A Leonor siempre le había rondado la idea de casarse de nuevo, esta vez con acierto. Ya había probado suerte una vez y no había acabado bien. De aquel matrimonio tenía un hijo, Mateo, de veinte años.
Muchos años atrás, había sorprendido a su marido en una traición imperdonable. Leonor regresó un día antes de lo previsto de un congreso en Salamanca y, al entrar en su piso de Madrid, encontró a su marido, semidesnudo, intentando arreglar las sábanas. En la cocina, su mejor amiga preparaba café con su bata. ¡Un clásico! El divorcio fue inmediato. La amiga quedó eliminada de su vida y de su móvil. Sin indagar en detalles ni buscar excusas, Leonor echó a su marido a la calle y prohibió a Mateo tener contacto con él. Apenas tenía veintinueve años.
Pasaron más de diez años. Leonor avanzó, defendió antes la tesis, después el doctorado, y con cuarenta era ya doctora en Filología, al frente del departamento de Lengua y Literatura del campus universitario de Alcalá. Era una profesional respetada. A pesar de atravesar esa década en soledad, nunca perdió la esperanza de encontrar un hombre digno. Nunca creyó que fuera el momento de resignarse a tejer calcetines o bordar manteles.
Pretendientes no le faltaban. Sin embargo, ninguno lograba anclarse en la orilla de su alma. El primero de ellos, nada más acabar la primera cita, la pidió en matrimonioy dinero prestado, somos casi familia, dijo antes de desaparecer para siempre. El segundo buscaba madre para sus hijos: era viudo, la invitó directamente a casa y pidió que preparase la cena para toda la familia. Cocinó, alimentó a los pequeños (tres en total, uno casi de brazos), y se fue a su piso entre sollozos. Le dieron lástima los niños y su padre, tan perdido y solo, pero cargar con todos sería una carga demasiado grande. Tal vez soy egoísta, pensaba para justificar su decisión.
Con los años, las posibilidades menguaban. Justo cuando decidió cerrar ese capítulo y dejar atrás los intentos fallidos, apareció Él.
Era Mohamed, un antiguo alumno marroquí, de 28 años, que una vez formó parte del Seminario de Lingüística que dirigía Leonor. Tras licenciarse, se quedó en la ciudad y puso una pequeña gasolinera a las afueras. Un día, Leonor paró a repostar y resultó que Mohamed era el dueño. Conversaron, se rieron recordando anécdotas universitarias, y él le dio su tarjeta. Por si acaso. Desde entonces, Leonor comenzó a pasar una vez por semana por la gasolinera.
Mohamed empezó a invitarla a cenas en restaurantes, a conciertos de flamenco y a noches de poesía. Leonor, cauta, dudaba de la sinceridad de este antiguo alumno. Siempre rechazaba sus invitaciones, pero Mohamed no se rendía. Ella recordaba que en la época universitaria, él le regaló una cajita tallada en madera que albergaba una nota: ¡Profesora Leonor, le quiero!. Ella pensó que era una broma, devolvió la cajita furiosa y huyó. Mohamed le pidió humildemente perdón al día siguiente. Leonor aceptó las disculpas, pero la relación se mantuvo estrictamente académica hasta que él acabó la carrera.
Y ahora la vida se repetía. ¿Aceptar sus atenciones o rechazarlo? Ahora no soy su profesora, solo una mujer ante un hombre, razonaba Leonor. Al final se dejó llevar y nació un breve romance. La primera cita fue inolvidable: Mohamed era tierno, divertido, romántico. La diferencia de edad no le preocupaba. Leonor jugaba a ser una joven risueña y Mohamed, un hombre maduro.
En confianza, Leonor le puso el apodo de Manu, y él la llamaba Lola. Leonor flotaba de felicidad, por primera vez se sintió amada y deseada con intensidad. Pero Mohamed nunca le propuso matrimonio. Su familia le esperaba en Marruecos, y su madre le comunicaba a menudo que ya tenía elegida para él a la futura esposa: Fátima, de 17 años, una joven de familia respetable. Leonor no hubiera podido abandonar a Mateo ni a su madre para irse a otro continente. Sabía que nunca la aceptarían como esposa extranjera y mayor.
El pan propio siempre es mejor que pasteles ajenos, pensó Leonor. Decidió entonces entregarle a Mohamed todo su cariño mientras durara. ¿Cuántos golpes más de felicidad me quedarán? Pocos. Pero esta vez, pienso quererlo con todas mis fuerzas. Así se sinceraba con su madre.
La madre, Lola, era tajantemente contraria:
¡Leonorita! ¿Pero para qué quieres tú a ese extranjero, hija? ¿No hay suficientes ‘Manus’ aquí? No te daré nunca mi bendición. ¡Si tu exmarido no para de rondarte! ¿No lo ves? ¿No podrías perdonarle y volver? Vuestro hijo os necesita le insistía.
Mamá, Ignacio me fue infiel, ¿recuerdas?
Hija, ya pagó suficiente y tú también tuviste parte, tan ocupada con los títulos que te olvidaste de él Cuando un hombre está desatendido, cualquiera se lo lleva.
Y tú, ¿por qué no perdonaste a mi padre?
Eso es distinto. Tu padre se fue antes de que nacieras y tuvo tres hijos más fuera, luego vino a verme. ¿Qué sentido tenía acogerle? Pero tu Ignacio lleva diez años deambulando solo, esperando una palabra tuya. sentenciaba la abuela.
Leonor suspiraba:
No pienso casarme con Mohamed, mamá. Esperaré a que sea él quien ponga el punto final. Yo nunca podré dejarle después, ya veremos.
Ay, hija mía, hasta el burro más viejo busca la sombra fresca suspiraba Lola.
Tres años después, Mohamed se marchó definitivamente a Marruecos. Seguiré en contacto, mi Lola, fue lo único que le dijo al despedirse. Leonor se había preparado para ese final, pero no pudo evitar que el amargor le invadiese al dejarlo partir para casarse con Fátima. Como despedida, Mohamed le regaló la antigua cajita de madera, esta vez con un anillo decorado con dos angelitos sujetando un corazón de diamantes.
Mi corazón se queda contigo, Lola le susurró, besándola.
Mohamed viajó a Rabat. Un año más tarde, Leonor recibió una foto de la boda: “Mi esposa Fátima”. Otro año, llegó otra foto con una nueva esposa, Mariam. Mohamed le explicó que allí la ley permitía la poligamia. Al ver aquellos “reportes”, a Leonor no le invadía celos alguno. ¿Qué saben ellas de amar como he amado yo?, pensaba mirando el rostro melancólico de Mohamed en las fotos.
El cuento terminó, y se pasó la página. Mateo también se casó y trajo a la nuera a casa. Cuando nació la primera nieta, Leonor pidió que la llamaran Lola, deseando preservar para siempre aquel amor abrasador en la memoria. Con el tiempo perdonó (quizá por compasión) a su exmarido Ignacio, quien, ayudado por la abuela Lola, acabó de nuevo en casa. Nadie está libre de error, ni de caer en tentaciones.
Hoy Leonor e Ignacio intentan no separarse, construyendo de nuevo una vida en común. Además, la abuela acaba de terminar unos calcetines de lana fina, con dibujos de arabescos, para la pequeña Lolacomo recuerdo de que el amor, a veces imposible, nos termina enseñando que la vida está hecha de segundas oportunidades y de saber perdonar.







