— ¡Yuri, ¿te estás escuchando a ti mismo?! ¿Acaso pretendes que a los cuarenta me quede embarazada p…

¿Luis, te estás escuchando? ¿Pretendes que me quede embarazada a mis cuarenta, solo para corregir tus errores de juventud?

¿Y por qué debería yo pagar ahora por que a ti te parecía más divertido estar en tu taller que pasar tiempo con nuestro hijo? preguntaba Clara, la voz repleta de asombro genuino.

Clara, ¡venga ya con eso! insistía Luis. Sé que fui torpe, no supe valorarlo, no entendía lo que estaba perdiendo. ¡Ahora ya todo está perdido, Rodrigo ni siquiera me considera su padre!

¿Y acaso no tiene razón? Clara sonrió con amargura. Diecisiete años ha vivido sin un padre; ha tenido un compañero de piso, no un padre. ¿Creías que podías “apagar y encender” a un hijo como si fuera la televisión y jugar a ser padre cuando te apeteciese?

Luis frunció el ceño, con ese gesto de fastidio familiar que Clara tantas veces había visto cuando se hablaba de las obligaciones paternales.

¡Ya está bien, Clara! Eso es agua pasada. Dame otra oportunidad, insistía él con tozudez.

¿Para que vuelvas a cansarte y me dejes la carga, y crezca otro niño sin padre? Clara cruzó los brazos sobre el pecho. Gracias, pero uno ya es suficiente. No, Luis, ni siquiera lo vamos a discutir.

El rostro de su marido se deformó en una mueca de resentimiento y rabia. Incapaz de responder, resopló y se enfrascó en su móvil.

La discusión, al menos por ahora, había terminado. Pero el problema persistía. A Clara le pesaban aquellas palabras como una losa, no por lo absurdo de las exigencias de Luis, sino porque le dolía por su hijo, por Rodrigo.

…Clara tenía veintitrés años cuando nació Rodrigo. Todavía recuerda cómo, rendida pero feliz, estaba frente al Hospital General de Madrid, acunando a un bebé minúsculo envuelto en una mantita blanca.

Luis se agachaba sobre ellos, sin separarse ni un segundo. Radiante de felicidad, arreglaba la manta, besaba a Clara en la frente y, con un respeto casi solemne, cogía de vez en cuando a su hijo en brazos.

¡Es igual que yo! ¡Mira ese hoyuelo en la barbilla! exclamaba con ojos brillantes. ¡Ahora soy padre, Clara!

Ahora lo empiezo a entender de verdad. Haré todo por él, y con él: pasearemos, le cambiaré los pañales, le enseñaré a jugar al fútbol… ¡Seré el mejor padre del mundo!

Clara lo miraba con ese mismo brillo de admiración en la mirada. Creía cada palabra. Le parecía que tendrían una familia perfecta: colmada de amor, de cuidados y alegrías compartidas.

Pero la realidad solía ser mucho más simple y dura…

…De madrugada. Ella, con ojeras profundas, pasea arriba y abajo por el salón de su piso, acunando a un recién nacido que llora por los gases. Es la tercera vez en la noche. Luis se revuelve, molesto, en la cama, tapándose la cabeza con las sábanas.

¡Haz que calle de una vez! susurra. Mañana madrugo para ir al trabajo…

En esos momentos, a Clara no le quedaba otra que marcharse a otra habitación, las lágrimas corriéndole por la cara de pura impotencia. El niño gritaba más fuerte aún, pero a Clara no le quedaba elección. Cerraba la puerta y durante horas mecía a Rodrigo para concederle a Luis el sueño.

Fin de semana. Exhausta tras otra semana sin dormir, le suplica:

Luis, ¿quieres sacarlo al parque al menos un par de horas? Estoy que no aguanto más, necesito dormir…

Clara, ¿puede ser luego? Ahora no puedo, tengo planes. Los chicos me han dicho que traen el coche para arreglar…

Pero es que no puedo más…

Venga, cariño, si tú eres fuerte, puedes con todo. Luego te ayudo yo.

La puerta se cerraba y Clara se quedaba a solas con su fuerza y con una maternidad que la estaba desbordando. Y ese “luego” nunca llegaba.

El tiempo pasaba. Rodrigo crecía. Clara intentaba por todos los medios crear algún vínculo entre padre e hijo. Se acercaba a Luis, sentado despatarrado en el sillón viendo el Barça, y le colocaba al niño rosado en brazos, estirando las manitas.

Tómalo, juega un poco con él, le pedía; ya no tanto para descansar, sino para reforzar la familia.

Luis lo acogía de mala gana, como si le endosasen un paquete sospechoso. Lo tenía en brazos estirados, sin acercarlo al pecho, mirando a través de él la televisión. A los pocos minutos lo dejaba en el suelo, regresando al partido.

Y Rodrigo con cinco años, sentado en la alfombra del salón, construyendo un castillo de bloques, mientras Luis pasa de largo hacia el sofá.

Ni se miran. El niño tampoco espera nada; ya ha aprendido a vivir sin padre.

Tampoco es que Luis fuera un inútil total. Aportaba un sueldo a casa, hasta ayudaba a Clara de vez en cuando a preparar la cena o recoger.

Pero se perdió la infancia de su hijo. ¿Sorprende que Rodrigo, ya joven, no lo vea realmente como su padre?

Rodri, ¿qué tal en el cole? empezó a interesarse Luis un día.

