TE LO VOY A RECORDAR
Señora María, aquí el rizo no me salesusurró con tristeza el pequeño Tomás, alumno de segundo de primaria, señalando con el pincel una hoja verde que se empeñaba en curvarse en sentido contrario en su dibujo de una flor.
No presiones tanto el pincel, cariño Así, míralo, como si pasaras una pluma por la palma de tu mano. ¡Eso es! Ahora sí, ¡menudo rizo te ha salido! le sonrió la veterana profesora. ¿Y esto tan bonito para quién es?
¡Para mi mamá! la sonrisa de Tomás, ahora victorioso tras domar la testaruda hoja, llenó la clase de luz. ¡Hoy es su cumpleaños! ¡Es mi regalo! el halago había insuflado todavía más orgullo en sus palabras.
¡Qué suerte la tuya, Tomás! Espera, no cierres el cuaderno. Deja que se sequen bien las pinturas para que no se corran. Cuando llegues a casa, ya arrancas la hoja con cuidado. ¡Vas a ver cómo le encanta a tu madre!
María lanzó una última mirada a la cabeza agachada del niño, volvió sonriendo a sus pensamientos y regresó a su mesa.
¡Regalo para mamá! Cuánto hacía que no veía un obsequio tan sincero y bello. Tomás mostraba un talento innato para el dibujo. Sin duda merecía llamar a su madre y sugerirle que lo matriculara en la escuela municipal de artes plásticas. Ese don no podía desperdiciarse.
De paso, qué menos que preguntar a su antigua alumna si el regalo había sido de su agrado. Aquellas flores en el papel le parecían tan vivas a María que, casi, podía jurar que empezaban a agitar verdes hojitas y rizos.
¡A su madre ha salido el chiquillo! Igual que Lara, que en sus años mozos pintaba de maravilla
*****
Por la noche, sonó el teléfono en el pequeño piso de la profesora.
¿Señora María? Soy Lara, la madre de Tomás Martín el tono, duro, de una mujer joven la sacó de su letargo. Llamo para avisar que Tomás mañana no irá a clase.
¿Qué ocurre, Lara? preguntó María, inquieta.
¡Vaya si ocurre! ¡Me ha destrozado el cumpleaños! exclamó Lara, exaltada. Ahora está con fiebre, la ambulancia se acaba de marchar.
¿Fiebre? Pero si salió del colegio tan contento, con tu regalo
¿Eso dices? ¿Te refieres a esas manchas?
¿Qué manchas? ¡Si te pintó unas flores preciosas! Iba a llamarte para proponerte la escuela de arte
Yo no sé qué serían esas flores, pero lo que apareció en casa fue una bola mugrienta y apestosa a la que, desde luego, no esperaba.
¿Una bola? ¿Qué me dices? María escuchaba cada vez más atónita los atropellados relatos de Lara. ¿Te importa si paso ahora? Sólo serán unos minutos, vivo cerca
A los pocos minutos, armada con el álbum gordo de fotos y dibujos desvaídos por los añostestimonios de su primer grupo, tan lejano ahora, María salió rumbo a la casa de su exalumna y ahora madre de su actual discípulo.
En la cocina luminosa reinaba un caos evidente. Lara, tras retirar la tarta y apilar la vajilla sucia, prosiguió su relato:
Que Tomás llegó tarde, empapado y embarrado desde la mochila hasta los pantalones.
Que, de entre la ropa mojada, sacó un cachorro igualmente calado, que olía a vertedero. Que se metió en el pozo de aguas heladas, a donde otros niños tiraron al animal. Que los libros se echaron a perder, y en el cuaderno ya sólo había borrones. Que la fiebre subió en una hora a casi treinta y nueve.
Que los invitados se marcharon sin probar el pastel y que el médico la regañó por su descuido de madre.
Así que lo devolví a la escombrera, cuando Tomás se durmió. El cuaderno, ahí está, secándose en el radiador. No queda ni rastro de floresrefunfuñó Lara.
Y no se daba cuenta la madre de Tomás de cómo la expresión de María se ensombrecía con cada palabra, con cada frase que subía de tono.
Cuando llegó la parte del cachorro rescatado, María casi tronó. Miró de hito en hito a Lara, acarició con ternura el álbum malogrado y habló en voz baja:
Le habló de los rizos verdes, de las flores revividas De la entrega del niño y su valentía precoz. Del corazón limpio que no tolera injusticias, de los gamberros que tiran animales indefensos a un pozo de fango.
