Ya no soy su esposa

Ya no esposa

Oye, Paco, ¿te has tomado la tensión hoy? ¿La pastilla? me preguntó Carmen asomándose a la habitación, con las manos húmedas todavía del fregadero y secándose en el delantal.

Por favor, Carmen, déjame ya con la tensión gruñí yo, sin apartar la vista del móvil. Tengo reunión en una hora. ¿Dónde está mi camisa azul de algodón, la buena? ¿La has planchado?

Si, si te planché ayer tres camisas, y me dijiste que esa había que llevarla a la tintorería, que tenía una mancha

¡Siempre te lías con todo! No se te puede confiar nada. Da igual, dame cualquiera. Pero hazme un té fuerte, por favor. El tuyo de manzanilla ya me tiene hasta aquí.

Noté cómo Carmen tensaba los hombros, pero no respondió. Se marchó a la cocina.

Fuera, noviembre se vestía de gris y agua. La fachada de enfrente, de ladrillo visto, mostraba todas las ventanas oscuras, menos un par encendidas aquí y allá. Carmen Vázquez de la Peña, cincuenta y seis años, permanecía de pie ante la vitrocerámica, contemplando cómo el agua hervía en el antiguo hervidor, con la boquilla mellada. Había pensado en cambiarlo en primavera. No llegó a hacerlo. Nunca había tiempo.

Preparó el té fuerte, como a mí me gustaba, en una taza grande, sin manzanilla ni menta. Apiló en una bandeja un par de tostadas con mantequilla y queso las había hecho a las seis de la mañana, cortó tomate, aunque ya noviembre los dejaba insípidos, pero bueno, vitaminas. Llevó todo a la sala.

Yo, Francisco Gutiérrez Ortega, cincuenta y ocho años, estaba en el sillón móvil mirando el móvil. Hacía tres meses que me habían ascendido a jefe de sección en la compañía de ingenieros. Antes era ingeniero del montón desde hacía veinte años. Pero después de que Mariano Cárdenas se jubilara, me tocó a mí por antigüedad. El ascenso trajo consigo trescientos euros limpios más en la nómina y un despacho propio. Y algo cambió en mi forma de mirarme y mirar el mundo alrededor.

Déjalo ahí le indiqué, señalando la mesa.

Carmen dejó la bandeja. Dudó un instante.

En serio, Paco, tómate la pastilla. Ayer decías que te dolía la cabeza.

Dije que me dolía entonces. Hoy no. Déjame, que tengo que llamar a la oficina.

Salió y se quedó parada en el pasillo, frente a la percha, donde colgaba mi abrigo, su chaqueta rellena y el paraguas desfondado. Se quedó mirando la nada. Y después se puso a limpiar los marcos de la ventana de la cocina, porque no sabía qué hacer con su cuerpo en aquel momento.

Así llevábamos casi tres semanas. Desde el ascenso y desde que volví de un curso de la empresa en Segovia, cambiado. Volví más estirado, con corte nuevo de pelo, y cara de otra persona. Carmen, al principio, se alegró. Se había animado el hombre, pensó. Pero después empezó a notar detalles.

Ahora criticaba la comida. Antes comía y callaba, pero ahora el gazpacho estaba insípido, las albóndigas secas, y la ensalada mixta “no era comida para un jefe”. Un día le solté:

Carmen, tendrás que aprender a cocinar algo decente. Un pescado al horno, una buena ensalada normal, no tu ensaladilla una vez al año.

Carmen hizo pescado. Y ensaladas. Yo comí callado. Pareció que todo iba bien. Pero al día siguiente, volví del trabajo y le comenté que la mujer de mi nuevo colega del curso, Ignacio, no trabajaba y se ocupaba plenamente de la casa. Y, según yo, “parecía una persona”.

