Joven soñadora anhela el amor eterno.

Una chica con piso propio sueña con casarse…

“Ay, otra que se casa. Uno más feliz en el mundo. ¡Que lleguéis a las bodas de oro!” dijo Gracia Fernández, la jefa de contabilidad, la más veterana no solo por cargo sino por edad, alzando su copa de cava.

“¿Tan poco? Que lleguen a las de diamante”, añadió con frescura la vivaz Tamara.

“Casarse no es para no perderse”, suspiró la limpiadora, tía Paquita, asomada en la puerta. “Hoy se casa uno y al año está enganchado al vino. Ay, niñas, ¿por qué no os conformáis con estar solas?”

“Tía Paquita, vaya usted a…” Tamara la apartó con gesto molesto. “Si a usted le fue mal con su marido, no signifique que las demás no debamos casarnos. A nuestra Lucita le ha tocado la lotería. Guapo, con coche y con futuro. No hagas caso, Lucia, ¡sé feliz!” Tamara brindó con su copa.

Lucia volvió de su semana de vacaciones por la boda. Trajo bombones y cava para celebrarlo con sus compañeras de la oficina. Sonreía, radiante como una lámpara recién pulida, aunque algo nerviosa. Claro, había avisado a su recién estrenado marido de que se quedaría una horita, había que celebrarlo con el equipo. Pero ya iban tres horas, el cava se había acabado, habían ido a por más, y nada de irse a casa. El marido mandaba mensajes: “¿Cuándo vuelves? Te echo de menos. Si quieres, voy a buscarte.”

“Bueno, niñas, seguid. Yo mañana limpio lo del festejo”, dijo tía Paquita.

“Váyase a casa, tía Paquita, nosotras lo recogemos”, prometió Gracia Fernández. “Chicas, el último brindis. Hora de irse. Solo falta casar a Sonia y ya tenemos el pack completo.”

“Oye, Sonia, ¿qué haces aún soltera? Eres mona, con piso… ¿Ninguno te gusta o esperas a un príncipe?” soltó Tamara, ya bastante achispada.

“¿Y qué tiene que ver el piso?” preguntó Sonia.

“¿Qué dices? ¿Cuántos años tienes? A tu edad yo ya tenía dos niños, y el mayor, Pablo, empezaba el cole. Con mi marido pasamos de todo. Hasta estuvimos a punto de divorciarnos un par de veces. Pero yo le dije: ‘Los hiciste, ahora acaba de criarlos, luego haz lo que quieras’. Y ahí lo tengo, comiendo de mi mano.” Tamara cerró el puño.

“La gente se casa por pasión o por un despiste. La pasión se va, llegan los días grises. Y los niños… Mejor no hablar. Las noches sin dormir, los nervios, las peleas… Y al final, divorcio.”

“Si el tío es decente, deja el piso a la mujer y los críos, y él se va a un alquiler o una residencia. Pero no dura. Todos sus amigos están casados, no tiene dónde caerse muerto. Entonces empieza a mirar a su alrededor, a ver si hay alguna mujer sola, sin hijos. Porque si escapó de los suyos, no va a criar ajenos. Y ahí estás tú, justo lo que busca: joven, con ganas de casarse y encima con piso. Un chollo. Por eso me extraña que sigas soltera.”

“Vaya forma de ver las cosas”, dijo Sonia ofendida. “¿Solo valgo para divorciados y sin techo? ¿A mis treinta ya no puedo encontrar a uno sin pagar pensiones, según tú?”

“No la escuches, Sonia, está borracha y dice tonterías. Los hombres hoy no tienen prisa por formar familia. Quieren carrera. Aunque… algo tarde estás”, suspiró Gracia. “Bueno, lo arreglaremos.”

“¡Eso digo yo!” intervino Tamara. “Los tíos con éxito saben lo que valen, buscan jovencitas y guapas. Los divorciados no son tan exigentes. Lo que quieren es buena persona y con piso. Nadie quiere vivir de alquiler toda la vida o con su madre.”

