—¿Y para qué me has contado todo esto? —preguntó Lucía con una voz que ya no le pertenecía.
—No lo sé —respondió Juana, igual de ausente.
Intentó seguir hablando, pero se encontró con la mirada de Lucía: fría, desconfiada, penetrante. Era la mirada que se dirige a alguien que ha perdido toda credibilidad.
Ese viernes, como siempre después del trabajo, Lucía y Juana fueron a su cafetería habitual. Un ritual de años: una copa de vino, conversaciones íntimas, risas, alguna que otra lágrima. Dos mujeres cansadas de la vida, de sus familias, del estrés. Allí, en esa mesa junto a la ventana, podían ser ellas mismas.
Pero esa noche, todo salió mal.
De pronto, Lucía se levantó, iluminada por una sonrisa, y exclamó: —¡Perdona, solo un momento! —antes de salir corriendo. Juana, con una ceja levantada, la siguió con la mirada.
A través del cristal, vio a Lucía abrazar a una mujer. Delgada, elegante, con una sonrisa dulce. Juana se quedó congelada.
Un segundo. Dos. Entonces, el rostro de aquella mujer le resultó familiar. Y un escalofrío la recorrió.
La conocía.
Cuando Lucía regresó, el ambiente ya no era el mismo. Juana forzó una sonrisa:
—¿Quién era?
—Ah, Verónica. Mi prima. ¿Por qué?
—Nada… me pareció reconocerla.
—¿Os conocéis? ¿Quieres que os presente? ¡Verónica es encantadora!
—¡No! —gritó Juana, demasiado alto. Varios clientes giraron la cabeza. —Perdona… no hace falta.
Lucía frunció el ceño:
—¿Qué pasa?
Juana bajó la vista, apretando las manos bajo la mesa:
—Lucía… Verónica tenía un marido. Se llamaba David, ¿verdad?
—Sí. ¿Y qué?
—Él estuvo conmigo. Yo destruí su matrimonio.
Todo lo que Lucía sabía sobre la separación de su prima provenía de ella misma. Una infidelidad. Una desilusión. Un divorcio silencioso. Un dolor callado e insoportable.
Y ahora, la confesión de Juana. Su amiga. La persona en quien había confiado.
Juana habló, como si desatara un nudo que llevaba años en su interior:
—Verónica y yo éramos amigas desde la infancia. Compartimos todo: el barrio, el colegio, la universidad. Luego ella conoció a David. Al principio, me alegré. Pero después… perdí la cabeza. Su mirada, su voz… me abrazó en su boda, durante un baile, y sentí que el corazón se me escapaba. No supe cómo pasó. Solo sabía una cosa: lo quería. Y ya no me bastaba con ser su amiga. Quise ser su rival.
Primero fueron miradas. Luego, toques. Después, noches enteras. Y luego… llegó el día en que Verónica estuvo hospitalizada. Fui para ayudarla. Y salí siendo la amante de su marido.
Él vino a mí. Creí que empezaba una vida nueva. Pero en realidad, fue el infierno.
David me comparaba. Me juzgaba. Me reprochaba. Decía que Verónica era perfecta, y yo, no. En el aniversario de su boda, se emborrachaba y lloraba. Siempre lloraba.
Viví en una ilusión. Hasta que entendí: nunca me quiso. Yo solo fui un refugio. Nunca un hogar.
Lucía escuchaba, con los labios apretados. Temblaba. Tantos años de amistad con Juana. Consejos, conversaciones nocturnas, apoyo. Y todo eso, con alguien que había traicionado a su familia. Que había destrozado el alma de su prima.
—¿Sabías que Verónica es mi prima? —preguntó con voz ronca.
Juana negó con la cabeza:
—No. Lo he entendido ahora. Y, escucha… da igual lo que me digas. Lo merezco. Hace tiempo que lo sé.
Lucía se levantó:
—Entonces, se acabó. Adiós, Juana. Buena suerte. Me voy.
Juana llegó a casa. Las cosas estaban revueltas, había vino en la mesa y platos sucios. David había estado allí. Y no solo.
En el dormitorio, una chica joven dormía.
Juana dio media vuelta y se fue a la cocina, en silencio. Poco después, David apareció en la puerta. Con su bata. Borracho.
—Adelante. Gritos, lágrimas, reproches. Ya me da igual. Me voy. Para siempre.
—Vete tú. Y no vuelvas.
No se lo esperaba. Esperaba un drama. Resistencia. Que ella llorara.
Pero no hubo lágrimas. Hacía tiempo que se le habían secado. Solo le quedaba un vacío que latía dentro.
Lucía se lo contó todo a Verónica. Su prima escuchó en silencio. Solo dijo al final:
—Juana murió para mí hace años. Igual que David. Los perdoné. Pero nunca volverán a mi vida. Perdonar es fácil. Volver a confiar… imposible.






