¡Ya no aguanto las intromisiones de tu madre! ¡Me divorcio, y no hay más que hablar! – exclamó la esposa

¡Ya estoy harta de las cosas de tu madre! ¡Voy a pedir el divorcio, y punto!exclamé, mi voz retumbando como un eco raro, como si no fuera la mía.

La llave giró en la cerradura. Justo entonces yo borraba de la mesa las migas desparramadas, huellas de la visita de su madre. Migas de bizcochos de almendra, esos que traía para el nieto, aunque Mateo apenas tenía un año y ni debía probar el azúcar. Mancha de café volcada, siempre empujaba la taza con el codo mientras movía sus manos grandes y nerviosas, exigiendo que criase al niño de otra manera.

Buenas, la voz de Sergio sonó desgastada, lejana. Dejó la chaqueta en la silla de la cocina, sin mirarme.

No respondí. Giraba el trapo en la encimera, círculos y más círculos, aunque brillaba ya. Algo burbujeaba dentro, a punto de explotar. Tres años. Tres años tragando saliva y disculpas.

¿Qué ha pasado? al fin se dignó, sintiendo quizá el escalofrío del aire.

Lancé el trapo al fregadero. Salpicó azulejos y silencios.

¡Me tienes harta con tu madre! ¡Me voy a divorciar, y ya está!

Palabras como bofetada, salieron de mi boca sin permiso. No era el momento, nunca es el momento, pero el vaso rebosó.

Sergio se petrificó. Boca entreabierta, ojos vidriosos. Una sonrisa tensa le cruzó la cara, absurda.

¿Pero qué dices?

Lo he dicho y punto. Haz las maletas, o las hago yo, me da igual.

Se dejó caer en una silla. Paseó las manos por el rostro envejecido en un segundo. Yo, anclada en la pila, brazos cruzados, le miraba como a un extraño. Hace cuatro años, ese hombre me hizo prometer amor para siempre en una iglesia de Salamanca. Creí que sería real.

Lola, hablamos como adultos…

¿Hablar? reí, áspera. ¿Como hoy, cuando tu madre ha entrado con la copia de las llaves que tú le diste a escondidas, y ha venido a preguntarme por qué hay croquetas congeladas en la nevera?

Solo se preocupa…

¡Solo me amarga la vida! le interrumpí. Cada semana, Sergio, ¡cada maldita semana! Viene a fisgar, a criticar cómo limpio, cómo cocino, cómo visto a Mateo.

Silencio de mesas y platos.

Hoy me ha dicho tragando saliva, dolía recordar, me llamó mala madre. Delante de Mateo. Aunque es pequeño, lo entiende todo.

No era su intención…

¡Nunca es su intención! golpeé la mesa con los nudillos. Pero siempre me toca a mí tragarme todo. No quería arruinar mi cumpleaños cuando soltó que la nuera de su amiga era ejemplar. No quiso ofenderme en Nochebuena cuando me llamó vaga delante de tu familia.

Alzó los ojos. Ustedes estaban ahí: puro agotamiento, ni ira ni defensa.

¿Qué quieres que haga?

Esas palabras, el último hilo. Mi esperanza absurda ardiendo.

¡Quiero que me defiendas! ¡Al menos una vez, en tres años! ¡Que pongas a tu esposa por delante de tu madre!

No exageres

¿Exagerar? sentí la garganta rota en gritos y, en el dormitorio, Mateo se removió en sueños. Bajé la voz. ¿Exagerar, cuando hace medio año montó la escena porque no podíamos ir al pueblo cada víspera? ¿Cuando nos pide cuentas de en qué gastamos cada euro? ¿Cuando decide a qué guardería irá nuestro hijo?

Solo intenta ayudar…

¿¡Ayudar!? agarré la bolsa que trajo ella. ¡Mira esto! Ropa interior para mí, elegida por ella. Porque, y cito, no tienes gusto y hay que parecer decente para mi hijo.

Vacié la bolsa. Bragazas beige, enormes, sujetador gris. Sergio enrojecía.

Esto es demasiado…

¿Demasiado? ¡Es una humillación! No aguanto más. Me levanto pensando qué hará hoy. Qué consejo, qué regaño.

Mi rabia se paseaba por la cocina como gato encerrado. Ira, pena, desilusión. Todo era lo mismo.

Y tú… siempre con ella: mamá no lo hizo a propósito, mamá se preocupa, mamá quiere lo mejor. ¿Quién me defiende a mí?

Te quiero, dijo bajito.

Querer no solo son palabras, Sergio. Es plantarte entre mí y quien me hace daño. Aunque sea tu madre.

Se dejó caer hacia atrás, mirando por la ventana. Noche de diciembre; Castilla oscureciendo.

A mi madre le cuesta asumir que tengo familia propia.