Carmen guardó silencio. Bien podría haber objetado: lleva cuatro años sin trabajar, manejando el hogar, yendo al ambulatorio por mis recetas, haciendo cola en la farmacia por mis pastillas de tensión y colesterol, recordándome tomarlas, hasta llevando mis ruedas al taller, porque yo “no tenía tiempo”. Pero no dijo nada, por costumbre.

Hasta que hace dos días sucedió algo que ya no le permitió callar.

Llegué a casa como a las ocho. Carmen estaba retirando un caldo de pollo del fuego ligero, hecho con paciencia para mi colesterol. Olía a laurel y zanahoria.

¿Por qué tardas tanto? preguntó ella asomándose a la cocina.

Me he entretenido respondí, dejándome los zapatos ahí mismo, no en la zapatera.

La sopa está lista, siéntate.

Entré a la cocina, miré la olla con fastidio.

¿Otra vez pollo?

Por tu colesterol, Paco, el médico ha dicho

Ya sé lo que tengo. Pero estoy harto de comer comida de hospital en casa.

Serví la sopa en platos, corté pan. Comí y me largué a la sala dejando el plato. Más tarde Carmen se acercó para decir que había compota, si quería.

Yo estaba sentado en el sillón, mirando algo en el móvil. Vi algo rosa en la pantalla; Carmen no alcanzó a ver más. Yo lo volteé.

¿Vas a querer compota? preguntó.

Levanté la vista y la miré largo. Como evaluando.

No dije. Y añadí, tras un silencio: Mírate un poco.

Tardó en entender.

¿Cómo?

Digo que te mires. ¿Cuándo fuiste a la peluquería? El pelo lo llevas colgando. Ese batín de cuadros tuyo Vas como una vieja de pueblo.

El grifo de la cocina goteaba. Se oía algo de Telecinco en el piso de al lado.

Paco susurró Carmen.

¿Qué? Digo la verdad. Ahora voy a reuniones, a actos de empresa. La gente viene y la mujer tiene que lucir. Tú vaya pinta.

¿Gente viene? repitió. No trajiste a nadie en tres meses.

¡Porque me da vergüenza! subí la voz, y ese “vergüenza” cayó como un ladrillo. La mujer de Sanz sí da gusto verla; siempre arreglada, moderna. Tú has engordado, el batín, el pelo sin teñir

Francisco dijo, usando mi nombre entero, raro en ella. Casi tienes sesenta años. Yo cincuenta y seis. No somos unos chavales.

¡Por eso mismo hay que cuidarse! Yo me he apuntado al gimnasio. Y tú todo el día en casa y ni siquiera

Todo el día repitió con extraña calma. Vale, Paco. Lo he entendido.

Salió de la sala, cerrando suavemente. En la cocina, guardó el pan, apagó la luz. Hacía todo en automático. Pero algo dentro de ella se movió. No se rompió, sólo cambió de sitio, como cuando mueves los muebles y al principio desconcierta, pero luego lo ves lógico y piensas: ya tocaba.

Aquella noche no dormí bien. Carmen tampoco. Se quedó mirando al techo. Escuchaba mi respiración, pensativa.

Pensó en los diez años últimos en modo servicio. Levantarse temprano, cocinar, limpiar, recorrer farmacias Apuntaba cuándo se terminaban mis medicinas (enalapril para la tensión, rosuvastatina para colesterol, condroprotectores para las articulaciones que costaban un dineral). Apuntaba todo en un cuaderno. Nada de esto contaba ya, después de lo que yo le solté aquella noche.

A la una de la mañana Carmen tuvo una idea clara: basta.

No “me voy”, ni “me divorcio”, ni “armo un escándalo”. Simplemente: basta de hacer cosas que no se notan ni se agradecen. Basta de ser un recurso como un grifo: lo abres, sacas agua, lo cierras. Ahora que se cuide él.

Por la mañana, se levantó como siempre a las seis, hizo su infusión de manzanilla sólo para ella (la que yo odiaba), se sentó con su taza y el móvil. Se metió en la web de la peluquería del centro comercial, la cara (cuarenta euros el corte), reservó cita para el miércoles. Buscó cursos de marcha nórdica en el parque del barrio, gratuitos los martes y jueves por las mañanas, apuntó en el móvil.

