YO TE LO RECUERDO —María, aquí el rizo no me sale… —susurró triste el pequeño Tomás, de segundo de primaria, mientras señalaba con el pincel una hoja verde obstinada que no acababa de curvarse como él quería en su dibujo. —No aprietes tanto el pincel, cariño… Así, suavemente, como si lo pasaras como una pluma por la palma de la mano. ¡Así! ¡Perfecto! ¡Menudo rizo, es una maravilla! —sonrió la maestra mayor—. ¿Y para quién es tanta belleza? —¡Para mi mamá! —respondió radiante el niño, ahora orgulloso de su hoja indomable—. ¡Hoy es su cumpleaños! ¡Y este es mi regalo! —Pues tu madre estará feliz de la vida, Tomás. Espera, no cierres el cuaderno aún. Deja que se sequen los colores, que no queremos correrlos. Y cuando llegues a casa, entonces, arrancarás la hoja con cuidado. Ya verás cómo le va a gustar mucho a tu mamá. La maestra lanzó una última mirada al flequillo oscuro inclinado sobre la hoja y, sonriendo para sí, regresó a la mesa. Menudo regalo para la madre… Hacía tiempo que no veía presentes tan bonitos. Tomás tenía, sin duda, talento para la pintura. Tendría que llamar a su madre y recomendarle apuntarle a la escuela de arte. No se puede desperdiciar ese don. Y, de paso, preguntarle a mi exalumna si le ha gustado el regalo. Porque la misma María no podía apartar la vista de esas flores que parecían florecer sobre el papel. Hasta le parecía que en cualquier momento empezarían a susurrar con sus hojas vivas y llenas de rizos. ¡Ay, Tomás es igualito que su madre! ¡Como dos gotas de agua! En sus tiempos, Larisa también era una artista… ***** —María, soy Larisa, la madre de Tomás Coto —sonó el teléfono aquella tarde—. Llamo para avisar que Tomás no irá mañana —dijo la voz grave de una mujer joven. —Hola, Larisa, ¿ha pasado algo? —preguntó María, curiosa. —¡Y tanto que ha pasado! ¡El mocoso me ha fastidiado el cumpleaños! —se quejó la voz del otro lado—. Y ahora está en cama, con fiebre. Acaba de irse la ambulancia. —¿Cómo que fiebre? Si salió sano del colegio, con el regalo para ti… —¿Ese manchón? —¿Qué manchón, Larisa? ¡Si te pintó unas flores maravillosas! Justo iba a llamarte para pedirte que lo apuntaras a dibujo… —No sé qué flores dices pero yo lo único que me encontré fue un manchón mugriento. ¡Y no era eso lo que esperaba! —¿Un manchón? ¿De qué hablas? —María se fue quedando perpleja, escuchando las explicaciones atropelladas de la madre tensa, frunciendo el ceño. —¿Sabes qué, Larisa? ¿Te importa si paso ahora por casa? Vivo aquí al lado, sólo un minuto… Y en unos minutos, tras el sí de su exalumna —ahora, mire usted, madre de su alumno—, María, con su viejo álbum de fotos y dibujos de su primera clase en la mano, salió del portal. La cocina estaba patas arriba. Mientras recogía el pastel y los platos, la madre empezó a hablar: Que llegó tarde, todo embarrado, con el abrigo y los pantalones empapados… Que de repente sacó de entre la ropa un cachorro empapado y maloliente. ¡Se había metido en un charco tras el perro, adonde unos niños lo habían tirado! Que los libros estaban estropeados y el álbum, imposible de mirar por los borrones… Y la fiebre, que subió casi a treinta y nueve en una hora… Que los invitados se marcharon sin probar la tarta, y el médico la regañó por descuidada madre… —Total, que lo devolví a la basura, a esa misma, cuando Tomás se durmió. El álbum está secándose en la calefacción. ¡Ya no queda ni rastro de las flores! —resopló Larisa. Y no se daba cuenta de que, mientras hablaba, la cara de María se volvía aún más seria. Y cuando supo el destino del perro rescatado por el niño, la maestra se volvió negra como una tormenta. Miró a Larisa con severidad, acarició el álbum malogrado y comenzó a hablar en voz baja… De los rizos verdes y de flores vivas… Del esfuerzo infantil, de una valentía impropia de su edad. De un