**Diario de Nadia**
Aún recuerdo aquel día en que mi vida cambió para siempre. Todo comenzó en un pequeño pueblo de Castilla, donde crecí rodeada de calles estrechas y plazas llenas de vida. Mi padre, Javier, trabajaba como mecánico, y mi madre, Carmen, era la luz de nuestra casa. Hasta que un día, ese rayo de sol se apagó.
“Por favor, devuélveme a mi hijo. Te daré lo que sea”, susurré con la voz quebrada mientras me aferraba a las últimas fuerzas que me quedaban.
Mi padre, con solo cuarenta y tres años, se hundió en el dolor. Yo intenté ser su sostén, ocupándome de la casa y los estudios sin descuidar ni un segundo. Logré buenas notas en la Selectividad, pero mi corazón no estaba en Madrid, como insistía mi amiga Lucía.
“Tu padre no se quedará solo para siempre”, decía ella con frialdad. “A su edad, cualquier mujer soltera lo recogerá como un perro abandonado. Déjalo vivir su vida”.
Sus palabras me atravesaron como un cuchillo, pero algo de razón tenían. Hablé con mi padre, y con ojos brillantes me dijo: “Ve, hija. Madrid está cerca. Si no te gusta, siempre puedes volver”.
Así que me fui. Lucía y yo compartimos habitación en una residencia de estudiantes. Ella, despreocupada, faltaba a clases y salía por las noches. Yo la cubría, ayudándole con los apuntes. Hasta que un día, en el tren de vuelta al pueblo, me confesó:
“Estoy embarazada”.
El mundo se me vino encima. “¿Y ahora qué harás?”.
“No lo tendré. Pídele dinero a tu padre para el aborto”, suplicó.
“No puedo. Si lo haces, quizá nunca más tengas hijos”.
Lucía se mordió el labio. “Se lo dije al chico y desapareció. Mi madre me matará…”.
Intenté hacerla entrar en razón, pero al final, el miedo la venció. Durante meses ocultó su embarazo. Hasta que su madre apareció en la residencia. Mentí por ella, pero cuando nació el niño, Lucía lo abandonó en el hospital.
Yo no pude dejarlo ahí.
Convencí a Miguel, su padre biológico, de casarnos por lo civil. Fue un matrimonio fugaz, pero me permitió adoptar a Daniel legalmente. Corté todo contacto con Lucía y regresé al pueblo. Mi padre ya vivía con nuestra vecina, Marta, y nos cedió su piso de alquiler.
Pasaron cuatro años.
Daniel creció feliz, con sus risas llenando cada rincón de mi vida. Hasta que un día de invierno, en medio de la nieve que cubría las calles, escuché una voz que heló mi sangre:
“¡Nadia! ¿Tan mal me ves?”.
Lucía estaba frente a mí, envuelta en un abrigo caro. A su lado, un hombre. Mi cuerpo se tensó.
“¿Has venido a ver a tu madre?”, pregunté, alejando a Daniel de su mirada.
“Este es Sergio, mi marido”. Sus ojos se posaron en mi hijo. “¿Y este es…?”.
“Tengo frío. Daniel está empapado. Nos vamos”.
Esa noche, el teléfono sonó. “Dime la verdad. ¿Es mi hijo?”, exigió Lucía.
“No. Es mío”.
“¡Mientes! Tiene sus ojos”.
Quedamos en un café. Fui temblando. Si no iba, vendría a casa. Y no podía arriesgarme.
“¿Dónde está Daniel?”, grité al llegar.
“¡Mamá!”. Su vocecita me atravesó el alma. Lo abracé con fuerza, sintiendo su calor mientras mi padre sujetaba a Lucía.
“La policía viene”, dijo él.
“Suéltala”, rogué. “Ya ha pagado su culpa”.
Lucía se marchó, pero no sin antes escupir: “Es mi hijo”.
Retiré la denuncia a cambio de una promesa: nunca se acercaría a Daniel.
La amistad entre mujeres muere cuando compiten por un hombre. En este caso, por un niño. Ella lo dio a luz y lo abandonó. Yo lo crié, dándole todo mi amor.
Y Daniel… solo supo que una mujer extraña lo llevó a una gran ciudad, donde nadie lo abrazaba como su verdadera madre.
Pero ahora está aquí, en mis brazos, donde siempre debió estar.





