Luis se subió al coche, dispuesto a salir del trabajo, cuando de repente sonó el teléfono. El número era desconocido. Con desgana, pulsó el botón verde.
—Diga. ¿Quién es?
—Soy yo… Hola —contestó una voz femenina que no reconoció.
—¿Quién *eres*? —se tensó Luis—¿Puedes identificarte?
Un silencio. Luego, la voz, casi en un susurro:
—Soy yo… tu madre.
Luis se quedó paralizado. Los dedos se aferraron al volante, el corazón le latía con fuerza.
—¿Qué tontería es esta? Mi madre murió hace veintinueve años.
—No… Soy Adela… Yo te di a luz. Luis, soy yo de verdad…
Colgó de golpe. El corazón le martilleaba, las palmas sudaban. Sintió como si alguien hubiera abierto una puerta al pasado más oscuro, ese que había enterrado para siempre.
Minutos después, el teléfono volvió a sonar. El mismo número.
—No quiero escucharla —dijo con dureza—. No tengo madre. La mujer que me parió me abandonó a los nueve años. Desde entonces, soy un huérfano.
—Solo te pido cinco minutos. Te lo suplico…
—¿Por qué? ¿Para oír más mentiras?
—Solo queda conmigo. Una vez. Te lo explicaré todo.
Luis no quería. Pero sabía que no se rendiría. Encontraría su dirección, aparecería en su casa, asustaría a su esposa, a sus hijas.
Dos días después, se vieron en un parque a las afueras de Toledo.
Adela Martínez estaba sentada en un banco, encorvada, envejecida, pero aún aferrándose a los restos de su antigua belleza. Sus manos temblaban.
—Hola, Luisito…
—Luis —lo corrigió él, helado.
Ella alzó la mirada, llena de desesperación.
—Sé que fallé… Pero no pude hacerlo de otra forma…
Él guardó silencio. Recordó escenas de su infancia: sus gritos, los platos rotos, cómo lo dejaba solo para irse con hombres.
—Me dejaste con tía Carmen. Dijiste: “Volveré en un mes”. Y te fuiste a Suiza con ese empresario.
—Pensé que nos ayudaría a los dos… Pero él no te quiso. Y yo…
—Lo elegiste a él. No a mí.
Ella sollozó.
—No tengo a nadie más. Mi marido murió, sus hijos me echaron. No tengo casa. Ni comida. Estoy completamente sola.
—¿Te das lástima? —preguntó él, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Y yo, a los nueve años, tenía a quién?
—Perdóname… No sabía cómo pedírtelo. Siempre esperé que aparecieras tú…
—Ni una puta postal me mandaste. Ni una.
Silencio. Luego, Adela susurró:
—Pero al menos… eres buena persona. Te has convertido en alguien de bien.
—Me criaron las personas que odiabas. Tía Carmen. Mi esposa. Mis amigos. Pero tú no tuviste nada que ver.
Ella intentó tocar su mano, pero él se apartó.
—No te juzgo. Pero para mí no eres nadie. Ni siquiera una enemiga. Solo vacío.
—Me estoy muriendo… —musitó ella.
—Entonces, ve a confesarte. Pero no conmigo.
Se levantó y se marchó, sin mirar atrás.
Y por primera vez en años, sintió un alivio en el pecho. El pasado, por fin, lo había soltado. Y la vida… seguía.