¿Le cuesta? la indignación me ahogaba. ¿Y a mí? Vivo en tensión, no respiro en mi casa porque tu madre puede aparecer de repente con sus exigencias.

Le quitaré las llaves…

¡No son las llaves! me senté frente a él. Eres tú que le permites entrometerse. Tú, que nunca dices basta.

Solo zumbaba el frigo y el reloj.

No sé cómo hacerlo, confesó él. Siempre ella lo ha decidido todo.

Entonces elige. ¿Ella o yo?

Duro. Pero ya no había otra salida.

Lola, eso no es justo…

¿Justo? me puse de pie. ¿Justo fue aguantar tres años sus pullas? ¿Callar cuando le dijo a mis padres que te casaste conmigo por interés? ¿Sonreír cuando en el hospital aseguró que el niño era solo suyo?

Sergio se alzó también. Quiso abrazarme. Me aparté.

No. Habla hoy mismo con ella. O me voy.

Lola…

Basta. No pienso disculparme por no ser suficiente para tu familia. No llevo más esta carga.

El móvil vibró en la mesa. Su mandíbula se tensó al ver la pantalla: Mamá.

Respondió.

Sí, mamá no, todo bien

En ese momento, algo en mí se quebró del todo.

Le arranqué el móvil, pulsé el manos libres.

¿Se lo has dicho? la voz de mi suegra era afilada ¿Sobre el piso?

Miré a Sergio. Palideció.

¿Qué piso? pregunté, serena.

Pausa. Después, tono falso, dulce:

Lolita, cariño, no es asunto tuyo…

Soy su esposa. Es asunto mío. ¿Qué piso?

Trató de recuperar el móvil. Me di media vuelta.

Hablábamos empezó ella que la hermana de mi tía Clara vende un piso. Necesitan el dinero para que la hija estudie en Barcelona. Y pensamos que sería buena inversión.

Clara. Esa prima que siempre presumía de su mujer la abogada, la perfecta en todo.

¿Y?

Que tu madre propuso comprarlo murmuró Sergio. Con descuento.

¿Con qué dinero?

Calló.

¿Con qué dinero, Sergio?

Tus ahorros. Y añadiría los míos…

Mis ahorros. Esos veinticinco mil euros que guardé cinco años. Dos trabajos, recortes. Quería mi salón de uñas. Lo tenía todo preparado.

Decidisteis sin mí.

Es lo mejor. El piso está bien situado…

¿Y mis planes? ¿Mis sueños?

El salón puede esperar…

¡Esperar! Tengo treinta años, llevo dos en casa cuidando de Mateo. ¿Cuánto más?

En la línea, mi suegra atropellaba sílabas:

Lola, cariño, no pienses en eso el salón, tienes un niño pequeño. El piso es futuro. Solo familia.

¿Familia? repetí despacio. Una familia que decide mi vida y me silencia.

Dejé el móvil sobre la encimera.

¿Ibas a decírmelo? ¿O me sacarías el dinero sin más?

Quería explicarlo…

¿A quién? ¿A tu madre ya se lo explicaste? ¿A Clara también? ¿Y conmigo, cuándo?

Alguien abrió la puerta; el dichoso juego de llaves. Entró mi suegra, enfundada en abrigo de visón, las mejillas rojas y brillantes. Tras ella, Clara, regordeta, sonrisa de estufa.

¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué gritas, Lola?

Íbamos a enseñarte los papeles del piso, dijo Clara, agitando una carpeta.

Papeles. Ni preguntaron.

Fuera de mi casa susurré.

¿Qué?

¡Fuera! ¡Las dos!

¡¿Así nos hablas?! Mi suegra se acercó. Sergio, ya oyes…

Mamá quizá no sea el momento, balbuceó él.

¡No es el momento! ¡Te lo he dado todo! Y ahora me traicionas por culpa de me señaló con rabia, esta desagradecida

¡Callaos! grité. Clara saltó asustada. ¡Salid ahora mismo!

Lolita, ¿no ves que es por tu bien? El piso es un chollo, piensa en Mateo…

No necesito vuestro piso. Quiero respeto. Una familia que me escuche.

¡¿Quién te crees?! La voz de mi suegra era un silbido. Por guapa y joven te crees especial. Sergio, solo te casaste porque se quedó embarazada. Si no, nunca…

Silencio espeso.

¿Es verdad? le pregunté.

No respondió.

¿Sergio?

Te quería…

Querías. Pasado. Entendido.

Cogí el bolso. Móvil en el abrigo.

Lola, por favor…

Ni te acerques. Las llaves aquí. Mañana recoge tus cosas cuando yo no esté.

No puedes marcharte así.

Sí puedo. Y lo hago. De ti, de tu madre, de este teatro.

La suegra intentó sujetarme el brazo:

¿Y dejas a tu hijo?

