YO TE LO RECUERDO —María, señora, aquí, este rizo no me sale—susurró con desánimo el pequeño Temi, de segundo de primaria, señalando con el pincel la hoja verde de su flor, que se empeñaba en torcerse al revés. —Tienes que apretar un poquito menos el pincel, cariño… Así, deslízalo como si fuera una pluma por la palma de la mano. ¡Eso es! ¡Muy bien! ¡Más que un rizo, es una maravilla! —le sonrió la maestra María—. ¿Y para quién es tanta belleza? —¡Para mi madre!—respondió radiante el chaval, que por fin había vencido a la hoja rebelde—. ¡Hoy es su cumpleaños! ¡Y este es mi regalo!—el orgullo tras el elogio de la profesora llenó aún más la voz de Temi. —Qué suerte tiene tu madre, Temi. Espera, no cierres el cuaderno de dibujo, deja secar el regalo un minuto para que no se estropee. Cuando llegues a casa, lo arrancas con cuidado y verás como le encanta. La profesora contempló una vez más la cabeza inclinada sobre la hoja y, esbozando una sonrisa, volvió a su mesa. ¡Un regalo para mamá! Hace tiempo que no ve ella regalos así. ¡Menudo arte tiene el muchacho! Tendría que llamar a la madre y sugerirle apuntar al niño a la escuela de arte. No se puede desperdiciar un don así. Y, de paso, preguntar si le ha gustado el regalo. Porque ni siquiera María puede apartar la mirada de esas flores que florecen en la hoja, hasta parece que van a susurrar con sus hojas verdes, recién pintadas. Cómo se parece a su madre, Temi. Exactamente igual que Lari, que a su edad también dibujaba de maravilla… ***** —Señora María, soy Lari, la madre de Arturito Coto—se oyó esa tarde por el teléfono en casa de la profesora con la voz tajante de una mujer joven—. Llamo para avisar que mañana Artem no irá a clase.— —¡Hola, Lari! ¿Pasa algo?—preguntó María, con curiosidad. —¡Pues sí que pasa! Me ha arruinado todo el cumpleaños, el canalla pequeño. Y ahora está en la cama con fiebre, la ambulancia acaba de irse. —¿Cómo que fiebre? Si se fue bien de la escuela, llevaba tu regalo… —¿Hablas de esas manchas? —¿Qué manchas, Lari? ¡Si te pintó unas flores preciosas! Yo pensaba llamarte para pedirte que lo apuntes a clase de pintura… —No sé qué flores serían, pero yo desde luego no esperaba un manchurrón peludo. —¿Manchurrón? ¿De qué hablas?—María empezó a preocuparse aun más, al escuchar la explicación atropellada de la nerviosa madre—. Oye, Lari, ¿te importa que pase a verte un momento? Vivo cerca, no te molesto… Poco después, la maestra, álbum de recuerdos bajo el brazo, salía del portal rumbo a casa de Lari, su antigua alumna y ahora madre de su alumno. La cocina estaba revuelta. Mientras recogía tarta y platos, Lari contaba cómo había llegado su hijo tarde con el uniforme y la mochila hechos un asco… Cómo sacó de debajo la chaqueta un cachorro empapado y apestoso: ¡se había lanzado a una zanja a por él, donde otros críos lo habían tirado! Los libros destrozados y las marcas en el cuaderno—no había forma de mirarlo sin ganas de llorar. Y la fiebre, que subió a 39 en una hora… Cómo los invitados se marcharon sin probar tarta, y el médico la regañó por no vigilar a su hijo. —Así que lo llevé de vuelta a la basura cuando Temi se durmió. El álbum… está ahí, sobre el radiador secándose. No quedan ni flores, sólo manchas de agua—resopló Lari con fastidio. Y no notó la madre de Temi cómo, con cada palabra, la maestra se iba ensombreciendo más y más. Al enterarse del destino del cachorro, casi estalló. Miró a Lari con severidad, acarició el cuaderno arruinado y habló en voz baja: Habló de esos verdes rizos y de las flores que cobraban vida… De la ilusión y el coraje de un niño. De su corazón incapaz de soportar la injusticia, y de los chavales sin compasión que arrojaron ese animalito a la zanja. Luego