Mi suegra insiste: mi mujer debe quedarse en casa con el niño hasta la escuela, y yo tengo que cargar con todo solo.
Nos casamos con Irene cuando ambos rondábamos los treinta. Los primeros tres años juntos fueron de armonía y estabilidad, tanto en lo emocional como en lo económico. Irene ocupaba un puesto importante en una gran empresa, con un sueldo más que digno. Yo ganaba algo menos, pero eso nunca fue motivo de conflicto. Ella nunca hizo hincapié en la diferencia, y planificábamos nuestro presupuesto familiar juntos, contando con ambos ingresos.
Con el nacimiento de nuestra hija, Lucía, Irene se tomó la baja por maternidad. Su ausencia en el trabajo se notó enseguida en nuestras finanzas. Aunque las ayudas del Estado cubrían parte del gasto, no compensaban los extras y bonificaciones que ella solía recibir. Ahora, el peso de mantener a la familia recaía sobre mis hombros. Me esforzaba al máximo, pero el dinero apenas alcanzaba, sobre todo con los gastos médicos extras: primero la recuperación de Irene tras el parto, luego las revisiones de Lucía y, más tarde, las sesiones con el psicólogo para Irene, que cayó en depresión posparto.
Yo suponía que Irene estaría de baja unos dos años, hasta que Lucía empezara la guardería y ella pudiera volver a trabajar. Pero cuando lo mencioné, Irene me confesó que quería retrasar su regreso para dedicarle más tiempo a nuestra hija. Creía que Lucía no estaba preparada para la guardería y necesitaba cuidados en casa.
Las cosas se complicaron con la intervención de mi suegra, Carmen López. Un día, vino de visita y soltó sin rodeos:
—Una madre debe estar con su hijo hasta que empiece el cole, y el padre tiene que mantener a la familia. Las guarderías están llenas de virus, y no vais a arriesgar a mi nieta así.
Sus palabras sonaron a ultimátum. Claro que ni Irene ni yo queríamos mal para Lucía, pero yo veía claro que sin el sueldo de ella, lo íbamos a pasar mal. Muchos amigos nuestros llevaban a sus hijos a la guardería, entendiendo que no solo era una necesidad, sino también una oportunidad para que los niños socializaran y se prepararan para el cole. Además, así las madres podían volver a trabajar y mantener la economía familiar.
Intenté explicarle a Carmen nuestra situación, pero no dio su brazo a torcer. Nuestra relación empezó a resentirse. Ella me reprochaba que no ganaba lo suficiente, y yo le pedía que no se entrometiera en nuestras decisiones.
Con el tiempo, la tensión en casa fue a más. Irene se debatía entre complacer a su madre y entender nuestra realidad económica. Yo me sentía acorralado, sin saber cómo salir de aquel lío.
Una noche, cuando Lucía ya dormía, nos sentamos a hablar con Irene sin tapujos. Le conté mis preocupaciones, sobre lo duro que era sostener la familia solo y mis miedos por el futuro. Irene, con lágrimas en los ojos, admitió que estaba harta de la presión de su madre y se sentía dividida entre su deber con nosotras y el de ser una buena hija.
Decidimos que nuestras decisiones las tomaríamos nosotras, sin presiones externas. Irene empezó a prepararse para volver a trabajar: actualizó su currículum, contactó con antiguos compañeros y buscó opciones de media jornada o teletrabajo para poder seguir atendiendo a Lucía.
Al principio, Carmen no estuvo contenta con nuestra decisión, pero con el tiempo lo aceptó al ver que Lucía crecía sana y feliz, y que nosotras nos sentíamos más seguras de nuestras elecciones.
Aquella etapa fue un desafío, pero salimos de ella más unidas y convencidas de que solo nosotras podemos decidir cómo vivir y criar a nuestra hija.




