Ya va siendo hora de que madures le soltó Inés a su marido. Su reacción me dejó a cuadros.
Imagínate convivir con un adolescente perpetuo metido en el cuerpo de un tío de cuarenta años.
Es ese momento en el que dices: «Ramón, ¿puedes ir a la reunión del cole?», y te responde: «Imposible, mañana tengo torneo de FIFA».
O cuando le recuerdas lo de pagar la luz y él te asiente, sonríe, y a la semana os cortan el gas porque se le ha olvidado. Muy ocupado dándole caña al League of Legends.
O cuando el hijo, Lucas, con doce años, le pide ayuda con los deberes, y el padre, en la habitación de al lado, grita con los cascos puestos: «¡Por la izquierda, que no sabéis hacer nada, hombre!».
Inés llevaba aguantando así la friolera de diecisiete años, fíjate.
Se conocieron en la Complutense Ramón era el típico enrollado, el alma de la facultad, siempre con la guitarra y contando chistes. Inés, aplicada y empollona, se enamoró de esa ligereza suya, esa forma de tomarse la vida sin comerse el tarro. De vivir, no sólo sobrevivir.
Parecían el equilibrio perfecto: ella, formal; él, despreocupado. El yin y el yang.
El problema es que al final, ella tiraba del carro y él iba subido arriba balanceando las piernas.
Tras la boda, Ramón trabajó… de todo un poco. De gestor, de encargado, de asesor mil puestos de esos en los que no hay que dejarse la piel. El sueldo, flojete, pero él siempre tenía alguna excusa: «Inés, esto es temporal. Pronto mejorará».
Pero nunca mejoraba.
Mientras, Inés sudaba la gota gorda en Hacienda: sueldo seguro, sí, pero aburrido a morir. Ella pagaba la hipoteca, llenaba la nevera, llevaba a Lucas al médico, revisaba sus deberes… Y Ramón, pues, descansaba de la jornada.
En el ordenador. Hasta las tantas.
Ramón le decía ella, agotada, ¿puedes ir alguna vez tú a la reunión de padres? Yo no puedo seguir pidiendo permiso en el trabajo.
No puedo, Inés. Mañana tengo una reunión importante.
La reunión era, por supuesto, unas cañas con el colega de toda la vida.
Ramón, paga el WiFi, por favor, o nos lo cortan.
Vale, vale…
No lo pagaba. Lo hacía ella.
Al final Inés se sentía una mezcla de madre, jefa y carcelera. Pero lo que no era, desde luego, era esposa.
Y un día, explota el vaso
Lucas estaba con los ojos rojos clavado en el libro.
Mamá, no entiendo el ejercicio. Papá, ¿me ayudas?
Ramón, en el sillón, con sus auriculares, pegado a la pantalla.
¡Papá! más alto.
Inés se levantó, fue y le quitó los cascos de golpe.
¿No oyes a tu hijo?
¿Eh? Ramón la miró, mosqueado. Inés, ahora no, estoy liado.
¿Llamas liado a jugar a tanques en la Play?
Venga, no empieces…
¡Tu hijo te está pidiendo ayuda y llevas horas con esa tontería de las narices!
No es una tontería contestó él con calma. Y además, tengo un ranking que mantener.
Me da igual tu ranking, Ramón.
Lucas se fue a su cuarto, en silencio. Ya estaba acostumbrado. Cuando sus padres empezaban, lo mejor era desaparecer.
Inés se quedó delante de su marido. Y él ahí, un hombre grande, con barriguilla de cerveza y cara de niño bueno.
Ramón dijo bajísimo, tan bajo que daba miedo. Tienes que madurar.
De golpe, Ramón se levantó. El sillón casi se cae para atrás.
¿¡Cómo!?
A Inés le tembló el pulso.
¿Que madure? ¡Estoy harto de tus mandatos! ¡Harto de que me digas que soy un desastre, un irresponsable!
Ramón…
¡Cállate! se puso la chaqueta. Hasta aquí. Me largo. Vive como te dé la gana.
La puerta pegó tal batacazo que retumbó toda la casa.
Inés se quedó en medio del salón.
Cuando tu hijo sabe más que tú
Inés pasó la noche en la cocina.
Mirando por la ventana, dándole vueltas.
Ramón no volvió. No contestó al móvil. Ni a los mensajes. Nada.
Y por primera vez en diecisiete años, a Inés le dio igual. No fue a buscarle. No llamó a sus amigos. No se comió la cabeza.
Por la mañana apareció Lucas, medio dormido, con el pelo hecho un desastre.
¿Dónde está papá?
Se ha ido contestó ella sin rodeos.
¿Otra vez discutisteis?
Esta vez es diferente.
Lucas se sirvió un té, se sentó. Estuvo callado un rato.
