En un pequeño pueblo en las afueras de Castilla, donde el viento silbaba entre las calles empedradas, Ana y su marido, Arturo, intentaban construir su vida. Pero la sombra de su suegra, Dolores Martínez, se cernía sobre ellos como una nube negra.
—¡Qué tostador más moderno tenéis! A mí me vendría genial —comentó Dolores con una sonrisa dulce, mirando a su hijo con esa voz que le helaba la sangre a Arturo.
—Mamá, lo elegimos para combinar con la cocina. En tu casa no pegaría —intentó quitarle importancia, pero ya sabía que el tostador acabaría en su piso.
Dolores era una mujer que siempre conseguía lo que quería. Una batidora nueva, una cafetera de última moda, incluso las cortinas… Bastaba con que dijera «lo quiero» para que Arturo, como el hijo obediente que era, se lo entregara al instante.
—Tú te compras otro, hijo. Yo con la pensión no llego. ¡Después de todo lo que he hecho por ti! ¿Me quieres o no me quieres? —Sus palabras eran como miel envenenada, y Arturo cedía una y otra vez.
Nunca discutía con su madre. Si ella no usaba lo que le regalaba, él se consolaba: «Quizá le sirva más adelante». ¿Cómo negarle algo a una mujer que siempre le recordaba sus sacrificios?
Arturo creció en una casa donde su madre era la máxima autoridad. No logró entrar en una universidad pública, así que Dolores lo apuntó en una privada para estudiar economía.
—¡Eso tiene futuro, hijo! Ganarás bien, como cualquier persona decente —repetía.
Pero en el primer curso, Arturo se dio cuenta de que la economía no era lo suyo. Soñaba con el diseño, con la creatividad, pero cuando llamó a su madre para contarle sus dudas, ella le espetó:
—¡Ya he pagado tres semestres! ¿Por qué no lo pensaste antes? ¡Me mato trabajando para que estudies y me sacas estas tonterías! Acaba la carrera y luego harás prácticas con la tía Rosa, ya lo he hablado.
La tía Rosa, amiga de Dolores, era jefa en una empresa local. Después de clase, Arturo iba a verla, escuchando interminables historias sobre la vida y apenas alguna que otra tarea.
—Mamá, no quiero seguir yendo, no es lo mío —se atrevió a decirle al medio año.
Pero para entonces, Ana había aparecido en su vida. Una chica de otra clase que le robó el corazón con su risa y sus sueños. Empezaron a salir, y Ana no solo quería quedarse en la universidad, sino pasear por los parques bajo la nieve, patinar y tomar chocolate caliente en las cafeterías. Arturo, enamorado, faltó a las prácticas, se dormía en clase, y la tía Rosa no tardó en quejarse ante Dolores.
—¡Todo lo hago por ti y así me lo pagas! Vas a suspender, abandonas los estudios y encima te pasas las noches con esa chica —rugió su madre—. Empezarás a trabajar media jornada y me darás el dinero. ¿Has visto los precios de la comida? ¡Nada de juergas!
Arturo asintió en silencio. Se quedaba con algo para sus citas con Ana, pero el resto iba a parar a las manos de su madre. Dolores, por su parte, suspiraba:
—Ya es hora de que te mantengas solo. Yo también quiero vivir un poco, con la jubilación a la vuelta de la esquina y la salud que flaquea. ¿O quieres que me muera pronto? Tú sí que me quieres, lo sé.
Tras graduarse, Dolores les hizo un inesperado «regalo». Les entregó las llaves de un piso:
—¡Aquí tenéis, vivid y sed felices!
Ana no podía creerlo, Arturo abrazó a su madre, llamándola la mejor del mundo.
—Todo lo he ahorrado para vosotros —dijo Dolores con orgullo.
Pero el piso resultó ser un estudio con el suelo desgastado. Ana, sin embargo, no se desanimó:
—Le haremos reformas, lo arreglaremos, será un hogar.
