Sombras del pasado: la dramática verdad en el pueblo de Hoja

Sombras del pasado: una verdad dramática en el pueblo de Valdearcos

Alejandro cayó enfermo. Había viajado al pueblo de Valdearcos, donde el aire olía a hierbas frescas y resonaba con los recuerdos de su infancia. Tumbado en la vieja cama, miró con tristeza a su abuela, María Estefanía.

—Qué bueno tener a alguien como tú, abuela— susurró—. Estoy solo en este mundo. Quizá no le importo a nadie.

—¿Pero qué dices, Alejandro? ¡Estás loco!— exclamó la abuela, levantando las manos—. Un hombre como tú, apuesto y trabajador, ¿y crees que no vales nada? ¡Cualquier mujer solitaria te consideraría un regalo del cielo! Quédate quieto, voy a la vecina a por miel de tilo…

María Estefanía salió, moviendo la cabeza. Alejandro cerró los ojos, sumergiéndose en un sueño intranquilo. De pronto, la puerta crujió y unos pasos ligeros rompieron el silencio.

—¿Eres tú, abuela?— Alejandro abrió los ojos y se incorporó de golpe, sin dar crédito a lo que veía.

Alejandro siempre se apresuraba a visitar a su abuela en Valdearcos. Los últimos años, había asumido toda la responsabilidad de cuidarla. Sus padres estaban ocupados: su padre seguía trabajando en la fábrica, y su madre pasaba horas en su huerto, entre flores y verduras. A la abuela apenas la visitaba una vez al mes.

—Yo soy el más libre de la familia— bromeaba Alejandro—. A mis treinta y siete, todavía no tengo mi propia familia. Y vosotros, o viajando o enredados en reformas.

—Tu abuela te adora— decía su madre—. Sabe que siempre le traerás comida, ayudarás en la casa y pasarás los fines de semana con ella.

—Sí, la quiero mucho— recordaba Alejandro con cariño—. De pequeño corría por aquí cada julio. Luego llegó el servicio militar, el trabajo, los ahorros… Es hora de devolverle todo lo que hizo por mí.

—Eso está bien, pero ¿cuándo te casarás?— insistía su madre—. Ya es hora, hijo. No querrás quedarte solo para siempre.

Alejandro conducía por el camino de tierra, con las bolsas de la compra balanceándose en el maletero. Su mente volvía a su juventud, cuando se enamoró de una chica del pueblo vecino, Robledal. Lucía era callada, de ojos intensos que revelaban sus sentimientos. Sus encuentros de verano estaban llenos de pasión y ternura.

—Qué pena que todo terminara— suspiró Alejandro—. Yo me fui al servicio, y ella… Resulta que tenía otro, un hombre que volvió de trabajar fuera y le armó un escándalo que todo el pueblo escuchó. Ay, Lucía…

De pronto, vio a una joven haciendo autostop. Frenó.

—¿Vas a Robledal?— preguntó ella, apartándose un mechón oscuro de la frente.

—Súbete— asintió él.

Por el camino, Alejandro la observaba de reojo. Había algo en sus rasgos que le resultaba conocido, casi familiar.

—¿Eres de aquí o de visita?— preguntó.

—Vuelvo a casa— contestó la chica—. Acabé los exámenes de la escuela de enfermería y ahora a descansar. Aunque aquí el verano es puro trabajo. Pero en casa se está bien, mi madre me espera.

Sonrió, y Alejandro se quedó paralizado. ¡Esa sonrisa era idéntica a la de Lucía!

—Oye, ¿no serás hija de Lucía Viot?— preguntó con cautela.

—Soy Nuria Quiroga— respondió—. Mi madre se llamaba Lucía Viot de soltera.

—Ah, claro— Alejandro sintió que el corazón le latía con fuerza—. Hablaba de ella.

—¿La conocíais?— preguntó Nuria, sorprendida.

—Sí, hace mucho— evadió él, fijándose en un lunar en su mejilla, igual al suyo.

