Ya no sois mi familia

Mamá, he traído a Celia la voz de Lucía resonó desde el recibidor, y Elena se despegó de sus apuntes de Derecho. La recojo esta tarde, me tengo que ir ya.

La puerta dio un portazo seco. Elena se dejó caer sobre la silla y se frotó el puente de la nariz. Unos segundos después entró su madre, Carmen, con la sobrina a cuestas. La pequeña Celia, de tres años, parpadeaba todavía medio dormida.

¿Otra vez? preguntó Elena.

Carmen asintió con resignación mientras depositaba a la niña en el suelo. Celia fue directa hacia la cama con la agilidad de quien ya ha hecho esto mil veces. Se subió, abrió el cajón de la mesita y sacó el libro de colorear y la caja de lápices. Se acomodó doblando las piernecitas sin decir ni mu: como si fuera su rutina de cada semana.

Elena se levantó y persiguió a su madre hasta el salón, donde Carmen rebuscaba en el armario su bolso de faena.

Mamá intentó Elena estoy en el último año de carrera. Me faltan tres meses para el TFG. Necesito estudiar, no

A Lucía hay que echarle una mano interrumpió Carmen . Ya sabes que su matrimonio fue un desastre. Ahora está intentando recomponer su vida personal. Tú deberías entenderlo.

¡Que la recomponga como quiera! Elena no pudo evitar bajar la voz hasta un bufido para que Celia, desde la otra habitación, no escuchase. Pero que deje de cargar el muerto a los demás. Es su hija, mamá, SU HIJA.

Carmen alzó la mirada finalmente.

No empieces otra vez. Tengo que irme a trabajar se plantó, cerrando la cremallera del bolso. Encárgate tú de la niña.

A Elena le salieron mil protestas, desde que era injusto a lo de su examen de Macroeconomía y el TFG atascado en la nube, pero con solo ver la cara de su madre supo que era inútil discutir.
Asintió resignada.

Carmen salió pitando y Elena regresó al dormitorio. Celia estaba concentradísima pintando un unicornio de morado, con la lengua asomando de esfuerzo.

Tita Elena, mira alzó el libro y le enseñó el resultado . ¿Te gusta?

Me encanta, tesoro Elena se sentó a su lado, apartando los apuntes hacia la esquinita de la mesa.

El día se volvió un caramelo pegado; largo y lento. Pintaron, vieron dibujos en el portátil, Celia pidió comida y Elena acabó haciendo macarrones mientras intentaba leer el manual abierto en la encimera. Las letras flotaban como si estuvieran bailando la sardana. Celia tiró el zumo sobre el mantel, después se cansó y empezó con las rabietas; ni dormía ni jugaba, solo exigía brazos. La estuvo paseando de un lado a otro, medio cantando cosas sin sentido, y cuando por fin la niña se durmió sobre su hombro, Elena ya era un trapo.

Por la tarde, cuando Lucía llegó a buscar a su hija, la encontró con Celia dormida acurrucada en sus brazos.

Venga, chiquitina se la llevó . Nos vamos.

Y se largó sin ni siquiera dar las gracias, ni preguntar cómo se había portado la criatura.
Elena estaba al límite.

Siguieron así dos meses: Celia apareciendo por sorpresa, Lucía evaporándose, y Elena intentando compaginar la carrera con el oficio de niñera. Aun así, milagrosamente, consiguió entregar el TFG, a costa de noches enteras escribiendo mientras la sobrina dormía en la habitación contigua.

Y entonces Lucía conoció a Jorge. Todo empezó a girar a velocidad de vértigo y, tres meses después, Elena estaba de invitada en el registro civil, viendo a su hermana lucir un vestido blanco junto a un hombretón que no dejaba de mirarla con ojitos de cordero. Carmen lloraba de emoción secándose los lagrimones con un pañuelito. Celia bailaba con su vestidito rosa nuevo entre las piernas de todos. Elena, dando palmas, se repetía que quizá esta vez Lucía sentaría cabeza y se ocuparía, por fin, de su propia familia.

