¿Y si no es mi hija? Tengo que hacerme la prueba de ADN Nicolás observaba pensativo cómo Alicia, su esposa, se desvivía en mimos hacia la recién nacida y no podía quitarse de la cabeza una sospecha inquietante: realmente pensaba que la niña no era suya. El año pasado, por motivos de trabajo, el hombre tuvo que marcharse fuera, a una ciudad lejana, durante un mes. Pocas semanas después de volver, su mujer le dio, con gran entusiasmo, una noticia: iban a ser padres. Al principio, Nicolás se alegró. Pero las dudas llegaron después de que la hermana de Alicia les visitara y contara una historia sorprendente: ella había hecho un test de ADN a su hijo para que su pareja no tuviera ninguna duda sobre la paternidad. — Alicia, ¿y si también lo hacemos nosotros? Solo para estar tranquilos —propuso Nicolás. La reacción de Alicia fue instantánea. Estalló una discusión monumental, volaron cojines, y hasta los vecinos llamaron a la puerta por el escándalo. — ¿Y qué tiene de malo? —insistía Nicolás, cada vez más convencido de sus sospechas. Al fin y al cabo, pensaba, si no tuviera nada que ocultar no habría tal exageración por una simple petición—. Solo quiero estar seguro, nada más. — ¿¿Pero cómo se te ha pasado por la cabeza??? —la mujer gritaba mientras le lanzaba un cojín más—. ¿Te he dado, acaso, algún motivo? — Estuve fuera un mes… —respondió el hombre con una media sonrisa—. ¿Quién sabe qué hiciste aquí? Nos hacemos la prueba, me quedo tranquilo y no vuelvo a sacar el tema. ¿Cuándo vamos a la clínica? Podemos preguntarle la dirección a tu hermana. — Antes lo haré en otra vida… —gruñó Alicia antes de encerrarse en la habitación de la niña, dando un portazo. *************************************************** — De verdad, mamá, ¿pido algo tan grave? ¿Por qué se pone así? —se quejaba Nicolás ante su madre, mientras esta le servía café. — Porque tu mujer tiene la conciencia sucia —respondió Ana, su madre—. Ya puedes estar seguro: la cría no es tuya y teme que la pillen. Y además… —la mujer dudó unos segundos, sin saber si contarle algo—. Cuando tú estabas fuera, ocurrió una cosa… — ¿Qué cosa? —preguntó Nicolás enseguida, intrigado. — No quiero entrometerme en tu matrimonio —se justificó ella—. Solo fui a visitarla para organizar el aniversario de tu padre. Pero tardó mucho en abrirme, aunque sabía que estaba en casa. Y cuando abrió, venía toda despeinada… Y había unos zapatos de hombre en el pasillo. — ¿Y qué te dijo? —replicó el hombre, indignado, dispuesto a salir corriendo y desenmascarar a su mujer. — Que se le había roto una tubería —Ana rodó los ojos—. Podría haber inventado algo más creíble. — ¿Por qué no me lo contaste entonces? — Bueno, como ni siquiera llegué a entrar, no tenía pruebas. No quise arruinaros el matrimonio. — ¡Error! —exclamó Nicolás, casi tirando la taza—. ¡Gran error! ¿Y ahora, qué hago? — Oblígala a hacerse la prueba —dijo Ana tranquilamente, sonriendo para sí misma. Su nuera nunca le había caído bien—. O hazla tú solo. Tienes derecho como padre. ************************************************ — Puedes estar tranquila —Nicolás dejó caer el sobre que le trajo el mensajero—. Ariadna es mi hija. Como prometí, el tema está zanjado. — No lo entiendo muy bien —dijo Alicia con irritación, mirando de reojo el sobre abierto—. ¿Lo hiciste sin mi consentimiento? — Pues claro —contestó Nicolás como si nada—. Un día, mientras paseaba con la niña, lo hice rápido y ya está. Es mi hija, no hay problema. — Sí que hay problema —susurró ella—. Y es una pena, porque tú no eres capaz de verlo. Al día siguiente, Nicolás salió de casa hacia el trabajo como siempre. Pero al volver por la tarde, se encontró con una desagradable sorpresa: su casa vacía. Ni rastro de Alicia ni de su hija. Solo una nota sobre la mesa del salón. “Con tu desconfianza has destruido todo lo que había entre nosotros. No quiero vivir con un traidor, así que pido el divorcio. No quiero nada de ti: ni piso ni pensión. Solo deseo que desaparezcas de nuestras vidas.” Nicolás estaba furioso. ¡Cómo se atrevía Alicia a dejarle y a llevarse a la niña! Cogió el móvil y llamó una y otra vez a su mujer. Respondió un hombre, que escuchó en silencio sus gritos y le pidió que no volviera a llamar. — ¡Lo sabía! ¡Me estaba poniendo los cuernos! —Nicolás temblaba de rabia—. ¡No le ha dado tiempo ni a irse y ya está con otro! ¡Que se largue! Ni se le pasó por la cabeza que Alicia se hubiera ido con sus padres y que quien contestó el teléfono fuera su cuñado, que no quería despertar a su hermana, recién dormida. Nicolás, sin embargo, ya lo tenía todo claro. El divorcio fue rápido y por mutuo acuerdo. La pequeña Ariadna se quedó a vivir con su madre y jamás volvió a ver a su padre biológico…