Y de repente pregunta:
Mamá, ¿sabías que papá está vendiendo el coche?
Inés se quedó helada.
¿Qué?
Me dijo que no lo contara. Pero como os habéis peleao… Le vi haciendo fotocopias de papeles: el DNI, el libro de familia, y algo más.
A Inés se le puso la piel de gallina.
¿Cuándo fue?
Hace una semana. Dijo que por si acaso, que no nos preocupásemos.
Inés fue al cuarto de Ramón llevaba medio año durmiendo en el sofá por la espalda.
Abrió su escritorio. Papeles, recibos, todo patas arriba.
En el fondo, una carpeta.
La abrió. Y se le fue el mundo.
Contrato de aval.
En negrita: Ramón Sánchez López se compromete como avalista de un crédito de ciento diecisiete mil euros.
El deudor: Sánchez Javier López.
Su hermano. Ese que hace cinco años se metió en líos, dejó a los padres al borde del infarto y luego desapareció dos años hasta que se calmaron los acreedores.
Ciento diecisiete mil euros.
Inés se dejó caer en el sofá. Siguió leyendo.
El coche como garantía. El familiar, el que terminaron de pagar el año pasado.
Y más papeles: intención de hipotecar el piso. ¡El piso! Ese minipiso de dos dormitorios donde vivían los tres.
Dios mío… susurró.
Ya entendía por qué Ramón se puso así ayer. Por qué explotó hablando de dominadora y de no soporto más. Lo suyo no era solo pasotismo: era huida. Miedo. Se escondía detrás del ordenador y la cerveza para no enfrentar lo que había hecho.
Llamó a Ramón.
Colgó.
Insistió.
¿Qué? escupió él, seco.
Ven a casa. Ya.
No voy. No quiero hablar contigo.
Pues yo sí. Sobre Javier. El crédito. Y cómo estabas a punto de arruinar a tu familia por ese hermano tuyo que ni se acuerda de ti.
¿Has encontrado los papeles?
Los he encontrado. Ven ahora o voy a buscar a tu Javier y se lo cuento todo.
Ramón apareció una hora después.
La inmadurez no es debilidad, es cobardía
Ramón entró hecho polvo, malhumorado, oliendo a resaca.
Lucas, en su cuarto Inés le pidió que no saliera.
Siéntate dijo Inés, con calma.
Él se sentó. Mirando al suelo.
Ciento diecisiete mil euros empezó. Con el coche y el piso de garantía. Por tu hermano, que ya te hizo lo mismo hace cinco años.
No tienes ni idea resopló Ramón.
Explícate.
¡Javi está en un lío! Hundió su empresa, los bancos le están apretando. Es mi HERMANO. ¡Cómo iba a decirle que no!
Inés soltó una risa amarga.
¿Y consultarme a mí? ¿Eso sí podías?
Ni te ibas a enterar susurró él.
Y habría hecho bien, porque esto es una locura. Ramón, tenemos un hijo. Una hipoteca aún por diez años. Estamos con el agua al cuello. ¿En serio quieres atarte a ese préstamo?
Javi lo devolverá.
¿Como devolvió el del último fiasco? dijo ella, en pie. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas del infarto de tu padre? Dijiste que nunca más le ayudarías.
La gente cambia.
La gente no cambia, Ramón. Javier es un gafe. Un eterno pedigüeño. Va saltando de drama en drama. ¿Y ahora tú quieres ser su salvador otra vez?
Él no contestó. Seguía con la cabeza agachada. Como un niño castigado.
Cuando toca escoger entre un hermano y tu familia
De pronto, Ramón se levantó de golpe.
No podía dejarle tirado. ¡Es mi hermano!
¿Y yo qué soy? Inés se puso frente a él. ¿Y Lucas? ¿Somos figurantes?
Sois mi familia… Pero también Javi lo es.
No, Ramón negó ella. La familia es con quien cargas a diario, no el que solo viene cuando quiere algo. Y tu hermano solo viene a pedir. Siempre. Y tú caes, y nosotros pagamos.
Silencio.
Inés encendió el portátil. Entró al banco.
¿Qué haces? se puso nervioso Ramón.
Cambiar el acceso a la cuenta común. La de la nómina. De ahí pensabas pagar el crédito, ¿no?
¡No puedes hacer eso!
Claro que puedo resolvió ella. Es mi sueldo. Tú llevas cinco años de chapuza en chapuza y trayendo apenas cuatro duros.
Un golpe bajo. Pero merecido.
Ramón se quedó blanco.
Inés…
Mañana voy al abogado siguió ella, tecleando. Quiero saber cómo proteger el piso. Y si hace falta, pedir el divorcio, reparto, y quitarte el acceso a la casa.
¿Me estás amenazando?