Luego la tomó de la mano y la llevó a la ventana:
Mira, ahí está el agujeroseñaló. En ese pozo Tomás pudo ahogarse. ¿Crees que pensó en eso? Quizá sólo pensaba en no estropear su regalo, en las flores del dibujo.
¿O se te ha olvidado, Lara, aquellos días de hace años, cuando llorabas en el banco del patio, abrazando ese gatito pulgoso que rescataste de los gamberros? Cómo lo acariciábamos todos y esperábamos a tu madre. Cómo no querías regresar y culpabas a tus padres porque tiraron la bola mugrienta a la calle Menos mal que recapacitaron.
Déjame que te lo recuerde. A Tixto, tu primer gato. A Chispa, aquel cachorro que te acompañaba al instituto. Y hasta a aquel grajo de ala rota que cuidabas en el aula de naturaleza
María sacó del viejo álbum una foto en la que una niña de delantal blanco apretaba un gato lanudo, rodeada de sus compañeros. Su voz, suave pero firme, retumbó:
Te recuerdo la bondad que florecía en tu corazón en mil colores, pese a todo
Junto a la fotografía cayó un dibujo de una niña rubia con un gatito felpudo en brazos, aferrada a la mano de su madre.
Si de mí dependieradijo la profesora todavía más seria, besaría a ese cachorro y a Tomás mil veces. ¡Y pondría esas manchas en un marco! Porque no hay mayor regalo para una madre que criar a un hijo con humanidad.
Y no se percataba la anciana de cómo cambiaba el rostro de Lara, de cómo lanzaba miradas intranquilas a la puerta cerrada de la habitación de Tomás, de cómo sus dedos pálidos apretaban el álbum.
¡Señora María! Por favor, ¿puede quedarse un momento con Tomás? ¡Sólo unos minutos! ¡Vuelvo enseguida!
Bajo la atenta mirada de su maestra, Lara salió disparada, abrochándose el abrigo a toda prisa y cerrando la puerta tras de sí.
Y, sin importarle las calles mojadas, corrió hasta la escombrera cercana. Buscó entre cajas, apartó bolsas de basura, llamando a voces, lanzando miradas nerviosas hacia el edificio ¿La perdonaría?
*****
Tomás, ¿quién es ese que mete el hocico entre las flores? ¿No será tu amigo Dico?
¡Él mismo, señora María! ¿A que se parece?
¡Igualito! Mira esa mancha blanca en la pata, parece una estrellita. Aún recuerdo cómo tú y tu madre lo lavabaisrió la profesora.
Ahora le lavo las patas todos los díasrespondió Tomás con orgullo. Mamá dice que si tienes un amigo, lo cuidas. ¡Nos ha comprado una bañerita solo para él!
¡Tienes una madre estupenda! ¿Otra vez dibujando un regalo para ella?
Sí, quiero ponerlo en un marco. Ahora tiene uno con manchas, y siempre que lo mira sonríe. ¿Cómo puede sonreírle a unas manchas, señora María?
¿A las manchas?rió la profesora. Puede que se pueda, si esas manchas son de corazón. Dime, querido, ¿cómo te va en la escuela de arte? ¿Te gusta?
¡Muchísimo! Pronto dibujaré un retrato de mamá. ¡Le va a encantar! Por ahora tengo estodijo Tomás, sacando una hoja doblada de su mochila. Es de parte de mamá, también dibuja.
María desplegó la hoja y posó suavemente su mano en el hombro del niño.
Allí, en papel blanco, se sonreía un Tomás radiante, la mano sobre la cabeza peluda del perro mestizo que lo miraba con adoración.
A su lado, una niña rubia en un viejo uniforme escolar abrazaba a un diminuto gato lanudo.
Y un poco más allá, tras la mesa cargada de libros de texto, con una sonrisa y esos ojos llenos de sabiduría, los miraba ellaMaría.
En cada trazo, en cada pincelada, sentía la profesora ese orgullo secreto y sin medida de madre.
Se enjugó las lágrimas y sonrió luminosaen una esquinita del dibujo, dibujado entre flores y finos rizos verdes, sobresalía, tímido y sincero, un solo mensaje:
«Recuerdo».







