Mi hijo se ha convertido en un calzonazos. Esa mujer lo controla todo, y yo ni me atrevo a decir nada: el dolor de una madre que ya no reconoce a su propio hijo.
El día que Javi se casó, casi no conocía a mi futura nuera. Solo llevaban dos semanas juntos y, la verdad, mi primera impresión fue preocupante. Maquillaje exagerado, vestido provocador, labios inflados… todo eso no hablaba de feminidad, sino de vagancia. De no querer esforzarse. De estar acostumbrada a recibir, pero no a dar.
A sus padres los vi justo en el Registro Civil. Hablaban con una educación fingida, llegaron en un coche carísimo, aunque luego descubrí que era de alquiler: un taxi les parecía demasiado vulgar. Mi marido y yo nos miramos sin decir nada; estaba claro que no había que esperar generosidad por su parte. La boda, por cierto, la pagamos nosotros. Entera.
Nos mudamos a la ciudad unos meses antes de que Javi naciera. Creció siendo un chico sensible y dulce. Escribía poesía, se afectaba por tonterías. Quizá en un pueblo se habría hecho más fuerte, pero la vida urbana lo volvió frágil. Hasta los veintiséis años solo tuvo tres novias, y de ellas me enteré por retazos de conversaciones al teléfono. Nunca fue abierto conmigo.
Vivía como cualquiera: a veces llegaba de marcha, oliendo a tabaco, pero luego lo dejó. Después de la boda, se quedaron a vivir con nosotros. Tenemos un piso de tres habitaciones; nosotros nos fuimos a la más pequeña y les dimos la grande a ellos. No me importaba, con tal de que vivieran en paz. Pero no hubo paz. Solo peleas. O mejor dicho, una sola voz: chillona, caprichosa, exigente. Era ella: Marina.
Lo que le dieron sus padres, ni idea. Nosotros les regalamos un sobre con buena cantidad de dinero. Más tarde supe que otros familiares también les dieron dinero. Pero agradecimiento… cero.
Marina casi no salía de la habitación. Solo comía comida a domicilio. Trabajaba de manicura en un salón y en casa no movía ni un dedo. Las tareas domésticas “no eran cosa suya”. Mi hijo comía lo que él mismo compraba o lo que sobraba en casa, con la mirada baja, en silencio. Le daba vergüenza. Eso no era amor, era esclavitud.
Luego se mudaron. Alquilaron un piso cerca de su salón. Y ahí estaba ella, “muy generosa”, sentándose por primera vez en meses a tomar el té y comer pastel con nosotros. Hasta me sorprendió pensando: “¿Y la dieta qué?” Al marcharse, en su mirada vi desprecio. O eso creí. Pero esa sensación… como un cuchillo en las costillas, ahí sigue.
Ayer fui a visitarlos. Marina, claro, estaba trabajando. Me recibió Javi, cansado y apagado. Me ofreció un té y me dijo que no había comida porque acababa de llegar del trabajo. Menos mal que llevé una bolsa llena; al menos ahora tienen la nevera decente.
Resulta que ahora va al trabajo en autobús. El coche se lo dejó a Marina: “Ella necesita ir a ver a sus clientes, ¿cómo va a ir en transporte público?” Al salón, por cierto, hay solo 400 metros. Pero ella se cansa, le molesta. Y él, a pie, con lluvia, con frío. Porque así le conviene a ella.
Y luego se le escapó: tiene créditos. Varios. Uno de ellos fue para un viaje a Tenerife. Pero no para los dos. Solo para ella. Estaba “agotada” y se fue de vacaciones con una amiga. No pregunté quién era esa amiga. Vi cómo se encogía con solo mencionarlo. Cómo sufría en silencio.
Volví a casa y me puse a llorar. Se lo conté a mi marido. Él solo encogió los hombros: “Yo ya sabía que acabaría así”. Pero a mí sí me importa. Soy su madre. No lo tuve y lo crié para que se convirtiera en la sombra de otra mujer.
Ahora ni siquiera me atrevo a decir nada abiertamente. Temo que Marina arme otro escándalo. Y yo, perder para siempre el contacto con él. Me duele. Me siento impotente. ¿En qué momento fallé? ¿Por qué no le enseñé a ser un hombre? ¿Por qué mi hijo es un calzonazos?
Y lo peor es que no puedo cambiarlo. Solo me queda mirar cómo mi niño se convierte en una sombra y esperar. Esperar a que él mismo entienda que no está viviendo su vida. Ojalá no sea demasiado tarde…




