Los pájaros surcan el cielo…
Julia despertó y se desperezó con placer. Luego dudó: ¿qué día era hoy? Volvió la cabeza para mirar la hora y su vista tropezó con el vestido blanco colgado en la puerta del armario. Demasiado largo, lo había dejado fuera para que no se arrugara. Los recuerdos cayeron sobre ella como una avalancha, ahogándola.
Cuando lo probó en la tienda, por un instante pensó que estaba haciendo lo correcto. Jaime no estaba. Pero Felipe sí, vivo, atento, exitoso y guapo. Nada podía cambiarse ya. En unas horas, llevaría ese vestido y subiría al coche nupcial camino al registro civil.
A Julia le recorrió un escalofrío. Apartó la mirada del vestido, símbolo de su traición.
Ayer se lo había dicho a su madre. Pálida, consumida por la quimioterapia y las operaciones, su madre la miró con ojos hundidos.
—Lo entiendo, cariño. Pero Jaime no está.
—Desaparecido, no muerto —replicó Julia con firmeza—. Podría estar prisionero, los intercambian.
—Julia, ¿y en qué estado volvería? ¿Ves las noticias? Aunque regresara intacto, ¿qué tal su salud mental? Tienes solo veinticuatro años. La vida acaba de empezar. Además, solo salisteis unos meses.
—Mamá, le prometí esperarlo. Si me caso, le traiciono. ¿Y si vuelve? ¿Cómo lo miraría a los ojos? —Julia gritó, ahogándose en lágrimas.
—Tranquila, no grites. Él también prometió regresar. Es la guerra. Las promesas son fáciles, lo difícil es cumplirlas. ¿No daría señales de vida si estuviera vivo? —Su madre la abrazó.
Julia apoyó la cabeza en su hombro y escuchó su respiración agitada. Sus pulmones sonaban como papel arrugado.
*”Mamá tiene razón. Felipe ha hecho tanto por nosotras. Ingresó a mamá en el mejor hospital de Madrid, pagó el tratamiento. La sacó literalmente de las garras de la muerte. Aún sigue con la quimio. Hay esperanza. ¿Y si empeora? No tenemos dinero, solo a Felipe. No puedo rechazarlo… Es mamá, sueña con ser abuela… Y yo soy una egoísta, pensando en mí…”*
Julia se secó las lágrimas.
—Todo irá bien, mamá. No te preocupes.
Su madre suspiraba, mirándola de reojo, y cuando creía que no la veía, la santiguaba en silencio.
—No seas tonta. Agárrate a Felipe con uñas y dientes —le regañó su amiga Maite, sin disimular su envidia.
—Pues agárrate tú. Eres más guapa que yo.
Maite negó con la cabeza y giró un dedo en la sien.
—Le debo todo, ¿entiendes? —se quejó Julia—. Siempre le deberé algo. Es como una cárcel voluntaria. Él puede hacer lo que quiera, y yo ni pío. Porque le de-bo. Así no es vivir.
—Tonta. Si no te adaptas, te divorcias. No es tan grave —sugirió Maite con ligereza.
Esas palabras lo decidieron todo. Pero cuanto más cerca estaba la boda, más pesado se sentía su corazón. *”No me soltará, claro. Ha invertido mucho en nosotras. ¿Adónde iría? No puedo abandonar a mamá. La mataría. Acaba de recuperar peso, come poco a poco. Qué trampa… Si solo escribiera ‘vivo’, cancelaría la boda…”*
Felipe decía amarla, no insistía en la intimidad, aunque Julia evitó por poco su impaciencia un par de veces. El restaurante de lujo estaba reservado, invitados importantes asistirían. Hasta el concejal iría. No quería dejar en ridículo a Felipe, un novio abandonado. Nunca le había hecho daño, ayudó a mamá…
Su madre asomó a la habitación.
—¿Aún no te levantas? En diez minutos llegan para peinarte y maquillarte. Levántate y dúchate. El desayuno está servido.
Julia saltó de la cama y entró al baño. La pregunta *”¿qué hago?”* quedó flotando en el aire como una brisa ligera.
Se duchó rápido y, con el pelo mojado, se sentó a la mesa. Para no herir a su madre, bebió un sorbo de café y mordió el bocadillo. El pan se le atragantó.
—Basta, mamá, no puedo. Me duele el estómago. —Apartó la taza.
—El día de mi boda con tu padre tampoco comí, de los nervios. Luego bebí champán y temí hacer el ridículo. —Su madre rio y frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó Julia, alerta.
—Me tiran las cicatrices.
En ese momento, sonó el timbre.
—Abro yo —dijo su madre, y Julia sintió su corazón latir como un pájaro enjaulado.
Comenzó el ajetreo del peinado y maquillaje. A Julia no le importaba su aspecto, pero al verse en el espejo, se sorprendió. Una estrella de Hollywood la miraba.
Había pedido naturalidad, nada de peinados exagerados, y acertó. Su madre se llevó las manos al pecho, con lágrimas en los ojos.
La estilista se fue, y Maite ayudó a ponerse el vestido.
—Es pronto —protestó Julia.
—No lo es. Por si hay que arreglarlo. Tu madre dice que no comes.
—Vosotras igual —suspiró resignada.
El timbre sonó de nuevo.
—¿Abre tu madre? —preguntó Maite, abrochándole la espalda.
Julia se encogió de hombros.
—¡No te muevas! —la regañó Maite.
El timbre repitió, y Maite corrió a abrir, dejando a Julia con la espalda al aire. Julia escuchó. Tras la puerta, Maite discutía:
—No puedes entrar. Es mala suerte.
—Vine temprano por si acaso. Me caso, quiero asegurarme de que mi novia está perfecta —insistió la voz de Felipe.
—Está espectacular. No paso —respondió Maite, bloqueando la entrada.
El vestido de seda resbalaba de sus hombros. Julia ajustaba las tiras finas. De pronto, el silencio.
Esperó un momento, levantó la falda para no pisarla y entreabrió la puerta. El pasillo estaba vacío. Descalza, salió sin hacer ruido. Solo el susurro del vestido la delataba. Asomó a la cocina y se paralizó. Maite, de espaldas, con sus rizos dorados al aire. Las manos de Felipe, blancas y delicadas, reposaban en su espalda como pequeñas alas.
¿Por qué pensó en sus manos? Se besaban, balanceándose. Una ola de calor le quemó el rostro. Julia retrocedió, regresó a la habitación y atrancó la puerta con una silla.
Se acercó a la ventana, enredándose en el vestido. Tercer piso. Ventana estrecha. Asfalto abajo.
Se liberó del vestido, que crujió al rasgarse. La tela cayó como nieve a sus pies. ¿Qué más daba? Lo pisó, arrugando la gasa.
—Julia, ábreme, Felipe se fue —llamó Maite. La silla crujía bajo los empujones.
—Un momento —gritó Julia con voz ronca, y se puso unos vaqueros y una camiseta.
*”No puedo saltar, solo queda la puerta.”* Retiró la silla. Maite empujó, y Julia abrió de golpe. Su amiga entró como un vendaval, casi estrellándose contra el alféizar. Gritaba, pero Julia ya corJulia agarró la chaqueta de Sasha y salió corriendo hacia la calle, sintiendo por primera vez en años que el viento en su pelo era de libertad, no de huida.