“Cada uno tiene su suerte. Unos se casan pronto, incluso varias veces. Otros encuentran el amor tarde. Pasa. Un conocido mío tiene un hijo. Treinta y seis años, soltero, nunca se casó. Listo, con estudios, buen sueldo, pero con las mujeres… mala racha”, dijo Gracia.

“¿Está malo o es borracho? Porque si no le quiere nadie… Y habría que ver su orientación, no vaya a ser…” Tamara vio la mirada de advertencia de Gracia. “¿Qué? A una amiga mía le pasó…”

“¡Tamara, basta! Tienes la lengua más larga que un día sin pan. Da asco escucharte. Hay mil circunstancias en la vida. Pero piénsalo, Sonia. Es buen chico. Hace tiempo que quería presentároslo.”

“¿Y por qué habéis sacado este tema? No creo en los emparejamientos a la fuerza. Todo son halagos, y luego la realidad es otra. Ya me apañaré yo sola.”

“Eso dices. ¿Dónde vas a conocer a alguien? En la oficina estáis todas mujeres, no sales de fiesta. Si no hay química, nadie os obliga a casaros. Además, él tiene piso. ¿Por qué no probar? ¿Y si te gusta?” insistió Gracia. “Bueno, chicas, se nos hace tarde. Los maridos nos van a echar la bronca.”

Las chicas recogieron rápido y se marcharon.

“No digas que no antes de tiempo”, le dijo Gracia a Sonia en la parada del autobús. “No hablo por hablar. El sábado es el cumple de mi marido. He invitado a una amiga y a su hijo. Ven tú también. Os conocéis, y a ver qué pasa. Luego ya se verá.”

Los dos días hasta el sábado Sonia estuvo dudando. El plan no le gustaba, nada saldría bien. Aun así, eligió un vestido y se arregló las uñas.

“¿Cuántas veces he jurado empezar dieta? En dos días no bajo ni un kilo —se lamentó frente al espejo—. ¿Quién me va a querer si ni yo me quiero? Qué absurdo. No iré.”

El sábado por la mañana se lavó el pelo, se lo rizó, se maquilló, eligió vestido. ¿Y el regalo? La habían invitado a un cumpleaños, no podía ir con las manos vacías. Llamó a Gracia, que le dijo que no se obsesionara, que fuera así. Pero si la conciencia le remordía, una botella de vino bastaría. ¿Qué más regalarle a un desconocido?

Como tenía tiempo, Sonia fue al supermercado. En el Mercadona de al lado la selección era poca, así que fue a un Carrefour a dos paradas. Escogió vino, compró también bombones, queso y pan. Por si acaso. Si todo iba bien, él la acompañaría, querría tomar un café en su casa… y ella no tenía nada para ofrecer. Hacía tiempo que no compraba dulces, intentando adelgazar.

Ilusionada, Sonia se dirigió a caja. Justo cuando iba a sacar los productos de la cesta, un hombre se le adelantó, colocando una botella de vino, la misma que ella llevaba.

“Yo estaba primero”, protestó Sonia.

“Perdón, lo siento. Voy con prisa. Solo tengo esto, usted lleva más. Mientras lo saca, yo ya he pagado”, dijo él con calma.

“¿Se te quema el arroz? ¿Tantas ganas de beber? Vaya morro”, se enfadó Sonia. Vio que la cajera ya había cobrado el vino. “Usted vio que yo llegué antes, ¿por qué le cobra a él? ¿Por ser hombre?”

“Señorita, me disculpé. No grite, ya me voy.” El hombre cogió su botella y se marchó.

Aquel malentendido en el supermercado se convirtió en la anécdota favorita que contaban en cada reunión familiar, riéndose de cómo el orgullo casi les impidió encontrar el amor que ahora los unía.

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Joven soñadora anhela el amor eterno.