Cuando entré en la cocina a las siete, sólo estaba mi taza. El pan en la panera, la mantequilla en el frigorífico.

¿Y el desayuno? pregunté.

Hay pan, mantequilla, el queso en la nevera contestó Carmen, sin apartar la vista de la pantalla.

Me quedé parado; preparé mi té, me corté el pan, desayuné de pie, y salí para el trabajo sin más.

Carmen vio cerrar la puerta y sintió alivio.

El miércoles fue a la peluquería. La peluquera, una chica joven con el pelo rapado de un lado y varios pendientes, revisó su melena.

¿Cuánto llevas sin teñirte?

Tres años, más o menos.

Tienes buen pelo. Vamos a hacer un color y dar forme.

Estuvo allí dos horas y media. Se miró mientras veía cómo cambiaba su reflejo en el espejo. Salió diferente. No joven, pero viva. Un poco más ella.

Gastó ochenta euros. En el súper se compró una crema de rostro buena, específica para piel madura, dieciocho euros. Dudó en el lineal, pero se acordó de la mujer de Sanz y se la llevó.

Por la tarde me fijé en el pelo, pero no dije nada. Tampoco ella.

A la semana siguiente, mis pastillas de la tensión se acabaron. Antes, Carmen lo anticipaba y compraba antes de que se terminara. Esta vez, dejó la caja vacía en mi mesilla. Yo la ignoré. Al día siguiente, busqué la caja y veo que está vacía.

¡Carmen! ¡No hay pastillas!

Lo sé.

¿Y por qué no las compraste?

Eres mayorcito, Paco. Puedes ir tú.

Pausa. Larga.

Tengo que trabajar.

Yo también tengo mis cosas.

No detalló qué cosas. Eran ciertas: los martes y jueves hacía marcha nórdica por el Retiro, y allí conoció a dos mujeres, Inés y Rosario. Inés era jefa de estudios en un cole y se reía fuerte; Rosario, jubilada y discreta. Paseaban, hablaban, respiraban aire, y eso era un descubrimiento que Carmen ni imaginaba.

Al final fui yo a la farmacia. Puse mi caja en la mesilla. Sin comentarios.

Por entonces Carmen llamó a su amiga Luisa Martín, excompañera de contabilidad:

¿Luisita, libre el sábado?

¿Para qué?

¿Vamos al cine o a tomar un café, aunque sea?

¿Todo bien? se extrañó. Hacía años que no se veían para eso.

Mejor que nunca dijo Carmen.

Quedaron en Callao y Luisa, al ver el pelo de Carmen, exclamó:

¡Chiquilla! ¡Pero qué cambio!

Por fin fui a la peluquería.

Ya era hora bromeó Luisa. Fueron a una cafetería. Latino y tarta junto a la ventana. Fuera caía la primera nevada súbita de Madrid.

Cuenta. pidió Luisa.

Y Carmen contó: del ascenso, del curso, del nuevo Paco, del gazpacho insípido y la mujer de Sanz. Del “mírate al espejo” y el “me da vergüenza”. Lo dijo como si relatase una peli ajena.

Luisa removía el café pensativa.

¿Y qué vas a hacer?

Nada en especial. Simplemente he dejado de hacer todo lo que él no valora. No por fastidiar: por innecesario.

Innecesario repitió Luisa. Lo entiendo. Pausa. Bien hecho.

No sé si bien o mal, pero así no podía seguir.

Luisa asintió y probó su tarta.

¿Lo nota?

Que ya no corro a por sus pastillas, sí. Que no plancho a diario, también. Ayer se sacó una camisa arrugada y se la puso en silencio.

¿Y bronca?

No. No sabe qué decir. Está acostumbrado a que yo calle. Pero ahora callo de otra manera.

¿Y divorcio? preguntó Luisa.

