Una mañana de febrero, Marina estaba junto a la ventana, observando el asfalto mojado que asomaba entre los últimos restos de nieve. El día estaba gris, tranquilo, pero esa calma tenía algo de opresivo. Su mirada recorrió el patio, el parque infantil donde antes acompañaba a su hijo al colegio y despedía a su hija cuando se fue a estudiar. Ahora eran niños ajenos, familias ajenas, vidas que no eran las suyas.
—Supongo que esto es la vejez— susurró Marina—. Silenciosa, solitaria, sin planear.
La gran mesa del comedor estaba vacía. La misma en la que ella y Pedro soñaban con pasar los domingos cuidando de los nietos, preparando cocido y reuniendo a la familia. Pero Pedro se fue demasiado pronto. Y los nietos… los tenía, pero lejos.
Lucía, su hija, se marchó hace años al extranjero. Allí tenía oportunidades, trabajo, otra vida. No la invitó a ir con ella. Pablo, el pequeño, vivía en la ciudad, pero en la otra punta, en un barrio exclusivo. Iba a verla. A veces. Una vez al mes. Los fines de semana la llevaba a tomar café un par de horas, para que charlara con los niños. Tenía gemelos, Sergio y Álvaro, que ya iban a primaria.
El corazón de Marina no le dolía por la edad, sino por el vacío. Tomó un álbum viejo. La foto de la boda: Pedro, joven, con una camisa blanca, la guitarra en las manos. ¡Ay, cómo cantaba! Cómo lo había querido. Todo era distinto entonces—lleno de vida, de color.
Un sonido repentino la sacó de sus recuerdos. Las redes sociales. Un mensaje de Marivi, su amiga de la infancia:
*«Marina, ¡hola! Celebro mi cumpleaños y reúno a la clase. ¡Tienes que venir!»*
Marina dudó. ¿Qué iba a contar? Su casa, la jubilación, las llamadas esporádicas de sus hijos… Pero fue. Al fin y al cabo, era un cumpleaños. Una velada. Una excusa.
Siete compañeros de clase. Calidez, risas. María Luisa, la misma Marivi, iba de la cocina a la sala—aperitivos, brindis, recuerdos. Marina ayudaba, sonreía. Recordaban excursiones al campo, fogatas, travesuras del colegio. De pronto, tocaron a la puerta.
—¡Andrés! ¡Ha venido!— gritó María Luisa y corrió a abrir.
Entró un hombre—apuesto, con canas distinguidas, bigote y porte seguro. Saludó, estrechó manos y, al ver a Marina, sonrió:
—Hola, Marina. ¡Cuánto tiempo sin verte!
Ella lo miró desconcertada. No lo reconoció. Hasta que, de repente, cayó en la cuenta.
—Pero si eres tú, ¡Andrés! ¡Estuvimos juntos en el mismo pupitre de primero a quinto!
Marina se rió. Lo recordó. Un niño revoltoso y bullicioso, con el que su padre le decía que no se sentara. Pero al final pasaron cinco cursos hombro con hombro. Ahora era diferente. Sereno, interesante, con una ternura que irradiaba.
Hablarón toda la noche. Él le contó que había vivido en otra ciudad, dando clases, hasta que se divorció—su mujer se fue con un amigo. Su hijo, ya adulto, se quedó allí. Pero él regresó. Echaba de menos su tierra.
Cuando los invitados empezaron a marcharse, Marivi dijo con picardía:
—Marina, quédate, ayúdame con los platos.
—Ay, no, mejor me voy. Vivo cerca.
—Yo te acompaño— ofreció Andrés.
Y salieron. Marina lo tomó del brazo y caminaron bajo los copos de nieve, iluminados por las farolas.
—Este invierno es cálido— comentó él.
—Sí, la verdad— respondió ella, sonriendo.
—Pensaba que aquí haría frío. Pero no. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque estás tú.
Llegaron a su portal. Se quedaron hablando, riendo. Se sentía tan ligera, tan extrañamente alegre. Como en la juventud.
Al entrar en casa, el móvil volvió a vibrar.
*«¿Quedamos mañana para el cine, Marina?»*
Ella miró la pantalla, apretó el teléfono contra el pecho y sonrió.
La soledad ya no tenía cabida en su vida.