Unos meses más tarde, Lucía tuvo un niño, al que llamaron Mateo. Elena llevó globos azul celeste y ramos al hospital y, mientras sostenía el bultito en brazos, sentía que la felicidad de su hermana ahora sí era pura y definitiva. Jorge posaba como papá orgulloso y Celia no paraba de anunciarle a todos los pasillos del hospital que ya era hermana mayor.
La idílica escena duró exactamente ocho meses.

La llamada de Carmen llegó mientras Elena estaba en la oficina, en pleno cierre de trimestre. La madre hablaba atropellada. Jorge tenía una amante. Lucía encontró los mensajes. Drama. Divorcio.

Elena, con el móvil pegado a la oreja, se masajeaba las sienes. La historia era una copia calcada, sólo que ahora con dos niños incluidos.
Lucía lo llevaba incluso peor que la primera vez. Venía hecha un mar de lágrimas, dejaba a los críos y se iba a recomponer. A veces tardaba horas, a veces un día entero.

Elena ya solo alcanzaba a notar cómo su propia vida se le escapaba de las manos.

Y pasó un año. Le concedieron un ascenso, pero apenas tuvo resuello para celebrarlo. Lucía, reincidente, apareció un martes diciendo que había conocido a Pablo, que era un hombre fantástico, completamente distinto a los anteriores, que esta vez sí. La tercera boda fue discreta, sólo la familia. Elena brindó con cava mientras sospechaba que lo peor aún no había llegado.

Cuando Carmen llamó en otro descanso, Elena estaba en un bar frente a la oficina, removiendo la ensalada y recordando que tenía que pasar por el súper de camino a casa.

Elena la voz de su madre sonaba a medio camino entre el entusiasmo y un leve tembleque. ¿Estás sentada?

Sentada estoy dejó el tenedor. ¿Qué ocurre?

Lucía está embarazada.

El silencio se instaló en ese rinconcito del bar, llenando el aire de olor a café y el eco de conversaciones ajenas.

Mellizos añadió Carmen . Dos.

Elena miraba la ensalada como si la rúcula y el tomate formaran un cuadro impresionista. Cuatro niños, Lucía iba a tener cuatro niños de tres padres distintos. Y al próximo universo del desastre, cuando llegara (y llegaría, que no nos engañemos), los hijos volverían a caer sobre sus hombros y los de su madre.

¿Elena, me oyes? insistió Carmen.

Te oigo, mamá se frotó el entrecejo. Dale la enhorabuena de mi parte.

Colgó antes de dar pie a más felicitaciones. Siguió allí sentada, mirando la pantalla negra del móvil y con cero apetito, como si nunca hubiera probado una comida en su vida.

Llegó a casa cerca de las ocho, más cansada que nunca. Carmen estaba en la cocina aferrada a una taza de té tibio y apenas vio aparecer a su hija, se lanzó a hablar como un torrente, acelerada, sin respiro.

Elena, llevo todo el día dándole vueltas ¿cómo puede ser? Mellizos, ¡cuatro niños! ¿Qué vamos a hacer si vuelve a fracasarle otro marido? ¡Si ya la conoces! Siempre antepone sus líos de faldas a los niños, y nosotras con el marrón Yo no aguanto más, la tensión, la pastilla Tú trabajando ¿qué haremos si todo va mal?

Elena dejó el bolso sobre el perchero y fue al comedor, pero ni siquiera se sentó. Se quedó de pie, mirando a su madre desde lo alto, fijándose en las canas sueltas, las ojeras, los dedos crispados sobre la taza.

Mamá dijo, y Carmen se calló en seco. Quiero irme. A otra ciudad.

Carmen se quedó petrificada con los ojos como platos, como si su hija le hubiese contestado en sánscrito.

No puedo más continuó Elena, agotada. No quiero seguir mi vida pendiente de los dramas de Lucía. Ya he hecho demasiado, mamá. Ya he renunciado a mis años, mi pareja, mi carrera, mi tranquilidad. Ya basta.

Carmen esbozó una protesta, pero Elena levantó la mano.

Si quieres, te vienes conmigo. Nos vamos las dos, a empezar de cero y descansar de todo esto. Si no, lo entenderé. Pero yo me marcho. Porque estoy harta de criar a los hijos de mi hermana. Que los quiero mucho, pero no son míos. No me toca a mí cargar con esto.

