¡Aléjate de mí! le gritó Clara a Lucía, quien estaba llorando desconsolada. Haz tu propia vida sin él.
Pero Pablo es mi marido. Tenemos una hija juntos. No puedes construir tu felicidad sobre la desgracia de otra persona.
¡No empieces! No es normal vivir sin sentimientos. No es Pablo quien abandona a la niña, eres tú. No tengo ningún inconveniente en que vea a su hija.
Clara se giró y se marchó. Aquella noche, Pablo decidió poner fin a todo. Recogió sus cosas y dejó a Lucía. Ella le suplicó que no cometiera una locura. Quiso averiguar en qué era mejor su rival.
No puedo seguir viviendo contigo. No me importas. No es lo mismo que con Clara. He empezado a vivir de verdad con ella.
Pasaron varios meses. Al principio, Lucía no podía recuperarse. Pero poco a poco comprendió que debía seguir adelante, por difícil que fuera. Su hija seguía creciendo. Lucía es economista de profesión.
Decidió buscar trabajo como contable. Durante la entrevista, el director de la empresa, don Ernesto, mostró cierta simpatía hacia ella. Le impresionó la responsabilidad y las ganas de aprender de Lucía. Por suerte, la madre de Lucía accedió a cuidar de su nieta mientras ella trabajaba.
Lucía se volcó en su carrera profesional y aparcó su vida personal. Tras varios años de trabajo constante, Lucía demostró ser una gran empleada y, con el tiempo, fue nombrada subdirectora.
El único hombre con el que trataba a menudo era su jefe. Don Ernesto siempre fue respetuoso y atento. Lucía comenzó a sentir cierta simpatía, pero él estaba casado y tenía hijos, así que Lucía no quería pensar en que pudiera haber algo más.
El caso de Ernesto fue diferente. Un día le confesó a Lucía que estaba dispuesto a dejar a su esposa y que llevaba tiempo enamorado de ella. Aseguró que no iba a desatender a su hija.
La experiencia anterior de Lucía había dejado una huella profunda y no sabía qué hacer.
Recordaba perfectamente las palabras que le dijo a la amante de su entonces marido: No puedes edificar la felicidad sobre el sufrimiento ajeno.
Pero Ernesto no cejaba en su empeño. Poco a poco, su relación laboral fue tornándose más cercana. Ernesto repetía la misma frase a Lucía: ya no amaba a su esposa, su boda había sido un error, ambos sufrían por esa indiferencia. Ella mantenía su postura. De hecho, había escuchado una conversación entre Ernesto y su esposa y sabía exactamente por lo que estaba pasando la otra mujer. Lucía no podía atreverse a alejarlo de su familia, y además temía enfrentar inevitablemente a la mujer. Y así fue, un día al salir del trabajo, Lucía vio que una mujer se dirigía hacia ella. Sin dudar, supo quién era.
Cuando se acercó, la mujer se detuvo ante ella, atónita.
¿Eres tú? preguntó la mujer.
Sí, soy yo, respondió Lucía, apenas en un hilo de voz. Frente a ella estaba Clara.
Empezó a decirle a Lucía que había tenido razón desde el principio. “No puedes construir tu vida sobre el dolor de otra persona”.
¡Acuérdate de lo que me dijiste hace años! dijo Lucía fríamente.
Sí, me equivoqué. No tenía ningún derecho a quitarte a tu marido. Tarde o temprano todo se paga. Pero te suplico que no me lo quites a mí. Nunca he amado a nadie como a Ernesto. Por él dejé a tu exmarido. No puedo vivir sin él. Tú has estado antes en mi lugar, sabes cuánto duele. Tienes que comprenderme. Además, la vida es como un bumerán. Tú tienes una hija.
¡Cállate!, gritó Lucía.
Lucía no sentía ganas de vengarse, ni siquiera de Clara. Pero Ernesto consiguió convencerla de que tenía derecho a ser feliz.
Lucía, si sigo con Clara, seremos tres personas infelices: ella, tú y yo. Nada cambiará. No la quiero y, sinceramente, nunca la amé. Me dejé arrastrar por su insistencia. Tarde o temprano, la dejaré.
Lucía reflexionó y pensó que Ernesto estaría realmente mal con Clara. Y, en el fondo, ella también sería infeliz si él permanecía en ese matrimonio. Así, se dio la oportunidad de buscar su propia felicidad.
Hoy, tras pasar por todo aquello, aprendí que no podemos controlar los sentimientos ni el destino, pero siempre debemos actuar pensando también en el sufrimiento ajeno. La vida, tarde o temprano, nos da una lección de humildad.