se levantó, le tomó la mano a Lari y la llevó a la ventana: —Ahí, esa es la zanja. Podía haberse ahogado tu hijo por salvar a ese cachorro. Pero él, ¿pensaba en sí mismo? Quizá pensaba en las flores del dibujo, temiendo estropear su regalo… ¿O acaso lo has olvidado, Lari? ¿Recuerdas aquellos años, sentada llorando en el banco del patio con un gatito callejero que habías rescatado? Cómo lo acariciábamos todos en clase, esperando a tu madre, cómo no querías ir a casa cuando tus padres echaron al “gatillo pulgoso” fuera… Menos mal que recapacitaron… Pues yo te lo voy a recordar. Y también tu Ticho, al que no querías soltar; y a Muchi, el cachorro de la perra del barrio que fue contigo hasta la universidad; y hasta a aquel grajo con el ala rota, del que cuidaste en clase de ciencias… La profesora sacó del álbum una foto antigua: una niña menuda con delantal blanco, abrazando orgullosa a un gatito y sonriendo a los compañeros que la rodeaban. Con voz firme, añadió: —Te recordaré la bondad que, a pesar de todo, florecía con todos los colores en tu corazón… Sobre la mesa, cayó después un dibujo infantil, los colores desgastados: una niña con un gatito en una mano y agarrando fuerte la mano de su madre con la otra. —Si por mí fuera—con voz más dura—yo mismo llenaría de besos a ese cachorro y a tu hijo, Artur. ¡Y las “manchas” las pondría en un marco! Porque no hay mejor regalo para una madre que criar a su hijo como una persona de verdad. Y no se dio cuenta la anciana maestra de cómo cambiaba la expresión de Lari, como miraba ansiosa la puerta cerrada de la habitación de Temi, cómo apretaba el álbum… —¡María! Querida, ¿puedes vigilar a Temi un rato? ¡Sólo unos minutos, por favor! ¡Enseguida vuelvo! Lari, bajo la atenta mirada de la profesora, se puso el abrigo a toda prisa y salió. Y, sin mirar el camino, corrió hacia la lejana escombrera. Sin importar las botas empapadas, llamaba, revolvía cajas, removía bolsas, mirando de reojo la casa… ¿La perdonará? ***** —Temi, ¿quién es ese que mete el hocico entre tus flores? ¿No será tu amigo Dico? —¡El mismo, María! ¿A que se parece? —¡Y tanto! Mira esa mancha blanca en forma de estrella en la pata… ¡cómo recuerdo limpiar esas patitas con tu madre!—rió la maestra. —¡Yo ahora se las lavo todos los días!—dijo con orgullo Temi—. Mamá dice: tienes un amigo, hay que cuidarlo bien. Nos ha comprado una bañera especial para él. —Tienes una madre estupenda—sonrió la maestra—. Seguro que otra vez dibujas un regalo para ella. —Sí, quiero que lo ponga en un marco. Porque en el otro sólo hay manchas enmarcadas, pero mi madre las mira y sonríe. ¿Se puede sonreírle a unas manchas, María? —¿A las manchas?—musitó divertida la profesora—. Quizá sí, si esas manchas vienen del corazón. Dime, ¿qué tal en la escuela de arte? ¿Te va bien? —¡De maravilla! Pronto podré hacer un retrato de mamá, ¡ya verá qué sorpresa! Pero mientras, mira…—Temi abrió la mochila y sacó una hoja doblada—Esto es de mi madre. Ella también dibuja. La profesora desplegó la hoja y posó su mano en el hombro del niño. Allí, en la hoja blanca, con una explosión de colores, Temi sonriente apoyaba la mano sobre la cabeza de un chucho negro, que lo miraba con adoración. A su lado, una niña rubia en uniforme de colegio anticuado abrazaba a un pequeño gato… Y desde una mesa cubierta de libros, asomaba la profesora, María, con una sonrisa y una infinita sabiduría en sus ojos llenos de vida, contemplando a los niños felices. Y en cada trazo, en cada pincelada, la maestra sentía un orgullo materno escondido, profundo. Secando una lágrima, la maestra sonrió al ver que, en el rincón del dibujo, enredada entre flores y delicados rizos verdes, brillaba una palabra: “Recuerdo”.