Lo pienso, pero no ahora. Primero quiero saber quién soy sin todo esto. Ni sus pastillas, ni su gazpacho, ni sus camisas. Llevo años sin verme.

Tomaron otro café. Más tarde se despidieron, se abrazaron bajo la nieve.

En el metro Carmen pensó que hacía seis, siete años que no quedaba así para charlar. Siempre había algo más importante. Siempre Paco y sus cosas.

En casa él estaba ante el televisor. En la cocina una taza sucia, un plato de huevos revueltos hechos por él. Carmen vio la vajilla, la dejó donde estaba.

¿Dónde estabas? preguntó él, sin girar.

Con Luisa.

Has tardado.

Sí.

Se fue al baño, se lavó la cara y se puso la crema nueva. Se miró al espejo. Nada terrible: cincuenta y seis, cara mayor, pero viva. Arrugas junto a los ojos. El pelo claro. Era una mujer madura, y estaba bien.

Diciembre llegó con frío verdadero. Carmen compró botas de piel, no las de plástico baratas que usó los últimos inviernos. Gastó ciento veinte euros y ni se arrepintió.

En casa algo sutil cambiaba. Seguía cocinando, pero ya no especialidades de dieta. Hacía lo que le apetecía. Cocido con pringá, pollo con patatas, a veces raviolis de bolsa. Las hamburguesas al vapor, ya no.

Sus camisas se lavaban mezcladas con el resto, sin programa especial. Antes las lavaba aparte para cuidar la forma. Ahora no.

Paco lo notaba. Callaba. En ocasiones soltaba un comentario hosco.

¿Otra vez raviolis?

Sí, raviolis contestaba Carmen sin más.

Ya no cocinas

Hice sopa ayer. Y asado el domingo.

Él se marchaba refunfuñando, sin saber bien por qué. No podía decir en voz alta: “¿Por qué ya no giras alrededor de mí?” Hasta para él era demasiado.

Carmen, mientras, seguía con sus rutinas. En el parque los martes y jueves, más cerca de Inés, que recomendó a un buen ginecólogo. Carmen pidió cita, por fin. También entró en un curso gratuito de acuarela en la biblioteca del barrio, los miércoles. No es que amase pintar simplemente, por qué no. Dos horas el miércoles, el mundo en pausa.

A mediados de diciembre Paco fue quedándose más en el trabajo. Antes eso la hubiera inquietado, pensado en la cena esperando. Ahora comía sola y se acostaba cuando le venía en gana. Él a veces llegaba a las nueve, a las diez. Una vez casi a medianoche. No preguntaba. Él tampoco explicaba.

Lo de que había otra mujer lo adivinó más que nada por un perfume extraño una tarde. Un olor dulce y fuerte, distinto al de la oficina. Entendió. Curiosamente, no le dolía. Esperaba el dolor y descubrió que no. Sentía otra cosa: liberación de responsabilidad. Si se iba, eso era decisión suya, no un fracaso de ella.

No dijo nada. Ni preguntó.

Eso duró como tres semanas. Él se ausentaba, respondía a llamadas desde el baño. Una noche escuchó tras la puerta: “…pues claro, Elena, el sábado…”. Elena. Vale.

En esas semanas Carmen pensó mucho. Treinta y dos años juntos, un hijo, Miguel, en Barcelona con mujer y dos hijas. Pensó en la juventud de Paco, más alegre y bromista. En cuándo se transformó. Había sido un cambio lento, como el agua que anega el sótano.

Reflexionó también sobre sí misma, en todo lo que había sacrificado y olvidado de su propio ser. No sólo su imagen, sino que ni sabía ya qué le gustaba. Música, libros, viajes… todo sacrificiado en años de gazpacho y pastillas.

El taller de acuarela se volvió muy importante. Carmen se sentaba allí en la biblioteca, y la profesora, doña Mercedes, le enseñaba a mezclar colores. Un día, pintando una manzana y la ventana, la profesora le dijo: “Tienes buen ojo para el color, Carmen”. Un simple comentario que fue mucho más valioso de lo que Paco hubiera dicho jamás.