corazón de niño incapaz de soportar una injusticia, y de los gamberros que tiraron al débil animal al pozo. Luego se levantó, cogió la mano a Larisa y la llevó a la ventana: —Mira, ahí está el charco —señaló—. En él podría haberse ahogado, no ya el perrito, sino Tomás. Pero, ¿tú te crees que él pensó en eso? Quizá pensó más en sus flores, y en que no quería estropear su regalo… ¿Te acuerdas, Larisa, de aquella vez, allá por los años noventa, que llorabas sentada en el banco del cole apretando ese gatito abandonado que rescataste de unos chicos mayores? Cómo lo acariciábamos en clase y esperábamos a tu madre. Cómo no querías volver a casa y te enfadaste con tus padres por tirar “el bultito feo” por la puerta… Menos mal que luego recapacitaron. ¡Pues te lo recuerdo! Te recuerdo a Ticho, al que no querías dejar ni a sol ni a sombra, y a Muktar, el cachorro de la perra del barrio, que fue contigo hasta que llegaste a la universidad; y la corneja de ala rota, de la que fuiste “madrina” en el rincón de animales… María sacó del álbum una foto en la que una niña rubia, con delantal blanco, sostenía en brazos a un gatito peludo mirando sonriente a sus amigos de clase, y continuó con voz firme y suave: —Y te recuerdo la bondad, que florecía en tu corazón en mil colores… Luego cayó sobre la mesa un dibujo infantil, ya desvaído, de una niña que cogía con una mano a un cachorrito, y con la otra, apretaba fuerte la mano de su madre. —Si por mí fuera —concluyó María más severa—, yo hubiera abrazado fuerte tanto al cachorro como a Tomás. ¡Y pondría los borrones en una foto enmarcada! ¡No hay mejor regalo para una madre que educar a un hijo con corazón! Y tampoco se dio cuenta la anciana de cómo cambiaba el gesto de Larisa con cada palabra. Cómo lanzaba miradas inquietas a la puerta del cuarto de Tomás. Cómo apretaba el desgraciado álbum entre los dedos pálidos… —María, por favor, ¿puedes cuidar de Tomás un poco? ¡Sólo unos minutos! ¡Vuelvo enseguida! ¡Te lo prometo! Bajo la atenta mirada de la maestra, Larisa recogió el abrigo y salió corriendo. Corrió hacia el vertedero, sin notar los pies empapados, llamando y rebuscando entre cajas y bolsas, lanzando miradas angustiadas hacia su casa… ¿La perdonaría? ***** —Tomás, ¿quién es ese que entierra el hocico entre las flores? ¿No será tu amigo Dico? —¡Es él, María! ¿A que se parece? —¡Muchísimo! Y esa mancha blanca en la pata… ¡Qué recuerdos de cuando lo lavamos juntos tu madre y yo! —rió la maestra. —Ahora le lavo las patas todos los días —dijo orgulloso Tomás—. Mamá dice que si tienes un amigo, lo cuidas. ¡Hasta me compró una bañerita especial! —Tienes una madre estupenda —sonrió la maestra—. ¿Le estás haciendo otro dibujo de regalo? —¡Sí! Es para ponerle marco. Porque ahora tiene los borrones en una foto y siempre que los mira, sonríe. ¿Se puede sonreír a un borrón, María? —¿A los borrones? —rió la maestra—. A veces sí, si vienen de un corazón limpio. Oye, ¿qué tal se te da la escuela de arte? —¡Genial! ¡Pronto podré hacer el retrato de mamá! Va a estar contenta. Pero de momento, mira —Tomás sacó una hoja doblada del mochila—, esto es de parte de mi madre, que también pinta. María desplegó la hoja y apretó suavemente el hombro del niño. Allí, entre mil colores, sonreía un Tomás radiante, con la mano acariciando la cabeza de su perro mestizo de mirada tierna. A su lado, de pie, una niña rubia en uniforme escolar anticuado abrazaba un pequeño gatito. Y un poco más allá, tras la mesa repleta de libros, con infinito cariño y sabiduría en la mirada, estaba ella: María. Y en cada trazo, en cada pincelada, se sentía un orgullo de madre infinito, emocionado. María limpió con disimulo las lágrimas y sonrió al descubrir, en el rincón del dibujo, sobre un rizo verde y unas flores de colores, una palabra escondida: “Recuerdo”.