Doña María, aquí este rizito no me sale susurró con desánimo el pequeño Tomás, de segundo de primaria, señalando con el pincel la hoja verde rebelde del dibujo de su flor, que se empeñaba en curvarse al revés.
A ver, hijo, pulsa menos con el pincel… Así, mira, pásalo como si acariciaras la palma con una pluma. ¿Ves? ¡Bravo, qué bien lo haces! Ese rizito está para enmarcar le sonrió la veterana maestra. ¿Para quién es esa maravilla?
¡Para mi madre! sonrió Tomás, radiante y triunfante tras vencer la terquedad de la hoja. ¡Hoy cumple años! ¡Es mi regalo! el orgullo se colaba a raudales ahora en su voz.
Pues tu madre, Tomás, va a ser la persona más feliz de España. Espera, no cierres el cuaderno aún; déjalo secar, que no se corran los colores. Cuando llegues a casa, ya lo arrancas con cuidado y verás como le encanta a tu madre.
Doña María lanzó una última mirada de cariño a la cabecita oscura inclinada sobre el folio y, sonriendo para sí, regresó a su mesa.
Mira que regalarle eso a su madre… Hacía años que no veía un detalle tan bonito. Tomás tiene mano para la pintura, menuda suerte. Tengo que llamar a su madre y convencerla de que lo apunte a la Escuela de Arte. Con ese talento, sería un pecado no hacerlo.
Y de paso, a ver si su exalumna ahora madre de su pupilo, cómo pasa el tiempo le decía si le gustó el regalo. A doña María, desde luego, esas flores del dibujo le parecían tan vivas que casi oía sus hojas susurrando entre los rizos verdes.
¡Tomás ha salido a la madre, sin duda! Lara, de niña, también hacía verdaderas maravillas con los lápices de colores…
*****
Doña María, soy Lara, la madre de Tomás Rodríguez sonó aquel atardecer el teléfono en casa de la maestra. Llamo para decirle que Tomás mañana no irá apretó la voz de la joven al otro lado del hilo.
Buenas tardes, Lara, ¿ha pasado algo?
¡Y tanto que ha pasado! ¡Me ha fastidiado el cumpleaños de arriba a abajo! explotó la voz Y ahora encima está con fiebre, acaba de irse el médico de urgencias.
¿Pero cómo, fiebre? Si salió tan bien del cole, llevándote tu regalo…
¿El regalo? ¿Se refiere a esas manchas?
¡Pero qué manchas ni qué niña muerta, Lara! ¡Era un ramo precioso! Justo pensaba llamarte para proponerte lo del arte…
Yo no sé qué ramo dice usted… yo solo sé que me trajo, empapado, un saco de pulgas al que olía un kilómetro a basura. Y libros estropeados, y el cuaderno hecho un asco, y encima, ¡fiebre alta!
¿Un saco de pulgas? ¿Pero de qué hablas? la voz de doña María tembló, escuchando las explicaciones atropelladas de la joven madre. Mira, Lara, ¿te importa si paso a verte? Vivo a dos pasos, será un momento…
Enseguida, obteniendo el sí de su antigua alumna y ahora madre ¡cómo corre el tiempo! doña María tomó de la cómoda un álbum grueso de fotografías y dibujos de su primer grupo de alumnos, aquellos pequeños ya tan lejanos, y salió cuesta abajo de su portal hacia el de Lara.
La cocina, clara pero desordenada, la recibió con platos en el fregadero y la tarta apartada. Lara empezó a largar:
Que Tomás llegó tardísimo y chorreando, que la mochila y la ropa echaban agua Que de entre el abrigo sacó un cachorro mojado y pestilente, rescatado de una zanja donde unos chicos le tiraron Que los libros arruinados, las páginas llenas de manchas imposibles de ver sin llorar. Y la fiebre, subiendo casi a treinta y nueve Que los invitados se marcharon sin probar el pastel y hasta el médico le echó la bronca a ella, como madre.
Y total, lo llevé de vuelta a la escombrera cuando Tomi se quedó dormido. El cuaderno pues mira, secándose ahí en el radiador. Ni flores ni nada, de tanto agua se borró todo resopló Lara, enfadada.
Y no se percataba Lara de cómo a cada palabra doña María se ponía más seria y sombría.