Eh… Bien, todo bien, respondió el chico, incómodo.

Bueno, y en notas todo en orden, ¿verdad? Si necesitas ayuda, dímelo. La educación es lo más importante.

No quiero que mi hijo acabe limpiando las calles.

No hace falta, papá, gracias. Todo bien, contestaba Rodrigo, tratando de meterse cuanto antes en su habitación.

Bueno, si quieres, este finde podemos ir a pescar, ¿vale? gritaba Luis a su espalda.

Pero Rodrigo no contestaba. Solo Clara sabía que esa noche había fiesta en el instituto, que le había pedido quedar a una chica que le gustaba y le había dado calabazas, y que la pesca no le hacía ninguna ilusión.

Estaba claro que el tren había pasado. Rodrigo ya no era un niño necesitado de su padre. La infancia que Luis quería “recuperar” ya no existía.

Cuando por fin lo entendió, quiso empezar de cero: pidió otro bebé. Pero Clara, que recordaba cada noche en vela, se negó en redondo.

Muy pronto, los familiares se enteraron de las discusiones.

Hija, lo sé todo; Luis me ha contado. Escucha a tu madre y anímate a tener otro. ¡Luis ha cambiado, ha madurado! No le niegues otra oportunidad. Qué alegría sería volver a tener un bebé en casa.

La suegra también metía baza:

Clara, si no lo haces tú, igual lo hace otra. A los hombres les ilusiona ser padres. Además, para ti sería bueno. Piensa en el futuro: vuestro hijo mayor ya está a punto de volar y, si tenéis otro, fortaleceréis el matrimonio y tendrás compañía en la vejez.

Doble dolor para Clara, al escuchar eso de otra mujer. Sentía que su vida y su cuerpo eran objeto de una negociación absurda.

Todos la veían como madre y esposa, no como la mujer agotada que ya había pasado por todo aquello y sabía perfectamente en qué acababa.

Fue entonces cuando, desesperada, se le ocurrió un plan. Un poco loco, pero capaz de demostrar las cosas con claridad. Revolvió en el trastero y rescató una vieja caja de recuerdos de Rodrigo, donde encontró un tamagotchi aún en funcionamiento.

Un pequeño juguete electrónico al que había que dar de comer, limpiar, curar, entretener… Cuando Luis volvió de trabajar, Clara le entregó el huevo de plástico con la diminuta pantalla gris.

¿Y esto? preguntó, perplejo, examinando el “regalo”.

Es tu periodo de prueba. A ver si puedes, al menos, con una décima parte de lo que supone ser padre. Tienes que alimentarlo en horarios, cuidarlo…

Vamos, como un bebé, pero aquí basta apretar botones. Si no lo haces bien, pita. Si sigue vivo un año, me creeré que estás listo para un bebé.

Luis la miró, primero divertido, luego con malhumor al ver el gesto serio de Clara.

¿Vas en serio? ¿Comparas un niño de carne y hueso con esto?

Empieza por aquí. Si no puedes ni con esto, ¿cómo vas a criar a una criatura?

Luis sonrió, tomándolo a broma, y se guardó el juguete en el bolsillo.

Los tres primeros días se despertaba a medianoche para alimentar al tamagotchi. Al quinto ya empezaba a desesperarse, pero se empeñó en seguir. A la semana se quejaba de que no rendía en el trabajo por falta de sueño.

Al octavo día, volvió a casa y lo arrojó sobre la mesa; en la pantalla sólo aparecía una cruz. Había fracasado.

Se me olvidó alimentarlo, hubo lío en el curro, soltó Luis, evitando la mirada de su mujer.

Desde entonces, las discusiones no cesaron, pero sí se suavizaron. La herida y la distancia permanecían, pero Luis ya no insistía tanto.

Pasaron tres años y la vida puso todo en su sitio. Rodrigo, ya universitario, presentó a su novia en casa. Pronto anunciaron que esperaban un bebé.

Luis volvió a entusiasmarse. Hablaba de una segunda oportunidad, ahora como abuelo.

Regaló a los jóvenes un carrito de bebé que tenía ahorros, compró ropita que no era de la talla y juegos de piezas pequeñísimas. Juró que sería el mejor abuelo, que ayudaría y saldría de paseo con el nieto.

Clara observaba todo aquello con sano escepticismo.

Cuando nació el nieto, la historia se repitió. Durante las primeras semanas, Luis colaboraba y parecía implicado, hacía fotos y lo mecía en brazos. Pero, al desvanecerse la euforia, fue desinflándose.

Al poco, insistió en que los jóvenes se fuesen a un piso alquilado, y al final toda su ayuda se redujo a visitas puntuales y planificadas el fin de semana, solo cuando el niño estaba limpio, alimentado y feliz.

En cuanto el nieto sollozaba, Luis encontraba siempre algo urgente: una llamada del jefe, una obra pendiente, la huerta de su madre.

Clara acudía a cubrir a Rodrigo y su agotada novia, observando la escena con la seguridad de haber tomado la decisión acertada.

Rodrigo creció siendo un hombre sensible y responsable, sin dejar a su pareja sola. Y Luis Luis seguía siendo quien era: un hombre enamorado de la idea de la paternidad, pero nunca de su verdadero significado.

¿Y tú? ¿Qué opinas? ¿Hizo bien Clara? Deja tu comentario y dale a “me gusta”!

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MagistrUm
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