TE LO VOY A RECORDAR

Señora María, aquí el rizo no me salesusurró con tristeza el pequeño Tomás, alumno de segundo de primaria, señalando con el pincel una hoja verde que se empeñaba en curvarse en sentido contrario en su dibujo de una flor.
No presiones tanto el pincel, cariño Así, míralo, como si pasaras una pluma por la palma de tu mano. ¡Eso es! Ahora sí, ¡menudo rizo te ha salido! le sonrió la veterana profesora. ¿Y esto tan bonito para quién es?
¡Para mi mamá! la sonrisa de Tomás, ahora victorioso tras domar la testaruda hoja, llenó la clase de luz. ¡Hoy es su cumpleaños! ¡Es mi regalo! el halago había insuflado todavía más orgullo en sus palabras.
¡Qué suerte la tuya, Tomás! Espera, no cierres el cuaderno. Deja que se sequen bien las pinturas para que no se corran. Cuando llegues a casa, ya arrancas la hoja con cuidado. ¡Vas a ver cómo le encanta a tu madre!
María lanzó una última mirada a la cabeza agachada del niño, volvió sonriendo a sus pensamientos y regresó a su mesa.
¡Regalo para mamá! Cuánto hacía que no veía un obsequio tan sincero y bello. Tomás mostraba un talento innato para el dibujo. Sin duda merecía llamar a su madre y sugerirle que lo matriculara en la escuela municipal de artes plásticas. Ese don no podía desperdiciarse.
De paso, qué menos que preguntar a su antigua alumna si el regalo había sido de su agrado. Aquellas flores en el papel le parecían tan vivas a María que, casi, podía jurar que empezaban a agitar verdes hojitas y rizos.
¡A su madre ha salido el chiquillo! Igual que Lara, que en sus años mozos pintaba de maravilla
*****
Por la noche, sonó el teléfono en el pequeño piso de la profesora.
¿Señora María? Soy Lara, la madre de Tomás Martín el tono, duro, de una mujer joven la sacó de su letargo. Llamo para avisar que Tomás mañana no irá a clase.
¿Qué ocurre, Lara? preguntó María, inquieta.
¡Vaya si ocurre! ¡Me ha destrozado el cumpleaños! exclamó Lara, exaltada. Ahora está con fiebre, la ambulancia se acaba de marchar.
¿Fiebre? Pero si salió del colegio tan contento, con tu regalo
¿Eso dices? ¿Te refieres a esas manchas?
¿Qué manchas? ¡Si te pintó unas flores preciosas! Iba a llamarte para proponerte la escuela de arte
Yo no sé qué serían esas flores, pero lo que apareció en casa fue una bola mugrienta y apestosa a la que, desde luego, no esperaba.
¿Una bola? ¿Qué me dices? María escuchaba cada vez más atónita los atropellados relatos de Lara. ¿Te importa si paso ahora? Sólo serán unos minutos, vivo cerca
A los pocos minutos, armada con el álbum gordo de fotos y dibujos desvaídos por los añostestimonios de su primer grupo, tan lejano ahora, María salió rumbo a la casa de su exalumna y ahora madre de su actual discípulo.
En la cocina luminosa reinaba un caos evidente. Lara, tras retirar la tarta y apilar la vajilla sucia, prosiguió su relato:
Que Tomás llegó tarde, empapado y embarrado desde la mochila hasta los pantalones.
Que, de entre la ropa mojada, sacó un cachorro igualmente calado, que olía a vertedero. Que se metió en el pozo de aguas heladas, a donde otros niños tiraron al animal. Que los libros se echaron a perder, y en el cuaderno ya sólo había borrones. Que la fiebre subió en una hora a casi treinta y nueve.
Que los invitados se marcharon sin probar el pastel y que el médico la regañó por su descuido de madre.
Así que lo devolví a la escombrera, cuando Tomás se durmió. El cuaderno, ahí está, secándose en el radiador. No queda ni rastro de floresrefunfuñó Lara.
Y no se daba cuenta la madre de Tomás de cómo la expresión de María se ensombrecía con cada palabra, con cada frase que subía de tono.
Cuando llegó la parte del cachorro rescatado, María casi tronó. Miró de hito en hito a Lara, acarició con ternura el álbum malogrado y habló en voz baja:
Le habló de los rizos verdes, de las flores revividas De la entrega del niño y su valentía precoz. Del corazón limpio que no tolera injusticias, de los gamberros que tiran animales indefensos a un pozo de fango.
