**Amor fiel**
El pueblo de Pinarillo, perdido entre los interminables campos y las arboledas de la provincia de Toledo, respiraba tranquilidad. El viento de la tarde susurraba entre las hojas, mientras las farolas iluminaban débilmente las calles estrechas. Lucía, apretando su bolso, se acercaba al café donde debía celebrarse su cumpleaños. Pero en lugar de risas festivas, escuchó un susurro traicionero que le heló el corazón.
—Olvídate de esta fiesta —murmuró Adrián, inclinándose hacia el oído de Lorena, la mejor amiga de Lucía—. Vamos a mi casa. Total, Lucía no volverá hasta la noche. —Su voz rezumaba suficiencia.
—Claro, cómo no —respondió Lorena con ironía—. ¿Y qué hago cuando ella vuelva? ¿Me tiro por la ventana?
—¿Para qué la ventana? —Adrián la rodeó con su brazo, su tono rebosaba seguridad—. Si dices que sí, echo a Lucía. No tiene lugar en mi vida.
Lucía se quedó paralizada, como si un rayo la hubiera alcanzado. Conocía a Lorena —nunca se había privado de pequeños escarceos—. Pero Adrián… Llevaban tres años juntos. Tres años esperando que le pusiera un anillo en el dedo. Vivían en su nuevo piso, comprado con una hipoteca. La reforma, las facturas, los gastos… todo había recaído sobre ella. Lucía lo veía como algo temporal, creía que el Registro Civil era solo un trámite. Pero ahora caía en la cuenta: para él, ella no era más que una comodidad, un puente sobre sus problemas económicos. No habría boda. Nunca.
Hacía seis meses había muerto su madre. Entonces, Adrián la había dejado de piedra con su indiferencia. Ni fue al funeral, ni la ayudó con los preparativos. Solo soltó, frío:
—Vende algo de allí. Sabes que tengo la hipoteca, la reforma… A lo mejor algún familiar te ayuda. Cuando vendas la casa, liquidas.
«Liquidas»… esa palabra le cortó como un cuchillo. Pero en aquel momento lo justificó: estaba cansado, se le había escapado. A ella le gustaba su silencio hosco. «Un hombre que lo guarda todo dentro no te traicionará», presumía ante sus amigas. Lorena se reía con ellas, escondiendo sus planes. Ahora la verdad salía a la luz, y Lucía, ahogándose en dolor, empezó a gritar a los taxis que pasaban. Uno se detuvo, y ella se coló dentro, cerrando la puerta de golpe.
—¡Deprisa, más deprisa! —gritó al conductor, como si huyera de una persecución.
Antes de que el coche arrancara, el teléfono vibró con la llamada de Adrián.
—¿Dónde estás? ¡Aquí estoy solo, como un idiota, todos preguntan por ti! ¿Qué pasa? —su voz sonaba falsa.
Lucía apagó el móvil y, furiosa, lo tiró por la ventana. Las lágrimas brotaron a raudales; sollozaba como una niña a la que le hubieran arrebatado todo. El coche aceleraba, y Lucía, hundida en la desesperación, de pronto se dio cuenta de que no había dicho ninguna dirección.
—¿Adónde vamos? —preguntó, con la voz temblorosa.
—A casa —respondió el conductor con calma.
Lucía miró alrededor: el coche corría por un camino rural oscuro, lejos de la ciudad.
—¿A casa? ¿Dónde? —su corazón latió con fuerza.
—¿Quieres que te dé una dirección? —la voz del conductor sonó burlona, casi amenazante.
—¡Pare el coche! ¡Ahora mismo! —gritó Lucía, invadida por el pánico.
—¿Aquí, en medio del campo? —el conductor soltó una risotada—. ¿Y qué vas a hacer tú aquí?
—¡Llamaré a la policía! —espetó, pero enseguida recordó que el móvil ya no estaba. Le había contado todo a ese desconocido: la traición, su dolor. Él sabía que nadie la buscaría. Si la dejaba en el bosque, sería el fin.
Intentó abrir la puerta en marcha, pero en la oscuridad no encontraba el tirador. La desesperación la envolvió. «Qué más da —pensó—. Si me mata, al menos el dolor se acabará». Las lágrimas seguían cayendo, resignadas.
De pronto, el coche frenó en seco. El conductor abrió su puerta en silencio.
—Baja.
—¡No voy! —de repente, un ardiente deseo de vivir la invadió. No se rendiría sin luchar.
—No seas tonta, Lucía —la voz del conductor se suavizó—. Hemos llegado.
Ella levantó la vista y se quedó sin palabras. Ante ella estaba Diego, su compañero del instituto. El mismo que se había marchado después de la escuela y había triunfado en alguna gran ciudad.
—¿Diego? —susurró, incrédula.
—¿A quién esperabas? —sonrió con una expresión cálida y familiar.
—¿Tú… eres taxista? —preguntó Lucía, desconfiada.
Diego se rio:
—¿Taxista? Solo vi que hacías señas como si te fueras a tirar bajo las ruedas.
—Es que yo… —Lucía se sintió ridícula.
—Lo sé todo —Diego le rodeó los hombros con su brazo—. Un viaje provechoso. Nunca habías sido tan sincera.
Lucía se rio, las lágrimas se secaron, y un alivio cálido la invadió. Estaba frente a su casa en Pinarillo, y el mundo, de repente, dejaba de desmoronarse.
—Volví por ti —murmuró Diego, entrelazando sus dedos con los de ella—. Qué suerte que no te hayas casado…







