Yo a mi marido nunca le quise: Una historia sobre años de convivencia, desamor, arrepentimiento y el…

Pues yo, a mi marido, nunca le llegué a querer.
¿Y cuántos años estuvisteis juntos?
Pues cuenta, nos casamos en el setenta y uno
¿Y eso? ¿Cómo que no le querías?

Mira, estaban sentadas en un banco junto a una tumba dos mujeres que apenas se conocían. Cada una arreglaba la sepultura de sus familiares y acabaron charlando por casualidad.
¿El de la foto, tu marido? preguntó una mujer con una boina gris, señalando la lápida.
Mi marido, sí. Un año ya y no me acostumbro. Le echo de menos, muchísimo, y vengo aquí todo lo que puedo. Le quise mucho y se ajustó el pañuelo negro con manos nerviosas.

Se quedaron un rato calladas, hasta que habló de nuevo la de la boina:
Pues yo, a mi marido, nunca le quise.

La otra levantó la cabeza, extrañada:
¿Y cuántos años estuvisteis?
Pues desde el setenta y uno, sí. Toda la vida, vaya.
¿Y eso de no quererle, estando tantos años juntos?
Mira, fue por despecho. A mí me gustaba otro, pero ese se lió con mi amiga. Entonces yo, por orgullo, dije: pues me caso antes que ellos. Y estaba por ahí Julián, que siempre decía que le gustaba, me seguía y tal y así, pues, dije que sí.
¿Y qué?
¡Ay! Si casi salgo corriendo de mi propia boda. El pueblo entero celebrándolo y yo, llorando a escondidas. Pensaba: Anda que se ha acabado mi juventud. Y a Julián lo miraba y me daban ganas de aullar. Bajito, orejillas saltonas, entradas ya, el traje que parecía prestado y él todo feliz, pendiente de mí. Uf, qué rabia me daba. Pero bueno, fue culpa mía.
¿Y luego?
Pues eso, nos fuimos a vivir con sus padres. Su familia, igual que él, me trataban como a una reina. Yo estaba tremenda, con trenza, ojos aceitunados y el vestido siempre a punto de estallarme. Nadie entendía que hiciéramos buena pareja, yo tan animada y él tan soso.
Por las mañanas tenía hasta los zapatos limpios porque su madre le hacía limpiarme el calzado. Y yo, encima, a veces les gritaba, les mandaba pero era rabia por dentro, por no quererle. Claro, así, ¿a quién le caía bien?
Julián decía: ¿Vamos al norte, a Eibar, a ganar unas pesetillas? Así vivimos solos. Y yo, qué quieres que te diga, con tal de salir de ahí, me iba a cualquier parte. Era puro nervio.
En esa época empujaban mucho a los jóvenes a irse a trabajar fuera. Y así nos metimos en un grupo y nos fuimos primero a Valladolid y luego más allá, al País Vasco.
En el tren nos separaron, a las mujeres en un vagón y a los hombres en otro. Julián se quedó sin nada para comer, y yo mi bolsa la tenía yo, pero como no se podían cruzar de vagón Yo ni pensaba en él. Hice amigas, de risas todo el día, y todo lo que su madre le había preparado para el viaje se lo di a las chicas.
Cuando nos reencontramos en la estación, buscaba comida el pobre, me vino una vergüenza Le dije que no quedaba nada, se lo había repartido todo. Y él, para no hacerme sentir mal, me dice, tan tranquilo: No pasa nada, nos han dado un montón en el vagón de los chicos. No te preocupes.
Y salió corriendo.
Yo sé que mentía. No era de esos que van pidiendo nada, tímido y cerrado. Solo quería tranquilizarme. Al minuto, ya ni me acordaba de él.

Cuando llegamos, nos instalaron en una residencia: treinta y cinco mujeres en una habitación, y los hombres por otro lado. Era provisional, prometían que a los matrimonios nos darían una habitación privada. Pero a mí tampoco es que me interesara mucho. Cuando intentaba acercarse, yo me excusaba, hacía que tenía prisa, que estaba ocupada Las compañeras me lo decían: Pero chica, que es tu marido
Él se quedaba rondando bajo las ventanas, esperando que asomara. Allí el tiempo es tan húmedo y a mí, ni me inmutaba.

