El misterioso silencio de Ana Beltrán: cómo la soledad abrió corazones
Ana Beltrán despertó al amanecer, cuando los primeros rayos del sol apenas se colaban entre las nubes pesadas que cubrían el pueblo de Valdepeñas. Con calma, se preparó un bocadillo caliente con queso y se hizo un té fuerte con hierbabuena. El día prometía estar libre de preocupaciones, así que podía permitirse relajarse un poco. Ana se dirigió al salón, encendió la tele vieja que zumbaba por los años, pero de repente, un timbrazo brusco rompió el silencio.
—¿Quién será? No espero a nadie— murmuró para sí mientras caminaba hacia la puerta. Ana se acercó, estaba a punto de girar la llave cuando, de pronto, escuchó voces al otro lado. Se quedó quieta, aguzando el oído, y lo que escuchó le apretó el corazón de terror.
Ana Beltrán había tomado una decisión difícil, que le costó mucho. Pero no había otra salida. Estaba cansada de la indiferencia de los demás, de su frialdad y su falta de atención. Había ido al supermercado varias veces, hecho una buena compra, vuelto a casa, cerrado la puerta con llave y bloqueado algunos números del teléfono. Excepto el de su hija y los más cercanos, claro.
Su hija, Carmen, vivía en una ciudad lejana y casi no llamaba. Al parecer, allí era feliz, bueno, allá ella. Los demás parecían tratar a Ana como si ni siquiera la recordaran. Siempre era ella quien llamaba primero, quien felicitaba, escuchaba quejas y problemas, pero a nadie le interesaba su vida.
Los vecinos solo aparecían para pedir sal, harina o cualquier otra cosa que se les hubiera olvidado comprar. Su amiga Marisol llamaba para presumir de los logros de sus nietos o de sus vacaciones, sin dejarle meter baza. Y su hermana Lidia adoraba pasarse por su casa cuando olía a empanadas o pescado al horno. Comía con gusto y luego soltaba:
—Ana, cariño, tengo una botella de un vino tinto buenísimo y un queso curado espectacular, traído del extranjero. ¿Quedamos esta semana en mi casa? ¡Charlamos un rato!
Ana esperaba la invitación concreta, pero Lidia, como siempre, se perdía en sus asuntos hasta la próxima vez que Ana misma la llamaba. Con los demás pasaba igual. Nadie recordaba cuántas veces les había ayudado. No, Ana no esperaba agradecimiento. Ayudaba de corazón, sin pedir nada. Pero solo quería un poco de atención, un poco de calor.
Dicen que quien hace bien, no espere mal. Pero en el fondo de su alma, deseaba que alguien se acordara de ella. Ana se sentía aplastada. Nadie la necesitaba. Probablemente, ni notarían su ausencia. Mejor así, que se les cayera la venda de los ojos. La gente se iba a monasterios o a pueblos perdidos para vivir como ermitaños. ¡Ella tampoco se perdería!
El primer día de su encierro voluntario confirmó sus peores pensamientos. Nadie llamó, ni al teléfono ni a la puerta. Ana se dio un baño caliente, se puso crema en la cara, se hizo un bocadillo con queso grueso y se puso a ver una serie. El tiempo afuera era horrible: cielo gris, viento frío, así que no se arrepentía de no salir. Pero pronto las lágrimas le rodaron por las mejillas. La protagonista, una mujer de su edad, enfermaba en soledad, olvidada por todos. Ni siquiera se acordaban de ella.
Ana se durmió llorando, arropada con una manta en el sofá, bajo el murmullo de la tele.
Así pasaron dos días.
Al tercer día, los débiles rayos de sol lograron abrirse paso entre las nubes. Ana se despertó tarde, pero con un humor increíblemente bueno. El móvil mostraba dos llamadas perdidas de Carmen—vaya, no las había oído. Mientras pensaba si devolverlas, Carmen volvió a llamar:
—Mamá, ¡hola! ¿Por qué no contestas? ¿Estás bien? Esta mañana me levanté con un mal presentimiento, como si algo no fuera bien. ¡Y luego me di cuenta de que llevabas tres días sin llamarme! Mamá, ¿ha pasado algo? ¿Cómo estás? Te echo de menos. ¡Ah, y tengo noticias! Quería decírmelo más tarde, pero no aguanto. ¡Sergei y yo vamos a tener un bebé! ¿Te imaginas? ¡Vas a ser abuela! Además, lo trasladan a nuestra ciudad por trabajo. ¡Viviremos cerca, qué alegría, mamá! ¿A que sí?
A la mañana siguiente, llamaron a la puerta. Ana se acercó en silencio, ni miró por la mirilla—pensó que se irían. Pero afuera oyó las voces de sus vecinas hablando de ella.
—¿Dónde estará nuestra Ana? Lleva días sin aparecer—era la voz de la vecina de enfrente, Rosario.
—No sé, no dijo nada de irse. ¿Estará enferma?—la voz de Manoli, su vecina de al lado, sonaba preocupada.
—Llama otra vez, golpea, quizá el timbre no funciona. ¿Alguien tiene el número de su hija?— insistió Rosario.
Ana se sintió algo avergonzada, pero sus vecinas estaban decididas. Abrió la puerta, fingiendo que acababa de despertarse:
—¡Ay, Rosario, Manoli, buenos días! Dormía, no os oí. Anoche no pegué ojo, me tomé un té con miel y me quedé frita. ¿Pasa algo?
—¡Menos mal! Nos asustaste—sonrió Rosario aliviada.
Más tarde, su hermana Lidia llamó para invitarla a cenar. Y al mediodía, un número desconocido apareció en su móvil. Al principio no quiso contestar—seguro, spam. Pero el hombre insistió, y al tercer intento, respondió. Una voz masculina, algo familiar.
—Ana, perdone, es Luis Miguel. Nos conocimos en el parque con Pilar y Mercedes. Ellas me pidieron que le llamara, para saber por qué no viene al parque. Aunque, la verdad… fui yo quien les pidió su número. ¿Le va todo bien? Si necesita algo, puedo ayudarle. O si no, ¿qué tal si viene mañana al parque? Dicen que hará sol, fresquito pero sin lluvia. Le espero en el paseo central, a la una. ¿Vendrá?
Y ella aceptó.
Más tarde, Ana se miró al espejo y pensó que era hora de teñirse las canas. En algún cajón estaba aquel pintalabios que Lidia le regaló. Y, en fin, ¡bastante encerrada estaba! Sobre todo porque mañana haría buen tiempo.
A veces, hay que callar un poco para que te escuchen… y desaparecer un momento para que, por fin, te vean.