¿Y si no es mi hija? Tengo que hacerme una prueba de ADN

Álvaro contemplaba, absorto, cómo Covadonga, su esposa, arrullaba a la recién nacida y no lograba apartar una espina punzante que tenía en la mente. Sentía de verdad que esa niña quizás no era suya.

El año pasado, Álvaro tuvo que irse de viaje de negocios, todo un mes fuera de Madrid. A las dos semanas justas tras su regreso, Covadonga le anunció, con ojos brillantes y una extraña alegría, que serían padres.

De entrada Álvaro estuvo entusiasmado. Pero luego, en una quedada familiar, la hermana de Covadonga, Lucía, soltó entre cafés una historia jugosa sobre cómo había hecho una prueba de ADN a su propio hijo. Lo contó como si fuese lo más natural, solo para que su pareja, con quien vivía en unión libre, no tuviera dudas sobre la paternidad.

¿Y si hacemos nosotros también la prueba, Cova? dijo Álvaro casi en susurro, buscando calma para sí mismo.

La respuesta de su esposa fue tan rápida como un relámpago sobre la sierra. Aquello desató una trifulca épica llena de gritos y cojines volando por el salón. Incluso los vecinos comenzaron a dar golpes desde abajo.

¿Pero tú escuchas lo que dices? insistía Álvaro, cada vez más convencido de sus temores por la reacción desmedida de ella. Es solo para estar tranquilo, eso es todo.

¿Cómo puedes pensar algo así de mí? gritaba Covadonga, lanzándole otro cojín. ¡¿Te he dado algún motivo alguna vez?!

Me pasé un mes fuera Alvaro sonrió torcidamente. ¿Cómo sé yo lo que hiciste aquí mientras tanto? Si hacemos el test y da bien, no vuelvo a sacar el tema, te lo prometo. ¿Preguntamos la dirección en la clínica a Lucía?

Cuando las ranas críen pelo escupió Covadonga, y desapareció en la habitación de la niña, haciendo temblar la casa al cerrar la puerta.

***************************************************

No pido nada del otro mundo, mamá se lamentaba Álvaro ante un café con leche que le preparó su madre, Carmen. ¿Por qué se ha puesto así?

Su conciencia no está tranquila sentenció Carmen, sirviendo el café en una tacita de porcelana. Ya te lo digo yo: ha tenido la niña fuera de tu control y teme que salte la verdad. Además Carmen dudó, midiendo si contarlo. Cuando estabas en Barcelona, hubo un detalle…

¿Qué pasó? Álvaro levantó la ceja con interés.

No es que me quiera meter en vuestras cosas musitó la madre, mirando el suelo. Pero fui a casa un día que celebrábamos los setenta años de tu padre. Llamé y llamé y aunque estaba dentro, tardó mucho en abrir. Cuando salió, estaba despeinada, nerviosa Y en el recibidor había unos zapatos de hombre.