En enero, la historia con Elena llegó a su fin. Lo supe por la cara de Paco, no porque me lo contara. Volvió a la rutina: llegaba a las siete y veía las noticias. Ya no llamaba aparte. Se le notaba desinflado. Tenía más tos.

Yo cocinaba mi sopa, él la comía. A veces, se sentaba en la cocina cuando yo tomaba té y decía sin interés:

Hace frío hoy.

Dicen que va a haber heladas.

Ajá.

Fin del diálogo.

Lo de Elena lo supe después, por un viejo amigo común, Pedro Valle, que me llamó para preguntar algo de la casa del pueblo y soltó: “Me han contado que el Paco estuvo liado con una tía, pero que ella le dejó en nada”. Carmen sólo le respondió: “Eso he oído”.

Imaginé el resto: la tal Elena pensaba que tendría a un jefe acomodado, restaurantes y vida de novela, y encontró a un hombre de cincuenta y ocho años con tensión alta y muchas exigencias de mujer servicial. Eso dura poco.

No sentí lástima. Era como cuando un dolor de muela acaba. Te quedas en paz, sólo eso.

En febrero su salud lo traicionó. Ya no tomaba sus pastillas con el rigor que yo tenía. Unos días sí, otros no. Vi las cajas desordenadas; una vez se metió dos pastillas porque se había saltado la de antes. Callé. Que asuma los riesgos, ya es mayor.

Su tensión subía. Se le veía pálido, a veces se quejaba de ruidos en la cabeza. Dormía mal y un día me dijo:

Hoy me mareo un poco.

Ve al médico le dije.

Bueno, ¿me pides hora?

Llama tú a la consulta. El teléfono está en el papel del seguro.

Él me miró. Yo tomaba mi infusión.

No sé cómo va eso.

Paco, eres jefe de sección. Sabes usar un teléfono.

Al final lo hizo. Fue al ambulatorio, trajo una nueva receta. Más pastillas que añadir.

¿Las compras tú?

Si paso por ahí te las cojo. Dame el dinero.

Parece que le sorprendió. Antes lo gestionaba yo con el dinero de la casa. Ahora, así.

Me lo dio. Compré el medicamento, lo puse con los otros, sin explicación ni notas de horarios.

Marzo trajo el deshielo. La nieve se fue y el parque estuvo lleno de charcos. Carmen empezó a andar más por gusto, no por ejercicio. Compró una chaqueta de entretiempo, ajustada, beige claro. Se probó delante de un espejo y pensó que hacía mucho que no se compraba algo sólo por verse bien.

En marzo vino Miguel con su mujer Laura a pasar unos días. Miguel era alto, de cuarenta, parecido a Paco de joven pero más blando de carácter. Laura era muy maja, tranquila. Trajeron miel y una caja de polvorones.

La primera noche cenamos todos juntos. Carmen preparó patatas al horno, ensaladilla rusa, un aspic que le enseñó su madre. Paco estuvo callado, comió poco. Miguel hablaba de su trabajo, Laura me preguntó por las clases de acuarela.

¿Pintas, mamá?

Estoy aprendiendo.

Qué bueno. Enséñamelo luego.

Carmen le enseñó unas láminas: unas manzanas, una jarra de flores, una vista desde la ventana de la biblioteca. Miguel las miró serio; Laura decía que eran preciosas.

Mamá, pareces más joven, en serio.

Sólo he ido por fin a la peluquería dijo mi mujer.

Vi a Miguel mirando a su padre, pero no preguntó nada más delante de Laura.

Al día siguiente, mientras Laura iba de compras, Miguel pasó a la cocina.

¿Todo va bien, mamá?

¿Por?

Papá parece no sé

¿Qué?

Apagado. ¿Está enfermo?

Tiene la tensión fatal. Él gestiona sus pastillas.