Total, que me planteé divorciarme. No teníamos hijos, y tras dos años seguía sin quererle. Bueno, alguna noche dormí con él por pura lástima.
Luego apareció Gregorio, un tío moreno, grande, con el pelo rizado. Ahí sí, me enamoré como una tonta. Trabajábamos muchísimo aquellos días, pero lo pasábamos bien: en casa nunca había habido tantos buenos productos, ni naranja, ni chorizo tan bueno. Y cada dos por tres había bailes, actuaciones Vamos, otra vida.
Fue con Gregorio que perdí la cabeza. Julián intentaba convencerme, pero yo solo pensaba en Gregorio. Que me divorcio de ti, le dije. Nos daban ya una habitación separada, con tabiques finos pero ya para matrimonio. Pues ni la pisé.
Julián, de todas formas, siempre cerca. Yo iba con Gregorio, y sentía a Julián detrás, sufriendo. Pero yo, tan a lo mío

La mujer del pañuelo negro escuchaba con la boca abierta.
¿Y cómo aguantó?
Porque me quería. Después, Gregorio se fue con Catalina, la contable. Me dejó tirada, y encima, al decir que estaba embarazada, no quiso saber nada. Delante de todos iba diciendo que yo era una pesada, que me colgué de él porque tenía un marido flojo.
A Julián se lo contaron, claro. Él, que me quería tanto, acabó peleándose con Gregorio detrás de la estación. Ni lo sabíamos, hasta que me dijeron que habían llevado a Julián al hospital. Fui corriendo. Le iba riñendo al camino, con el conductor del camión Pero qué hacías, Julián, ¡que Gregorio te dobla! El conductor, Sergio, ni me miraba; se notaba que me lo tenía merecido.
Cuando entré en el hospital, me vino un llanto Estaba Julián, la cara tan hinchada, morada, ni parecía él. Y una pierna colgando con pesas.
¿Por qué te metes en estas?
Por ti me dijo él.
Y yo, la verdad, sentí pena. Porque a las embarazadas les mandaban de vuelta al pueblo y allí, ¿cómo explicas que el hijo no es de Julián? Ni yo estaba segura
Iba a cuidarle al hospital, porque sentía obligación, no amor.
Me acuerdo del día que se apoyó en las muletas. Yo fui, estábamos junto a la ventana, él en el pijama del hospital, hecho trizas el pobre. Miraba fuera y me dice:
No te divorcies, nos vamos de aquí, y el niño será mío y de nadie más.
Y yo, en vez de darle las gracias, le digo:
¿Para qué lo quieres?
Porque te quiero me responde.
Y yo: Tú mismo. Me di la vuelta y me fui. Él detrás, esperando que me girara. Pero no lo hice, aunque en verdad, en el fondo, me alegré: no volver al pueblo, poder criar ahí al niño, no estar sola

Nos mudamos a Soria. Julián, que era callado pero buen profesional, fue reconocido en la empresa. Ascendió, y siempre que volvía a casa traía algún regalito, embutidos, pasteles, de todo.
Mi mujer decía a todos, está embarazada.
Presumiendo. Y yo ni mirarle, avergonzada. Nos dieron un piso y yo me puse a trabajar de administrativa.
En el hospital, al ver al niño, supe que era hijo de Gregorio: moreno, moreno. Julián nunca lo dijo. Miraba al pequeño, sonreía casi llorando el día que nos dieron el alta.
El niño, Marcos, era difícil desde pequeño. Y claro, criado en pecado Lloraba un montón, siempre malo. Julián destrozado, dormía de milagro. Pero ni una queja.
Al año tuve a María, de Julián, nombre de la abuela de él. Me enternecía pensar en lo mal que traté a los padres pero el abuelo ya había muerto, y a la suegra le hizo ilusión
A Julián yo entonces no le sentía nada. Ni amor ni odio. Con dos niños pequeños simplemente me apoyaba en él y ya. Y él se desvivía, hacía la colada, planchaba, cuidaba de todo. Un día casi tuve que pelearme para que no lavase mi ropa interior Que dirán los vecinos: el jefe del taller lavando braguitas. Y él: ¿Y si te pones mala? Que digan lo que quieran.
A veces, tanto cariño hasta me molestaba.

