Abuela de abrazos ajenos

La abuela con brazos ajenos

En la cocina olía a albóndigas cuando se abrió de golpe la puerta de entrada: las hijas de Lucía volvían a casa. Habían estado en casa de su abuela y deberían estar felices, pero en lugar de alegría, sus rostros mostraban resentimiento.

—Mamá, ¡la abuela no nos quiere! —dijeron al unísono Ana y Marta.

Lucía salió al pasillo, secándose las manos con un trapo.

—¿Por qué pensáis eso?

Las niñas se miraron, y una de ellas comenzó a hablar con voz contenida. La abuela dejaba que Jaime y Sofía —los hijos de su tía— corrieran, saltaran y comieran lo que quisieran. A ellas, en cambio, ni ruido, ni golosinas, ni chocolates. A ellos los acompañaba hasta la parada del autobús, pero a ellas solo les cerró la puerta.

Lucía se quedó helada. Sabía que su suegra, Carmen Gutiérrez, no era la mujer más cariñosa, pero nunca imaginó que llegaría tan lejos.

Su relación siempre había sido neutral: ni cercana ni hostil. Todo cambió cuando la hermana de su marido, Marisa, tuvo hijos. Entonces, la abuela se cegó de amor. Pasaba horas hablando de lo listos que eran y de lo mucho que se parecían a su madre.

Cuando Lucía y su marido, Javier, tuvieron gemelas, Carmen solo encogió los hombros.

—¿Dos de una vez? Vaya forma de complicarse… Yo con dos no puedo.

—No te lo estamos pidiendo —cortó Javier.

—Ojalá pudiera ayudar más a Marisa… Ella tiene dos seguidos, al fin y al cabo…

—¿Y los nuestros no son hijos también? —Lucía no pudo contenerse.

—El hermano mayor debe cuidar de su hermana —contestó la suegra con frialdad.

Así entendió Lucía que no debía esperar ayuda. Por suerte, su propia madre estaba allí, cruzaba la ciudad entera para ayudar como podía.

Carmen, mientras, seguía alabando a Jaime y Sofía, repitiendo en cada oportunidad: «¡Estos sí que son mis nietos!».

Y de las hijas de su hijo… Si acaso preguntaba, solo soltaba: «Bueno, ya irán saliendo…».

Con el tiempo, hasta los vecinos lo notaron. Un día, en un arrebato, Carmen dijo: «¿Quién sabe si son realmente mis nietas, aunque las haya registrado mi hijo?». Esas palabras llegaron a Javier, quien, furioso, fue a confrontarla. Ella se justificó, pero no duró mucho.

Cada visita terminaba con mal sabor de boca. Siempre las mismas quejas: las niñas hacían ruido, comían dulces sin permiso, a la abuela le subía la tensión. Y, acto seguido, la comparación con los nietos «perfectos».

Cuando Jaime y Sofía se iban, Carmen los acompañaba personalmente, les hacía regalos, pero a Ana y Marta las mandó solas por un descampado donde rondaban perros callejeros. Seis años. Solas. Sin avisar. Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Javier llamó a su madre.

—¿Te encuentras mal, mamá?

—¿Por qué dices eso?

—Entonces, ¿por qué las enviaste solas? ¡Hay perros peligrosos ahí!

—Hay que enseñarles a ser independientes desde pequeñas.

—¡Tienen seis años! ¡A los hijos de Marisa no los dejas ni ir al baño solos!

—¡¿Y tú ahora me reprochas algo?! Esto es culpa de tu mujer…

Y colgó.

Pasaron los años. Las niñas crecieron, ya estaban en sexto de primaria. Carmen enfermó. Se acordó de sus «nietas de repuesto». Llamó a su hijo:

—Que vengan Ana y Marta a limpiar. ¿Qué clase de niñas son estas que no ayudan a su abuela?

—Recuerda por qué no vienen —respondió Javier con calma—. Tienes nietos favoritos: a ellos pídeles ayuda.

Furiosa, Carmen llamó a Lucía:

—¡Tienes que obligarlas! ¡Soy su abuela!

—Hace mucho que no las llama así. Usted tiene una hija y nietos «de verdad». Con ellos cuente.

Sofía se negó: «Tengo muchos deberes, abuela». Jaime dijo: «Yo no soy un criado». Carmen se quedó sola, en silencio. Solo entonces entendió que el amor no se divide. Pero ya era demasiado tarde.

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