Miguel se quedó pensando, jugueteando con un trozo de masa.

¿Os habéis peleado?

No, hijo. Y era verdad. No había pelea. Eran líneas paralelas bajo el mismo techo.

Mamá, si algún día necesitas

Miguel, de verdad. Estoy bien.

Y me creyó, porque yo misma lo sentía.

Se marcharon el domingo. Quedó el piso en calma. Carmen fregó, recogió la cocina. Paco vio la tele.

Tarde, Paco se acercó con un vaso de agua.

Qué bien está Miguel murmuró.

Sí, está bien.

Y los niños Dejó la frase.

Sí.

Bebió, dejó el vaso y se marchó.

Abril llegó con un susto. Paco tuvo una crisis hipertensiva, sin ambulancia, pero casi. Al levantarse, le dio un mareo, se dejó caer en el pasillo.

Carmen, me encuentro mal.

Fui. Lo vi sentado, sudando.

Vamos al dormitorio dije.

Le ayudé a ir a la cama. Tomé el tensiómetro. 185/110. Grave.

Toma el captopril que tienes para emergencias. Quieto ahí, luego repetimos.

¿Y tú qué haces?

Voy a la cocina.

En la cocina puse el hervidor y oí cómo Paco rebuscaba pastillas. Al cabo de una hora bajó a 160/95. Mejor.

Quédate en casa hoy le recomendé. No vayas al trabajo.

Pero tengo que

Llama y di que estás enfermo.

Así se quedó. Le llevé té y un poco de pan seco. No porque me lo pidiera, sino porque está mal mirar a alguien pasarlo mal y no hacer nada.

Él miró al techo.

Carmen balbuceó tras un rato.

¿Qué?

Creo que he hecho el idiota estos meses.

No respondí enseguida. Me senté al borde de la cama.

Sí, Paco dije tranquila. El idiota.

Bueno Miró al techo. El ascenso este, no sé Se me subió. Pensé que todo tenía que cambiar, que por fin había logrado algo.

Y lo has logrado. Jefe de sección.

Ya Y tú sigues igual Calló. No quería decir eso.

Sé lo que querías decir.

Me levanté y recogí la taza. Volví a la cocina. No hubo reconciliación, ni abrazos, ni lágrimas. Sólo eso: reconoció que se había portado como un idiota. Vale.

Pasó abril, llegó mayo. Seguía yendo al parque y a acuarela. Inés me invitó al teatro, compramos dos entradas en la fila ocho del principal, hacía diez años que Carmen no iba. Sentada allí, con zumo en la mano, mirando actores de carne y hueso, pensó que así era bueno vivir.

A sus cincuenta y seis, Carmen empezó a comprender que esto no era el final, sino algo distinto.

Con Paco seguíamos en modo convivencia paralela. Ya no criticaba la comida ni mencionaba a la señora de Sanz. Hablábamos de cosas prácticas; a veces coincidíamos en la sala, él con la tele, yo leyendo un libro que recomendó Inés. Era pacífico y casi cómodo, pero yo ya no me sentía atada por obligación.

Un día me pidió encargarle el medicamento en la farmacia online.

No me aclaro, y tú te manejas mejor

Es sencillo. Buscas el nombre, añades a la cesta, eliges farmacia.

Sí, pero tú lo haces mejor.

Y tú puedes aprender.

Le enseñé. Lo hizo solo.

Comprendí que eso era importante: no hacer por otro lo que puede hacer él mismo. Antes pensaba que cuidar era hacer todo. Ahora veía que era otra forma de control y anulación.

En junio llegó el calor. Carmen se compró un vestido de verano de flores. Se lo puso y se miró en el espejo. Nada de vieja. Mujer, simplemente.

Las parejas mayores llevan su convivencia en formas miles. Algunos en guerra, otros en dulce amistad, otros ni frío ni calor. Lo nuestro era cuarto modelo: ni paz ni guerra, pero tampoco indiferencia. Dos vidas en paralelo bajo el mismo techo.

