Habían ya pasado cuarenta días desde que Leonor enterró a su marido.
En la alborada del cuadragésimo primer día, alguien llamó a la puerta de su caserón en un pueblo de Soria. Era Nicolás.
Leonor, tengo que hablar contigo de un asunto dijo, titubeando como si pisara charcos invisibles.
¿Y qué asunto es ese? contestó ella con frialdad, ar reborde de su aliento y mirando por la mirilla como si esperara ver a un lobo disfrazado.
Leonor nunca le tuvo aprecio a Nicolás; hombre de temperamento volátil, conocido en todo el pueblo por su lengua afilada y carácter de trueno. Si no fuera por su difunto esposo, Martín, jamás le habría cruzado el umbral. Martín era, en cambio, de un corazón ancho, uno de esos hombres que ofrecen la mesa y también asiento al demonio si le ve con hambre. Hablaba hasta con los chopos del río.
Ayer, en la comida de los cuarenta días, no me atreví a proponértelo delante de todos prosiguió Nicolás con voz que resbalaba como caracol en los azulejos, para que la gente no hiciera sus cábalas.
¿Y qué cosa no te atreviste a proponer? Leonor le miró con suspicacia, apretando la falda con los nudillos.
Ahora te lo digo… Verás, la cosa es… que hay que ponerle una lápida a Martín en el cementerio…
¡No hace falta que me lo vengas a recordar! interrumpió ella, vibrando como si le azotara el viento. Lo tengo hablado con mis hijos. Mejor preocúpate tú de tus asuntos y no metas la nariz en los míos, Nicolás.
No te sulfures dijo él, algo más templado, aunque en los ojos le bailaba la tormenta. Una lápida sale ahora por un buen puñado de euros, Leonor, lo investigué ayer cuando pasé por el camposanto.
Ya nos las apañamos, no somos gente menesterosa. Mis hijos ganan suficiente en Valladolid. Lápida habrá, y reja de hierro también, y si hace falta, hasta cipreses de mármol. No necesitamos tus consejos.
¡Por favor, mujer, escúchame hasta el final, por una vez! la voz de Nicolás se agitaba como bandada de gorriones. El dinero de tus hijos no crece de los almendros y bien podrían utilizarlo en sus cosas. Lo que quiero… es pagar la lápida de Martín con mi propio dinero. ¿Lo entiendes? Entera, yo solo.
¿Cómo? Leonor le clavó la mirada, ojos de cuchara de palo. ¿A santo de qué tanta generosidad, Nicolás?
Porque respetaba a tu marido.
¡Bah! ¿Y si te respetaba tanto, cómo no te prestó dinero para tus deudas de juego? La voz de Leonor subía como aceite en sartén. Además, ¿qué va a decir tu mujer, esa sí que no me dejaría tranquila si sabe lo de la lápida?
¡No lo hará! Ya lo sabe todo y está conforme.
¿Ah, sí? Pues yo no estoy conforme. Mi marido, mi lápida. ¿Queda claro? Así que puedes irte respondió, plantándose al lado de la lumbre como si sacara fuerzas de las ascuas.
Leonor, te lo estoy ofreciendo de corazón. No ganaré nada con esto. Nicolás empezaba a perder la paciencia; sus palabras se pachurraban de ira. ¿Por qué eres tan terca? ¿De dónde has sacado esa manía de rechazar ayuda sincera?
No la necesito, Nicolás. No me ofrezcas limosnas.
¡Eres la mujer más obstinada de toda Castilla! Nicolás casi rugió. No me explico cómo Martín pudo convivir contigo toda una vida. Mira, si fueras mi esposa, te habría hecho entrar en razón a base de paciencia.
¡Y ahora encima me amenazas! Leonor tomó el atizador, dispuesta a defender su reino de cocina. Anda sal antes de que te lo lleves de recuerdo en la espalda.
Bueno, pues me voy espetó el vecino, y de repente sacó del bolsillo un fajo grande de billetes de euros y lo puso encima de la mesa, provocando un eco blando. Llévatelos. Haz con ellos lo que te venga en gana. Quémalos si quieres.
¿Te has vuelto loco, Nicolás? Leonor palideció ante los billetes. ¿Ahora arrojas dinero como si fueras un duque de cuento? Mira que se lo entrego a tu mujer y que ella te lo cruce en la cara.
No lo aceptará. Créeme.
¿Y por qué no? ¿Ese dinero es robado o qué? ¿Quieres lavarlo conmigo?
Venga ya, Leonor El hombre suspiró profundo. Me obligas a confesar la verdad Aunque prometí a Martín que callaría siempre Pero no puedo más. Este dinero es un préstamo. Martín me lo dejó hace diez años.
¿Martín? ¿A ti? ¿Dinero? Leonor no salía de su estupor.
Así fue. Yo quise devolverlo muchas veces, pero tu marido me lo impidió. Decía: Cuando muera, ayuda a mi mujer. O con dinero, o con favores. Y claro, tal y como está la vida y mi salud Temí que ya tarde sería para devolvértelo, y el pecado pesara sobre mí en la tumba. Por eso quería gastarlo en la lápida. Para cerrar el círculo. ¿Lo comprendes?
No sé balbuceó Leonor. Si hubiera prestado tanto dinero, lo habría notado en la casa.
Porque tu Martín era un trabajador como ya no quedan. Os regaló este caserón, crio a vuestros hijos y ninguno os faltó pan. Era de una generosidad casi santa.
Cuarenta mil euros Leonor bajó la voz. Aquello es una fortuna. No sabía nada.
Martín ayudó a muchos, no solo a mí. Siempre en secreto. Nos prohibía contártelo, para evitarte pesares, ya sabes cómo son las mujeres con los préstamos: nunca en paz.
Pues yo ahora entiendo murmuró Leonor, sentándose pesadamente. Por qué el otro día Jaime me trajo leña sin cobrar, o Esteban labró el campo sin querer un euro Y el panadero prometió grano para las gallinas. Era Martín el que tejía todo eso.
Así era tu marido, Leonor. Haz lo que quieras con el dinero. Pero que sepas, era su deseo ayudar a su gente, y sobre todo, a ti. Yo ya me retiro.
Nicolás se despidió con una reverencia torpe y salió bajo la bruma.
Leonor se quedó un largo rato frente al haz de billetes, rasgando el aire con suspiros, mientras el reloj marcaba las horas y las sombras bailaban, como ecos dulces de Martín sentándose otra vez a su mesa.