—¿Cuántos años tienes?— preguntó, intentando sonar casual.

—Cumplo dieciocho pronto— rio ella—. Aunque parezco más joven.

—Eso se pasa— dijo Alejandro, deteniendo el coche—. ¿Te pareces a tu madre?

—Más a mi padre— respondió Nuria con seriedad al hablar—. Pero su vida no fue feliz. Murió cuando yo tenía diez. Ahora solo quedamos mi madre y yo. La felicidad… es cosa fugaz.

Hizo un gesto de despedida y se dirigió a su casa. Alejandro la siguió con la mirada, apoyado en el volante.

Su abuela notó al instante su tristeza.

—¿Qué te pasa, Alejandro? No estarás peor, ¿verdad? ¿Te hago un té con miel?

—No, abuela, estoy bien. Oye, ¿dónde está el álbum de fotos antiguas?— preguntó de repente.

—En el arcón, en la terraza. ¿Qué ocurre?

—Quiero recordar viejos tiempos— respondió.

Se sentaron a hojear el álbum. La abuela hablaba de vecinos, amigos, parientes. Cuando Alejandro mencionó a Lucía, María Estefanía suspiró.

—Después de que te fueras, se casó rápido con ese Esteban. Él la quería, y tú, guapetón, casi les arruinas la boda— sonrió—. Siempre fuiste el favorito de las chicas. ¿Cuándo te casarás tú?

—¿Y su marido… dicen que murió?— preguntó con cuidado.

—Hace años. Fue una pena enorme…— La abuela lo miró fijamente y se fue a la cocina.

Alejandro no encontró paz en todo el día. No podía dejar de pensar en la joven que había llevado en el coche. El lunar, la sonrisa, la edad… todo encajaba. ¿Podría ser su hija? El corazón le dolía al pensar que Lucía hubiera ocultado la verdad. Se reprochaba no haber luchado por ella en su juventud, haber huido dejando todo atrás.

A la mañana siguiente, se dirigió a Robledal. Lucía tendía la ropa en el patio. Al verlo, se quedó quieta, dejó el cesto y entró en casa corriendo.

—Lucía, ¡sal, tenemos que hablar!— gritó Alejandro, notando cómo le temblaba la voz.

Ella se detuvo en la entrada y abrió la cancela lentamente.

—Vamos al huerto, que no nos oiga Nuria— susurró—. ¿Qué quieres, Alejandro?

—Estoy con mi abuela, cerca de aquí— empezó él.

—Llevas años sin aparecer. ¿Qué buscas?— brillaban lágrimas en sus ojos.

—¿Me guardas rencor?— preguntó—. Lo siento. No debí rendirme. Debería haber luchado por ti…

—¿Para qué remover el pasado?— murmuró Lucía—. Éramos jóvenes, tontos. Yo también tuve la culpa. Me enamoré de ti en vez de esperar a Esteban. Nada bueno salió de aquello.

—¿Nada?— Alejandro la miró a los ojos.

En ese momento, Nuria salió de la casa y le sonrió.

—¡Oh, eres tú! Le hablé de ti a mamá, pero no dijo nada. ¡Has venido solo!

—Ya me acordé, ya— balbuceó Alejandro—. Fue culpa mía, me fui demasiado pronto…

—¿Qué haces aquí?— susurró Lucía—. Vete, Nuria no necesita saber de mi pasado.

—Acompáñame al coche— pidió él.

Una vez allí, la tomó de las manos y murmuró:

—¿Cómo se llama mi hija? No me digas que no es mía. La reconocí por el lunar…

—¿Qué?— Lucía retrocedió—. ¡Estás loco! Nuria quer—Nuria adoraba a su padre, y no permitiré que arruines lo que queda de nuestra familia— dijo Lucía, secándose las lágrimas antes de regresar a la casa con paso firme.

Rate article
MagistrUm
Sombras del pasado: la dramática verdad en el pueblo de Hoja