No me podrán hacer nada. No soy culpable,” murmuró, retrocediendo con miedo.

**Diario Personal**

*1 de junio*

“No me puedes hacer nada. No tengo la culpa”, balbuceó Íker mientras retrocedía. Temblaba de miedo.

A principios de junio, el calor del verano se instaló por fin. La gente, cansada del asfalto y del ritmo de la ciudad, huía a pueblos costeros, a la sierra o a las casas de campo. Javier, su mujer y su hija también decidieron escapar ese fin de semana, madrugando para llegar temprano al pequeño pueblo donde él había crecido y donde aún vivía su madre.

“¿Listos? ¿No se os olvida nada? Vamos, antes de que el sol apriete de verdad”, dijo Javier al arrancar el coche. Lucía se sentó a su lado, mientras que Marta prefería el asiento trasero, lejos del aire acondicionado.

En familia habían acordado que Lucía pasaría las últimas vacaciones de verano con su abuela. A ella no le hacía mucha gracia irse del todo, pero sus amigos también se marchaban, y quedarse en la ciudad sería aburrido.

“¿Por qué esa cara? Verás cómo te gusta. Además, allí tienes amigos. Hasta puede que no quieras volver”, intentó animarla Javier.

“Vale, vale, papá, no es para tanto”, refunfuñó Lucía mientras se abrochaba el cinturón.

“Eso me gusta oír”, sonrió Javier. “Son tus últimas vacaciones largas. El próximo año, exámenes, selectividad… Y luego, la vida adulta.”

La ciudad despertaba lenta, sacudiéndose la modorra matutina. Las carreteras aún estaban vacías, así que en poco tiempo dejaron atrás el asfalto y los edificios.

El sol apenas asomaba entre los árboles que bordeaban la autovía, sus rayos atravesando las hojas como agujas de luz. “Todo está bien… ¿Entonces por qué tengo este mal presentimiento?”, pensó Javier, observando la cinta gris de la carretera bajo las ruedas.

Cuatro horas después llegaron al pueblo, un remanso verde lleno de flores. Su madre les abrió la puerta, exclamando de alegría, y los recibió con besos y abrazos.

“¡Ay, Lucía, cómo has crecido! Casi una mujer. Javier, hice tus empanadillas favoritas. Pasad adentro, no os quedéis en la entrada”, decía la abuela, moviéndose de un lado a otro, feliz.

“Todo sigue igual”, murmuró Javier, recorriendo la habitación con la mirada y respirando el aroma de su infancia. “Ni un mueble movido. Mamá, hasta tú sigues igual.” La abrazó fuerte.

“Deja de decir tonterías”, contestó ella, apartándolo con un gesto cariñoso. “Seguro que tenéis hambre. Lavad las manos y al comedor.”

“Mamá, no dejes que esta ‘señorita’ se desmande. Nada de salidas nocturnas”, advirtió Javier entre bocados de empanadilla, disfrutando cada uno.

“Venga ya, ¿acaso no recuerdas cómo eras tú a su edad?”, se rio su madre, deslizando hacia él un vaso de limonada casera.

“Exacto. Venga, abuela, cuéntame cómo era él. Porque parece que nació siendo un santo”, replicó Lucía, divertida.

La abuela siguió sirviendo comida, pero de pronto echó un vistazo por la ventana.

“¿Alguien quiere un café calentito?”, preguntó, observando a sus invitados. “Ah, por cierto, Lucía, tus amigos están en el patio. Vieron el coche llegar.” Le guiñó un ojo.

“¿Quiénes?”, preguntó la chica, corriendo hacia la ventana.

“Acaba de comer primero”, ordenó Javier. “Que esperen.”

“Ya he terminado. Gracias, abuela, estaban riquísimas.” Lucía se movía impaciente de un pie a otro.

“Ve, ve, terremoto”, cedió la abuela. “Pero que no se te pase la hora de comer.”

Y Lucía desapareció en un instante.

“Mamá, no le des demasiada libertad. Parece mayor, pero sigue siendo una niña”, dijo Javier cuando la puerta se cerró.