Mañana vendré por Mateo. Con la policía si hace falta. Esta noche que duerma en paz; aún no conoce el melodrama.

Salí al rellano. El frío cortó el aire. Bajé las escaleras como un reflejo, ni sentía las piernas.

La puerta golpeó atrásSergio venía corriendo.

¡Lola, espera! ¿Adónde vas?

No me giré. Bajé, segundo, primero…

¡Lo arreglaremos! ¡Hablaré con mamá! ¡Te lo prometo!

Vestíbulo. Calle.

El aire helado me quemó los pulmones. Caminé deprisa, sin ver la acera. Sin bufanda, sin rumbo. Lejos, solo lejos de ese hogar impostado.

Vibró el móvil. Mi madre. Colgué. Otra vibraciónSergio. Colgué. Otrami suegra. Silencio absoluto.

Me detuve en el metro. Me senté en un banco. Las manos temblaban, del frío, del miedo, del shock.

¿Qué he hecho?

Me fui. Sin ropa, sin Mateo, sin plan. Como una escena de película. Solo que, en la película, la heroína encuentra sentido y amor. Yo estaba congelada en una estación, sin un duromi cartera quedó en casa. Solo el móvil.

¿Ir a casa de mi madre? Un estudio minúsculo con mi hermana Nuria, estudiante. Ni una cama libre.

¿A casa de Ariadna? Tres niños y un marido. ¿Meterme allí?

De pronto, mensaje de Sergio: Perdona. Hablamos mañana. Tranquilos.

Hablar, como si la vida fuese un pequeño malentendido. Como si mi matrimonio no fuera una farsa. Como si nadie hubiera pisado mis sueños.

Otro: número desconocido. Lola, soy Clara. No actúes en caliente. El piso es bueno para Mateo. Hablemos.

Hablar, hablar, hablar. Entre ellos. Yo sólo servía para escuchar los hechos consumados.

Me levanté. Bajé al metro. Encontré una vieja tarjetaalgo es algo. Descendí. El calor, el ruido envolviéndome. Entré en un vagón, sin destino.

Me bajé en Argüelles, porque el nombre tenía música de madrugada. Caminé calles vacías. Madrid relucía surreal, luces y gente ajena.

Entré en un café veinticuatro horas. Pedí una infusión, pagué con la tarjeta encogida.

Me dejé caer junto a la ventana. Vagabundos, parejas, rostros que no me conocían. Pensé en Mateo. Mañana abriría los ojos, buscaría mamá. ¿Qué diría Sergio?

El corazón me dolía. No le abandono. Solo necesito tiempo. Pensar. Decidir cómo no perderme.

Una camarera, muchacha de veintipocos, pelo recogido, se me acercó.

¿Algo más?

No, gracias.

Sin embargo, se quedó.

Perdona, dudó, ¿estás bien?

Sonreí de medio lado.

Creo que no.

¿Quieres hablar?

Lo dijo como si estuviésemos en una fiesta de sueño raro, donde la gente te lee el alma porque sí.

Acabo de dejar a mi marido. Hace una hora.

Se sentó. Apoyó el codo.

Tengo un descanso. Si quieres…

Le conté todo. Suegra, piso, traición, miedo. Ella escuchó, sólo eso.

Me pasó igual al fin confesó. Mi suegra decidió mi vida hasta que un día me marché sin más. Dormí en sofá ajeno, empecé de cero. Pero respiré.

¿Y tenías hijos?

No. ¿Tú?

Un hijo. Un año.

Asintió, comprendiendo.

Será más duro. Pero se puede. Sobre todo si no vuelves. Si lo haces, todo será peor.

Terminé el té.

Tengo miedo de no poder sola.

¿Quién dice que estarás sola? sonrió. Hay amigos, familia. Eres más fuerte de lo que imaginas. Si te has ido hoy, puedes con lo que venga.

Nos intercambiamos números. Se llamaba Aitana. Camarera en la noche, más apoyo en media hora que Sergio en tres años.

Salí al alba. Madrid amanecía turbio y hermoso. Miré el móvil: veintidós llamadas perdidas. Sergio, suegra, mi madre, hasta Ariadna.

Solo mandé un mensaje a Sergio: Mañana a las dos, quedamos en sitio neutral. Sin tu madre. Hablamos de Mateo y el divorcio. No llames más.

Enviar. Respirar.

El futuro era incierto: pensión, abogado, custodia de un niño. Da miedo. Pero no tanto como seguir viviendo en esa rutina. No tanto como anularme.

Anduve por la ciudad iluminada, extraña, soñada. Por primera vez en mucho tiempo sentí algo inédito: libertad.

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MagistrUm
¡Ya no aguanto las intromisiones de tu madre! ¡Me divorcio, y no hay más que hablar! – exclamó la esposa