Y ya, cuando supo el destino del perrillo, ya no se pudo contener. Lanzó a Lara una mirada tan seria, acarició el cuaderno arruinado con ternura y habló bajito…
Le habló de los rizos verdes, de las flores que casi respiraban… Del esfuerzo infantil, del valor sin medida, del corazón que no soporta injusticias, de los sinvergüenzas esos que tiraron al cachorro en la zanja.
La llevó luego a la ventana y señaló:
Mírala, aquella zanja. No solo el perrito podía haberse ahogado. Tomás también. ¿Y tú crees que pensó en eso? Quizá solo pensaba en que su dibujo llegara intacto a tus manos…
¿Te has olvidado ya, Lara? ¿De cuando, por los noventa, llorabas en el banco del cole por ese gatito que salvaste de unos gamberros del barrio?
¿De cómo lo acariciábamos todos los de clase esperando a tu madre? ¿De cómo no querías volver a casa y te enfadabas con tus padres cuando el saco de pulgas acabó en la calle? Menos mal intervino tu madre a tiempo.
¡Te lo recuerdo! Y a Tito, que no querías dejar. Y al orejotas de Trueno, el cachorro de la perra reina, que fue tu sombra hasta la uni. Y aquella graja de ala rota, al que cuidabas en el rincón de ciencias…
Del álbum gastado sacó una foto vieja: una niña delgadita, con mandil blanco, abrazando un minino y rodeada de compañeros sonrientes.
Te recuerdo la bondad que florecía en tu corazón, colorida, por encima de todo
Un dibujo infantil, con colores ya desvaídos, cayó tras la foto: una niña sujeta a su madre con una mano y acariciando un cachorro con la otra.
Si fuera por mí siguió doña María, más firme, daría un beso a ese cachorro y al propio Tomás. Y esas manchas del cuaderno, las pondría en una vitrina. Porque no existe mejor regalo para una madre que ver a su hijo crecer siendo buena persona.
Y Lara, según iba oyendo, iba cambiando el rostro, lanzando miradas inquietas a la puerta cerrada del cuarto de Tomás, apretando entre sus manos el cuaderno húmedo
¡Doña María! Por favor, quédese diez minutos con Tomi. ¡Solo unos minutos! ¡Ahora vuelvo!
Casi sin abrocharse el abrigo, Lara salió disparada, cruzó la plaza y corrió, sin reparar en los charcos, hacia el basurero. Revolvía cajas, apartaba bolsas, llamaba sin parar. Y no dejaba de mirar preocupada hacia casa ¿Le perdonará?
*****
Tomi, ¿y quién se esconde ahí, olisqueando las flores? ¿No será tu amigo, Dico?
¡Dico, sí! ¿Se parece, doña María?
¡Y tanto! ¡Y esa mancha blanca como una estrella en la pata no se olvida! Me acuerdo cuando tu madre y yo le lavamos entero.
¡Ahora yo mismo le lavo las patas todos los días! soltó orgulloso Tomás. Dice mamá que quien tiene un amigo, debe cuidarlo. Nos ha comprado hasta bañera para él.
Tienes una madre estupenda sonrió la maestra. ¿Otra vez le preparas un regalo?
Sí, lo quiero poner en un marco. Porque tiene colgada una mancha que yo hice, y siempre la mira y sonríe. ¿De verdad se puede sonreír a una mancha, doña María?
¿A una mancha? rió la maestra. Puede que sí, si sale del corazón. Dime, ¿cómo te va en la escuela de arte? ¿Disfrutas?
¡Mucho! Pronto sabré pintar un retrato de mi madre. Le hará ilusión. Por ahora, mira Tomás rebuscó en su mochila y sacó una cartulina doblada. Esto es de mi madre, ella también pinta.
Doña María desdobló el papel, apoyó cariñosa la mano en el hombro del niño.
Y en ese dibujo, con mil colores sonrientes, relucía un Tomás feliz, con su amigo Dico apoyado en su pierna.
A su lado, una pequeña rubita enfundada en uniforme escolar abrazando un gato minúsculo.
Y desde detrás de una mesa de maestra, con la sabiduría de la vida en sus ojos y una sonrisa serena, ella misma, doña María, los contemplaba.
En cada trazo, en cada manchita, se percibía esa ternura de madre desbordada de orgullo.
Y doña María, apartándose una lágrima y con sonrisa luminosa, vio que, en el rincón del papel, entre flores y rizos verdes, asomaba una palabra escrita en colores: Recuerdo.