El futuro lo desconocía. A veces volvía a la pregunta de Luisa sobre el divorcio. No la descartaba, pero tampoco la apuraba. Primero, tenía que terminar de encontrarse.

El verano pasó. Fue a Barcelona con Miguel dos semanas, sola, por fin. Él se quedó por trabajo o eso dijo. Allí Carmen cocinó para sus nietos Claudia y Sofía. Fue un cariño distinto.

Miguel, por las noches, le preguntaba cómo estaba de verdad. Y ella respondía la verdad: difícil, pero ahora sí, bien.

Volvió a Madrid con la piel tostada y ganas de seguir. Paco la recibió en el portal, recogió su bolsa. Fue suficiente.

Agosto fue bochornoso. Carmen se compró un ventilador para el cuarto y un melón que compartió con Paco. Él le dio las gracias por primera vez en meses.

En septiembre, ya frescos los amaneceres y los álamos amarillos, sucedió lo que secretamente yo ya esperaba.

Un viernes por la noche, Paco llegó pálido.

Carmen, me encuentro mal.

¿Qué tienes?

La tensión, la cabeza y aquí se tocó el pecho, como una opresión.

¿Desde cuándo?

Desde mediodía. Pensaba que se pasaría.

¿La pastilla?

A las tres. No me ha hecho mucho.

Siéntate.

Le medí la tensión: 190/115. Muy mal.

Paco le dije. Es grave. Llama a urgencias.

Bah, igual con otra pastilla

No. Hay dolor en el pecho y 190; hay que ir al hospital.

¿Llamas tú?

En ese instante me paré. Lo vi: cara ceniza, ojos asustados, la mano en el pecho. Sentí pena, compasión genuina. Era un hombre mayor, asustado, enfermo.

Pero sentí también algo más: la certeza de que, tras un año viéndome sólo como un decorado, tras decirme palabras que dejan huella, yo ya había dejado de ser su mujer mucho antes de que él lo notara.

Tienes el teléfono, Paco. Sabes el número de emergencias.

Me miró sin entender.

¿Qué?

Llama tú. Marca el 112, di la dirección, la tensión y el dolor en el pecho.

Pero ¿no me ayudas?

Ya te ayudé: te tomé la tensión y te dije qué hacer. Ahora lo tienes que hacer tú.

Pero yo

Paco, eres adulto, jefe de sección. Puedes con esto.

Salí de la cocina y fui al cuarto. De la cocina, oí su voz, temblorosa:

Sí, llamo por una urgencia Dirección

Me serví mi infusión de manzanilla. Pasé lado de él, que hablaba con el operador de emergencias. Me lanzó una mirada fugaz. Fui a mirar por la ventana.

La calle abajo estaba vacía. El farol amarilleaba el asfalto mojado. Las hojas de los álamos cubrían el suelo.

Colgó.

Vienen dijo.

Bien.

¿Vendrás conmigo al hospital?

Me giré. Cara gris, mano en el pecho, miedo en los ojos. Me dio pena, lo humano. Pero ni triunfo ni venganza.

No, Paco. Los médicos te atenderán. Para eso están.

Cogí mi taza y volví al dormitorio. Desde la ventana vi las farolas y los bloques con luz al fondo.

En la cocina, pasos de extraños, voces rápidas y eficaces. Frases: tensión, ECG, a Urgencias. Oí la pregunta: ¿Su mujer? y su respuesta: Está, pero no vendrá.

El médico: Vale, póngase la chaqueta, vamos.

Puerta. Ascensor. Silencio.

A estas alturas, he entendido que hay tareas, amores y cansancios que sólo se sostienen porque dejamos que nos los cuelguen. Y que el respeto a uno mismo puede empezar un lunes cualquiera, con una cita de peluquería y un basta. Lo importante es recordar que, sin importar la edad, nadie puede quitarte tu propia vida, si te empeñas en recuperarla.

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Ya no soy su esposa