No. Me estoy defendiendo. Y defendiendo a Lucas. De ti.
Ramón agarró el abrigo.
Pues haz lo que te salga. Me voy a casa de Javi. Firmaré los papeles. Vive tú con tu control y tus cuentas.
Si lo firmas, presento el divorcio hoy mismo.
Él se paró, cabizbajo.
¿Lo dices en serio?
Por supuesto. Llevo diecisiete años sacando esto adelante sola. Pagando. Criando a Lucas. Mientras tú pasabas pantalla en la consola y yo tragaba. Porque al menos no bebías, ni pegabas, ni me engañabas… pero ahora quieres arrastrarnos a la ruina por ese adicto a las deudas. Esto es el final.
¡Pero es que él me lo pide!
Claro, siempre lo hace. Hace cinco años, diez, siempre igual. Javier es un profesional del chantaje emocional y tú, el típico que pica.
Ha jurado devolvérmelo.
Ramón le cogió de la mano. Abre los ojos. No va a devolver nada. Solo sabe pedir y desaparecer.
Esta vez es distinto.
¿Distinto? perdió la voz. ¿El préstamo es más grande? ¿O es que ahora quiere estamparnos a nosotros en vez de a tus padres?
Cuando la verdad duele más que el amor
Lucas salió de su cuarto.
Mamá… Papá… ¿qué pasa?
Ambos enmudecieron.
Lucas les miraba, asustadísimo. Con ese miedo que se le mete a los niños cuando sienten que su mundo se va a romper.
Papá susurró Lucas, ¿de verdad vas a firmar ese crédito por el tío Javier?
Ramón se quedó de piedra.
¿Has oído todo?
Sí. Lucas se limpió las lágrimas con la manga. Papá, ¿si el tío no paga… nos quedamos sin casa?
No, hijo mintió Ramón. Todo irá bien.
No saltó Inés. Lucas, a tu cuarto ya.
Pero, mamá…
He dicho que vayas.
El niño se fue.
¿Lo has visto, Ramón? Tu hijo tiene miedo. Miedo de perder su casa. Con doce años debería estar pensando en fútbol y en los amigos, no en deudas.
Ramón se dejó caer en el sofá, la cara tapada.
No sé qué hacer…
Sí lo sabes cortó ella. Escoge: ¿hermano o familia? Ahora.
No es tan fácil, Inés.
Es más fácil que el mecanismo de un botijo. Llamas a Javier y le dices: Lo siento, no puedo, tengo familia. Ya está. Tres frases.
¿Y si le pasa algo?
Si pasa, pasará con o sin ti dijo ella, resignada. Tu hermano es así. Va de drama en drama, mete la pata, pide, no devuelve, y así todo el tiempo. ¿Quieres hundirte con él?
Silencio.
Inés sacó el móvil.
Tienes un día. Si mañana por la tarde no has llamado para rechazarlo, empiezo los trámites del divorcio. No hay más opciones.
Ramón llamó al día siguiente.
Inés estaba en la cocina con la abogada, una mujer de unos cincuenta, muy templada, que le explicaba cómo proteger el piso.
Vibró el móvil. Ramón.
Dime.
He llamado a Javi.
Pausa.
¿Y…?
Le he dicho que no.
Inés cerró los ojos y soltó el aire despacio.
¿Cómo se lo ha tomado?
Me ha llamado traidor. Dice que ya no tengo hermano. Ya no me habla. La voz de Ramón temblaba. Tengo miedo de que le pase algo, Inés.
No le va a pasar nada contestó ella firme. Encontrará a otro que le pague el numerito. Siempre encuentra.
Volvió a casa una hora después. La abogada se había marchado, dejando los papeles en la mesa.
Ramón entró y, por primera vez en mucho, tenía cara de hombre cansado, no de adolescente mago del FIFA.
¿Lucas duerme? preguntó.
Sí.
Se sentaron juntos.
Inés puso delante los papeles.
Esto empieza de cero. Tienes que buscar un trabajo de verdad, no de mientras. Compartes gastos. Compartes la crianza. Irás a las reuniones del cole, a las extraescolares, y todo por la mitad. Y nada de secretos ni decisiones a escondidas.
Ramón asintió, callado.
Vale, lo intentaré.
Tres meses después
Ramón está currando de comercial en una empresa de reformas.
Inés ha dejado de controlarlo todo. Ha respirado. Y resulta que Ramón sabe hacer la cena, ayudar con los deberes, hasta ha ido él solo a su primera reunión de padres.
De Javier nunca más se supo; cambió el móvil y se esfumó.
Y por primera vez en diecisiete años, Inés sintió que vivía. Que no tiraba de nadie. Que sencillamente, vivía.
Con un marido que, por fin, había aprendido a ser adulto.







