A Lucía siempre le había ardido el deseo de casarse bien. Casarse mal, de eso ya tenía experiencia suficiente.
Tenía un hijo, Arturo, de veinte años.
Mucho tiempo atrás, su marido fue sorprendido en una infidelidad inenarrable. Lucía había vuelto a casa un día antes de lo previsto tras un viaje de trabajo. Se lo encontró en la habitación matrimonial, medio desnudo, estirando cuidadosamente las sábanas. En la cocina, su mejor amiga preparaba café, envuelta en su bata de satén.
¡Todo un clásico! El divorcio fue inmediato. Su amiga, la traidora, fue suprimida de su vida, del móvil y del recuerdo. Lucía no quiso revolcarse en detalles indecentes. Hay culpa, hay castigo. Puso las maletas de su esposo en la puerta y prohibió a su hijo hablar con él. Entonces, Lucía aún no había cumplido los treinta.
Pasaron más de diez años desde aquello. Lucía consiguió defender primero su tesis de licenciatura, después la de doctorado.
A los cuarenta años era ya Doctora en Filología. Dirigía el departamento de la Universidad de Educación de Madrid. Le admiraban como especialista. Durante toda esa década de soledad femenina, Lucía nunca perdió la esperanza de hallar un compañero digno. No se veía tejiendo calcetines ni bordando manteles todavía.
Sobraban pretendientes, pero a puerto seguro ninguno llegaba. Uno, después de la primera cita, le pidió matrimonio. Le pidió euros prestados (Si somos familia ya), y desapareció. Otro buscaba madre para sus hijos. Viudo. La invitó a su casa y le pidió que cocinara para toda la familia. Lucía no estaba preparada para tal recibimiento. Pero cocinó la cena, alimentó a los niños. Eran tres: cada uno más pequeño que el anterior.
Al regresar, se echó a llorar. Le compadecían esos niños, y el padre, tan huérfano él también. Pero cargar con toda esa tropa Lucía asumía: Quizá soy egoísta.
Con los años, las opciones menguaban. Y justo cuando Lucía ya estaba a punto de rendirse y poner un punto y final, apareció Él.
Un antiguo estudiante, Nabil, argelino, de veintiocho años. Había estudiado en el grupo de Lucía, y ella fue su profesora. Tras terminar la universidad, Nabil se quedó en la ciudad, mientras montaba una pequeña gasolinera en las afueras de Salamanca.
Un día, Lucía paró a repostar el coche. Resultó que Nabil era el dueño de la estación. Hablaron, recordaron los tiempos universitarios, se rieron. Nabil le dio una tarjeta: Por si acaso Y Lucía comenzó a pasar por allí una vez a la semana.
Nabil le mandaba señales de halago: invitaciones a restaurantes, conciertos de música clásica. A Lucía le turbaba el cortejo, no creía en la sinceridad de aquel antiguo alumno. Rechazaba todas las citas.
Pero Nabil insistía. Lucía recordaba aquel estudiante, tan diferente, tan dedicado. Su español perfecto y aquel aire de príncipe de oriente. Todas las chicas giraban el cuello cuando pasaba y suspiraban tras él. Recordó que, en sus días de estudiante, Nabil le regaló una cajita de madera finamente tallada. En ella, un papelito: Lucía lo leyó y primero se sonrojó, luego se puso pálida. Desgarró el mensaje con rabia. Decía: ¡Profesora Lucía! ¡Le amo!
Lucía pensó que era una burla. Empujó la caja en las manos de Nabil y salió corriendo.
Al día siguiente, Nabil fue a su despacho:
Profesora Lucía, disculpe, no quería ofenderle. Me gusta mucho.
Ella aceptó las disculpas, seca:
Bien, Nabil. Ve a clase. La lección empieza ya.
Hasta acabar la carrera, Nabil no se le volvió a acercar. Solo le miraba de reojo. Y ahora se repetía la historia. Lucía dudaba: ¿aceptar el cortejo o rechazarlo? Ya no soy su profesora. Solo somos hombre y mujer, ¿por qué no dejarse llevar?, meditaba ella.
Al fin, sucumbió a la corriente del destino.
El romance fue breve, como las tormentas de verano.
La primera cita con Nabil fue inolvidable; supo sorprenderla. Fue tierno, alegre, romántico. Un cortejador así no lo había conocido Lucía nunca. La diferencia de edad no era obstáculo. Ella podía ser la niña risueña; él, el hombre maduro.
Lucía rebautizó a Nabil como Nacho, a su aire. No le molestaba. Y él, a Lucía, la llamaba Lía.
Lucía tocaba el cielo de la dicha, se sentía realmente deseada por primera vez. El amor ardía, imposible apagarlo.
Pero Nabil no le pidió matrimonio. Iba a volver a Argelia y no osaba desafiar la voluntad familiar. Su madre ya le tenía buscada esposa, llamada Jalila, de diecisiete años y buena familia. Lucía no se sentía capaz de abandonar su tierra y su madre, ni mucho menos a su hijo. Imposible. Dudaba que la familia de Nabil aceptara una novia extranjera y madura. No encajaría.
