Pensé que hacía un buen gesto. Antes de irme a otro viaje de trabajo, le dejé las llaves de mi coche a mamá. ¿Para qué iba a cargar con bolsas del súper si tenía un turismo impecable y recién revisado en el garaje? Pero lo que más temía, pasó: le dio las llaves a mi hermano pequeño. Y él… lo estampó. No fue siniestro total, pero el arreglo costará lo que un riñón. Y el seguro no cubrirá ni la mitad.
Soy logista, siempre viajo por la región. A veces hasta al extranjero. Para distancias cortas prefiero mi coche: más rápido, cómodo y fiable. Conduzco con cuidado. Once años al volante y cero accidentes por mi culpa. Bueno, alguna vez me chocaron otros conductores despistados (o con resaca). Pero en general, soy prudente. No cambiaba de coche a menudo, pero los cuidaba como oro en paño. Todos eran de segunda mano, por ahorrar. Hasta que el año pasado dije: basta. Me merezco uno nuevo. No usado, no repintado, no con el cuentakilómetros trucado. Uno mío.
Pedí un préstamo, metí todos mis ahorros y me compré un Mazda nuevo. Olor a recién estrenado, frenos perfectos, techo solar. Soñaba con él. Pero casi no lo disfruté: los viajes de trabajo se multiplicaron, y el coche se quedó aparcado. Mamá, que también tiene carnet, empezó a pedirme: «¿Puedo usarlo alguna vez? Para el súper, el médico…». No me opuse. Conduce bien, y al fin y al cabo es mi madre.
Solo puse una condición: nada de llaves para mi hermano. Él es la pesadilla de todo conductor. Un temerario. Le encantan los adelantamientos bruscos, los acelerones y pegarse al de delante. Le han retirado el carnet. Sus últimos dos coches acabaron en el desguace. Le quiero, pero darle las llaves es como dejar un mechero a un niño. Mamá asintió y juró: «No, no se acercará ni de broma».
Pasaron unos meses. Vuelvo a casa y… el coche está hecho polvo. Mi hermano lo cogió sin permiso. Bueno, sin el mío, pero con el de mamá. Ella le dio las llaves. Me puse como una furia. Primero, sabía lo que opinaba. Segundo, lo chocó porque ni se molestó en cambiar los neumáticos de verano por los de invierno. Yo, al irme, no tuve tiempo y se lo pedí a mamá. Se olvidó. Y a él le dio igual: se subió y se fue. En una carretera helada, en una curva, perdió el control y se empotró contra una farola.
Al ver el abollón, el capó torcido y el faro reventado, se me encogió el corazón. Un coche nuevo. Con el préstamo sin pagar. No llevaba ni un mes disfrutándolo, y ahora está ahí, en la calle, ni vivo ni muerto.
Exploté. Grité. Sí, fuerte, sí, secamente, pero ¿acaso no tenía derecho? Lo pedí. Lo rogué. Lo advertí. Y he aquí el resultado.
–Es solo un coche –dijo mamá, sin mirarme a los ojos–. No te sulfures. Se arreglará. Lo importante es que nadie salió herido. Y si me levantas la voz otra vez, ni te contesto.
Mi hermano, como es él, se golpea el pecho y jura pagar el arreglo. ¿Con qué? Su sueldo da risa, y sus deudas son para dos vidas. Y ahora mamá espera que me disculpe. Está enfadada conmigo. No él, que se dio el golpe, ni ella, que faltó a su palabra. La culpable soy yo.
Mientras tanto, voy andando a todas partes. Y pienso: ¿en esta familia nadie sabe admitir un error? ¿Encima tengo yo la culpa de quedarme sin el coche por el que he trabajado años?







