**La Visitante Inesperada**
En el pequeño pueblo de Valdeverde, el aroma del pan recién horneado llenaba el aire mientras Carmen López lo sacaba del viejo horno de leña. De repente, un golpe en la puerta rompió el silencio acogedor de la cocina. Carmen se secó las manos en el delantal y se apresuró a abrir.
—Mamá, te presento a Lucía, mi novia —anunció su hijo Javier en el umbral, con una sonrisa de oreja a oreja.
Carmen miró a la joven y se quedó petrificada, como si un rayo la hubiera alcanzado. Lucía era alta, casi rozando los dos metros, con una minifalda, unos tacones altísimos, un maquillaje llamativo y un bolso enorme en la mano.
—Hola —logró decir Carmen, tratando de ocultar su conmoción—. ¡Antonio, ven aquí! —llamó a su marido—. ¡Javi ha traído a nuestra futura nuera, conócela!
Antonio, arrastrando las zapatillas, apareció con una camiseta desgastada. Al ver a Lucía, se quedó boquiabierto, como si hubiera visto un fantasma.
—Hola —masculló y, de pronto, se esfumó de vuelta a la habitación para cambiarse.
Carmen lo siguió con la mirada, llena de reproche. Cuando su hijo le avisó dos días antes que vendría acompañado, se alegró. Javier ya pasaba de los treinta, era hora de que formara una familia. Se imaginaba a una chica sencilla, quizá con trenzas y un vestido modesto. ¿Pero Lucía? Eso no entraba en sus cálculos. Zapatos de tacón, uñas pintadas de colores, un bolso del que asomaban plumas… Era un desafío a todo lo que Carmen consideraba normal.
—Pasa, Lucía —dijo, esforzándose por mantener la compostura—. ¡Antonio, coge el bolso, no te quedes ahí plantado!
Antonio, ya con una camisa limpia, cargó con las maletas de Lucía y los guió al interior. Carmen aprovechó para susurrarle a su hijo:
—Javi, ¿qué clase de chica has traído? ¿Qué es ese aspecto?
—Mamá, no empieces —se rió Javier—. Por fuera es así, pero por dentro es oro, ya lo verás.
Carmen resopló, escéptica, y, persignándose, musitó:
—Ay, Señor, qué sorpresa nos has preparado.
En la casa comenzó el ajetreo. Los hombres cuchicheaban en la mesa mientras Lucía se instalaba en el dormitorio de Carmen y Antonio, desplegando sus pertenencias. Carmen observaba con asombro cómo del bolso salían sombreros con plumas, trajes de baño y prendas brillantes.
—¿Esto qué es? —preguntó, cogiendo con dos dedos algo que parecía hilo dental.
—Es ropa interior —respondió Lucía con naturalidad—. ¿Quiere que le regale uno? Tengo más.
—No, gracias —refunfuñó Carmen, sintiendo que se le subía la sangre a la cara—. Y dime, ¿por qué estás instalándote en nuestra habitación?
—En la de Javi no cabe todo, y tío Antonio dijo que no os importaría —sonrió Lucía.
—¿Tío Antonio, eh? —repuso Carmen, lanzando una mirada asesina a su marido—. Ya veremos.
Agarró a Antonio del brazo y lo sacó al patio.
—¿Te has vuelto loco? ¿Les has dado nuestra habitación? ¡Ahora dormiremos en el sofá, muy hospitalario por tu parte! —le susurró con rabia.
En ese momento, desde el corral llegó el mugido de la vaca.
—¡Ay, se me ha olvidado ordeñar a Blanquita por culpa vuestra! —exclamó Carmen, y corrió hacia el establo.
Lucía, al oírla, la siguió.
—¿Puedo intentarlo yo? —preguntó tímidamente—. Nunca he ordeñado una vaca.
Carmen la miró de arriba abajo.
—¿Con eso puesto? —preguntó con sarcasmo, señalando sus tacones.
—¡Ahora me cambio! —Lucía entró como un rayo en la casa y volvió al minuto con unos shorts y una camiseta.
Carmen suspiró.
—Venga, vamos. Pero ponte un pañuelo en la cabeza.
—¿Puedo ponerme un sombrero? —preguntó Lucía con voz cantarina—. Tengo uno precioso, con flores.
—¡Un pañuelo! —cortó Carmen—. Vaya ocurrencias…
En el establo, le entregó un cubo.
—Se ordeña así. Yo voy a preparar el desayuno.
Pasó media hora sin que Lucía regresara. Carmen puso la mesa y, refunfuñando, fue hacia el corral. Al ver la escena, no pudo evitar reírse. Lucía, con el pañuelo torcido, daba vueltas alrededor de la vaca, murmurando algo mientras buscaba por dónde empezar.
—¡Es que no lo encuentro por ningún lado! —se justificó cuando Carmen, entre risas, le mostró cómo se hacía.
Después del desayuno, Lucía decidió tomar el sol. Tendió una manta en el patio, se puso el bañador y se tumbó. Antonio, que llevaba una semana evitando las tareas, agarró la guadaña y empezó a cortar la hierba junto a la valla, lanzando miradas furtivas a la invitada.
—Lucía, ¿me ayudas a recoger frambuesas? —preguntó Carmen con dulzura—. Haremos mermelada y compota.
—¡Claro, tía Carmen! —se animó Lucía.
En el frambuesal, Carmen le dio un tarro. Lucía se puso a recoger con tanto entusiasmo que hasta sorprendió a Carmen. Pero entonces la llamó una vecina, y se pusieron a charlar un buen rato. Carmen se quejaba de que había soñado con otra nuera, y la vecina le aconsejó que no juzgara tan rápido.
Al volver al huerto, Carmen se dio cuenta de que Lucía había desaparecido.
—Lucía, ¿dónde estás? —gritó.
—¡Aquí! —respondió una voz desde entre la maleza de ortigas.
Lucía salió, llena de cardos, con el pelo revuelto.
—¿Qué haces ahí? —exclamó Carmen—. ¡Esa tierra no es nuestra, es una casa abandonada!
—Pero las frambuesas están más grandes —respondió Lucía orgullosa, mostrando el tarro lleno.
—Ay, bendita seas —suspiró Carmen—. Vamos, a ver cómo te quito estos cardos del pelo.
En el porche, peinándola con cuidado, Carmen empezó a preguntarle por su vida. Lucía, sin tapujos, le contó:
—Me crié con mi abuela. Mis padres siempre estaban de viaje, y luego ya no volvieron. Después del colegio, trabajé de camarera, de lavaplatos… Luego me llamaron de una agencia de modelos, pero no me gustó. Y cuando conocí a Javi, me ofreció trabajar en su oficina, sirviendo café. Allí todo el mundo es muy amable.
Carmen la escuchó, y su corazón se ablandó poco a poco. Detrás de esa fachada llamativa había una chica que había pasado por muchas dificultades.
Por la noche, todos se reunieron en la terraza a tomar café. Lucía, mirando a Carmen, dijo en voz baja:
—Tía Carmen, ¿me enseñará todo lo que sabe? Aquí se está tan bien, tan en paz…
Carmen le guiñó un ojo a su hijo.
—¿Y te casarás con mi Javi?
Lucía se sonrojó.
—Él todavía no me lo ha pedido —musitó.
Javier se echó a reír.
—¡Qué lista eres, mamá! Parece que—Iba a pedírtelo mañana —dijo Javier, sacando un anillo del bolsillo mientras Lucía se tapaba la boca con las manos y Carmen sonreía entre lágrimas.