Luego la tomó de la mano y la llevó a la ventana:
Mira, ahí está el agujeroseñaló. En ese pozo Tomás pudo ahogarse. ¿Crees que pensó en eso? Quizá sólo pensaba en no estropear su regalo, en las flores del dibujo.
¿O se te ha olvidado, Lara, aquellos días de hace años, cuando llorabas en el banco del patio, abrazando ese gatito pulgoso que rescataste de los gamberros? Cómo lo acariciábamos todos y esperábamos a tu madre. Cómo no querías regresar y culpabas a tus padres porque tiraron la bola mugrienta a la calle Menos mal que recapacitaron.
Déjame que te lo recuerde. A Tixto, tu primer gato. A Chispa, aquel cachorro que te acompañaba al instituto. Y hasta a aquel grajo de ala rota que cuidabas en el aula de naturaleza
María sacó del viejo álbum una foto en la que una niña de delantal blanco apretaba un gato lanudo, rodeada de sus compañeros. Su voz, suave pero firme, retumbó:
Te recuerdo la bondad que florecía en tu corazón en mil colores, pese a todo
Junto a la fotografía cayó un dibujo de una niña rubia con un gatito felpudo en brazos, aferrada a la mano de su madre.
Si de mí dependieradijo la profesora todavía más seria, besaría a ese cachorro y a Tomás mil veces. ¡Y pondría esas manchas en un marco! Porque no hay mayor regalo para una madre que criar a un hijo con humanidad.
Y no se percataba la anciana de cómo cambiaba el rostro de Lara, de cómo lanzaba miradas intranquilas a la puerta cerrada de la habitación de Tomás, de cómo sus dedos pálidos apretaban el álbum.
¡Señora María! Por favor, ¿puede quedarse un momento con Tomás? ¡Sólo unos minutos! ¡Vuelvo enseguida!
Bajo la atenta mirada de su maestra, Lara salió disparada, abrochándose el abrigo a toda prisa y cerrando la puerta tras de sí.
Y, sin importarle las calles mojadas, corrió hasta la escombrera cercana. Buscó entre cajas, apartó bolsas de basura, llamando a voces, lanzando miradas nerviosas hacia el edificio ¿La perdonaría?
*****
Tomás, ¿quién es ese que mete el hocico entre las flores? ¿No será tu amigo Dico?
¡Él mismo, señora María! ¿A que se parece?
¡Igualito! Mira esa mancha blanca en la pata, parece una estrellita. Aún recuerdo cómo tú y tu madre lo lavabaisrió la profesora.
Ahora le lavo las patas todos los díasrespondió Tomás con orgullo. Mamá dice que si tienes un amigo, lo cuidas. ¡Nos ha comprado una bañerita solo para él!
¡Tienes una madre estupenda! ¿Otra vez dibujando un regalo para ella?
Sí, quiero ponerlo en un marco. Ahora tiene uno con manchas, y siempre que lo mira sonríe. ¿Cómo puede sonreírle a unas manchas, señora María?
¿A las manchas?rió la profesora. Puede que se pueda, si esas manchas son de corazón. Dime, querido, ¿cómo te va en la escuela de arte? ¿Te gusta?
¡Muchísimo! Pronto dibujaré un retrato de mamá. ¡Le va a encantar! Por ahora tengo estodijo Tomás, sacando una hoja doblada de su mochila. Es de parte de mamá, también dibuja.
María desplegó la hoja y posó suavemente su mano en el hombro del niño.
Allí, en papel blanco, se sonreía un Tomás radiante, la mano sobre la cabeza peluda del perro mestizo que lo miraba con adoración.
A su lado, una niña rubia en un viejo uniforme escolar abrazaba a un diminuto gato lanudo.
Y un poco más allá, tras la mesa cargada de libros de texto, con una sonrisa y esos ojos llenos de sabiduría, los miraba ellaMaría.
En cada trazo, en cada pincelada, sentía la profesora ese orgullo secreto y sin medida de madre.
Se enjugó las lágrimas y sonrió luminosaen una esquinita del dibujo, dibujado entre flores y finos rizos verdes, sobresalía, tímido y sincero, un solo mensaje:
«Recuerdo».

