Un nuevo comienzo

**Segunda Oportunidad**

El corazón de Inés estaba apesadumbrado, como siempre sucede después de visitar el cementerio. En el autobús viajaban otros pasajeros, cada uno sumergido en sus pensamientos.

El autobús giró desde la carretera de circunvalación hacia la ciudad. Por la ventana desfilaban casas bajas de una o dos plantas, típicas de las afueras. Pronto desaparecerían, reemplazadas por nuevos barrios con calles anchas y edificios altos.

Inés, llevada por un impulso, bajó en la siguiente parada. «¿Y si cuando vuelva, el barrio donde creció ya no existe?», pensó con angustia. Caminó por la calle, entre casas descascaradas, temiendo no reconocer su hogar, donde vivió los años más felices de su vida.

La mayoría de las ventanas estaban rotas, las puertas de los portales abiertas, como bocas gritando en silencio. Los vecinos ya se habían mudado a pisos nuevos. Todo estaba vacío, solo pasaban coches y autobuses. Y ahí estaba su casa. Inés la miró con la alegría de reencontrar a un viejo amigo.

Sin vecinos, el edificio parecía muerto. Solo quedaba el banco del portal, envejecido por el tiempo. A dos casas de distancia, ya se veía la grúa de una obra. Pronto derribarían también este edificio.

Inés cerró los ojos y, por un instante, vio a su madre asomada a la ventana del segundo piso, buscándola entre las niñas que jugaban a la rayuela en el patio. Olía a cebolla frita, se oían platos y, desde el piso de la tía Pilar, su voz chillona regañando a su marido borracho.

«¡Inés, a comer!», resonó en su memoria la voz cantarina de su madre.
Inés abrió los ojos de golpe. No había nadie. Solo ventanas vacías que la miraban sin vida.

Pero ya no podía parar, y los recuerdos la envolvieron…

***

—¡Inés, a comer! —grita su madre desde la ventana.

Ella sube corriendo los escalones desgastados hasta el segundo piso, entra en el piso y, aún en el recibidor, oye: —¡Lávate las manos y siéntate!—. Mientras, su padre, entre la mesa y la nevera, lee el periódico esperando a que todos se sienten a comer…

La memoria era tan vívida que Inés casi olía la sopa de cocido. Las lágrimas le rodaron por las mejillas. Las secó con los dedos, sin prisa.

Ahí estaba ella, camino al colegio con la mochila. Apenas había dado unos pasos cuando oyó las carreras de Javi.

—¡Inés, espérame! —gritó.
La alcanzó y caminaron juntos.

—¿Me dejas copiar los ejercicios de mates?

—¿Por qué no viniste anoche? —preguntó Inés.

—Tu madre me mira con recelo, como si fuera a robar algo.

—Qué exagerado. —Inés giró ligeramente la cabeza y observó el perfil de Javi.
Había cambiado durante el verano, estirado. Su pelo oscuro se había aclarado al sol, y su piel morena se veía aún más bronceada. Su delgado cuello asomaba por la camisa, y en un lateral se marcaba una vena. «¿Cuándo se hizo mayor?», pensó.

Javi notó su mirada y la miró también. Los ojos color avellana de Inés ardieron, las orejas se le encendieron y el corazón le dio un vuelco.

Los padres de ambos trabajaban en la fábrica, que les había concedido esos pisos. La madre de Javi era contable allí, y la de Inés, enfermera en el hospital. La fábrica seguía cerca, con sus chimeneas escupiendo humo.

—¿Dónde vas a estudiar? —preguntó Inés de repente.

—En la politécnica. Después, trabajaré de ingeniero en la fábrica y llegaré a director para cambiarlo todo.

—¿En serio? —Inés rio—. Nunca oí a nadie soñar con ser director de una fábrica.

—Pues ya verás —dijo Javi con seguridad.

—Lo de ingeniero lo entiendo, pero ¿por qué la fábrica? Está obsoleta.

—¡Qué sabrás tú! Nunca la cerrarán. Da trabajo a miles. Es historia de la ciudad. ¿Y tú?

—Yo estudiaré en Madrid. Seré traductora, viajaré… O quizá psicóloga. Aún no lo sé —contestó Inés, algo presuntuosa.

El último domingo de septiembre fueron a una finca cerca del río Tajo a celebrar el cumpleaños de un compañero. Los padres montaron las mesas en el jardín mientras los chicos jugaban al voleibol. Después, todos se perdieron por el bosque. Ahí fue la primera vez que Javi besó a Inés.

¡Qué año aquel! Se volvieron locos de amor, besándose hasta perder el aliento. Una noche, la madre de Inés tenía guardia en el hospital, y el padre, horas extra. Javi fue a su casa a copiar los deberes.

Y pasó. Rápido, torpe. Los dos se miraron confundidos. Inés le hizo prometer que no se repetiría. Javi asintió, contrariado, y se fue. Al día siguiente, caminaron juntos al instituto en silencio.

—Nos casaremos al terminar —dijo Javi días después.
—Pero yo me iré —susurró Inés.
—Pues no te vayas —rogó él.
Fue su primera pelea.

En la fiesta de Navidad del instituto, Inés vio a Javi besándose con Laura en un aula semioscura. Salió llorando. Durante las vacaciones, lo evitó fácilmente… hasta que él fue a su casa.

—¿Por qué me esquivas?

—Ahora tienes a Laura. Os vi.

—Ella me besó. ¿Querías que le diera un guantazo? —se defendió Javi.

Inés conocía a Laura, sabía que no dejaba escapar a ningún chico guapo. Y Javi lo era. La celosía la enloquecía.

Pero pasó el tiempo, Javi ya no estaba con Laura, e Inés se calmó. En segundo de bachillerato, volvieron a estar juntos, aunque intentaron contenerse, ser solo amigos.

Tras la graduación, alquilaron una barca por el Tajo. Comieron en la orilla bajo los pinos. Alguien llevó vino. Inés y Javi se escabulleron al bosque y se besaron de nuevo.

—No te vayas. Podemos estudiar aquí —murmuró Javi.
—Ven conmigo —replicó Inés.

—Mi madre no me dejará. Mi padre anda mal del corazón. Además, aquí tendré práctica en la fábrica. Cinco años pasarán rápido. Volverás y entonces…

—¡González! ¡Martín! ¡Nos vamos! —gritó la profesora desde la orilla.
Regresaron al barco con los labios hinchados y las mejillas encendidas.

Estudiaron juntos para los exámenes, hasta que el padre de Javi los pilló besándose. No dijo nada, pero se quedó en casa “enfermo” hasta los exámenes. Javi dejó de ir a casa de Inés. Después de la graduación, lo enviaron al pueblo a ayudar a su abuela. Ni siquiera pudo despedirla cuando ella se fue a Madrid.

Al principio, hablaban por teléfono a diario. Pero sus padres protestaron por el gasto. La telefonía móvil no era como ahora. Las llamadas se espaciaron. Hasta que Javi se casó con Laura. Inés apenas lo superó, casi suspende el curso. Un año después, empezó a salir con un chico, se casaron al terminar la carrera… y se divorciaron pronto.

Trabajó de traductora, viajó por Europa, se convirtió en una madrileña. Cuando su padre murió, llevó a su madre a vivir conSe miraron en silencio, y en ese instante supieron que, aunque tarde, esta vez no dejarían escapar su oportunidad.

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Un nuevo comienzo