Amor que ahoga: una pasión hasta perder el aliento

Víctor se enamoró. Hasta perder el sentido. Cuando la primera oleada sofocante lo arrasó al mirar a aquella mujer, pensó que sería un arrebato pasajero, algo que desaparecería tras saciar su deseo.

Pero después del primer encuentro, el anhelo estalló en su pecho como una granada, arrasándolo todo excepto esa obsesión.

El problema era que Víctor llevaba una década felizmente casado, criando a sus dos hijos tan esperados: una niña y un niño.

Mentir le repugnaba. Su amante amenazó con alejarse si no se divorciaba y la desposaba.

Tembloroso, abrió la puerta de su hogar en Madrid, donde había vivido diez años de complicidad y risas. Debía pronunciar las palabras que destrozarían su mundo: hacer la maleta, abrazar a los niños y huir tras… un espejismo.

Durante días ensayó mentalmente el drama. Imaginó a Carmen destrozada, llorando, maldiciendo, suplicando… Preparó respuestas, calculó cada reacción. Entró.

Carmen, en bata corta, fumaba un Ducados mientras reía por teléfono. «Qué hermosa está», pensó él. Aun así, sacó una maleta del armario alto, haciendo ruido con cajones y perchas… mientras su esposa seguía charlando, ajena.

Finalmente, con el abrigo puesto, balbuceó:
—Cariño… he conocido a otra. Es más fuerte que yo. Perdóname.

Ella siguió riendo con su amiga Lola.
—¡Me voy! ¿No lo entiendes? —gritó él, empapado en sudor frío.

—Claro que sí —respondió ella dulcemente—. Oye, Lola, mi marido me deja por otra. Ahora te llamo.

Le plantó un beso en la mejilla y cerró la puerta.

Víctor permaneció en el rellano, escuchando cómo Carmen hablaba de la escuela de los niños, las rebajas en El Corte Inglés y la última de Almodóvar. De todo menos de él.

Dejó la maleta allí, salió a la calle y llamó a Raquel.
—¿Ya? ¿Eres mío? —chilló ella al contestar—. ¡Ven!

—No vuelvo —cortó él—. No te quiero. La quiero a ella.

Encendió su décimo Fortuna, preguntándose cómo regresar a casa.

* * *

—¡Hice todo lo que me dijo! —Carmen vociferaba al teléfono con su psicóloga—. ¡Y aún así se fue!

—Maquíllate y sonríe —respondió la voz calmada—. Volverá…

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