Pero la alegría duró poco. Dolores vivía en el edificio de al lado y cada vez pedía más favores: «Hazme la compra», «Límpiame la cocina», «Ordéname el trastero». Ana, aunque cansada del trabajo, accedía. Hasta que su suegra le soltó la bomba.
—Necesito un sofá nuevo para el salón, y el viejo lo podemos desmontar, así no cuesta dinero. Menos mal que tengo una nuera tan habilidosa —dijo Dolores con una sonrisa.
—No me importa ayudar, pero este finde tenemos planes. Ya voy cada día a tu casa —intentó protestar Ana.
—¿Cómo? ¿Te niegas? ¡Yo crié a mi hijo, os compré un piso, y ahora te niegas por una tontería? —Dolores se puso en pie.
Después de eso, dejó de pedirle ayuda. Ana respiró aliviada, pero pronto Arturo la dejó helada:
—Hay que mandar a mamá a un balneario, las estancias son caras. Tú ganas bien, ¿podemos ayudarla? Yo te paso el dinero —dijo.
Ana entonces entendió por qué ella era la que pagaba la compra, la gasolina y los recibos. Pensaba que Arturo ahorraba para un coche o unas vacaciones, pero todo iba a su madre.
—¡Ella no quiso ayudar! Nos compró el piso, así que no tenemos hipoteca —se defendió Arturo cuando Ana lo confrontó.
—¿No sería mejor una hipoteca? En unos años la pagamos, ¿pero a tu madre le vas a dar dinero toda la vida? —le propuso Ana.
Pero Arturo no escuchó. Ana sentía que su matrimonio se desmoronaba bajo el peso de su suegra.
Cuando Dolores les robó la tostadora nueva que tanto les costó elegir, Ana estalló:
—¿Y ahora qué, desayunamos pan seco?
—Llevaré la vieja de la oficina, ya compraremos otra. ¿Qué, iba a decirle que no a mi madre? —contestó él.
—¿Y si le gusta nuestra cama, también se la das? ¿O la tele? —Ana estaba al límite.
—¿Y que viváis en su piso no cuenta? —replicó Arturo.
—¿Tenemos que estar agradecidos eternamente por este estudio? ¡Basta! —Ana decidió hablar con Dolores directamente.
Al entrar en su casa, se quedó paralizada: cajas de electrodomésticos sin abrir, bolsas de ropa de marca, restos de comidas caras.
—Dolores, si tenemos un hijo, ¿voy a mantenerlo yo sola? ¡Deja de chuparnos el dinero! Ni siquiera usas estas cosas —exclamó Ana señalándolo todo.
—Cuando tengáis hijos, ya veremos. Pero esto no es asunto tuyo. Arturo es mi hijo, siempre me ha dado su sueldo. Si no te gusta, ¡lárgate! —espetó Dolores.
—¿Y tu hijo no tiene sueños? No va de pesca, no ahorra para un coche, ¡porque tú te lo quedas todo! —Ana no se rendía.
—Niña, no te metas donde no te llaman. Si yo digo que te deje, lo hará. Ahora vete a fregar el suelo, que estoy cansada —Dolores sonreía con malicia—. Él me quiere más a mí, ¿entendido?
Ana no se dio por vencida. Le contó todo a Arturo y le advirtió: «Si no eliges nuestra familia, me iré».
Arturo no lo creyó:
—Mamá no diría eso, lo estás exagerando.
Pero Ana había grabado la conversación. Al escucharla, Arturo palideció, apretando el teléfono hasta blanquear los nudillos. Decidió poner a prueba a su madre.
—Mamá, me han despedido. El balneario tendrá que esper—¿Cómo que esperar? ¡Yo ya tengo todo organizado! Que pague Ana, al fin y cabo no es una extraña —refunfuñó Dolores, mientras Arturo, por fin, abría los ojos a la verdad.