Más vale pan duro en casa que pasteles ajenos.
Por eso Lucía decidió entregarle a Nabil toda la ternura y el amor que le restaban. El resto ya vendría.
¿Cuánto me quedará de felicidad? Migajas. Pero amaré a este hombre hasta dejarle sin aliento. Me lo beberé todo, confesaba a su madre.
Su madre protestaba airada:
¡Luci, hija! ¿Para qué te vas a liar con ese extranjero? ¿Es que en España no hay Naches suficientes? ¡Jamás te daré mi bendición! Tu ex marido siempre ronda por aquí ¿No te das cuenta? ¿Por qué no le perdonas? Tenéis un hijo, ¿no? insistía su madre.
Madre, ¡Pedro me engañó! ¿Lo has olvidado? replicaba Lucía.
¡Ay, hija! ¡Si ya ha pedido perdón mil veces! Además, tú le descuidaste con tanta tesis. Un hombre sin atención, todo el mundo lo sabe, acaba en brazos de cualquiera. Y él, total, tampoco iba a rechazar mucho sentenciaba la madre.
¿Y por qué tú nunca perdonaste a mi padre? También te pidió perdón contraatacaba Lucía.
¡Eso es distinto! Tu padre se fue antes de que nacieras y tuvo tres hijos fuera, luego volvió solo para verte la cara. No podía llevármelo, ni robarle el padre a los otros. ¡No! Pero tu Pedro lleva diez años esperándote. Arturo le quiere mucho concluía la madre.
Ay, mamá, que no me voy a casar con Nabil. Soy mayor para él. Esperaré a que él me deje primero. Yo sola no podré. Ya veremos murmuraba Lucía, absorta.
¡Ay, hija! ¡Hasta la yegua vieja sueña con sal suspiraba la madre.
Tres años después, Nabil se despidió. Estaré en contacto, mi querida Lía, fue todo lo que dijo.
Lucía lo esperaba. Dolía, sí, dejar a Nabil en manos de la joven Jalila. Como adiós, Nabil le entregó aquella cajita tallada donde empezó todo. Esta vez, dentro, había un anillo en forma de dos angelitos abrazando un corazón de brillantes.
Mi corazón te lo dejo a ti, Lía Nabil besó a Lucía con ardor.
Él se fue a Argelia.
Al año, mandó una foto de la boda con Jalila. Un año después, otra con su nueva esposa, Mariam. Nabil contaba que en Argelia la poligamia era legal.
Lucía veía esos reportes de vida de Nabil sin un gramo de celos. ¿Qué saben de amor verdadero, las tortolillas verdes? La consolaba el brillo melancólico en los ojos del novio. ¿Quizá aún la echaba de menos? Quizá Aunque el amor viejo se oxida con el primer viento nuevo.
El cuento terminó, la página se pasó. Arturo, el hijo de Lucía, también se casó, y trajo a su nuera a casa. Cuando nació la nieta, Lucía pidió que se llamara Lía. Quería eternizar en la sangre la historia de aquel amor incandescente.
Lucía acabó perdonando, o quizá solo compadeciendo, al ex marido. Ya cumplió su pena. Pedro había intentado volver vía la suegra. Y la madre logró convencer a Lucía:
Ha entendido su culpa. ¿Y quién está libre de pecado? Los pecados son cosa de humanos, no del campo. No todos resisten la tentación y el deseo.
Lucía y Pedro viven juntos como familia, procuran no separarse más. Además, Lucía terminó un curso de labores y ahora teje a la pequeña Lía calcetines con dibujos moriscosA veces, en las tardes tranquilas, Lucía se sienta en el jardín, la pequeña Lía danzando a su alrededor con flores entre los dedos. Observa a Pedro leyendo el periódico y piensa que el futuro nunca llegó como lo imaginó; llegó distinto, y aun así, lleno de luz.
Una vez, Arturo le preguntó, curioso, por la cajita de madera antigua guardada en la vitrina. Lucía se la mostró y, al abrirla, el anillo seguía allí, centelleando como una estrella atrapada. Susurró:
Este es el recuerdo de un amor intenso, breve y eterno. De los que nunca se olvidan, pero tampoco se repiten.
Se abrazó a su nieta, y le susurró al oído:
Aprende, pequeña Lía, que el corazón sabe muchos caminos. Y aunque a veces pierda alguno, siempre encuentra casa.
Así, bajo la sombra de una buganvilla en flor, Lucía sonrió: con cicatrices, sí, pero viva y plena. Ya no soñaba con bodas perfectas. Ahora amaba la imperfección del amor, y celebraba, silenciosa, la belleza fugaz de lo irrepetible.
Y cuando la brisa traía lejanas notas orientales, Lucía cerraba los ojos y sentía latir, muy dentro, la memoria de un verano eterno, mientras la vida, incansable, seguía floreciendo a su alrededor.