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MagistrUm
YO TE LO RECUERDO —María, aquí el rizo no me sale… —susurró triste el pequeño Tomás, de segundo de primaria, mientras señalaba con el pincel una hoja verde obstinada que no acababa de curvarse como él quería en su dibujo. —No aprietes tanto el pincel, cariño… Así, suavemente, como si lo pasaras como una pluma por la palma de la mano. ¡Así! ¡Perfecto! ¡Menudo rizo, es una maravilla! —sonrió la maestra mayor—. ¿Y para quién es tanta belleza? —¡Para mi mamá! —respondió radiante el niño, ahora orgulloso de su hoja indomable—. ¡Hoy es su cumpleaños! ¡Y este es mi regalo! —Pues tu madre estará feliz de la vida, Tomás. Espera, no cierres el cuaderno aún. Deja que se sequen los colores, que no queremos correrlos. Y cuando llegues a casa, entonces, arrancarás la hoja con cuidado. Ya verás cómo le va a gustar mucho a tu mamá. La maestra lanzó una última mirada al flequillo oscuro inclinado sobre la hoja y, sonriendo para sí, regresó a la mesa. Menudo regalo para la madre… Hacía tiempo que no veía presentes tan bonitos. Tomás tenía, sin duda, talento para la pintura. Tendría que llamar a su madre y recomendarle apuntarle a la escuela de arte. No se puede desperdiciar ese don. Y, de paso, preguntarle a mi exalumna si le ha gustado el regalo. Porque la misma María no podía apartar la vista de esas flores que parecían florecer sobre el papel. Hasta le parecía que en cualquier momento empezarían a susurrar con sus hojas vivas y llenas de rizos. ¡Ay, Tomás es igualito que su madre! ¡Como dos gotas de agua! En sus tiempos, Larisa también era una artista… ***** —María, soy Larisa, la madre de Tomás Coto —sonó el teléfono aquella tarde—. Llamo para avisar que Tomás no irá mañana —dijo la voz grave de una mujer joven. —Hola, Larisa, ¿ha pasado algo? —preguntó María, curiosa. —¡Y tanto que ha pasado! ¡El mocoso me ha fastidiado el cumpleaños! —se quejó la voz del otro lado—. Y ahora está en cama, con fiebre. Acaba de irse la ambulancia. —¿Cómo que fiebre? Si salió sano del colegio, con el regalo para ti… —¿Ese manchón? —¿Qué manchón, Larisa? ¡Si te pintó unas flores maravillosas! Justo iba a llamarte para pedirte que lo apuntaras a dibujo… —No sé qué flores dices pero yo lo único que me encontré fue un manchón mugriento. ¡Y no era eso lo que esperaba! —¿Un manchón? ¿De qué hablas? —María se fue quedando perpleja, escuchando las explicaciones atropelladas de la madre tensa, frunciendo el ceño. —¿Sabes qué, Larisa? ¿Te importa si paso ahora por casa? Vivo aquí al lado, sólo un minuto… Y en unos minutos, tras el sí de su exalumna —ahora, mire usted, madre de su alumno—, María, con su viejo álbum de fotos y dibujos de su primera clase en la mano, salió del portal. La cocina estaba patas arriba. Mientras recogía el pastel y los platos, la madre empezó a hablar: Que llegó tarde, todo embarrado, con el abrigo y los pantalones empapados… Que de repente sacó de entre la ropa un cachorro empapado y maloliente. ¡Se había metido en un charco tras el perro, adonde unos niños lo habían tirado! Que los libros estaban estropeados y el álbum, imposible de mirar por los borrones… Y la fiebre, que subió casi a treinta y nueve en una hora… Que los invitados se marcharon sin probar la tarta, y el médico la regañó por descuidada madre… —Total, que lo devolví a la basura, a esa misma, cuando Tomás se durmió. El álbum está secándose en la calefacción. ¡Ya no queda ni rastro de las flores! —resopló Larisa. Y no se daba cuenta de que, mientras hablaba, la cara de María se volvía aún más seria. Y cuando supo el destino del perro rescatado por el niño, la maestra se volvió negra como una tormenta. Miró a Larisa con severidad, acarició el álbum malogrado y comenzó a hablar en voz baja… De los rizos verdes y de flores vivas… Del esfuerzo infantil, de una valentía