“Aquí no pasa nada, tranquilo.”

Al día siguiente, Javier y Marta partieron de vuelta a la ciudad. Antes de subir al coche, él dio sus últimos consejos a Lucía.

“Ayuda a la abuela. Y no apagues el móvil, ¿eh?”

“Papá, ya lo sé”, suspiró Lucía, poniendo los ojos en blanco. “Si tanto te preocupas, ¿por qué no me lleváis con vosotros?”

“Javier, la estás asfixiando”, intervino Marta. “Vamos, que si no llegaremos de noche.”

Al salir del pueblo, Javier miró por el retrovisor a su madre y su hija, cada vez más pequeñas. Observó de reojo a Marta. “Ella está tranquila… ¿Por qué me obsesiono? Lucía es inteligente, no le pasará nada. Tengo que aprender a soltar…” Intentó ahuyentar esa inquietud absurda que le corroía por dentro.

Pasaron tres semanas. Lucía llamaba cada día, contándoles su vida en el pueblo. Poco a poco, Javier se relajó. Hasta que una mañana de sábado, el teléfono lo despertó.

“¿Es el trabajo?”, murmuró Marta, sin abrir los ojos.

Javier cogió el móvil de la mesilla. Al ver que era su madre, contestó al instante.

“Sí, mamá. ¿Por qué llamas tan temprano?” Pero su corazón ya latía con fuerza, presagiando lo peor.

“Javier, perdóname… No pude cuidar de Lucía”, sollozó su madre al otro lado.

“¿Qué le pasa a Lucía?”, gritó él, saltando de la cama y agarrando los vaqueros.

“Es grave, venid rápido. Está en el hospital, en coma…” Su voz se quebró.

“Prepárate, Lucía está en el hospital”, le dijo a Marta, tirando el móvil y vistiéndose a toda prisa.

Ella entendió al momento y ya se quitaba el camisón, pero de pronto se desplomó en la cama, pálida.

“¿Qué… qué le ha pasado?”, susurró.

“No sé. La madre está destrozada. Vamos y lo averiguamos.”

La noche anterior, pereza le dio para repostar, y ahora todas las gasolineras tenían colas interminables. Los fines de semana, muchos escapaban de la ciudad.

“¿Y ahora qué? Perderemos un montón de tiempo”, dijo Marta, desesperada.

“Espera.” Javier sacó una garrafa del maletero y se dirigió a la gasolinera.

En cinco minutos volvió, echó la gasolina y reanudaron la marcha.

“Ella no quería ir… Fuimos nosotros quienes la convencimos… Si se hubiera quedado, no habría pasado nada…”, lloriqueaba Marta.

“¡Basta!”, la interrumpió él. “Ya estoy harto. Quizá no es tan grave. Mi madre habrá exagerado.” Pero ni él mismo se lo creía.

Al llegar al pueblo, llamó a su madre. Ella los esperaba en el hospital. Al ver a Javier correr por el pasillo, se abalanzó sobre él y se deshizo en lágrimas.

“De ella no sacaremos nada. Marta, quédate con mamá. Voy a buscar al médico.”

Lo encontró en la sala de guardia, donde flotaba el aroma del café recién hecho.

“¿El padre? Me alegro de que haya venido. El amigo de su hija tiene una pierna fracturada y dos costillas rotas. Pero ella… Traumatismo craneoencefálico grave. Operamos para extraer el hematoma, pero no ha despertado de la anestesia. Solo nos queda esperar. ¿Quiere café?”

“¿Se… va a recuperar?”, atinó a preguntar Javier.

“Hicimos todo lo posible. Hay esperanza, pero…” El médico abrió las manos.

“¿Dónde está él? ¿El chico con el que iba en la moto?”,Javier cerró los puños con fuerza, respiró hondo y, al mirar por la ventana de la habitación de Lucía, vio las primeras luces del amanecer pintando el cielo de esperanza.

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No me podrán hacer nada. No soy culpable,” murmuró, retrocediendo con miedo.