Lo dijo, y pensó que dejaba caer de la espalda la mochila de piedras que arrastraba desde años. Carmen guardó silencio, mirando a un punto fijo tras ella, su expresión imposible de descifrar.

Elena esperó un rato, pero la madre no abría la boca, así que se fue al dormitorio, se tiró encima de la cama sin quitarse la ropa y se quedó mirando el techo. El corazón acelerado, manos sudorosas. Pero lo soltó. Por fin.

No consiguió dormir hasta el amanecer.

Al despertar, encontró en la mesa de la cocina una carpeta con papeles. Reconoció esa carpeta; ahí su madre guardaba la documentación del piso que habían heredado de la abuela, cuando Elena tenía apenas catorce años. La hojeó sin tener muy claro para qué la había dejado su madre.

Lo vendemos se oyó en la puerta, y Elena dio un brinco.

Carmen permanecía allí, tras otra noche sin dormir, desmadejada y, sin embargo, con una calma digna de quien ha tomado una decisión crucial.

Un tercio para Lucía, que le corresponde por ley agregó, acercándose a la mesa. Con el resto, nos compramos algo pequeño en otra ciudad. No necesitamos mucho.

Elena la miró incrédula. Pensó en pedir confirmación, buscar grietas en la resolución de su madre. Pero al mirar a Carmen se dio cuenta de que en sus ojos, detrás de años de coraje, asomaba la misma fatiga y el mismo hartazgo de Elena. Quizá lo había ocultado mejor. O quizá ella no quiso verlo hasta ahora. La abrazó fuerte, ocultando la cara en su hombro. Carmen la acarició como si tuviera cinco años.

Vámonos, hija susurró . Ya es suficiente.

En dos meses lo prepararon todo, sin alardes ni dramas. Encontraron comprador, buscaron un pisito sencillo en una ciudad a cuatrocientos kilómetros. Una vivienda pequeña de ladrillo visto; nada extraordinario. Elena gestionó el traslado a la sucursal de su empresa. Todo este tiempo, ni una palabra a Lucía.

Se lo contaron el último día, con las cajas ya precintadas y los billetes de AVE en el bolso. Lucía apareció al rato del aviso, embarazadísima de siete meses, con la tripa enorme y la cara desencajada.

¿Pero qué hacéis? entró berreando, ni se quitó los zapatos. ¿Me vais a dejar tirada? ¡Ahora, con los gemelos de camino!

Elena le entregó un sobre con su parte del dinero de la venta. Lucía abrió el sobre, lo miró, y su cara pasó del estupor a la rabia.

¿Y esto qué? lanzó el sobre al suelo, los billetes de euros bailaron por el linóleo. ¡Yo necesito ayuda, no limosnas! ¡Estoy pasando un infierno, ¿no os enteráis?!

Llevas en un infierno cinco años, Lucía contestó Elena. Nosotras estamos agotadas.

¿Agotadas? Lucía apenas podía respirar del enfado. ¿Y tú te crees que yo me tumbo a la bartola? ¿Con dos críos y embarazada de mellizos?

Es la vida que has elegido, Lucía replicó Elena . Ahora es nuestro turno.

Buscó en Carmen el último salvavidas, pero su madre evitó la mirada, comprobando la cremallera del bolso por cuarta vez.

Ya no sois mi familia escupió Lucía agarrando el sobre de mala gana. Ninguna de las dos.

Y salió dando un portazo. Elena y Carmen se miraron, exhaustas. Ni una palabra. Elena cargó con el bolso a la espalda. Carmen arrastró la maleta. Cerraron la puerta por última vez y bajaron a la calle.

El tren salía en una hora. Elena, pegada a la ventanilla, veía cómo el andén, las farolas y los edificios grises del barrio desaparecían despacio. Carmen dormitaba junto a ella, rendida. La ciudad se licuaba en el horizonte llevándose peleas, hijos ajenos en brazos, culpa y deudas imposibles. Elena soltó el aire de todo el pecho, notando por fin cómo podía llenar los pulmones.

El futuro era incierto.

Y mientras el tren las alejaba, Elena cerró los ojos.

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Ya no sois mi familia