¿Y qué te dijo?

Que había venido el fontanero, que se le había roto la tubería resopló Carmen, rodando los ojos. Podría haber inventado algo un poco más creíble.

¿Y por qué no me avisaste?

No llegué a entrar en la casa y no tenía ninguna prueba. No quise malmeter entre vosotros se encogió de hombros Carmen.

¡Pues vaya! Álvaro tuvo que coger la taza para no volcarla de un golpe. ¡Ahora qué hago!

Insiste con la prueba dijo Carmen, guardando una pequeña sonrisa. O hazla tú por tu cuenta. Tienes derecho como padre.

************************************************

Ya puedes respirar en paz Álvaro dejó caer el sobre que le entregó un mensajero esa mañana. Jimena es mi hija. Como te prometí, no sacaré más este tema.

No entiendo, gruñó Covadonga, lanzándole una mirada dura al sobre ya abierto. ¿No habrás hecho el test sin mi permiso?

Bueno respondió Álvaro, como si comentara el tiempo. Aproveché y pasé por la clínica mientras sacaba a pasear a la pequeña. Es mi hija, así que no veo problema.

Sí hay problema dijo Covadonga, esta vez muy baja de voz. Y siento mucho que no lo quieras ver.

A la mañana siguiente, Álvaro fue al trabajo, como cualquier otro día. Pero, al volver, la casa olía a nada y todo estaba vacío. La ropa de Covadonga y la de Jimena habían desaparecido. Solo quedaba una nota sobre la mesita del salón.

“Con tu desconfianza has destruido lo nuestro. No puedo vivir con un traidor, pido el divorcio. No quiero nada de ti: ni tus euros, ni el piso, ni pensión. Solo deseo que te borres de nuestras vidas.”

Un fuego frío le corría por las venas. ¿Cómo tenía Covadonga la desfachatez de dejarle? ¡Y además llevarse a su hija! Álvaro agarró el móvil y empezó a marcar frenético.

Al otro lado, respondió una voz masculina. Escuchó en silencio todo el torrente de reproches y finalmente, pidió que no volviese a llamar nunca más.

¡Lo sabía! bufó Álvaro. ¡No le ha dado tiempo ni a irse y ya está con otro! ¡Pues que le aproveche!

Nunca imaginó que Covadonga pudiera haber vuelto simplemente con sus padres, y que fuese su hermano quien respondiera al teléfono, evitando molestar a su hermana mientras dormía la siesta con la niña. Pero Álvaro ya había cerrado el telón en su cabeza.

El divorcio fue rápido, de mutuo acuerdo. La pequeña Jimena se quedó con Covadonga y jamás volvió a ver a su padre biológico.

