**Diario de un hombre**
Si no fuera por ti…
Almudena y Lucía fueron amigas desde la infancia, compartieron guardería y luego el mismo pupitre en el colegio. Con los años, Almudena se convirtió en una belleza, rodeada siempre de admiradores, a quien la vida le sonreía sin esfuerzo. Lucía, en cambio, era una chica discreta, de esas que pasan desapercibidas en medio de la multitud.
Después del instituto, Lucía entró en una escuela de enfermería, decidida a dedicarse a ayudar a los demás. Almudena, en cambio, pensó que los títulos no eran necesarios para triunfar. Hizo un curso de estética y trabajaba en un salón de belleza, pintando cejas y pestañas.
Las dos soportaban juntas las rupturas y los dramas. No pasaba un día sin que se vieran o hablaran por teléfono. Almudena soltaba su verborrea, y Lucía escuchaba, compadeciendo sus penas de amor o alegrándose por sus nuevos romances.
Pero, como suele ocurrir entre amigas, ambas se enamoraron del mismo chico.
La primera en conocer a Javier fue Lucía. No era un Adonis, sino un chico normal, del que podría haber surgido algo bonito. Pero el destino nunca es fácil.
Lucía volvía del supermercado. Había llovido fuerte y los charcos aún no se habían secado. Al esquivar uno enorme, vio de reojo a un chico en patinete eléctrico que se le venía encima. Iba distraído, mirando al frente, como si no la viera. En el último momento, Lucía gritó y saltó hacia un lado, cayendo en el charco.
“¡Con la de locos que van por ahí, mirando al cielo! Casi la atropellas, muchacho”, le regañó una anciana que pasaba, agitando el dedo.
El chico frenó y se giró. Lucía, mientras, salía del charco y miraba con resignación sus zapatillas empapadas.
“Perdona. Pero ¿para qué te metiste ahí? Te habría esquivado”, dijo él, acercándose.
Lucía no quería disculpas. Solo buscaba dónde pisar para no hundirse de nuevo.
“Venga, sube. Te llevo”, ofreció él.
“Déjame en paz”, refunfuñó ella.
“Ya me he disculpado. ¿Prefieres seguir chapoteando? ¿Adónde vas?”, insistió.
“A la calle Cervantes, número ocho”.
Lucía se subió con recelo y se agarró al manillar. El patinete arrancó, salpicando agua a los lados. El viento le golpeaba la cara, y la velocidad le robaba el aliento. Nunca había montado en uno, pero con él no sentía miedo.
Al llegar al portal, Javier redujo la marcha.
“¿Qué escalera?”, preguntó, acercándose tanto que su aliento le hizo estremecer.
“La tercera”.
Se detuvieron justo ante la puerta, evitando otro charco.
“Gracias”, murmuró Lucía.
Sus ojos se encontraron. Ella notó su piel morena, sus ojos oscuros, su sonrisa que le aceleró el corazón.
“Me llamo Javier”.
“Lucía”.
“Lo siento, de verdad. ¿Quieres ir al cine algún día? Mis amigos se han mudado y me aburro solo”, soltó de pronto.
Lucía encogió los hombros.
“Vale”.
“Mañana a las siete, aquí mismo”. Javier sonrió y se alejó patineteando.
“¿Por qué sonríes tanto?”, le preguntó su madre al llegar.
“Por nada. Me he mojado los pies, voy a cambiarme”.
Pasó la noche recordando su voz, su sonrisa. Al día siguiente, se puso vaqueros y zapatillas, segura de que volvería con el patinete.
“¿Adónde vas?”, preguntó su madre.
“Al cine. Con Almudena”, mintió.
“Que no sea tarde”, le advirtió.
Al salir, no vio a Javier. El desánimo la invadió. “Idiota, ¿en qué estabas pensando?”, se reprochó. Iba a volver cuando oyó:
“¡Hola!”
Se giró y ahí estaba él, sonriendo. Se ruborizó, como si pudiera leerle el pensamiento.
“Vamos, la película empieza en veinte minutos”.
Y de nuevo el viento, su presencia cercana, esa felicidad que le hacía flaquear las piernas.
Después del cine, caminaron charlando. Javier había dejado el patinete.
“¿Con quién fuiste al cine ayer?”, la interrogó Almudena al día siguiente. “Confiesa, amiga”.
“¿Te lo dijo mi madre?”, se tensó Lucía.
“No, no hace falta. ¿Quién es ese chico?”
Lucía ardía en deseos de presumir. Nunca había tenido novio, mientras Almudena los cambiaba como guantes.
“Un chico normal”, dijo, aunque para ella no lo era.
Esa noche quedaron sin patinete, solo para pasear. Al salir del portal, se encontraron con Almudena, como si los hubiera esperado.
“Hola”, dijo, clavando sus ojos en Javier.
Él tampoco apartó la mirada. Almudena le sonreía coqueta, descarada. Caminaron un rato los tres, hasta que Lucía se quedó atrás sin que nadie lo notara.
Volvió a casa destrozada, apagó el móvil. Almudena fue al día siguiente, disculpándose, diciendo que se había enamorado…
Lucía no pudo guardarle rencor. Siguieron siendo amigas, incluso después de la boda de Javier y Almudena.
Ella terminó enfermería y trabajaba en una clínica privada. Almudena seguía en el salón, más por gusto que por necesidad. Javier ganaba bien.
Celebraban cumpleaños, Año Nuevo, hacían barbacoas. Lucía lo quería cada vez más, pero lo ocultaba.
Una madrugada, el teléfono la despertó.
“¿Sabes qué hora es?”, refunfuñó al ver que era Javier.
“Almudena ha muerto”, dijo él, con la voz quebrada.
“¿Qué ha pasado?”, gritó, olvidando el sueño.
“Volvíamos de la finca… Ella quiso conducir… Un camión nos cerró el paso… Murió en el acto…”
“¿En qué hospital estás?”
Se vistió a toda prisa.
“¿Qué ocurre?”, preguntó su madre, medio dormida.
“Almudena ha tenido un accidente. Voy al hospital”.
Se puso una bata blanca para colarse. Javier yacía en la cama, pálido, rodeado de cables.
“¿Cómo estás?”, preguntó.
“Me operaron. No siento las piernas”, susurró, con los ojos llenos de terror. “Ojalá hubiera muerto yo. No debí dejar que condujera…”
“No te alteres”.
El médico le explicó que la operación había ido bien, pero la recuperación dependía de él.
Lucía ayudó con el funeral y visitaba a Javier cada día. Él se hundía, se negaba a comer, la rechazaba.
“Necesita rehabilitación, masajes, alguien que lo cuide”, le dijo el médico.
Su madre contrató a una cuidadora. Lucía sintió celos al ver lo apegado que estaba Javier a ella, y empezó a ir menos.
Hasta que la madre de Javier la llamó, llorando.
“Esa mujer nos ha robado… Dinero, joyas… Se fue mientras dormía”.
La policía no servía de mucho. Lucía volvió a su lado.
“Javier, no es tu culpa. Tienes que luchar”.
“¿Para qué? ¿Quién me querrá así? Vete”.
“Te quiero yo”, dijo en un susurro.
Él la ignoró, pero ella no se rindió. Dejó el turno de día y se dedicó a su recuperación: inyecciones, masajes, ejercicios. Compró una bicicleta estática, lo obligó a mover las piernas aunque le dolieraPoco a poco, Javier recuperó la fuerza en sus piernas, y cuando un día logró caminar hasta su casa para pedirle perdón con un anillo en la mano, Lucía supo que todo el dolor había valido la pena.




