¿Y si no fuera mi hija? Nikita desconfía de Olesia y exige una prueba de ADN tras sospechar de infid…

¿Y si no es mi hija? Hay que hacer una prueba de ADN.

Martín observaba pensativo cómo su esposa, Lucía, acunaba a la recién nacida y no podía quitarse de la cabeza una idea que le carcomía por dentro: dudaba de que la pequeña fuera realmente suya.

El año anterior, Martín tuvo que irse un mes de viaje por trabajo, a Barcelona. Un par de semanas después de volver, Lucía le dio la noticia que, para ella, era maravillosa: estaban esperando un bebé.

Al principio él se alegró, pero luego la hermana de Lucía, Carmen, fue de visita y contó una historia curiosa: ella había hecho una prueba de ADN a su hijo, para que su pareja no tuviera dudas sobre la paternidad.

Lucía, ¿por qué no hacemos también una prueba de ADN? Para estar tranquilos los dos.

La reacción de su esposa no se hizo esperar. Empezó una discusión monumental, gritos y hasta lanzamiento de cojines. Los vecinos incluso golpearon la pared para que se callaran.

¿Pero qué tiene de malo? insistía Martín, dando cada vez más crédito a sus dudas. Pensaba que si se ponía así era porque algo escondía. Sólo quiero estar seguro, nada más.

¿¡Pero cómo se te ocurre!? respondía Lucía casi fuera de sí, lanzándole un cojín. ¿Acaso te he dado motivos alguna vez?

Estuve un mes fuera respondió él, esbozando una sonrisa irónica. ¿Qué sé yo de lo que hacías aquí? Hacemos la prueba, conocemos el resultado y no volveremos a hablar más del tema. Podemos pedir el contacto de la clínica a tu hermana.

Pues cuando renazcas escupió Lucía entre dientes, y se encerró en la habitación de la niña, dando un portazo.

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Mamá, no le estoy pidiendo nada raro le decía Martín a su madre, Mercedes, mientras esta le servía un café, y ella se ha puesto como una fiera.

Eso es mala conciencia sentenció Mercedes, removiendo el azúcar. Seguramente la niña no es tuya, y ella teme que se descubra. Y te diré más cuando te marchaste, hubo un suceso.

¿Qué pasó? preguntó Martín, interesado.

No quiero meterme en vuestro matrimonio se justificó Mercedes, bajando la mirada, solo fui a hablar con ella sobre el cumpleaños de tu padre. Tardó muchísimo en abrirme, aunque yo sabía que estaba en casa. Cuando lo hizo, venía toda despeinada y en el recibidor había unos zapatos de hombre que no eran tuyos.

¿Y qué te dijo? preguntó Martín, conteniendo la rabia.

Que había tenido una fuga de agua en el baño puso los ojos en blanco Mercedes. Podría haber inventado algo más creíble.

¿Por qué no me lo contaste antes?

No entré ni en la casa, no tengo pruebas se defendió. No quise crearos un problema sin fundamento.

¡Pues mal hecho! exclamó Martín, casi tirando el café. Muy mal hecho. ¿Y ahora qué hago?

Oblígala a hacerse la prueba aconsejó Mercedes, ocultando una leve sonrisa. Lucía nunca le había convencido como nuera. O hazla tú. Como padre, tienes derecho.

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Ya puedes estar tranquila dijo Martín, dejando caer sobre la mesa el sobre que el mensajero acababa de entregarle. Alba es mi hija. Te lo prometí: no volveré a sacar este tema.

No lo entiendo respondió Lucía, fulminando el sobre con la mirada. ¿Tú has hecho esa maldita prueba sin mi permiso?

Pues sí contestó Martín, encogiéndose de hombros. Fui a la clínica una tarde, mientras paseaba con Alba. Es mi hija, así que no veo el problema.

El problema lo hay musitó Lucía, con tristeza. Y qué pena que no te des cuenta.

A la mañana siguiente, Martín se marchó a trabajar como siempre. Pero al volver, la casa estaba vacía. No había rastro de Lucía ni de la niña; tampoco de sus cosas. Sobre la mesa del salón, reposaba una nota solitaria.

Con tu desconfianza has destruido todo lo que teníamos. No quiero vivir con un traidor; por eso pido el divorcio. No quiero nada de ti, ni la casa ni la pensión. Lo único que pido es que desaparezcas de nuestras vidas.

Martín sintió una rabia feroz. ¿Cómo se atrevía Lucía a irse, llevándose a su hija? Descolgó el teléfono y empezó a llamarla sin parar.

La voz que contestó fue la de un hombre. Escuchó en silencio los reproches airados de Martín y, antes de colgar, le pidió que no volviera a llamar.

¡Sabía que me engañaba! Martín, temblando de ira, dio por hecho que Lucía ya estaba con otro. ¡Salió corriendo para irse con un hombre!

Lo que Martín no imaginó es que Lucía simplemente se había ido a casa de sus padres, y que quien atendió el teléfono era su hermano, que solo quería que su hermana pudiera descansar en paz tras una noche difícil. Pero Martín, cegado por su desconfianza, no quiso verlo.

El divorcio fue rápido, por mutuo acuerdo. Alba se quedó a vivir con su madre y nunca más volvió a ver a su padre biológico.

A veces, la desconfianza es la barrera más grande entre dos personas. Y cuando dejas que la sombra de la duda lo invada todo, puedes perder lo que más quieres. Porque la confianza, como el cristal, una vez rota, rara vez se recompone.

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MagistrUm
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