¿Y si resulta que no es mi hija? Habrá que hacerse una prueba de ADN
Nicolás miraba con el ceño fruncido cómo Leticia, su esposa, se desvivía en carantoñas por su hija recién nacida, y no podía quitarse de la cabeza una idea molesta. De verdad pensaba que la niña no era suya.
El año anterior, a Nicolás lo mandaron de viaje por trabajo a Barcelona, un mes entero. A las dos semanas de volver, Leticia llegó con lo que, para ella, era una noticia fantástica: iban a tener un bebé.
Nicolás, al principio, saltó de alegría. Pero un día, la hermana de Leticia vino de visita y les contó una historia para quitar el hipo: ella también se había hecho una prueba de ADN con su hijo, para que su pareja, muy suyo él, se quedara tranquilo con el asunto de la paternidad.
Leti, ¿y si hacemos nosotros también el dichoso ADN? Así dormimos tranquilos soltó Nicolás, con una media sonrisa.
La reacción de su mujer fue instantánea. Un escándalo monumental, con cojines volando de un lado a otro. Hasta los vecinos llamaron a la puerta, a ver si necesitaban agua bendita.
Pero qué drama es este, Leti insistía Nicolás, cada vez más convencido de sus sospechas. Estaba claro, ella le había sido infiel, solo así se explica esa pedazo de bronca ante una petición inocente. Solo quiero estar seguro, nada más.
¿Pero cómo te atreves siquiera a pensarlo? rezongaba Leticia, mientras le lanzaba otro cojín a la cabeza. ¿Te he dado yo alguna vez motivo?
Me pasé un mes fuera, Leti dijo él, con una sonrisa torcida. ¿Cómo sé lo que hiciste aquí tú solita? Hacemos el test, veo el resultado y no saco el tema nunca más. ¿Cuándo vamos? Podemos pedirle a tu hermana la dirección de la clínica.
Cuando las ranas críen cabello masculló Leticia, y se encerró en la habitación de la niña, dando un portazo de película.
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Mamá, de verdad te lo digo, no pido nada del otro mundo, ¿y a ella qué le pasa? se quejaba Nicolás a su madre, mientras ella le servía un café tan oscuro como sus pensamientos.
Eso es que tiene la conciencia sucia, hijo mío respondió doña Ana Beltrán, con la mirada al cielo. Te lo digo yo, ha hecho vida de marquesa mientras tú estabas fuera y ahora teme que se sepa la verdad. Y, mira, hubo una cosa mientras tú estabas en Valencia
¿El qué? saltó Nicolás, con los ojos como platos.
Mira, no quiero meterme en vuestros asuntos dijo doña Ana, mirando a otro lado. Solo fui a casa, a hablarle del cumpleaños de tu padre. Pues Leticia tardó la vida en abrirme la puerta, y eso que estaba en casa. Cuando le dio la gana salir, estaba con el pelo como una escoba y en la entrada había unos zapatos de hombre.
¿Y qué te dijo? Nicolás estaba que echaba humo. Ya estaba pensando en volver corriendo a casa y pillarla con las manos en la masa.
Que se le había roto una tubería doña Ana puso los ojos en blanco. Menuda excusa, hija mía.
¿Y por qué no me lo contaste?
Hijo, ni entré en casa, así que pruebas, lo que se dice pruebas, no había. No quise meter cizaña dijo su madre, encogiéndose de hombros.
Fatal, mamá, fatal. Nicolás casi tira el café al levantarse de golpe. ¡Pues ahora qué hago!
Tú hazte el test, como quien no quiere la cosa propuso Ana, con una media sonrisilla. Nunca le había caído bien su nuera. Como padre, tienes todo el derecho.
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Ya puedes estar tranquila dijo Nicolás, dejando caer un sobre encima de la mesa, que le acababa de dar el mensajero. Ariadna es mi hija. Como prometí, no vuelvo a sacar el tema.
No me estoy enterando dijo Leticia, mirando el sobre con las cejas arqueadas. ¿Me estás diciendo que te hiciste el dichoso test sin que yo lo supiera?
Pues claro respondió Nicolás, tan ancho. Aproveché el paseo con la niña y ni media hora me llevó. Como la cría también es mía, pues ningún problema.
Problema sí hay murmuró Leticia, muy bajito. Y es muy grande, aunque tú no lo entiendas.
Al día siguiente, Nicolás fue a trabajar, como si nada. Pero al regresar, la sorpresa no fue nada agradable. No había ni rastro de Leticia ni de Ariadna, y, por supuesto, las cosas de ambas habían desaparecido. Encima, sobre la mesa, una nota solitaria.
Tus celos y tu desconfianza lo han destruido todo. No quiero vivir con alguien que me trata como a una sospechosa, así que me voy y pido el divorcio. No quiero nada tuyo, ni piso ni pensión. Solo quiero que te apartes de nuestras vidas.
Nicolás se puso como una fiera. ¿Pero cómo se atrevía Leticia a abandonarlo? ¡Y encima llevándose a la niña! Agarró el móvil y empezó a llamar como un loco.
Le contestó un hombre. Escuchó el chaparrón de gritos y, muy tranquilo, le pidió que no volviera a llamar.
¡Si yo sabía que Leticia me había puesto los cuernos! Nicolás estaba ya más cabreado que un mono. ¡Si no le ha dado tiempo a irse y ya está con otro! ¡Pues que le aproveche!
Lo que ni se le ocurrió pensar fue que Leticia podía haber ido a casa de sus padres y que fuera su hermano el que contestó el teléfono, sin ganas de despertar a su hermana, que acababa de dormirse. Pero Nicolás ya había sacado todas sus conclusiones.
El divorcio fue cosa de un suspiro, ambos de acuerdo. La pequeña Ariadna se quedó con su madre y nunca más volvió a ver a su padre biológicoUn año después, Nicolás se encontró de casualidad con la hermana de Leticia en una cafetería. Fingió indiferencia, pero no pudo evitar mirar la foto de Ariadna en el móvil de la mujer. La niña estaba sobre una alfombra, con las mejillas rosadas y una risa contagiosa, abrazando a un enorme peluche azul.
Te pareces a ella dijo la hermana, arqueando una ceja. A Leti la tienes hecha polvo, ¿lo sabías? Solo quería que confiaras un poco más en ella.
Nicolás tragó saliva y se quedó callado. Las palabras se le atascaban. Pensó en el sobre del ADN, en su madre con cara de te lo dije, en el vacío estruendoso que hacía eco en su piso por las noches. Había conseguido la certeza que tanto ansiaba, pero había perdido todo lo demás.
¿Crees que alguna vez pueda verla? preguntó en voz baja, sin atreverse a mirar a los ojos.
La hermana lo observó, largamente, calibrando la sinceridad de su arrepentimiento. Finalmente, suspiró y le tendió el teléfono para que viera un pequeño video: Ariadna tambaleándose, con los brazos abiertos, diciendo ¡papa! a la cámara y riendo, como si el mundo fuera sencillo y bastara un abrazo para arreglarlo todo.
Nicolás se quedó helado.
Ella siempre te esperará murmuró la hermana, pero eres tú quien tiene que aprender a confiar. No en los tests, sino en las personas.
El bullicio de la cafetería se volvió apenas un rumor lejano. Nicolás apretó el teléfono entre las manos, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que aún quedaba esperanza, siempre y cuando pudiera abrir el corazón antes de que fuera demasiado tarde.