impropia de su edad. De un corazón de niño incapaz de soportar una injusticia, y de los gamberros que tiraron al débil animal al pozo. Luego se levantó, cogió la mano a Larisa y la llevó a la ventana: —Mira, ahí está el charco —señaló—. En él podría haberse ahogado, no ya el perrito, sino Tomás. Pero, ¿tú te crees que él pensó en eso? Quizá pensó más en sus flores, y en que no quería estropear su regalo… ¿Te acuerdas, Larisa, de aquella vez, allá por los años noventa, que llorabas sentada en el banco del cole apretando ese gatito abandonado que rescataste de unos chicos mayores? Cómo lo acariciábamos en clase y esperábamos a tu madre. Cómo no querías volver a casa y te enfadaste con tus padres por tirar “el bultito feo” por la puerta… Menos mal que luego recapacitaron. ¡Pues te lo recuerdo! Te recuerdo a Ticho, al que no querías dejar ni a sol ni a sombra, y a Muktar, el cachorro de la perra del barrio, que fue contigo hasta que llegaste a la universidad; y la corneja de ala rota, de la que fuiste “madrina” en el rincón de animales… María sacó del álbum una foto en la que una niña rubia, con delantal blanco, sostenía en brazos a un gatito peludo mirando sonriente a sus amigos de clase, y continuó con voz firme y suave: —Y te recuerdo la bondad, que florecía en tu corazón en mil colores… Luego cayó sobre la mesa un dibujo infantil, ya desvaído, de una niña que cogía con una mano a un cachorrito, y con la otra, apretaba fuerte la mano de su madre. —Si por mí fuera —concluyó María más severa—, yo hubiera abrazado fuerte tanto al cachorro como a Tomás. ¡Y pondría los borrones en una foto enmarcada! ¡No hay mejor regalo para una madre que educar a un hijo con corazón! Y tampoco se dio cuenta la anciana de cómo cambiaba el gesto de Larisa con cada palabra. Cómo lanzaba miradas inquietas a la puerta del cuarto de Tomás. Cómo apretaba el desgraciado álbum entre los dedos pálidos… —María, por favor, ¿puedes cuidar de Tomás un poco? ¡Sólo unos minutos! ¡Vuelvo enseguida! ¡Te lo prometo! Bajo la atenta mirada de la maestra, Larisa recogió el abrigo y salió corriendo. Corrió hacia el vertedero, sin notar los pies empapados, llamando y rebuscando entre cajas y bolsas, lanzando miradas angustiadas hacia su casa… ¿La perdonaría? ***** —Tomás, ¿quién es ese que entierra el hocico entre las flores? ¿No será tu amigo Dico? —¡Es él, María! ¿A que se parece? —¡Muchísimo! Y esa mancha blanca en la pata… ¡Qué recuerdos de cuando lo lavamos juntos tu madre y yo! —rió la maestra. —Ahora le lavo las patas todos los días —dijo orgulloso Tomás—. Mamá dice que si tienes un amigo, lo cuidas. ¡Hasta me compró una bañerita especial! —Tienes una madre estupenda —sonrió la maestra—. ¿Le estás haciendo otro dibujo de regalo? —¡Sí! Es para ponerle marco. Porque ahora tiene los borrones en una foto y siempre que los mira, sonríe. ¿Se puede sonreír a un borrón, María? —¿A los borrones? —rió la maestra—. A veces sí, si vienen de un corazón limpio. Oye, ¿qué tal se te da la escuela de arte? —¡Genial! ¡Pronto podré hacer el retrato de mamá! Va a estar contenta. Pero de momento, mira —Tomás sacó una hoja doblada del mochila—, esto es de parte de mi madre, que también pinta. María desplegó la hoja y apretó suavemente el hombro del niño. Allí, entre mil colores, sonreía un Tomás radiante, con la mano acariciando la cabeza de su perro mestizo de mirada tierna. A su lado, de pie, una niña rubia en uniforme escolar anticuado abrazaba un pequeño gatito. Y un poco más allá, tras la mesa repleta de libros, con infinito cariño y sabiduría en la mirada, estaba ella: María. Y en cada trazo, en cada pincelada, se sentía un orgullo de madre infinito, emocionado. María limpió con disimulo las lágrimas y sonrió al descubrir, en el rincón del dibujo, sobre un rizo verde y unas flores de colores, una palabra escondida: “Recuerdo”.