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MagistrUm
YO TE LO RECUERDO —María, señora, aquí, este rizo no me sale—susurró con desánimo el pequeño Temi, de segundo de primaria, señalando con el pincel la hoja verde de su flor, que se empeñaba en torcerse al revés. —Tienes que apretar un poquito menos el pincel, cariño… Así, deslízalo como si fuera una pluma por la palma de la mano. ¡Eso es! ¡Muy bien! ¡Más que un rizo, es una maravilla! —le sonrió la maestra María—. ¿Y para quién es tanta belleza? —¡Para mi madre!—respondió radiante el chaval, que por fin había vencido a la hoja rebelde—. ¡Hoy es su cumpleaños! ¡Y este es mi regalo!—el orgullo tras el elogio de la profesora llenó aún más la voz de Temi. —Qué suerte tiene tu madre, Temi. Espera, no cierres el cuaderno de dibujo, deja secar el regalo un minuto para que no se estropee. Cuando llegues a casa, lo arrancas con cuidado y verás como le encanta. La profesora contempló una vez más la cabeza inclinada sobre la hoja y, esbozando una sonrisa, volvió a su mesa. ¡Un regalo para mamá! Hace tiempo que no ve ella regalos así. ¡Menudo arte tiene el muchacho! Tendría que llamar a la madre y sugerirle apuntar al niño a la escuela de arte. No se puede desperdiciar un don así. Y, de paso, preguntar si le ha gustado el regalo. Porque ni siquiera María puede apartar la mirada de esas flores que florecen en la hoja, hasta parece que van a susurrar con sus hojas verdes, recién pintadas. Cómo se parece a su madre, Temi. Exactamente igual que Lari, que a su edad también dibujaba de maravilla… ***** —Señora María, soy Lari, la madre de Arturito Coto—se oyó esa tarde por el teléfono en casa de la profesora con la voz tajante de una mujer joven—. Llamo para avisar que mañana Artem no irá a clase.— —¡Hola, Lari! ¿Pasa algo?—preguntó María, con curiosidad. —¡Pues sí que pasa! Me ha arruinado todo el cumpleaños, el canalla pequeño. Y ahora está en la cama con fiebre, la ambulancia acaba de irse. —¿Cómo que fiebre? Si se fue bien de la escuela, llevaba tu regalo… —¿Hablas de esas manchas? —¿Qué manchas, Lari? ¡Si te pintó unas flores preciosas! Yo pensaba llamarte para pedirte que lo apuntes a clase de pintura… —No sé qué flores serían, pero yo desde luego no esperaba un manchurrón peludo. —¿Manchurrón? ¿De qué hablas?—María empezó a preocuparse aun más, al escuchar la explicación atropellada de la nerviosa madre—. Oye, Lari, ¿te importa que pase a verte un momento? Vivo cerca, no te molesto… Poco después, la maestra, álbum de recuerdos bajo el brazo, salía del portal rumbo a casa de Lari, su antigua alumna y ahora madre de su alumno. La cocina estaba revuelta. Mientras recogía tarta y platos, Lari contaba cómo había llegado su hijo tarde con el uniforme y la mochila hechos un asco… Cómo sacó de debajo la chaqueta un cachorro empapado y apestoso: ¡se había lanzado a una zanja a por él, donde otros críos lo habían tirado! Los libros destrozados y las marcas en el cuaderno—no había forma de mirarlo sin ganas de llorar. Y la fiebre, que subió a 39 en una hora… Cómo los invitados se marcharon sin probar tarta, y el médico la regañó por no vigilar a su hijo. —Así que lo llevé de vuelta a la basura cuando Temi se durmió. El álbum… está ahí, sobre el radiador secándose. No quedan ni flores, sólo manchas de agua—resopló Lari con fastidio. Y no notó la madre de Temi cómo, con cada palabra, la maestra se iba ensombreciendo más y más. Al enterarse del destino del cachorro, casi estalló. Miró a Lari con severidad, acarició el cuaderno arruinado y habló en voz baja: Habló de esos verdes rizos y de las flores que cobraban vida… De la ilusión y el coraje de un niño. De su corazón incapaz de soportar la injusticia, y de los chavales sin compasión que arrojaron