**”Una mentira demasiado cara”**
Laura fregaba la bañera cuando Román entró en el piso como un huracán, con el rostro desencajado por la furia y el pánico.
—¿Qué has hecho? —gritó, cerrando la puerta de golpe.
Laura se enderezó al instante y salió al pasillo.
—¿Qué pasa? —preguntó, desconcertada.
—¿Por qué fuiste a verla? —le espetó Román de frente.
—¿A quién? —Laura abrió los ojos como platos.
—¡A Tamara! ¡Te lo dije claramente! ¡Que no te metieras!
—Román, ¿puedes explicarme qué ocurre?
—¿Se lo contaste? ¿Lo nuestro? —Respiraba con dificultad, limpiándose el sudor de la frente.
—Sí, se lo dije. Y lo entendió, ¿sabes? Dijo que no se interpondría en nuestra felicidad. ¡Hasta estoy mirando vestidos de novia! Mira qué maravilla.
—¿Novia? ¿Boda? —Román soltó una risa nerviosa—. Laura, ¿has perdido el juicio?
—Pensé que me lo agradecerías —respondió ella con sinceridad—. Te quité el peso de encima. Decías que era frágil, que se derrumbaría si la dejabas. Pero es fuerte. Te dejó ir.
Román se dejó caer en el sillón, luego se levantó y la miró como si no la conociera.
—No lo entiendes… —masculló, agarró su maletín y se marchó sin cerrar la puerta.
No podía abandonar a Tamara. Ni ahora ni nunca. Porque ella lo rescató del fondo cuando apenas le quedaban miserables quinientos euros en el bolsillo. Le dio todo: trabajo, techo, un coche, estatus. Lo que él solo soñaba mientras vivía apretado en un piso compartido con un amigo.
En el pasado, era un simple empleado, viviendo al día, ahorrando para ir una vez al mes a un bar. Las chicas lo miraban, pero nada cuajaba: o vivían en habitaciones alquiladas o viajaban en cercanías desde la periferia. Él quería más: elegancia, dinero, el sabor del éxito.
Un día, probó una clase gratis en un gimnasio exclusivo. Allí vio a Tamara. Esbelta, refinada, segura. Diez años mayor que él, pero con un encanto irresistible. Y, lo más importante: con dinero. Tenía su propia empresa.
Se las ingenió para cruzarse con ella. Hasta que un día, Tamara le ofreció un puesto con el doble de sueldo. Luego, un piso. Después, un coche. Y así, sin darse cuenta, despertaba cada mañana en su casa, conducía su Audi y trabajaba en su empresa. Todo decidido. Solo le quedaba asentir.
Pero el confort lo volvió ingrato. Creía merecer más. Así apareció Laura: joven, vibrante, libre. Se veían a escondidas. Ella sabía de Tamara y quería que la dejara. Él seguía aplazándolo.
Cuando Laura le anunció que estaba embarazada, él desapareció. No respondió a sus llamadas. Y ella, entonces, fue a ver a Tamara.
Pero Tamara no lloró. No hubo dramas. Escuchó en silencio, asintió y dijo:
—Si van a tener un hijo, debe estar con ustedes. No me interpondré. Ni un minuto.
Cuando Román regresó, las maletas esperaban en la puerta. Tamara le entregó las llaves y le deseó suerte. Balbuceó que Laura lo había engañado, que era una trampa. Nadie le creyó. Se fue: sin trabajo, sin coche, sin hogar.
Consiguió una habitación en una residencia al anochecer. Dos semanas después, entró como “encargado de sala” en una tienda de muebles, aunque en realidad solo explicaba las diferencias entre sofás. Bloqueó a Laura con un último mensaje: “Arréglatelas sola”.
No se sentía culpable. Para él, la culpa era de todos: las mujeres, las circunstancias… de cualquiera menos de él.
Laura descubrió pronto que el test dio falso positivo: no había embarazo. Pero el dolor seguía ahí.
—Creí en él —lloró ante su amiga—. Y me usó.
—Eres una mujer adulta —dijo su amiga, negando con la cabeza—. ¿Y te crees los cuentos? ¿Lo de “el chico que sostiene la empresa”? No seas Pinocho con falda.
—Pero yo confié…
—Exacto. Y mira cómo terminó.







