¿Y si no es mi hija? Debería hacerme una prueba de ADN.
Sergio contemplaba pensativo cómo Carmen, su mujer, cuidaba con ternura a la recién nacida, su hija, sin poder librarse de una idea persistente. Realmente creía que la niña podía no ser suya.
El año pasado Sergio tuvo que marcharse a Barcelona por cuestiones de trabajo durante un mes. Tan solo un par de semanas tras su regreso, su esposa le anunció, llena de ilusión, lo que ella consideraba una maravillosa noticia: iban a ser padres.
Al principio, Sergio se sintió feliz. Pero todo cambió cuando la hermana de Carmen, Maribel, fue de visita y les contó una historia curiosísima sobre cómo ella misma se había hecho una prueba de ADN a su propio hijo, solo para que su pareja pudiera confiar en la paternidad.
Carmen, ¿por qué no hacemos nosotros también la prueba de ADN? Así estaré más tranquilo.
Su mujer reaccionó de inmediato. Se armó un escándalo monumental, con gritos y objetos volando por el salón. Hasta los vecinos golpearon la pared quejándose.
¿Pero qué tontería es esta? insistía Sergio, cada vez más convencido de sus sospechas. Estaba seguro de que ella le había engañado, convencido de que nadie montaría semejante escena si no fuera culpable. Solo quiero estar seguro, nada más.
¿Pero cómo puedes llegar a pensar eso? chillaba ella, lanzándole otro cojín. ¿Te he dado alguna vez motivo para que dudes?
Me fui un mes entero replicó él con una mueca amarga. ¿Cómo se supone que sé qué ocurrió en mi ausencia? Hagamos la prueba, resolvemos esto y no volveré a mencionarlo, te lo juro. Si quieres, le pedimos la dirección de la clínica a tu hermana.
Cuando las ranas críen pelo espetó Carmen, marchándose indignada a la habitación de la niña y cerrando la puerta de un portazo.
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Mamá se quejaba Sergio a su madre, Mercedes, no le pido nada del otro mundo. ¿Por qué se pone así?
Porque tiene la conciencia intranquila le respondió Mercedes, sirviendo a su hijo un café con leche. No me extrañaría nada que la niña fuera fruto de una aventura y ahora tema que se descubra todo. Además hizo una pausa, indecisa sobre si continuar, cuando te fuiste, ocurrió algo…
¿Qué pasó? preguntó Sergio, de inmediato alerta.
No pretendo inmiscuirme en tu matrimonio dijo Mercedes, mirando al suelo. Pero fui a casa para hablar sobre el cumpleaños de tu padre, y aunque Carmen estaba dentro, tardó en abrir la puerta. Se la notaba nerviosa y en la entrada vi unos zapatos de hombre que no eran tuyos.
¿Y qué te dijo? exclamó Sergio enardecido, dispuesto ya a regresar y enfrentarse a Carmen.
Que había reventado una cañería, ironizó Mercedes. Podía haberse inventado una excusa mejor.
¿Y por qué no me lo contaste entonces?
No entré en la casa, por eso no tengo pruebas. Preferí no estropear vuestro matrimonio sin certezas.
¡Fue un error! exclamó Sergio, casi volcando la taza. ¿Y qué hago ahora?
Oblígala a hacerse la prueba respondió Mercedes con aparente calma, aunque no disimulaba su satisfacción. Nunca había aprobado, del todo, a su nuera. O hazla tú mismo. Tienes derecho.
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Ya puedes estar tranquila Sergio dejó sin cuidado el sobre que le había entregado el mensajero. Claudia es mi hija. Como lo prometí, no volveré a mencionar este tema nunca más.
No lo entiendo dijo Carmen, mirándole con desconfianza. ¿Has hecho la prueba sin mi permiso?
Claro contestó él, encogiéndose de hombros. Aproveché mientras paseaba con la niña. Era mi hija también, no hay problema.
Sí hay problema musitó ella, dolida. Y lamentaré siempre que no lo comprendas.
A la mañana siguiente Sergio se marchó a trabajar como cualquier otro día. Sin embargo, al volver a casa, se topó con una desagradable sorpresa. No había nadie en casa; las pertenencias de su mujer y su hija tampoco. Solo quedaba una nota sobre la mesa del salón.
Con tu desconfianza has destrozado todo lo que había entre nosotros. No quiero vivir con alguien que me traiciona, por eso pediré el divorcio. No quiero nada tuyo, ni piso ni pensión. Solo quiero que desaparezcas de nuestras vidas.
Sergio sintió una rabia tremenda. ¡Cómo podía Carmen haberle dejado! ¡Encima llevándose a su hija! Tomó el teléfono y llamó compulsivamente a su mujer.
Le respondió un hombre. Escuchó pacientemente la avalancha de reproches y colgó, pidiéndole que no volviera a molestar.
¡Lo sabía, me engañaba! Sergio, ciego de ira, no podía razonar. Aún no se ha ido y ya está con otro. ¡Pues allá ella!
Ni se le pasó por la cabeza que Carmen pudiera haberse refugiado en casa de sus padres, y que quizás fuese su hermano quien contestó el teléfono, queriendo protegerla. Sergio ya había dictado sentencia en su mente.
El divorcio se resolvió rápidamente, de mutuo acuerdo. La pequeña Claudia se quedó con su madre y nunca más volvió a ver a su padre biológico.
En la vida, la desconfianza y la falta de diálogo pueden destruir hasta el amor más fuerte. Antes de juzgar y actuar movidos por los celos, conviene recordar que la verdad necesita comprensión. La confianza se cuida todos los días, como una planta delicada, y una vez rota, rara vez vuelve a brotar.







