieron y dejó salir la verdad como una canción triste. Se había marchado de casa la noche anterior, tras descubrir que su padre, el hombre que la crió y al que siempre llamó papá, en realidad no era su verdadero padre. Lo supo tras un encuentro frío, rodeado de papeles y silencios. Ahora, su madrastra, Maite, apenas unos años mayor que ella, gobernaba la casa con gestos y sonrisas forzadas, y su padre se mostraba tan distante que Alba sentía que ni techo tenía ni alma.
La última conversación la empujó hasta el abismo. Su padre le anunció, sobre la mesa del despacho, que tendría un hijo propio. Alba se enteró entonces de que era adoptada desde los tres meses y que no había nunca preguntado nada su padre nunca se lo había dicho.
Aquella noche se marchó, sin pensar, y al amanecer sólo la guió el reflejo del andén viejísimo, bajo el cielo encapotado de Salamanca. No tenía carga, ni amigos de verdad; la vida muchas mudanzas, colegios nuevos, padres sin raíces no le había dejado lugar para las amistades. Y a quién llamar, si lo único que conocía eran rostros mudos y risas prestadas.
Catalina la animó a seguir hablando, atenta, sin interrumpir, mientras Alba derramaba palabras y lágrimas. Solo cuando la historia terminó, Catalina abrió un paquete de pañuelos y, sin decir nada, le tendió uno.
A ver, sécate, hija.
Después rebuscó en su bolso y sacó un monedero hinchado.
Vamos a ver, niña. Deberías hablar con tu padre, pero eso puede esperar. ¿Tu móvil funciona?
Se ha quedado sin batería.
Toma, usa este. Es de los antiguos, pero se escucha bien. Me lo regaló mi hija. Llama o manda un mensaje, dile que estás bien. No será un ejemplo de padre pero tampoco merece pasar una noche en vela.
Alba escribió un mensaje corto, con los dedos tiesos.
Catalina se levantó, sacudiendo el vestido humedecido.
Me llamo Catalina, pero aquí todos me dicen tía Catalina. Vivo a las afueras, en una casita cerca del Tormes, en un pueblecito. ¿Vienes conmigo? Si no tienes dónde ir, peor será quedarte aquí.
¿Por qué me ayudas? No le debo nada a nadie Apenas me conoces.
Catalina acarició el mentón de Alba, sus dedos cálidos.
No hay niños ajenos, Alba. Aquí no dejamos que una niña se quede sin amparo.
Pero yo ya no soy una niña
Vaya que lo eres. Anda, arriba. Que aún hay que comprar billete. Como perdamos el tren, toca esperar otra eternidad.
Y así terminó Alba subida a un cercanías con destino a una aldea soñada, custodiada por el perfume de flores y manos maternales.
Catalina no preguntó más, simplemente la dejó existir en silencio. Después le explicaría que cada alma lleva su propio dolor,y sólo cuando ella quisiera, abriría la puerta del todo.
Alba, rendida, se quedó dormida y sólo despertó cuando Catalina la zarandeó con suavidad.
Despierta, muchacha, que ya hemos llegado.
En el andén polvoriento, una figura delgada, casi transparente, embistió a Catalina con el grito de ¡Mamá Catalina, llegas tarde! Ya pensaba que ibas a perder el tren por segunda vez. ¿Qué tal está Nines?
Bien, bien, hija. Los he dejado ya asentados. Iré a verlos en unos días.
¿Y el médico?
Prometió que lo hará todo. Es nuevo, joven, pero sabe lo que hace.
La chica observó a Alba de soslayo.
¿Y esta quién es?
Menos preguntas, Lucía. Venimos muertas de hambre.
Vale, vale. ¡Montad, que conduzco yo!
El cochecito, viejo y pintado con garabatos de gato sonriente, hizo que Alba sonriera.
¿Te has reído? Ese dibujo es arte moderno, ¿eh? Mi hermano Santi lo pintó.
Aerografía corrigió Alba, distraída.
¡Catalina! Pero¿dónde encuentras tú a estas chicas tan listas? Lucía abrió la puerta y ayudó a la mujer a sentarse.
En la estación. Como a ti.
Y durante el trayecto, Alba sólo pudo admirar la manera surrealista de Lucía de tomar las curvas, como si el viaje fuera un pasodoble truncado.
¡No aceleres tanto, Lucía, que Alba no está acostumbrada!
Al llegar, niños y niñas de la vecindad, sacados de un álbum de posguerra, rodearon a Catalina con gritos y risas.
Son mi familia, Alba. Aquí nadie está solo. Este es tu hogar, si quieres.
Durante una semana, Alba conoció a todos, confundida por las ramas y raíces de historias ajenas y propias. Hasta que Lucía, con la sencillez de quien limpia lentejas, se lo explicó en la cocina perfumada de claveles y hule.
Fíjate: aquí viven Zinaida, Miguel, Anastasia (en la esquina), Olalla y Verónica (enfrente). Luego Nines, mi cuñada, y Santi, mi hermano. Todos han sido recogidos por Catalina, como tú.
Pero ¿es que no tiene hijos propios?
No, no puede. Por eso nos ha recogido. Tiene diabetes, problemas de corazón. Si se supiera todo lo que ha pasado, ni nos habrían dejado vivir aquí. El Estado apenas ayuda, pero después apareció Paco.
¿Quién es Paco?
Un chico especial, lo encontró sola por la ciudad. Tiene problemas mentales y un padre muy rico. Cuando lo encontraron, lo pusieron bajo custodia y su padre, don Simón, quiso contratar a Catalina como cuidadora. Pero ella no nos dejó. Don Simón ahora ayuda con abogados y dinero. Por eso este lío parece “Amar en tiempos revueltos”.
La vida desfilaba frente a Alba como un sueño raro, entre aromas de caldo gallego, risas y discusiones de sobremesa. Era la primera vez que se sentía parte de algo real, donde el dolor se podía soltar sin ser condenado.
Supo entonces que los padres no sólo son de sangre: también se eligen, a veces, por casualidad o necesidad.
Pasaron los meses. Su padre vino a buscarla, arrepentido, pero Alba agradeció y decidió, por primera vez, tomar las riendas. Estudiaría psicología, aunque tuviera que trabajar los veranos. Su padre ayudaría, pero Alba no regresó a casa.
Catalina cayó enferma, un ictus terrible, y fue Alba quien la cuidó el resto del año, compartiendo con ella, por primera vez, los días más extraños y felices de su vida. El banco de madera que le construyeron Santi y Fernando (el marido de Lucía) fue el trono de Catalina, donde reinaba entre juegos y risas, mientras los niños le rendían homenaje.
¿Cómo está vuestra majestad con su banco nuevo?
Y, aún con la voz temblorosa y el cuerpo débil, Catalina sonreía y agarraba la mano de Alba.
Alba, convertida ya en una gran psicóloga infantil, invitó a Catalina a su boda la primera de todas.
¿Estarás a mi lado, mamá Catalina?
Siempre, hija siempre.
Y así, entre sueños, bancos, trenes y olor a flores de campo, Alba supo lo que significaba tener familia: no la de la sangre, sino la elegida, la que te escoge y te recoge como una gota nueva bajo el sol de Castilla.