Pero Marcos, a los trece ya estaba fichado por la policía, yendo mal por la vida. Y yo, entre idas y venidas, acabé conociendo al comisario de menores, Daniel, que no estaba casado y era muy majo, y se llevaba bien con el niño. De Julián, Marcos pasaba; no le hacía caso, le veía débil, sin carácter. Yo, a veces, no tenía más remedio, le daba una torta, porque iba robando en el kiosco Julián, nada, siempre defendiéndolo.
A Julián le mandaron a hacer un curso Madrid, vivíamos ya en Salamanca y nos habían dado un piso estupendo. Él me lo pidió así: Si me dices que no me vaya, no voy. Ya notaba que aquello iba mal.
Le dije que fuese. Se fue triste, y Daniel, el comisario, no perdió ocasión: Déjale, no le quieres Y yo
La mujer calló, apartando las hojas del banco.
¿Y tú? La otra ya la tuteaba, se habían hecho íntimas en ese rato.
La narradora la miró, el ceño fruncido por la memoria.
Yo seguía pensando. Un día me llegó una carta de Julián. La guardo aún, nadie lo sabe. Me escribía que entendía que había arruinado mi vida porque nunca le quise, que aceptaba que le dijera que no volviera. Me decía que nunca iba a dejar a los hijos, que mandaría la mitad de su sueldo, quería que fuera feliz. Una carta bonita, sin reproches, solo deseando lo mejor. Todo el dolor se lo tragaba él, a mí solo me dejaba lo bonito.
Caían hojas de los álamos por todas partes, hacía un día otoñal, el cielo azul. La mujer del pañuelo mojaba los ojos.
¿Por qué lloras? le pregunta ella.
Esta vida cuando recuerdas todo Se escapa la lágrima. Pero sigue, sigue ¿Te fuiste al final con el policía?
Qué va No dormía, estaba hecha un lío. Marcos rebelde, yo perdida. La carta de Julián la llevaba a todos lados. Tenía por amiga a una encargada del trabajo. Una señora muy sensata, me decía: ¡Isabel, eres tonta! A un hombre así hay que tenerlo en un altar.
Y un día me levanté, y lo vi claro: Pero, ¿qué estoy haciendo? Todo lo que había hecho Julián por mí cómo me ayudó, cómo me cuidó cuando enfermé y estuve a punto de morir. En el hospital, con todos los médicos diciendo que no salía, y él, sin moverse de mi lado, mimándome la mano, trayendo a una enfermera privada, buscando medicinas…
O el día que cogimos por error un paquete de otra familia cuando bajaron las provisiones en helicóptero desde la capital, y él, bajo la nieve, fue solo al pueblo de al lado a devolverlo. Volvió con la cara helada, se puso malo. Y yo ahí pensé: yo no quiero a nadie más que a él.
¿Y escribirle? ¿Después de tantos años despreciándole? ¿Cómo dices eso?
Pero supe que él sí iba a marcharse si no hacía algo. Porque pensaba que yo ya no le quise nunca.
Era otoño, como ahora. Arreglé todo el trabajo, dejé los niños con mi madre y fui en tren a Madrid.
El tren, lentísimo, parecía que nunca llegaba. Solo quería verle. Tenía su rostro en la mente y ya hasta le encontraba guapo: la calvicie, las orejillas, su tripa
Me dijeron en la residencia que estaban en clase, me dieron la dirección y fui en metro. No me dejaron pasar, así que esperé en la escalera, mirando a todos lados. Cuando salió con su grupo no lo reconocí de lo elegante que iba, con su gorra y la carpeta bajo el brazo. Me quedé helada de amor.
Pasaron de largo y no le pude llamar. Solo cuando se iban alejando, me salió una voz.
Se paró, me miró sin creérselo nos miramos un rato largo, las hojas bajando Y luego corrimos el uno hacia el otro. Se le cayó la carpeta, salieron volando los papeles, y nos abrazamos, sin palabras.
Bueno, ¿qué ibas a decir?
Sus amigos, al vernos, se partían de risa: ¡Eso sí que es amor! Tantos años y mira cómo se encuentran.
El pañuelo de la oyente estaba empapado, se sonó.
¿Y vivisteis enamorados hasta el final, entonces?
¿Final? preguntó con una sonrisa torcida. ¿Te refieres a la tumba? No, no es Julián el que descansa aquí. Aquí está Marcos, nuestro hijo. Se fue joven, ni cuarenta cumplidos. El pobrecillo Nunca cambió. Acabó en la cárcel, luego cayó en la bebida y suspiró.
¿Entonces Julián vive? se alegró la otra.
Sí, gracias a Dios se santiguó. Me ha traído hoy aquí y se ha ido a hacer unos recados. Ayudamos a la niña, a nuestra hija miró por el camino. Mira, ahí viene. Nos hemos liado a hablar
A ellas se acercaba un hombre de mediana edad, achaparrado, con chaqueta negra y boina de cuero, cara redonda y simpática. Saludó de manera amable.
¿Te has cansado ya, Julián? ¿Has correteado mucho? le quitó suave unas hojillas del hombro. Él recogía las cosas de la tumba de Marcos, pero ella insistió en llevarse ella los trastos más pesados, preocupada.
Y se alejaron juntos, del brazo, por el sendero de hojas amarillas del cementerio.
Antes de girar la esquina, la de la boina gris se volvió y saludó con la mano, y Julián hizo lo mismo.
Y la mujer, mirando la foto de su marido en la lápida, pensó que la felicidad no existe porque sí: solo existe de verdad si la dejas entrar en tu corazón.
Y eso es la felicidad, de verdad: querer y ser querido.

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MagistrUm
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