ese animalito a la zanja. Luego se levantó, le tomó la mano a Lari y la llevó a la ventana: —Ahí, esa es la zanja. Podía haberse ahogado tu hijo por salvar a ese cachorro. Pero él, ¿pensaba en sí mismo? Quizá pensaba en las flores del dibujo, temiendo estropear su regalo… ¿O acaso lo has olvidado, Lari? ¿Recuerdas aquellos años, sentada llorando en el banco del patio con un gatito callejero que habías rescatado? Cómo lo acariciábamos todos en clase, esperando a tu madre, cómo no querías ir a casa cuando tus padres echaron al “gatillo pulgoso” fuera… Menos mal que recapacitaron… Pues yo te lo voy a recordar. Y también tu Ticho, al que no querías soltar; y a Muchi, el cachorro de la perra del barrio que fue contigo hasta la universidad; y hasta a aquel grajo con el ala rota, del que cuidaste en clase de ciencias… La profesora sacó del álbum una foto antigua: una niña menuda con delantal blanco, abrazando orgullosa a un gatito y sonriendo a los compañeros que la rodeaban. Con voz firme, añadió: —Te recordaré la bondad que, a pesar de todo, florecía con todos los colores en tu corazón… Sobre la mesa, cayó después un dibujo infantil, los colores desgastados: una niña con un gatito en una mano y agarrando fuerte la mano de su madre con la otra. —Si por mí fuera—con voz más dura—yo mismo llenaría de besos a ese cachorro y a tu hijo, Artur. ¡Y las “manchas” las pondría en un marco! Porque no hay mejor regalo para una madre que criar a su hijo como una persona de verdad. Y no se dio cuenta la anciana maestra de cómo cambiaba la expresión de Lari, como miraba ansiosa la puerta cerrada de la habitación de Temi, cómo apretaba el álbum… —¡María! Querida, ¿puedes vigilar a Temi un rato? ¡Sólo unos minutos, por favor! ¡Enseguida vuelvo! Lari, bajo la atenta mirada de la profesora, se puso el abrigo a toda prisa y salió. Y, sin mirar el camino, corrió hacia la lejana escombrera. Sin importar las botas empapadas, llamaba, revolvía cajas, removía bolsas, mirando de reojo la casa… ¿La perdonará? ***** —Temi, ¿quién es ese que mete el hocico entre tus flores? ¿No será tu amigo Dico? —¡El mismo, María! ¿A que se parece? —¡Y tanto! Mira esa mancha blanca en forma de estrella en la pata… ¡cómo recuerdo limpiar esas patitas con tu madre!—rió la maestra. —¡Yo ahora se las lavo todos los días!—dijo con orgullo Temi—. Mamá dice: tienes un amigo, hay que cuidarlo bien. Nos ha comprado una bañera especial para él. —Tienes una madre estupenda—sonrió la maestra—. Seguro que otra vez dibujas un regalo para ella. —Sí, quiero que lo ponga en un marco. Porque en el otro sólo hay manchas enmarcadas, pero mi madre las mira y sonríe. ¿Se puede sonreírle a unas manchas, María? —¿A las manchas?—musitó divertida la profesora—. Quizá sí, si esas manchas vienen del corazón. Dime, ¿qué tal en la escuela de arte? ¿Te va bien? —¡De maravilla! Pronto podré hacer un retrato de mamá, ¡ya verá qué sorpresa! Pero mientras, mira…—Temi abrió la mochila y sacó una hoja doblada—Esto es de mi madre. Ella también dibuja. La profesora desplegó la hoja y posó su mano en el hombro del niño. Allí, en la hoja blanca, con una explosión de colores, Temi sonriente apoyaba la mano sobre la cabeza de un chucho negro, que lo miraba con adoración. A su lado, una niña rubia en uniforme de colegio anticuado abrazaba a un pequeño gato… Y desde una mesa cubierta de libros, asomaba la profesora, María, con una sonrisa y una infinita sabiduría en sus ojos llenos de vida, contemplando a los niños felices. Y en cada trazo, en cada pincelada, la maestra sentía un orgullo materno escondido, profundo. Secando una lágrima, la maestra sonrió al ver que, en el rincón del dibujo, enredada entre flores y delicados rizos verdes, brillaba una palabra: “Recuerdo”.