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MagistrUm
¿Y si no es mi hija? Tengo que hacerme la prueba de ADN Nicolás observaba pensativo cómo Alicia, su esposa, se desvivía en mimos hacia la recién nacida y no podía quitarse de la cabeza una sospecha inquietante: realmente pensaba que la niña no era suya. El año pasado, por motivos de trabajo, el hombre tuvo que marcharse fuera, a una ciudad lejana, durante un mes. Pocas semanas después de volver, su mujer le dio, con gran entusiasmo, una noticia: iban a ser padres. Al principio, Nicolás se alegró. Pero las dudas llegaron después de que la hermana de Alicia les visitara y contara una historia sorprendente: ella había hecho un test de ADN a su hijo para que su pareja no tuviera ninguna duda sobre la paternidad. — Alicia, ¿y si también lo hacemos nosotros? Solo para estar tranquilos —propuso Nicolás. La reacción de Alicia fue instantánea. Estalló una discusión monumental, volaron cojines, y hasta los vecinos llamaron a la puerta por el escándalo. — ¿Y qué tiene de malo? —insistía Nicolás, cada vez más convencido de sus sospechas. Al fin y al cabo, pensaba, si no tuviera nada que ocultar no habría tal exageración por una simple petición—. Solo quiero estar seguro, nada más. — ¿¿Pero cómo se te ha pasado por la cabeza??? —la mujer gritaba mientras le lanzaba un cojín más—. ¿Te he dado, acaso, algún motivo? — Estuve fuera un mes… —respondió el hombre con una media sonrisa—. ¿Quién sabe qué hiciste aquí? Nos hacemos la prueba, me quedo tranquilo y no vuelvo a sacar el tema. ¿Cuándo vamos a la clínica? Podemos preguntarle la dirección a tu hermana. — Antes lo haré en otra vida… —gruñó Alicia antes de encerrarse en la habitación de la niña, dando un portazo. *************************************************** — De verdad, mamá, ¿pido algo tan grave? ¿Por qué se pone así? —se quejaba Nicolás ante su madre, mientras esta le servía café. — Porque tu mujer tiene la conciencia sucia —respondió Ana, su madre—. Ya puedes estar seguro: la cría no es tuya y teme que la pillen. Y además… —la mujer dudó unos segundos, sin saber si contarle algo—. Cuando tú estabas fuera, ocurrió una cosa… — ¿Qué cosa? —preguntó Nicolás enseguida, intrigado. — No quiero entrometerme en tu matrimonio —se justificó ella—. Solo fui a visitarla para organizar el aniversario de tu padre. Pero tardó mucho en abrirme, aunque sabía que estaba en casa. Y cuando abrió, venía toda despeinada… Y había unos zapatos de hombre en el pasillo. — ¿Y qué te dijo? —replicó el hombre, indignado, dispuesto a salir corriendo y desenmascarar a su mujer. — Que se le había roto una tubería —Ana rodó los ojos—. Podría haber inventado algo más creíble. — ¿Por qué no me lo contaste entonces? — Bueno, como ni siquiera llegué a entrar, no tenía pruebas. No quise arruinaros el matrimonio. — ¡Error! —exclamó Nicolás, casi tirando la taza—. ¡Gran error! ¿Y ahora, qué hago? — Oblígala a hacerse la prueba —dijo Ana tranquilamente, sonriendo para sí misma. Su nuera nunca le había caído bien—. O hazla tú solo. Tienes derecho como padre. ************************************************ — Puedes estar tranquila —Nicolás dejó caer el sobre que le trajo el mensajero—. Ariadna es mi hija. Como prometí, el tema está zanjado. — No lo entiendo muy bien —dijo Alicia con irritación, mirando de reojo el sobre abierto—. ¿Lo hiciste sin mi consentimiento? — Pues claro —contestó Nicolás como si nada—. Un día, mientras paseaba con la niña, lo hice rápido y ya está. Es mi hija, no hay problema. — Sí que hay problema —susurró ella—. Y es una pena, porque tú no eres capaz de verlo. Al día siguiente, Nicolás salió de casa hacia el trabajo como siempre. Pero al volver por la tarde, se encontró con una desagradable sorpresa: su casa vacía. Ni rastro de Alicia ni de su hija. Solo una nota sobre la mesa del salón. “Con tu desconfianza has destruido todo lo que había entre nosotros. No quiero vivir con un traidor, así que pido el divorcio. No quiero nada de ti: ni piso ni pensión. Solo deseo que desaparezcas de nuestras vidas.” Nicolás estaba furioso. ¡Cómo se atrevía Alicia a dejarle y a llevarse a la niña! Cogió el móvil y llamó una y otra vez a su mujer. Respondió un hombre, que escuchó en silencio sus gritos y le pidió que no volviera a llamar. — ¡Lo sabía! ¡Me estaba poniendo los cuernos! —Nicolás temblaba de rabia—. ¡No le ha dado tiempo ni a irse y ya está con otro! ¡Que se largue! Ni se le pasó por la cabeza que Alicia se hubiera ido con sus padres y que quien contestó el teléfono fuera su cuñado, que no quería despertar a su hermana, recién dormida. Nicolás, sin embargo, ya lo tenía todo claro. El divorcio fue rápido y por mutuo acuerdo. La pequeña Ariadna se quedó a vivir con su madre y jamás volvió a ver a su padre biológico…